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Notas de Opinión

Milei, más preocupado por tratar de copar la Corte que por darle batalla a la corrupción

El decreto de Alberto Fernández que amplió como nunca el negocio de política con los seguros en el Estado sigue vivito y coleando. No hay tiempo en el Gobierno para encargarse del tema, sí para impulsar la candidatura del juez Ariel Lijo, que es la representación exacta de la casta judicial que tira paredes con la política.

Columna publicada originalmente en Clarín

No es chiste. Acostumbramos decir que a Seguro se lo llevaron preso. Pero no se lo llevaron. Y no se lo llevan. Mucho discurso moralizador de Milei, pero el decreto de Alberto Fernández que amplió como nunca el negocio con los seguros en el Estado, continúa vigente, vivito y coleando. Gozando de buena salud. Léase, pesos.

Por si hace falta recordarlo: sin discurso ni anuncios ni nada que se le parezca, y eso que para discursos era un maestro, Fernández obligó a todas las empresas públicas a contratar a Nación Seguros. Monopolio. Nada de licitaciones para conseguir mejores precios o condiciones. Y todo en nombre de la defensa del Estado, como corresponde a un gobierno nacional y popular.

La trampa, una doble trampa, estaba en la misma jugada. Una: poner intermediarios, brokers, entre las reparticiones públicas y Nación para poder recaudar para la política. La otra, más importante en términos de plata: subcontratar a privados. Los seguros que para fortalecer al Estado se contratan con Nación pasan después en su mayoría a empresas privadas, que Nación elige. ¿Fortaleciendo qué? No se necesita respuesta.

Es como si obligaran a las empresas del Estado a usar Aerolíneas Argentinas y después de vender los pasajes, le permitieran a Aerolíneas llevar los pasajeros a otras compañías. Extraordinario Fernández, que había montado en Nación un equipo propio de redistribución de los seguros estatales entre los privados. Cuánto tienen que aprender las grandes escuelas de negocios del mundo. Cosas que asombran afuera, no aquí.

Esta semana, una de las coaseguradoras más beneficiadas, del Grupo Banco de Servicios y Transacciones (BST), cerró la compra de la multinacional Prudential, la segunda del país en seguros de vida. Al quedarse con Prudential, ahora manejan el 11% de ese ramo del mercado. Una montaña de dinero.

El BST aprovechó su alianza con el kirchnerismo para embolsar, antes, otras cuatro compañías: Orígenes, Cetelem, MetLife y Cardiff. Dos de sus dueños, los hermanos Peralta, eran muy cercanos a Alberto Fernández y apoyaron la candidatura de Massa. Menos conocido, el principal financista del grupo, Roberto Domínguez, que como los Peralta viene del mundo de los bancos, fue elegido por Rodríguez Larreta apenas asumió para colocar títulos de la Ciudad por 60 millones de euros. Los negocios en el Estado con la política siempre son transversales.

Unos pocos datos más de Domínguez: contador y del Opus Dei, amasó una fortuna incalculable. Es famoso por construir iglesias. Le donó a Añelo, el pueblo pegado a Vaca Muerta donde tiene inversiones, más plata que todas las otras petroleras juntas. Es socio de los dirigentes de la AFA y tiene propiedades en ciudades de Europa y cinco pisos aquí, en el exclusivo Palacio Estrugamou.

Nación Seguros no estuvo en la lista de las privatizables por Milei. Sospechoso olvido que hace yunta con el ¿olvido? de voltear el decreto. Milei le entregó el Nación a Martín Menem y Menem puso a un amigo de la facultad, Alfonso Torres, que, a su vez, dejó a gerentes de La Cámpora que lideraba Díaz Bancalari, hoy en la Auditoría General de la Nación. Uno es Mauro Tanos, al que allanó el juez Julián Ercolini. El paraguas protector de los Menem en el gobierno es Eduardo Lule Menem, sin puesto conocido pero con más llegada al poder que ninguno de sus primos por su íntima relación con Karina Milei.

Habrá que ver si finalmente abre la boca y tiene algo para decir el Superintendente de Seguros Guillermo Plate, amigo del Toto Caputo y de Juan Pazo y que arrancó en Provincia Seguros, de la mano del vidalismo. Es el organismo que otorga la matrícula a los productores y debe vigilarlos: registra o debería registrar todas las operaciones del mercado. Sobra decir que sabe de las comisiones absurdas que se pagan, de las coimas encubiertas y no hace nada. Pero sobre todo hay que esperar cuánto alcanza Ercolini a desentrañar en esta telaraña de corrupción.

Un resumen telegráfico sobre el presidente Milei

Licuadora y motosierra agarran para el lado de las leyes y pareciera que también se quedan con el pescado sin vender. No vendría nada mal un poco de motosierra al discurso, y no agarrárselas con el que venga, sea presidente de Colombia, Venezuela o lo que toque, sea tal o cual opositor, o sea, como siempre, contra el periodismo. El discurso anticasta está chocando con la realidad o los propósitos. Lo que es muy de la casta.

Entonces es todo un desafío para la retórica sobreexcitada con la que a Milei le encanta hacerse notar defender la postulación de Lijo para la Corte, y, más, después de haber sido convencido de lanzarla por Lorenzetti, el ex presidente del tribunal al que obsesiona reconquistar el puesto. Sólo puede entenderse este nuevo ataque a los tres miembros de la Corte que sobrevivieron la ofensiva del kirchnerismo por el temor de Milei a que volteen su DNU, por el que ya transpiró bastante.Y transpira.

Lijo es la representación más exacta de la casta judicial que tira paredes con la casta política. Una tiene fecha de vencimiento con las elecciones. La otra no. Y aunque su figura está asociada a la de Lorenzetti, Lijo hace rato que dejó de ser Lorenzetti. Le hizo un último favor: mantener abiertas dos denuncias anónimas contra Rosenkrantz y Maqueda, que curiosamente cayeron en su juzgado. A Maqueda le prometió no hacer nada pero no archivó el trámite. Un Lijo auténtico: feliz Maqueda y feliz Lorenzetti, que dicen es quien fogonea las dos causas.

Simpático y entrador, Lijo es un visible repartidor de favores. Los hace, se los deben, y también se los hacen y los debe. Ha sido denunciado y más, sobre todo por su hermano Fredy, pegado a los Werthein y a De Vido y a quien Lijo no habla desde hace años. Lijo se expresa tanto por sus sentencias como por sus no sentencias. Acelera causas y también las duerme. No es ningún secreto. A Boudou lo condenó por el caso Ciccone en el gobierno de Macri. Ya con Fernández, le sacó a Boudou de encima otro increíble curro con Formosa, en el que el ex vice, como Fernández con los seguros, recurrió a un broker para cobrar la coima, el famoso The Old Fund.

Otro gran curro que Lijo dejó pasar: la entrega de YPF a su amigo Eskenazi, que hoy es una Damocles de 16 mil millones de dólares. Y ya van para diez años de diligencias y diligencias. Ojo: el grueso de los votantes de Milei está pagando sin queja el ajuste. Pero es algo que se paga con plata y por eso mismo, no se salda con discurso. Lo que más le critican son los aumentos que el gobierno se otorgó a sí mismo. Algo es o parece nuevo: la conciencia de que la penuria económica es hija de la corrupción, no del índice de precios, que es su consecuencia.

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