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Notas de Opinión

El lado bueno de los papelones de Juntos por el Cambio

La coalición opositora está sometida a una dura prueba: la sucesión del liderazgo en un marco de muy alta competencia. Los errores que cometen sus líderes complican más las cosas, pero a la larga pueden ser parte de un aprendizaje necesario.

Columna de opinión publicada originalmente en tn.com.ar

Está de moda decir que JxC no pega una, que está mostrando no estar preparado para gobernar, que así como van las cosas podría ser en la gestión aún peor que el Frente de Todos, lo que es mucho decir. Se ha pronosticado incluso que terminará conduciendo al país a la hiperinflación. Y por tanto que debería cambiar radicalmente su enfoque sobre cómo lidiar con esta situación, que tendría que unificar las candidaturas, aunque sea a la fuerza, tal vez con la intervención mágica o dictatorial de un primus inter pares. Porque, se concluye de todo lo anterior, el pluralismo interno está llevando a la fragmentación y la desorientación.

Todo eso es bastante injusto, se trata de juicios parciales o sesgados, en esencia motivados en la ansiedad preelectoral. Algo muy natural, por otro lado, en un contexto como el actual, dominado por la extrema incertidumbre, tanto política como económica.

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Falta de educación pluralista

Y en alguna medida, también, lo que es más preocupante, es consecuencia de la falta de educación pluralista. De que tenemos la costumbre de procesar nuestras diferencias y la toma de decisiones a través de figuras salvadoras, líderes providenciales, y no de mecanismos institucionales y democráticos. ¿Acaso cometió menos errores Cambiemos cuando Macri decidía todo por sí mismo, que ahora JxC, cuando sus integrantes tienen que discutir, chocar y consensuar? ¿Es mejor confiar en la Cristina salvadora, o en un Milei redentor, que en la competencia interna entre dos líderes y dos estrategias de construcción política que están forzados a explicar lo que quieren hacer, cómo quieren hacerlo y para lograr qué objetivos?

Si los liderazgos personalistas sin reglas institucionales que los aten dieran mejores resultados que las coaliciones con reglas y competencia interna, a nuestro país debería haberle ido mucho mejor en las últimas décadas que a Uruguay, Chile, Alemania o Dinamarca. Y es evidente que no ha sido así. Depender de instituciones y no solo de personas tiene sus complicaciones, supone esfuerzos y costos, no es tan sencillo como parece cuando simplemente se hace profesión de fe republicana. Hay que trabajar y aprender, y lo que está sucediendo en Juntos por el Cambio es justamente eso, que está atravesando ese aprendizaje.

Dicho esto, de todos modos, cabe sospechar que lo que está sucediendo también es, al menos en parte, que JxC y sus dirigentes no están a la altura, no logran acomodarse a las reglas que se han dado o les impone la situación.

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Y los papelones que se repiten en su mesa nacional y en la confrontación cada vez más virulenta entre halcones y palomas del PRO parece confirmarlo.

La competencia se le ha ido un poco de las manos a los protagonistas de Juntos por el Cambio

Pareciera que ambos bandos están conduciendo el barco con creciente irresponsabilidad, improvisando demasiado, recurriendo a jugarretas crecientemente disruptivas. En parte porque tardó mucho en conformarse esta escena de dos opciones en pugna, con referentes y estategias definidas. Durante demasiado tiempo, se estiró la indefinición sobre quiénes serían los protagonistas centrales de la competencia, por un juego ambiguo en particular dentro del PRO, en especial debido a que Macri postergó todo lo que pudo su decisión sobre competir o no. Esa ha sido y seguirá siendo una fuerte limitación para que maduren los liderazgos sustitutivos. Y sus estrategias internas y externas para sellar alianzas.

Influye también en esto la relativa paridad de fuerzas. Los contendientes están muy parejos en las encuestas, así que se desesperan por sacarse ventaja, recurren a todo tipo de manganetas y ocurrencias, como se vio en las últimas horas con el affaire Schiaretti.

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Es lógico que Larreta quiera sumar nuevos aliados a su alrededor, y también que Bullrich trate de impedírselo. También que el primero prefiera fracasar en ese cometido, puntualmente, pero mostrando que puede tomar la iniciativa, confrontar y poner sobre la mesa su agenda, para forzar a sus antagonistas a discutir los temas que a él le convienen. Tras el papelón del lunes en la mesa nacional de la coalición, sorprendió un poco que el larretismo estuviera eufórico, pero tiene su lógica, habían logrado instalar la idea de lo que quieren hacer, mostrarse rodeados del resto de los partidos aliados, mientras Macri y Bullrich quedaban en apariencia aislados, y pueden ahora prometer que si no logran sumar en lo inmediato a Schiaretti, o a Espert y Stolbizer, van a sumarlos una vez que ganen la interna. Bastante más de lo que pueden prometer los duros con respecto a Milei.

El problema es que, en el medio, el papelón se lo comieron también ellos. El fracaso en hacer funcionar la mesa de conducción de la alianza se carga sobre todo a su cuenta. Y la imagen que dan a los votantes es que, aunque tengan razones de peso para hacer lo que hacen, no logran convencer al resto, todo el mecanismo interno se traba, y si él no funciona para asuntos como este tampoco podrá funcionar cuando haya que procesar conflictos en la gestión.

En suma, el costo para la coalición es mayor que los eventuales beneficios que pueden declamar sus partes, unas porque instalan su agenda, otras porque logran hacer fracasar las consecuencias que se derivan de ella. Y esto no es fruto del azar, sino del recurso excesivo de los líderes a un tacticismo improvisado, a movidas que no parecen atender demasiado las consecuencias postreras, solo a ventajas inmediatas. Encima discutibles, en cualquier caso efímeras.

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La debilidad de los partidos y de sus conducciones

Lo que quedó plenamente a la vista en la por ahora última escena de la trifulca sobre Schiaretti, cuando se reunieron los ´jefes´ de las cuatro fuerzas políticas aliadas, fue que en vez de tomar decisiones más o menos sensatas, aunque más no sea para disimular y ofrecer una salida elegante al enredo, les bastaron ocho minutos para brindar una escena lamentable. Claro, ni Larreta ni Bullrich estaban ahí para hacerse cargo, y desde bambalinas se ocuparon de empiojar la reunión. Bullrich con una jugada de último momento que resultó exitosa pero también explosiva para cualquier discusión mínimamente ordenada del problema: meter a Luis Juez en escena y hacer estallar la reunión. De nuevo, más tacticismo e improvisación que permite sacar ventaja eventualmente a una parte, pero a costa de un papelón colectivo

Las palabras de cierre del episodio, a cargo de Gerardo Morales, fueron de una candidez inconveniente y un amargo reconocimiento del escaso poder que tienen los jefes de partido: “fracasamos”. A veces le convendría ser menos sincero.

Finalmente, en medio de la polvareda, lo más importante quedó desdibujado. Y es que Juntos por el Cambio ofrece en estos momentos, pese a todos sus inconvenientes, algo que no es habitual en la política argentina, que en verdad es posible considerar inédito. Por primera vez, los votantes pueden elegir entre dos precandidatos que dicen abiertamente lo que piensan hacer, y cómo creen que hay que hacerlo. Y se someten con bastante franqueza al juicio de los gobernados, que decidirán qué le parece mejor.

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Uno, Larreta, propone ampliar lo más posible la coalición para dentro de la misma negociar las reformas que hacen falta, y evitar que se abroquelen reactivamente los intereses potencialmente afectados, en particular que se abroquele en contra todo el peronismo. No es una mala idea, pero tiene sus inconvenientes. Sobre los que llama la atención Bullrich, que plantea una solución más a la Menem, primero hay que ganar e imponer por mayoría un programa de reformas, y luego negociar con aquellos de los derrotados que estén más dispuestos a cooperar, y tengan todavía algo que ofrecer a cambio. También es una idea bastante sensata, y puede que más adecuada para las actuales circunstancias.

¿Cuando la política argentina ofreció tanta claridad, tanta precisión programática, tanta previsión estratégica sobre lo que los líderes en competencia pensaban hacer, y hacia dónde y cómo planeaban avanzar? ¿Cuándo hubo tanta sofisticación en la discusión del diagnóstico, las alternativas disponibles, y las ventajas y desventajas de cada una de ellas? Seguro no fue así en 2015, mucho menos durante todo el ciclo kirchnerista. Y no hablemos de los años noventa, cuando Menem se vanagloriaba de mentir alevosamente y esconder sus planes, y celebró reiteradas veces haberse salido con la suya. Tampoco resulta un ejemplo a seguir al respecto la experiencia de Alfonsín, que ganó elecciones con diagnósticos imprecisos y en esencia inviables, y apenas unas pocas ideas sobre cómo pensaba gobernar.

Cuando se dice que JxC es un mar de indefinición, un aquelarre de fuerzas heterogéneas que no han aprendido a convivir y que no son capaces de cooperar, solo se está describiendo el costado malo de lo que ella ofrece, los rasgos que aún le falta desarrollar, los aprendizajes que tiene todavía que completar. Y se pasa por alto lo mucho de innovación institucional que hay en su seno, el gran esfuerzo acumulado y las enormes diferencias que existen entre lo que ofrece y lo que ofrece el resto. Esa injusticia en alguna medida se justifica, es cierto, porque también hace muchos papelones. Pero por ahora al menos ninguno que sea irreparable. Es más espuma y disgusto circunstancial que otra cosa.

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De Juntos se puede decir, en suma, algo parecido a lo que se decía tiempo atrás del peronismo, pero a lo cual esta fuerza hace tiempo que ya no hace honor. Cuando parece que se están matando, en realidad están aprendiendo. Tal vez los votantes no lo entiendan así y se cansen de sus torpezas, pero no sería para encontrar una opción mejor.

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