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Notas de Opinión

El golpe a dos bandas de Cristina Kirchner

Mientras medita la estrategia electoral, la vicepresidenta ensayó una jugada para enmascarar el deterioro de su competitividad; las pistas que ofrece una encuesta sobre sus posibles delfines

Columna de opinión publicada originalmente en La Nación

Ningún político renuncia a una candidatura presidencial cuando sabe que tiene buenas probabilidades de ganar las elecciones. Cristina Kirchner es la figura con más votos dentro de una coalición destinada a perder el poder y ella no está dispuesta a sufrir en carne propia la derrota. Mientras tanto, el frente oficialista sigue paralizado, a la espera de las definiciones de una jefa que, cuesta abajo en su rodada, siente el dolor de ya no ser, como en el tango que inmortalizó Carlos Gardel.

La decisión de la vicepresidenta de la Nación de ratificar que no se postulará por tercera vez a la jefatura del Estado bajo el pretexto de que la Justicia se lo impedirá representa un golpe a dos bandas. En primer lugar, enmascarar su falta de competitividad electoral detrás de la falaz idea de la proscripción le permite retirarse sin abandonar su aspiración de convertirse en la gran electora de su fuerza política. En segundo término, se trata de una jugada dirigida a deslegitimar a un eventual presidente que represente a la oposición a partir de diciembre próximo.

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Toda su estrategia discursiva parece ser la base del relato que se prepara para después de una hipotética derrota electoral. Se sostendrá que habrá ganado la oposición por la “proscripción” de la principal figura del kirchnerismo. Se intentará comparar la elección de 2023 con la de 1963, en la que triunfó el radical Arturo Illia con el peronismo proscripto. En esos comicios, Illia se consagró presidente tras alcanzar apenas el 25,1% de los votos totales y el 31,9% de los votos válidos emitidos, en tanto que los votos en blanco representaron el 19,4% del total.

Pero si a Illia podía cuestionársele su legitimidad de origen porque el peronismo no estaba en condiciones de presentar candidatos, las próximas elecciones son claramente distintas. No hay proscripciones de ningún tipo y Cristina Kirchner podría presentarse por no existir ninguna sentencia firme que la inhabilite para ejercer cargos públicos. Su presagio de que las medidas cautelares de la Corte Suprema de Justicia para suspender los comicios de gobernador en Tucumán y San Juan anticipan lo que le harán a ella (“Vienen por mí y por el sistema democrático”, dijo anoche en C5N) es solo un ardid para justificar una decisión eminentemente personal, como su autoexclusión de la competencia electoral.

Con Cristina Kirchner como candidata presidencial, el oficialismo podía aspirar a retener la mayor cantidad de votos posibles, aun cuando la victoria electoral distara de ser lo más probable. Sin ella, la perspectiva es la de una derrota todavía más dura, pero tras la cual la expresidenta conservaría una porción de poder en el Congreso y en la calle con la que espera condicionar al próximo gobierno o incluso dinamitarlo, según lo han sugerido distintos dirigentes tales como Aníbal Fernández, Daniel Menéndez, Juan Grabois, Mario Secco y Kelly Olmos. Todos ellos han vaticinado que un gobierno de la actual oposición que asuma en diciembre podría volar rápidamente en pedazos.

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Pero de lo que se trata ahora es de encontrar la fórmula presidencial que enfrente el compromiso electoral que se avecina y mantenga para el oficialismo, en la medida de lo posible, la mayor esperanza de llegar al ballottage previsto para el 19 de noviembre.

No es una tarea sencilla. Como consigna el consultor Alejandro Catterberg, los potenciales postulantes presidenciales del Frente de Todos, excluida Cristina Kirchner, exhiben escasa competitividad. Y quien tiene mayor capacidad de jugar defensivamente y de retener el voto cristinista es Axel Kicillof, quien no parece por ahora dispuesto a abandonar la posibilidad de ser reelegido como gobernador en la provincia de Buenos Aires, donde la lucha electoral parece menos difícil que en la contienda presidencial.

A Kicillof, sin embargo, se le escapó días atrás una frase que revela el pesimismo inmanente en no pocos dirigentes del oficialismo: “Vamos a dar vuelta la elección en la provincia y el país”, afirmó. Un reflejo de que hoy huelen la derrota y temen un duro voto castigo.

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¿Quiénes podrían ser de la partida si tanto Cristina Kirchner como Kicillof no son candidatos presidenciales por el Frente de Todos? La consultora Synopsis, que dirige Lucas Romero, concluyó en las últimas horas una encuesta nacional que incluyó 1631 entrevistas (81% presenciales en grandes centros urbanos y el resto telefónicas) en la que preguntó a votantes de la coalición gobernante a quién preferirían ante aquella eventualidad.

El 37,4% se inclinó por Daniel Scioli; el 34,6%, por Sergio Massa; el 8,1%, por Eduardo “Wado” de Pedro; el 7,7%, por Juan Grabois, y el 3,3%, por Agustín Rossi.

Cuando la misma consultora interrogó a ese segmento del electorado sobre su disposición a acompañar cualquier decisión de Cristina Kirchner sobre un hipotético postulante presidencial, solo el 25% indicó que haría lo que la vicepresidenta diga que hay que hacer; otro 25% dijo que no y el 50% respondió que su actitud dependería de quién sea el candidato elegido.

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Para Romero, esos datos indican que ni siquiera Cristina Kirchner tiene un control absoluto sobre sus eventuales votantes. Se trata de un problema adicional para un frente electoral que, de acuerdo con sus cálculos, de tener una intención de voto cercana al 30% con la expresidenta encabezando la fórmula, retrocedería al 24 ó 25% si se suman los potenciales votos de Massa y Scioli. Un tercer posible candidato, como De Pedro, exhibe un muy bajo nivel de posicionamiento y de intención de voto, según el citado consultor.

Las chances de que Massa resulte el elegido habrían caído desde que la semana última se conoció el último dato de inflación. Al respecto, Romero bromea que, desde el viernes pasado, “la posible candidatura presidencial del ministro de Economía es un 8,4% más inexplicable”, jugando con el aumento que experimentó el índice de precios al consumidor en abril.

Según Synopsis, la inflación representa la principal preocupación de la sociedad para el 57% de la población. Otra consultora, como Fixer, eleva ese guarismo al 66%. El gran interrogante es cómo haría Massa, si fuese candidato presidencial, para explicarle a la gente de qué manera resolvería en el futuro un problema al que no puede darle solución en el presente.

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No es la única cuestión que dificulta una postulación del titular del Palacio de Hacienda a la presidencia de la Nación. Se produciría una evidente contradicción entre una líder como Cristina Kirchner, para quien el FMI es la causa de los más graves problemas, y un hipotético candidato como Massa, para quien el acuerdo con el Fondo Monetario es la única ancla de su programa.

Optar por “Wado” de Pedro como candidato también ofrece dificultades para la expresidenta. Si existe coincidencia en que el peronismo se encamina hacia la peor elección de su historia, en un marco caracterizado por una inflación galopante, incertidumbre cambiaria y aumento del nivel de pobreza, ¿por qué Cristina Kirchner estaría dispuesta a exponer a alguien de su riñón como potencial mariscal de la derrota? De ahí que haya quienes interpreten que, aun con la economía con viento en contra, la elección de Massa podría ser viable, quizás con De Pedro –hoy decidido a buscar la mejor “pole position” posible– como eventual compañero de fórmula.

Si algo quedó claro es que, según el diagnóstico que hace Cristina Kirchner, estamos ante una elección de tres tercios y que, así como la de 2019 fue una elección de techos, ahora lo que importan son los pisos electorales de cada fuerza política para entrar a la segunda vuelta electoral de noviembre. Ese diagnóstico se correlaciona con la táctica de hacer crecer a Javier Milei para que mine la base electoral de los candidatos de Juntos por el Cambio y con la ilusión de que, si alcanza el 30% de los votos, el Frente de Todos podría estar en el ballottage.

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Lo otro que va quedando claro es que, aun sin la competitividad de otros tiempos, difícilmente haya algo que pueda hacerse en la coalición gobernante sin el aval de Cristina Kirchner.

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