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Notas de Opinión

La elección olvidada pero que será la que defina todo

Sin un futuro Congreso mayoritariamente favorable a la libertad, no habrá libertad, por más que el mismísimo Juan Bautista Alberdi vuelva, reencarnado, a hacerse cargo del país

Columna publicada originalmente en The Post Argentina

Los acontecimientos de los últimos días, reflejados en la estampida del dólar blue, la renuncia del presidente a su propia reelección y la desesperada búsqueda del FMI para que adelante los fondos de los DEG de todo el año (más de 12 mil millones de dólares) han traído nuevamente a la luz pública las reformas que el próximo gobierno ineludiblemente deberá afrontar si es que quiere comenzar su ciclo con esperanzas de terminarlo.

Hay bastante acuerdo en que esas reformas deben ir en el sentido liberalizador de la economía, es decir, hacia un régimen que aliviane notoriamente al Estado del insoportable peso que le hace caer encima de las espaldas de los contribuyentes con la financiación de un gasto impagable.

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Eso incluye iniciativas para sacar gente del Estado, cerrar dependencias completas, eliminar ministerios, terminar con gastos en obras públicas que se pagan muy por encima de lo que deberían, reformar la legislación laboral que asfixia a las empresas y que las inhibe de emplear personal nuevo, suprimir impuestos tanto nacionales como provinciales, reformar el sistema jubilatorio con cambio de las condiciones de jubilación y de las maneras de manejar los flujos de los futuros jubilados excluyendo expresamente al Estado de ese manejo y dar nacimiento a una moneda nueva basada en la sanidad fiscal y en la estabilidad de las cuentas públicas.

Respecto de este último punto hay discusiones de todo tipo incluso entre economistas que piensan muy parecido (en el sentido del giro liberal que debe tomar el próximo gobierno).

Muchos de ellos entienden que se debe dar, desde el primer día, una señal clara de cortar definitivamente con la inflación y de que, para eso, es necesario adoptar el dólar como moneda de curso legal (aunque no forzoso). Otros sostienen que debe darse libertad a los ciudadanos para que pacten sus contratos en la moneda que quieran y otros que debería llegarse a un acuerdo con Brasil para crear una especie de Euro regional que, más o menos, utilice al Real brasileño como Europa utilizó en su momento al Marco alemán.

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El punto es que más allá de los tecnicismos, las reformas -para contar con la necesaria dosis de legitimidad y de seguridad jurídica hacia el futuro- deben ser implementadas con la intervención del Congreso.

Hay bastante consenso en el sentido de que el camino de pedirle al Congreso una derivación de facultades al presidente para que éste legisle las reformas sería aplicar una vez más un camino conocido, inseguro e incoherente con la idea de que debe terminarse con el caudillismo y con la imagen de una figura providencial que, por sí sola, viene a salvar al país.

Si efectivamente ese consenso existe, no hay alternativa a la idea de que sean los legisladores los que aprueben un paquete legislativo que no solo detenga sino que retrovierta el largo camino que el país ha seguido en las ultimas ocho décadas hacia un dirigismo cada vez mas profundo, no solo de la economía sino, en general, de la vida de los ciudadanos.

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Creo que el único que ha reparado en ese detalle es Ricardo López Murphy que dijo que la victoria de la oposición en las elecciones debe ser “aplastante”.

¿Qué está queriendo decir con eso?

Que si la oposición no logra una mayoría decisiva en las Cámaras del Congreso va a ser muy difícil llevar adelante el proceso de cambios que el país necesita.

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Tomemos por caso el ejemplo de la dolarización. La Constitución luego de la reforma del ‘94 dice que es el poder legislativo el que establece la moneda de curso legal y forzoso en el país.

El nuevo presidente entonces, tendrá en principio negado el acceso a esa reforma por el mero uso de sus atribuciones.

Milei ha respondido a esto diciendo que llamaría a una consulta popular para preguntarle a la gente si quiere o no tener el dólar como moneda.

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Inmediatamente le respondieron que es el Congreso el que debe convocar a la consulta, no el presidente.

El libertario a su vez contraatacó diciendo que eso es para referéndums vinculantes pero no para una “consulta popular no-vinculante” a la manera que Alfonsín convocó a la ciudadanía para preguntarle si aprobaba el arreglo por el Canal de Beagle que él había negociado con Chile.

Los constitucionalistas salieron a responderle que eso fue posible porque en tiempos de Alfonsín las “consultas” no estaban previstas en la Constitución, pero que desde que la reforma del ‘94 las incorporó a su texto, no hay diferencias entre “consulta” y “referéndum” y que, por lo tanto, su convocatoria es una facultad exclusiva del Congreso porque así lo dispusieron en la Convención de Santa Fe.

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Cómo se ve, el futuro del país depende más que nunca de cómo vayan a votar los argentinos en octubre. Es obvio que la elección del presidente se lleva toda la atención de ese acontecimiento. Pero esta vez, quizás más que nunca, a lo que se debe prestar atención es a la elección de los diputados y los senadores.

El fascismo dirigista fue muy astuto en plasmar su orden en la ley -e incluso en la mismísima Constitución (a través del artículo 14 bis y de la reforma del ‘94)- de modo que para revertirlo con una una fuerza igual pero de sentido inverso será necesario dictar decenas de leyes que lo desarmen desde sus mismas raíces.

No hay manera de hacer esto sin votos. Eso es lo que quiere decir López Murphy.

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Será también una forma de saber si los argentinos de a pie han entendido que deben desandar el camino del estatismo, o si solo se han montado temporalmente en una “moda” que, simplemente, le dé una forma civilizada a su reclamo de que “se vayan todos”.

Naturalmente el repiqueteo de Milei sobre la existencia de una “casta” que vive de chuparle la sangre a los ciudadanos privados (imagen completamente cierta y veraz) es muy compatible con esa exigencia de “que se vayan todos”.

Entonces, ¿los votos a Milei son porque la gente ve en él a uno como ellos que, cargados de furia y sed de venganza, arremeten contra esos ladrones; o en realidad son porque, además de eso, entendieron que, de ahora en más, se van a tener que arreglar solos, vivir de acuerdo a su esfuerzo y mérito y que la ayuda de papá-Estado se terminó?

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Porque haber entendido a Milei completamente significa eso, eh…: ahora el arquitecto de mi vida soy yo; puedo alcanzar el cielo (si trabajo, me esfuerzo y acierto en el arte de desentrañar lo que la gente precisa de mi) pero también puedo terminar en la calle si no trabajo, no me capacito, no me esfuerzo o la pifio en descubrir lo que las personas están necesitando de mi.

A la manera de Mandela los argentinos deberán saber que son “los amos de su destino; los capitanes de sus almas”.

¿Están dispuestos a eso? Porque ese es el verdadero desafío. Creer que una medida mágica (como muchos pueden creer que es la dolarización, por ejemplo) sustituirá la convicción de ser “el amo del destino y el capitán del alma” es tener una visión errada de lo que va a ocurrir y, lo que es peor, sobre cuál es el orden en que deben darse los acontecimientos para que sean duraderos y sostenibles.

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Aquí primero debe existir la convicción de que cada uno está dispuesto a buscar el destino de su vida en colaboración y competencia con los demás y que no espera nada del Estado.

Si esa convicción es real, debe votar para el Congreso candidatos que defiendan esa idea y que vayan a votar leyes que, justamente, le devuelvan al ciudadano la soberanía sobre su vida que el fascismo le arrebató hace 80 años.

Si esa elección olvidada a los cargos legislativos empieza a ser vista como la más importante, todo será más sencillo.

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La dolarización, por ejemplo, dejará de ser una discusión y podría pasar a ser el corolario de una reforma fiscal, laboral, comercial (que incluya, por ejemplo, la figura de la quiebra del Estado) y previsional que afiance un sistema de responsabilidades públicas y privadas para que la ciudadanía no pague los costos del despilfarro y la corrupción.

Adoptar el dólar como moneda cuando los fundamentals estén en orden podría ser el tiro de gracia al fascismo para que el nuevo sistema libre no pueda ser ya alterado en el futuro.

Pero, una vez más, dejarse llevar por el néctar especial que tiene la elección del presidente y no prestarle atención a quienes se va votar para la elección legislativa, podría hacer fracasar toda la esperanza de que las próximas elecciones sean una bisagra en la historia.

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Los argentinos deben fijarse a quienes van votar para que sancionen las leyes que hacen falta. Votar a un presidente creyendo que se vota a un rey que por su sola voluntad cambiará las cosas es no haber entendido nada. Por más que el rey sea el rey adecuado sus cambios solo serán perdurables si son la consecuencia de una convención social.

Las convicciones sociales, a su vez, son las que toman el formato de leyes. Y las leyes se votan en el Congreso. Sin un futuro Congreso mayoritariamente favorable a la libertad, no habrá libertad, por más que el mismísimo Juan Bautista Alberdi vuelva, reencarnado, a hacerse cargo del país.

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