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Notas de Opinión

La decisión está tomada, veremos quién la advierte mejor

El próximo presidente será quien mejor desentrañe ese código social encriptado hoy en mil señales que si no se decodifican bien dirigirán al país a una nueva frustración

Columna publicada originalmente en The Post Argentina

El gobierno aspira a llegar a las elecciones primarias con posibilidades no de ganar pero sí de evitar una catástrofe.

Para eso necesita conseguir dólares a como dé lugar y demostrar que al menos algunos de sus candidatos puede ganar alguna elección local.

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Aprovechando el desdoblamiento que muchos gobiernos provinciales han dispuesto de sus propias elecciones (paradójicamente, justamente, para abrirse de todo contacto infeccioso con el gobierno nacional) el FDT pretende barrer el clima de derrota histórica que podría condenarlo, incluso, a un tercer puesto que lo deje fuera de una eventual segunda vuelta.

Ese escenario marcaría el fin del kirchnerismo, al menos tal como se lo conoció hasta ahora.

Sería, según su propia confesión, el desiderátum del presidente, aunque el fenómeno político que lo sucediera no lo tuviera a él como protagonista.

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La ganancia electoral que prácticamente todos los días capitaliza Javier Milei es lo que torna verosímil esa posibilidad de un peronismo fuera de toda definición por la presidencia.

El libertario está ganando votos ya no solo en el círculo votante de JxC sino que ha empezado a cosechar simpatías entre los ex votantes kirchneristas, especialmente los jóvenes.

Se dice que si la elección se limitará a electores menores de 30 años, Milei sería presidente.

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Esto habla del hartazgo terminal que el peronismo ha producido con el Estado. Legiones interminables de jóvenes que no se fueron aún del país por diferentes circunstancias han decidido en su fuero íntimo que, si no se pueden ir, entonces van a traer a la Argentina lo que, en otras circunstancias, hubieran ido a buscar afuera.

¿Cómo se llama eso que quieren? Libertad. Tener la posibilidad de tener su vida en sus propias manos y no en las de un conjunto de burócratas que, bajo el engaño de ayudarlos, solo los roban y los arruinan.

Ese fenómeno también fue advertido en JxC, que desesperadamente necesita cortar la fuga de sus votantes hacia Milei.

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Por eso, al menos en la Provincia de Buenos Aires, avanzan con un acuerdo con José Luis Espert (un ex socio de Milei que se separó de él pero, digamos, en buenos términos) para organizar en el principal distrito del país una primaria común de la que surja el candidato a gobernador.

Puede resultar un detalle menor, pero una de las grandes cuestiones que se discuten en la previa de ese acuerdo es poder incorporar la palabra “libertad” al nombre de la nueva coalición bonaerense que compondrían JxC y Avanza Libertad.

El populismo estatista ha destruido tanto las libertades civiles que su restauración se vive como un acontecimiento no solo necesario sino simbólico y hasta épico.

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Han sido tantos años de fascismo peronista que una porción importante del electorado quiere extirparlo del sistema político argentino e importar desde el mundo lo que iría a buscar al mundo si pudiera irse de la Argentina.

Esta nueva realidad es difícil de aceptar para algunos que también quieren terminar con el peronismo pero que no están tan convencidos de terminar con el estatismo.

Para esos dirigentes el problema del país no es el Estado sino que el Estado ha sido copado por una banda de ladrones y hasta de criminales. Esa gente piensa que si en el Estado hubieran estado ellos nada de todo lo que la Argentina vivió en las últimas dos décadas habría ocurrido.

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Es posible que haya parte de razón en ello porque, efectivamente, el kirchnerismo es en el fondo una organización política delincuencial cuyo objetivo es usar el Estado para enriquecerse con la utilización impune del poder.

Pero más allá de eso, el crecimiento de la burocracia pública en todo el país, la deriva de un gasto completamente descontrolado y la intervención estatal en aspectos tan menores de la vida cotidiana que dejaron al individuo sin posibilidades de elegir su propio plan de vida, ha provocado no solo la quiebra económica del país sino un “empacho de Estado” que genera náuseas en quienes aún aspiran a ser soberanos en sus vidas y en sus decisiones.

Esa trama interior que está ocurriendo en las entrañas cerebrales de millones de argentinos es lo que supieron interpretar Milei y Espert.

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Horacio Rodríguez Larreta es un político clásico que aún cree que si alguien como él fuera el presidente las cosas serían diferentes.

Sigue hablando como si la Argentina tuviera tiempo para iniciar unas conversaciones multisectoriales en las que, “sentados todos alrededor de una mesa”, se pudiera consensuar una vida feliz, abundante y sin agravios.

Lamentablemente la grieta originada por el kirchnerismo terminó hace rato con esa chance. Lo que se necesita hoy es que una “contraidea” con una base de sustentación fuerte, pero que no necesariamente implique “una mesa de simpatía nacional”, produzca resultados rápidos para que el humor nacional cambie y, al mismo tiempo que ayude a sobrellevar los obvios efectos colaterales que esta “contraidea” implicará de entrada, ponga en movimiento resortes productivos, de inversión y de negocios que han estado no sólo dormidos hasta ahora, sino que han sido intencionalmente asesinados.

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El jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires no entendió la profundidad del asco que el kirchnerismo generó con el Estado, al menos en amplias franjas (cada vez mayores) de la población urbana.

La que sí parece haberlo comprendido mejor en JxC es Patricia Bullrich. En mi opinión, si por ella fuera, sellaría un acuerdo general con Milei y Espert para todo el país.

No lo va a hacer porque jamás romperá JxC. Pero dentro de esa coalición es la que mejor olfatea el asco civil por el Estado.

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Avanza a nivel verbal todo lo que puede para que a la gente le quede claro que, dentro de JxC, ella es la que está dispuesta ha quebrar el espinazo fascista del sector público. Pero el partido que juega no es fácil.

Esa coalición sigue teniendo dentro de sí componentes que aún ven en la participación del Estado en la economía (y por ende en los detalles más mínimos de la vida cotidiana de los ciudadanos) un modelo social, no solo defendible, sino deseable. Pero ese es precisamente el molde que se rompió (al menos para los más jóvenes) por el abuso que de ese sinsentido hizo el kirchnerismo durante los últimos 20 años. Por eso hablé de “empacho del Estado” unos párrafos más arriba. Millones de argentinos necesitan un detox estatal.

Una encuesta reciente reveló que, si pudieran, el 75% de los jóvenes de hasta 30 años se iría del país.

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Pero ese dato no es el más revelador. Lo más impactante del estudio es que el 50% de la gente de más de 60 años también se iría.

¿Y dónde irían? Si bien España aparece entre los favoritos, EEUU y Australia disputan los lugares de privilegio.

La pregunta es sencilla y hasta redundante: ¿qué iría a buscar un argentino a EEUU o a Australia si no fuera libertad y la seguridad de que no le van a robar el fruto de su trabajo?

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Pues bien, los que se irían pero no pueden, quieren traer a la Argentina eso que irían a buscar a EEUU o a Australia.

El mundo de hoy ha puesto al alcance de un teléfono con conexión a wifi una ventana a cómo son las cosas más allá del propio barrio. Y muchos quieren que las cosas sean así en SU barrio. Cómo no se pueden “exportar” a sí mismos (cada uno por las razones que fuere) han decidido tratar de “importar” lo que ven en su teléfono a su propia realidad.

Y saben -porque su teléfono también se los dice- que eso no vendrá de la mano del Estado sino que debe ser construido por sus propias manos en un contexto en donde el Estado, justamente, se los deje hacer.

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La opción “o prohibido u obligatorio” (esto es, que las únicas opciones para el ciudadano sean acatar lo obligatorio o abstenerse de hacer lo prohibido) ya no va más en la Argentina. El “empacho” kirchnerista terminó con eso. Los ciudadanos quieren tener mil opciones abiertas en un contexto de seguridad jurídica, razonabilidad fiscal, tranquilidad pública y tolerancia civil que les permita elaborar su plan de vida de acuerdo a una definición personalísima de la felicidad con la que aspiran a que nadie interfiera.

El próximo presidente será quien mejor desentrañe ese código social encriptado hoy en mil señales que si no se decodifican bien dirigirán al país a una nueva frustración.

No hay tiempo ya para la saraza. Todo ese lujo se lo dio el kirchnerismo a costa de destruir física y moralmente a la Argentina. El futuro político pertenece a los que tengan lo que hay que tener para entender que los argentinos reclaman una liberación urgente de la asfixia estatal. Ninguna corrección política que crea que la mejor táctica para ganar es no ofender a nadie va a reemplazar esa decisión ya tomada por una enorme porción de electores.

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Esa síntesis se puede lograr civilizadamente o a los golpes. Aunque es verdad que las PASO pueden resultar, esta vez, un interesante camino entre ambos extremos.

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