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Notas de Opinión

La desorientación de Cristina; la autodestrucción de Kicillof

La Vicepresidenta les reprocha el caos por la inseguridad en la Provincia a sus protegidos, Berni y Kicillof. Y desespera por el impacto electoral que pueda tener el asesinato en La Matanza.

Columna publicada originalmene en Infobae

El tiempo pasa, pero el dolor continúa en la Argentina. El 17 de marzo de 2004, un grupo de delincuentes asesinó de un balazo en la sien a Axel Blumberg. Tenía 23 años. Lo habían secuestrado en Martínez, habían pedido un rescate a su familia y, como el joven en un momento logró escapar del escondite adonde lo tenían y pudo ver a sus captores, lo recapturaron y lo mataron en un descampado de Moreno, provincia de Buenos Aires.

Los detalles de esa muerte conmovieron a la sociedad argentina que hizo su primera manifestación multitudinaria pidiendo más seguridad. Los Kirchner, Néstor y Cristina, volvieron de urgencia desde Santa Cruz y el entonces presidente lanzó un paquete de leyes para combatir la inseguridad. Además, recibió al padre del chico asesinado, que después intentaría un fallido desembarco en la política tras haber mentido sobre su título de ingeniero.

Kirchner se abrazó a la causa Blumberg como propia, porque sabía que las muertes por inseguridad sensibilizaban en extremo a la sociedad. Guardaba una foto del chico sobre su escritorio en la Casa Rosada y la mostraba a todos aquellos que lo visitaban.

Y a sus ministros, que le preguntaban porqué defendía a un chico de clase media alta proveniente de una familia anti peronista, les respondía: “No podes ir nunca contra un pibe asesinado por chorros”. Evidentemente, Cristina no aprendió aquella lección.

Quienes frecuentan en estas horas a la Vicepresidenta están al tanto de su exasperación. La ha emprendido a los gritos con el inexplicable ministro de Seguridad, Sergio Berni, y también con el gobernador Axel Kicillof. El economista rubio es su debilidad política pero no tiene filtros cuando cree que comete errores. Sucedió a fines de 2021, después de la derrota en las elecciones legislativas del peronismo bonaerense. Lo citó en El Calafate para retarlo durante cuatro horas seguidas; hizo difundir a la prensa los términos del encuentro y le intervino la Gobernación poniendo a Martín Insaurralde de Jefe de Gabinete bonaerense.

– ¿Ustedes quieren que la gente nos eche a todos a patadas? ¿Se volvieron locos? ¿Les pegan en la calle y los únicos que están ahí son los policías de Larreta? Salgan, echenle la culpa a ellos y pasemos a la ofensiva porque nos llevan a todos puestos. Despierten muchachos, vienen las elecciones…

Ese fue el resumen de la andanada que Cristina les disparó, primero a Berni, y después a Kicillof. De inmediato, los funcionarios, los militantes y hasta los activistas digitales del kirchnerismo se alinearon detrás de la estrategia de Cristina.

Desde el kirchnerismo se desplegó una estrategia sobre la responsabilidad en torno a la golpiza a Sergio Berni (REUTERS/Andres Pelozo NO RESALES. NO ARCHIVES)

Kicillof hubiera preferido echar de una patada precisamente a Berni. Pero Cristina lleva ocho honrando la deuda que tiene con el ministro de Seguridad. A pesar de sus bravatas, de sus videos disparatados en los que se hace llamar “Super Berni” y de su insuperable ineficacia para resolver aunque más no sea un solo aspecto del delito en la Provincia, la Vicepresidenta le permitirá seguir en su cargo hasta el final de la paupérrima gestión Kicillof.

Cuando se le consulta ese misterio a un intendente bonaerense, el hombre hace silencio, toma una lapicera y escribe sobre un papel el número 31. Después, siempre en silencio, hace un bollo con el papel y lo tira a la basura. Es la cantidad de llamados telefónicos que mantuvieron Cristina y Berni durante las primeras en las que se conoció que el fiscal Alberto Nisman había muerto en su departamento. Un día y medio antes de declarar contra la entonces ex presidenta por la causa del Pacto con Irán. Nadie conoce el contenido de esas llamadas. La única certeza es que, cada vez que Berni está a punto de caer, Cristina lo protege.

La maniobra de distracción ya es un clásico del cristinismo. La Patria es el otro y la culpa también. Fue culpa del maquinista la tragedia de Once con sus 52 muertos. Fue culpa de los Estados Unidos que no llegaran las vacunas Pfizer y se murieran miles de argentinos porque querían quedarse hasta con los glaciares. Y fue culpa del lawfare que la condenaran a Cristina seis años de prisión por fraude al Estado. Como no podía ser de otra manera, la culpa del asesinato del colectivero bonaerense también tenía que ser de algún sujeto político, además de los dos ladrones que mataron con la complicidad del garantismo kirchnerista.

Ahora la culpa es de la oposición, más precisamente de Juntos por el Cambio, y más específicamente del PRO. Berni culpó a la policía de la Ciudad, a Eugenio Burzaco (el flamante secretario de Seguridad porteño) y de Horacio Rodríguez Larreta. Para Kicillof, la cosa venía por el lado de Patricia Bullrich, ex ministra de Seguridad con Mauricio Macri. Teoría conspirativa básica.

Si los dos precandidatos presidenciales de la coalición opositora necesitaban algún tipo de ayuda extra para las PASO que los encontrará enfrentados el 13 de agosto, Rodríguez Larreta y Bullrich la obtuvieron en estas horas de desconcierto kirchnerista. La torpeza alcanza hasta para ocultar los errores que el macrismo también cometió durante la gestión anterior.

La muñeca negociadora de Axel

El caso de Axel Kicillof va camino a convertirse en un caso de estudio para los investigadores políticos del futuro. La mayoría de los encuestadores argentinos, incluso aquellos más cercanos a la oposición, coinciden en que sus evaluaciones lo califican como el kirchnerista mejor posicionado. Mantiene un piso electoral sorprendentemente elevado para una gestión tan inoperante.

Un consultor define su competitividad electoral de modo irónico. “Axel me aparece en los focus groups como el único kirchnerista honesto”, revela, con una sonrisa que no necesita mucha más explicación. Las causas judiciales por corrupción y la prosperidad patrimonial llevan veinte años floreciendo entre los compañeros del Gobernador. Las décadas ganadas, al final fueron dos.

La paradoja de Kicillof viene dada por su consistencia para negociar acuerdos internacionales que terminan de forma desastrosa para la Argentina. En mayo de 2014, siendo ministro de Economía de Cristina, acordó después de 17 horas de negociación con los 19 países del Club de París acordó pagar una deuda de unos 6.000 millones de euros abonando 9.700 millones. El monto encendió las alarmas de los economistas del kirchnerismo y sorprendió gratamente a los bancos europeos. No solo no había conseguido reducción alguna del capital sino que pagaba un 62% del monto adeudado, a un interés del 5,7% más todos los punitorios. En esos días, París sí que era una fiesta.

Peor fue el caso de YPF. El 16 de abril de 2012, Cristina Kirchner anunció como una epopeya nacional la expropiación del 51% de las acciones de YPF adquiridas por la petrolera española Repsol en la década del ‘90. El kirchnerismo contó incluso con el apoyo de la UCR a través de una ley en el Congreso y la estrategia “argentinizadora” fue planificada, otra vez, por la muñeca del entonces ministro Kicillof. El gran festejo nacional fue no haberle pagado un solo peso (ni un solo euro) al imperialismo ibérico.

Axel Kicillof

La genialidad argentina de Kicillof terminó saliendo muy cara. El Estado (todos nosotros) debió pagarle años después una compensación a Repsol de 5.000 millones de euros, además del descrédito para la Argentina que le cerró con esa decisión la puerta a muchas nuevas inversiones. Pero la historia siguió en la Corte de Nueva York, porque dos fondos de inversión que compraron la deuda del Grupo Petersen litigaron en EE. UU. y acaban de obtener un fallo que podría condenar a la Argentina a pagar entre 8.000 y 20.000 millones de dólares por no haberle hecho una oferta al menos mínima a los accionistas expropiados.

Como si los casos del Club de París y de Repsol-YPF no hubieran sido suficientes, este miércoles fue la Justicia de Londres la que falló en contra de la Argentina por los bonos con cupones atados al crecimiento que el país no pagó. Al manipular los datos oficiales de la inflación y el crecimiento del PBI, el kirchnerismo dejó la puerta abierta para el reclamo judicial que hicieron cuatro fondos de inversión. La sanción es de 1.330 millones de euros y todas las miradas apuntan a las decisiones polémicas de dos kirchneristas: las de Guillermo Moreno, ex secretario de Comercio con Néstor y Cristina, y claro, a las de Axel Kicillof.

Uno de los ministros actuales del Gobierno, que se ocupa de anotar en una tablet los traspiés del kirchnerismo, se divierte con los números negativos de las negociaciones de Kicillof. “Con toda la guita que pagó y que nos están reclamando, nos hubiera salido más barato que Axel fuera corrupto”, describe la paradoja. Si no fuera porque se trata de los recursos estatales del país con 54% de pobreza infantil, podría ser hasta una anécdota divertida.

No es extraño entonces que Cristina esté preocupada por su futuro electoral. La autodestrucción de Kicillof amenaza la posibilidad de su reelección como gobernador. La Provincia de Buenos Aires sigue siendo, como en 2017, el refugio que imagina la Vicepresidenta si se diluye como parece la chance de retener el Gobierno con Sergio Massa (o con Daniel Scioli) como candidatos. Si el Frente de Todos va a degüello en las elecciones presidenciales, todavía no descarta competir otra vez por la banca de senadora desde la boleta bonaerense junto a Kicillof.

En definitiva, la Provincia y el Senado pueden constituir los últimos territorios del poder desde donde resistir la decadencia del kichnerismo. La debacle previsible de Berni con la inseguridad bonaerense, que amenaza también arrastrar a Kicillof, deja al descubierto el enorme signo de desorientación electoral que afecta a Cristina. Si Massa cae bajo el peso de la inflación desbocada, las hipótesis de las candidaturas del ministro Wado De Pedro o la fantasía del presidente de YPF, Pablo González, muestran la debilidad de las apuesta perdidas.

Han quedado muy lejos aquellos días en los que la elección de Alberto Fernández como candidato presidencial, anunciado a través de un video, era considerado una jugada maestra de Cristina para sorprender y descolocar a todos sus enemigos.

La gestión de Alberto, y también la de su protegido Kicillof, recorren sus últimos meses exhibiendo los esqueletos de dos administraciones sin logros ni motivos para la celebración.

La jugada maestra resultó, al final, un artificio para agigantar y extender cruelmente el sufrimiento de demasiados argentinos.

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