Seguinos en nuestras redes

Notas de Opinión

Este gobierno no es kirchnerista (¿o sí?)

El nuevo relato de los seguidores de Cristina es repetir por todos lados que no fue ella la que estuvo gobernando estos años.

Columna de opinión publicada originalmente en Clarín

Un nuevo relato K viene avanzando a paso firme y buscará consolidarse y crecer durante los próximos meses de este año electoral: este gobierno no es kirchnerista. No lo ha sido nunca.

La estrategia para que las cuentas cierren es la siguiente: los gobiernos de Néstor y Cristina terminaron en 2015. Fueron 12 años. No fue magia.

Ahí empezó a dispararse la pobreza con el gobierno de Macri (Cristina dejó de publicar esos índices en 2013, dos años antes de irse) y todo empeoró de la mano de una inflación galopante con el gobierno de Alberto Fernández, que manejó la economía a su antojo y desoyendo los sabios consejos de su mentora, la vicepresidenta, quien por consiguiente sería completamente ajena a la hecatombe económica y social.

¿Qué responsabilidad tendría alguien que dejó de gobernar hace ocho años?

Más temprano que tarde en la iconografía kirchnerista, este gobierno -el de Cristina vicepresidenta y condenada por corrupción-, será tan ajeno y lejano como el propio kirchnerismo percibe a la distancia a los gobiernos peronistas de Menem o Duhalde.

El relato no es nuevo en cuanto a los tiempos de su formulación -con matices, se viene insinuando desde la derrota en las elecciones de medio término-, pero sí como estrategia general unificada, con pretensiones de alcance masivo.

Partió del Instituto Patria y se viene propagando fuerte de la mano de Máximo Kirchner, del Cuervo Larroque, de la diputada y economista Fernanda Vallejos (“Alberto Fernández -a quien antes había llamado okupa- no puede ganar ni a las figuritas”), al tiempo que baja hacia amplios sectores que abarcan desde el actor Darío Grandinetti (“Deseo que vuelva Cristina y que visibilicemos al enemigo”) hasta la militante anónima que acampa en la 9 de Julio y, cuando le acercan un micrófono, despotrica contra la ministra Victoria Tolosa Paz y contra el Presidente, aunque se apura en aclarar, sin que nadie le pregunte: “Este gobierno no es de Cristina”.

¿Se lo dijeron en el micro, camino a la marcha?

En las radios y los canales oficialistas es incesante en estos días el desfile de invitados, panelistas y periodistas militantes que machacan sobre la misma idea.

La foto de este miércoles de Alberto Fernández con Joe Biden y la negociación con el Fondo Monetario aceleran el proceso de “despegue”, reforzado por cierta desorientación que provocó, en la vereda de enfrente, el renunciamiento de Macri a ser candidato.

Cristina aprovechó que un senador estadounidense aliado de Trump pidió que se investigara si le corresponden sanciones tras ser condenada por corrupción en la Argentina para deducir que está proscripta.

“Como verás, todo hace juego con todo”, tuiteó.

Exacto: un relato enlaza con el otro.

¿Quién se animará a decirle, entre las huestes propias, que ella sí forma parte de este gobierno y que no está proscripta porque puede presentarse a lo que quiera mientras su condena no esté firme, algo que no ocurrirá este año?

Un gobierno de Alberto sin Cristina será imposible de sostener en los libros de Historia -con Alberto ajustando el gabinete a los deseos de la vice, dando batallas inútiles en su nombre y entregándole a La Cámpora las principales cajas del Estado durante todo su mandato-, pero la imaginación autoexculpatoria es una lavadora de conciencias que funciona, al menos, hacia adentro.

El kirchnerismo duro sostendrá este nuevo relato buscando repetir el hit del lawfare.

Esa experiencia -una idea que Dilma Rousseff le pasó a Cristina en 2017- les cerró por todos lados y bajó a la militancia como un emblema indiscutible de la victimización.

Si un tribunal absuelve, ¿vieron que Cristina era inocente?

Si un tribunal condena, ¿vieron que nosotros les avisamos cómo la iban a perseguir?

Si un tribunal no se define, ¿vieron cómo la tienen amenazada?

Utilizado así, el lawfare es una herramienta para la impunidad perpetua; un sayo blindado que cubre a Cristina de inocencia automática, aún por sobre las pruebas contundentes.

La idea de olvidar definitivamente el gobierno de Alberto como si Cristina nunca lo hubiera integrado -incluso, instalar que haberlo elegido para encabezar la fórmula ha sido un ejemplo de generosidad que se volvió un bumerán de ingratitud- sirve en la doble estrategia del otro relato de Cristina proscripta (“No la dejan volver”, como si estos años no hubiese estado) y del operativo clamor.

Si Cristina fuera finalmente candidata a algo -quizá revea el escenario de enfrentar un futuro judicial sin fueros-, recuerden: no tuvo nada que ver con este gobierno.

El problema de la idea es la endogamia.

Se trata de un discurso para los fieles, barrido por la primera brisa del otoño en cuanto sale a la vereda del país real.

TE PUEDE INTERESAR