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Notas de Opinión

No necesita que Cristina se lo pida: Alberto se baja solo de la reelección

En su último discurso ante el Congreso, el Presidente atacó a la oposición, a la prensa y acusó a la Corte Suprema en forma durísima. En el peronismo, ya nadie apuesta por su continuidad

Columna de opinión publicada originalmente en Infobae

“El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo”. Así comienza Crónica de una muerte anunciada, una de las mejores novelas de Gabriel García Márquez. Solo el talento de un grande de la literatura puede resistir que un texto tenga el dato más importante de la historia en la primera línea. El resto del relato está dedicado a la reconstrucción de la tragedia.

Algo parecido sucedió el miércoles 1º de marzo con Alberto Fernández. Desde el primer instante de la mañana en que el Presidente debía inaugurar por última vez la Asamblea Legislativa, todo el poder sabía que iban a ser parte de una impostura política: el unicornio azul de la reelección presidencial.

La escenografía no podía ser más bucólica. Cristina Kirchner, la Vicepresidenta y factótum del fiasco presidencial, desempolvó un centenar de muecas de fastidio para que las cámaras las reprodujeran en cadena nacional. Su hijo, Máximo Kirchner, y el gobernador Axel Kicillof ni siquiera se dignaron aparecer por el Congreso. Recién llegado de la India, Sergio Massa huyó del recinto para ubicarse en el palco presidencial reservado para los ex presidentes de la Cámara de Diputados. Sonreía junto a los peronistas Julián Domínguez y Eduardo Camaño como esos invitados incómodos que destrozan al novio en los casamientos.

No había militantes en la Avenida de Mayo, despejada cual si fuera un feriado. Ni siquiera los activistas rentados de los grupos piqueteros, que acompañan cualquier causa si la recompensa es importante. Apenas algunos carteles, con la utopía Alberto 2023, pegados en las paredes más cercanas a la Plaza de los Dos Congresos. Muchos de ellos, descascarados y despegados por el calor y la indiferencia general. El silencio fue la más maravillosa música que precedió a la llegada de la comitiva presidencial.

Alberto Fernández corrigió así, sin proponérselo, el título de otra novela. Esta vez, una del argentino Osvaldo Soriano, quizás el pintor más exquisito de las contradicciones del peronismo. El Presidente, en la última apertura del ciclo legislativo de su fallido mandato presidencial, lució más triste que solitario y final.

El discurso de Alberto incluyó los ingredientes necesarios para seguir agigantando la leyenda de su fracaso. Comenzó como ópera trágica, encarnando al líder moderado que debió soportar las inclemencias de la salvajada rusa en Ucrania (tímidamente pronunció la palabra invasión) y la maldición de la sequía en el campo. Y, en tono Obama, presentó a una serie de ciudadanos comunes que le daban rostro humano a las exitosas políticas públicas del país con 100% de inflación anual y 52% de pobreza infantil. Sonaban aplausos tímidos desde la bancada del Frente de Todos, pero el rictus de Cristina no le daba ninguna tregua.

Como toda rodada cuesta abajo, Alberto se permitió el gusto de ejecutar tres pequeñas venganzas contra la Vicepresidenta. Le marcó que él sí estuvo junto a Lula cuando el brasileño purgó cárcel por corrupción; condenó las investigaciones judiciales contra Cristina, aunque jamás utilizó el término santificado proscripción. Y se diferenció con la frase que más furia despertó en el kirchnerismo. “Cuando deje mi cargo, no podrán atribuirme el haberme enriquecido”. Hasta Lázaro Báez se dio cuenta de que en esas diez palabras no había un resquicio de casualidad.

Hasta allí parecía que todo quedaría en esas chicanas de bajo vuelo. Pero las escenas del verdadero derrumbe aparecieron en la última media hora de los ciento veinte minutos de agonía albertista. El Presidente hizo la transición a ópera bufa y emprendió una ofensiva gritona que le apuntó a la oposición (siempre arrancando por Mauricio Macri); a los empresarios sin escrúpulos, a los medios de comunicación y a la Justicia, poniendo el foco sobre los miembros de la Corte Suprema.

Final del día con Argentina a oscuras

Y lo del foco no es una metáfora, porque las cámaras de la televisión oficial de la ceremonia se detuvieron treinta y nueve veces sobre Horacio Rosatti y Carlos Rosenkrantz, el presidente y el vice de la Corte, que apretaban todos los músculos de la cara y resistían la andanada presidencial sin mostrar enojos ni sonrisas.

Hubo un momento en que el director de la transmisión hizo un primerísimo plano de los dos en el que se podían observar hasta las irregularidades del pómulo derecho de Rosenkrantz. El griterío y el intercambio de acusaciones entre oficialistas y opositores oficiaba como banda de sonido. Podrían haberlo confundido con un capítulo de Gran Hermano sino fuera por el hecho de que los legisladores se podían escapar. Y varios de ellos (Lousteau, Yacobitti, Randazzo o Graciela Camaño) lo hicieron.

Impedido de hacer valer su cargo con el kirchnerismo, Alberto Fernández sobreactuó un ensayo de indignación contra los jueces. “La Corte tomó por asalto la Magistratura”, gritó el Presidente, haciendo referencia a los fallos del Tribunal Supremo que no permitieron las maniobras oficialistas para hacerse de la mayoría en el órgano que evalúa y juzga a sus integrantes.

El simulacro no terminó allí. El Presidente también le achacó a la Corte Suprema el fallo que repuso la quita de fondos federales que su gobierno le quitó a la Ciudad de Buenos Aires para regalárselos a la Provincia, y hasta la carencia de juzgados en Santa Fe para combatir al narcotráfico, el drama que azota a una provincia que va a cumplir 28 de los últimos 40 años gobernada por el peronismo. La audacia nunca fue hija de la verdad.

Invitados apenas un día y medio antes de la Asamblea, los jueces de la Corte decidieron ir igual al Congreso. Sabían que los iban a ubicar en el centro de las acusaciones, pero acordaron una estrategia y se dirigieron al cadalso. Estuvieron Rosatti, quien fue ministro de Justicia de Néstor Kirchner y debió irse por oponerse a la construcción de cárceles bajo contratos sospechados de corrupción, y Rosenkrantz, por ser las dos autoridades más altas del Tribunal. Ricardo Lorenzetti y el peronista Juan Carlos Maqueda siguieron la ceremonia por TV desde sus despachos.

Al regreso, el clima en el cuarto piso del Palacio de Justicia se podía cortar con un cuchillo. “No vamos a responder ni tampoco nos va a temblar el pulso para firmar los fallos que tengamos que firmar”, fue la frase que retumbó en los cuatro despachos. Desde hace tiempo, al adjetivo que los funcionarios de la Corte usan para referirse al Presidente es el de “monigote”. No está en los libros de derecho penal, pero se impuso y ya nadie se contiene.

La Asociación de Magistrados y Funcionarios de la Justicia Nacional adoptó un criterio más cauteloso y manifestó su “estupor” por los ataques del Presidente a los miembros de la Corte Suprema. “Con innegable estatura cívica, escucharon educadamente un discurso proselitista colmado de intromisiones propias de la actividad de otro poder del Estado”, señalaron en el comunicado que hicieron público cuando ya había anochecido.

“Alberto se ganó el odio eterno de la Justicia, y lo que hizo no se lo vamos a perdonar nunca”, se juramentaban los supremos en la tarde larga del miércoles. La decisión de concurrir al Congreso se tomó como parte de la institucionalidad judicial y a pesar del exceso presidencial. Todos coincidieron en que la agresividad contra la Justicia había superado largamente los peores momentos de la reforma judicial que Cristina intentó en 2013, bloqueada finalmente por la Corte que presidía Lorenzetti.

Al caer la tarde, eran muchos los legisladores y gobernadores peronistas que se volvían resignados a sus despachos y a sus provincias por el bochorno vivido en el Congreso. Un grupo de ellos intentó cantar la marcha peronista al final de la ceremonia, pero casi nadie los acompañó. Abandonaron en la primera estrofa y no llegaron siquiera a entonar aquello de un grito de corazón. “Alberto le saca el ánimo a cualquiera”, se sinceraba uno de ellos. Y se preocupaba por el destino en el año electoral.

Para colmo, un par de horas después del escándalo en el Congreso, los funcionarios comenzaron a enterarse del incendio de tres líneas de transmisión eléctrica en la zona de Campana, de la salida de funcionamiento de la central de Atucha y después de la de Puerto Nuevo, que dejaron a media Argentina sin luz.

Era el final perfecto para el drama en que se ha convertido la gestión de cuatro años del Presidente. Se habían quedado sin luz la mitad de la ciudad de Buenos Aires y parte del conurbano bonaerense. Lo mismo sucedía en Santa Fe, Córdoba, Mendoza y San Juan. Kicillof no pudo hacer su discurso en la Legislatura Provincial. Los pasajeros sorprendidos al regreso del trabajo deambulaban en busca de colectivos porque los trenes no funcionaban. Las pantallas de la tele estimaban la dimensión del despropósito. Veinte millones de argentinos sin electricidad.

Entonces, como si los golpes de la realidad no fueran suficientes, llegó el tuit de Alberto Fernández para despertar a los distraídos en caso de que sobreviviera algún argentino sin fastidiarse.

“Hoy vivimos sustancialmente mejor que hace tres años; la Argentina es un gran país: es hora de ser artífices de nuestro propio destino”, escribió optimista el Presidente, repitiendo el ejercicio de inmersión en esos universos paralelos de fantasía que terminaron caracterizando a su gestión. O a la ausencia de ella.

En medio de la incertidumbre queda al menos una sola certeza. Cristina puede estar tranquila. No necesita que Alberto renuncie, como ella pide, a la idea de su reelección. El Presidente renuncia solo cada día. Y en su última Asamblea Legislativa, dio otro paso firme para que nadie se atreva a la aventura de tomarlo en serio.

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