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Notas de Opinión

La zancadilla de Bolsonaro a Lula que Cristina ya le había hecho a Macri

El ex presidente no entregó los atributos del poder en Brasil y eso alentó a sus fanáticos a atacar al Gobierno. El riesgo de deterioro democrático que también acecha a los dirigentes argentinos

Columna de opinión publicada originalmente en Infobae

“¿Está la democracia estadounidense en peligro? Es una pregunta que jamás pensamos que nos formularíamos”.

Así comienza el ensayo “Como mueren las democracias”, uno de los estudios más interesantes sobre el impacto de los engendros populistas sobre los gobiernos democráticos de todo el planeta.

Los escribieron dos profesores de Harvard, los estadounidenses Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, y lo publicaron en 2018, justo en la mitad del terremoto que produjo la gestión de Donald Trump. Es el resultado de 15 años de investigación en los que evaluaron la sangrienta dictadura de Augusto Pinochet en Chile; estudiaron el fenómeno chavista en Venezuela y el de Daniel Ortega en Nicaragüa; el proyecto autoritario de Erdogan en Turquía y el personalismo en algunos países de Europa del Este. Todo para encontrarle respuestas al desafío populista de Trump en EE.UU.

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Puede ser solo un buen entretenimiento académico hasta que, como sucedió este domingo en Brasil, estalla un intento de golpe de Estado contra el flamante gobierno de Lula llevado a cabo por simpatizantes muy exaltados de Jair Bolsonaro. Los ataques y la ocupación al Palacio del Planalto, al edificio del Parlamento y a la Corte Suprema de Justicia son el mensaje más poderoso que ha recibido la dirigencia argentina cuando nuestra democracia se dispone a ¿celebrar? los cuarenta años de su restauración.

Brasil no es solo el país más grande, el más habitado e influyente de América Latina. Es nuestro principal socio comercial y es, o debería ser, la gran puerta de conexión hacia la Unión Europea. Una posibilidad que estaba vedada con Bolsonaro y que volvía a generar alguna expectativa con la victoria de Lula, más allá de su ideología o de sus cuentas todavía pendientes con la Justicia.

Lo interesante del libro de los profesores Levitsky y Ziblatt es que cambian una idea establecida sobre los golpes de estado. Dejan de lado el mito de que se producían a través de levantamientos militares o revoluciones. El populismo ha ido reemplazando aquellos mecanismos por una estrategia de lento debilitamiento de las instituciones. Golpean a las democracias con tres misiles.

– Atacan el sistema jurídico. Demonizan a la Justicia.

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– Denigran y desprestigian a la prensa y a los medios de comunicación. Los periodistas son los enemigos.

– Dinamitan cualquier posibilidad de diálogo político. El que negocia con el adversario es débil. La confrontación pasa a ser la herramienta más indicada para acumular poder.

No hace falta haber hecho ninguna investigación académica para adivinar en que país se están dando esas tres condiciones que marcan los autores de “Cómo mueren las democracias”. Basta con leer las noticias de los últimos cinco días, de los últimos cinco meses o los últimos cinco años. La democracia argentina está bajo fuego permanente. La exaltación de Brasil está al otro lado de la frontera, y la chance de contagiarnos está ahí nomás.

En pleno año electoral, el cruce de mensajes para tratar de capitalizar la conmoción en Brasil ocupó el atardecer y la noche del domingo. Alberto Fernández, quien se arroga la prioridad de la amistad de Lula para furia de Cristina Kirchner, fue el primero en opinar públicamente de la invasión bolsonarista en Brasilia.

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El Presidente recordó su pésima relación con Bolsonaro y criticó a “los fantasmas golpistas que la derecha promueve”. La presunción izquierdista de Alberto es una constante en su fantasía de política exterior. Hay que reconocerle que, además de desconcertar al peronismo, con su auto percepción ideológica consigue encender la indignación de todo el Instituto Patria.

La oposición también reaccionó siguiendo una lógica que se repite en los últimos años. Horacio Rodríguez Larreta salió rápido a repudiar los ataques y a solidarizarse con el gobierno de Lula, lo mismo que varios dirigentes y legisladores del PRO y la UCR.

Mauricio Macri se pronunció en términos parecidos, pero le agregó un dato personal: recordó el ataque violento que el kirchnerismo y la izquierda hicieron a fines de 2017 contra el Congreso por un proyecto de reforma jubilatoria. “Primero destruirán las instituciones, pero después destruirán la libertad y la vida”, advirtió el ex presidente. Evidentemente, las catorce toneladas de piedras de aquella jornada siguen en su memoria.

También marcó un gesto de diferenciación Patricia Bullrich, quien le respondió directamente al Presidente. “Demócratas con otros países y autoritarios acá; el día que retire el pedido de juicio político a la Corte, puede opinar sobre lo que sucede en Brasil”, contraatacó la ex ministra de Seguridad, quien se metió de lleno con la ofensiva que el Gobierno ha radicalizado contra la Justicia. Muy atenta a lo que cree que piensan sus potenciales votantes, Bullrich no felicitó a Lula el día de su ajustado triunfo.

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Pero fue Cristina Kirchner quien eligió llevar su evaluación de la crisis brasileña al escenario de la política internacional que tanto le atrae. Para la Vicepresidenta, lo ocurrido en Brasilia reflejó “con exactitud” la toma del Capitolio que el 6 de enero de 2021 perpetraron otros fanáticos, en este caso, los de Donald Trump.

Claro que Cristina no podía dejar pasar otras cuestiones. En lo que ya es un clásico de los últimos meses, adjudicó el episodio de Brasil a “los discursos del odio en medios de comunicación y en las redes sociales”. Y agregó una alusión al atentado contra su persona en septiembre. “La estigmatización del que no piensa igual, hasta querer incluso suprimir su vida”, escribió en Twitter, encontrando un espacio de protagonismo en la crisis regional.

Hubiera sido una excelente oportunidad para la autocrítica de la Vicepresidenta. Porque si hay un huevo de la serpiente en el riesgo que acecha a la democracia argentina, se lo puede encontrar fácilmente en el calendario. El 10 de diciembre de 2015, Cristina Kirchner prefirió no entregarle el bastón de mando a Macri, como si su sucesor en la presidencia no tuviera la legitimidad democrática que le otorgó la victoria en las urnas.

Cristina jamás se arrepintió de aquella zancadilla, muy similar a la que Bolsonaro acaba de hacerle a Lula hace apenas una semana. Todo indica que ese momento de autocrítica nunca llegará.

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La ofensiva contra la Corte Suprema de Justicia, la misma que deberá opinar en última instancia sobre la condena judicial a seis años de prisión que pesa sobre Cristina Kirchner por la causa Vialidad, es el eje de su estrategia. La siguen con docilidad Alberto Fernández y la mayoría de los gobernadores peronistas.

A Sergio Massa le toca caminar por la cornisa. Le prometió al kirchnerismo que los tres diputados del Frente Renovador acompañarán en comisión el pedido de juicio político a los cuatro supremos, pero la cuestión lo incomoda. Preferiría no tener que pasar por la instancia de que tengan que votar y así quedar expuesto. El ataque a la Justicia, junto con la demonización de la prensa y la condena del diálogo político son las tres herramientas que Levitsky y Ziblatt le adjudican a los populistas en su libro.Son los grandes responsables de “como mueren las democracias”.

Es importante remarcar que, para Alberto y Cristina, los populismos golpistas son los de derecha. Por eso, la ineficacia y el desprecio por la democracia que han mostrado Trump y Bolsonaro les caía perfecto para justificar su teoría. El problema para el kirchnerismo son los populismos de izquierda. Como el golpe que quiso perpetrar en diciembre pasado el peruano Pedro Castillo, que comenzó queriendo reemplazar al Congreso y luego a la Corte Suprema de su país, pero terminó preso.

Tampoco responde a la ecuación “derecha = populismo” la persecución que el gobierno de Pedro Arce y Evo Morales están llevando a cabo contra el gobernador de Santa Cruz de la Sierra, Luis Fernando Camacho. El dirigente opositor está detenido desde el 28 de diciembre, acusado de haber intentado un golpe de estado en 2019. En aquel momento, y luego de las protestas que pusieron en crisis al gobierno de Evo por presunto fraude electoral, lo reemplazó la senadora Jeanine Añez, que meses después convocó a elecciones presidenciales. Apenas repuesto en el poder, el gobierno de Arce y Morales encarceló a Añez al igual que ahora lo hace con Camaño. Como en la década del ´80, Sudamérica ha vuelto a convertirse en un tembladeral político.

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Los gobiernos de izquierda de Gustavo Petro en Colombia, y el de Gabriel Boric en Chile, están soportando conflictos sociales y manifestaciones de protestas en las calles. Lo mismo le ocurre a la gestión de Guillermo Lasso en Ecuador, en este caso tratándose de un proyecto claramente de derecha. La inestabilidad política es un riesgo para las democracias de América Latina, cualquiera sea el signo político de turno.

El ataque al gobierno de Lula en Brasilia tuvo, además de dramatismo, una cuota asombrosa de humor. El tuit que se llevó el premio García Márquez al realismo mágico fue el del cubano Miguel Díaz-Canel, segundo en el poder detrás de Raúl Castro.

“Condenamos enérgicamente los actos violentos y antidemocráticos que ocurren en Brasil, con el objetivo de generar caos e irrespetar la voluntad popular expresada con la elección del presidente Lula”, dijo el presidente de una dictadura que no se somete a elecciones libres, que reprime con violencia cualquier atisbo de oposición y que lleva 65 años en el poder.

La Argentina, aún con sus penurias económicas y sus miserias sociales, ha logrado mantener en pie el respeto a algunos fallos de la Justicia, la aceptación de los resultados electorales y ha conservado una cuota, a veces mínima, de diálogo político.

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El 30 de octubre, justo en medio de una nueva definición electoral, el país estará cumpliendo 40 años de democracia restaurada. Aquella con la que Raúl Alfonsín decía que se comía, se curaba y se educaba. Ahora sabemos que, desde entonces, la salud y la educación se han deteriorado a niveles dramáticos. Y que más de la mitad de los argentinos comen salteado.

Quizás no todo esté perdido. Quedan todavía algunos resortes institucionales que deberíamos cuidar entre todos y ciertos retazos de tolerancia. Los mínimos para no terminar en el listado melancólico de las democracias que se dejan morir.

Notas de Opinión

Una descripción feroz de la cultura de algunos pueblos

La imagen cambia y da paso a las calles de Caracas en donde decenas de personas se pelean por juntar sobras de la basura

Columna publicada originalmente en The Post Argentina

En el film aparece Nicolás Maduro, sentado a una mesa y dispuesto a compartir una comida con otros invitados.

Está vestido de riguroso traje negro, camisa blanca y corbata oscura. A su lado hay una mujer rubia.

En la cabecera de la mesa un cocinero experto termina de dar los últimos toques maestros a lo que parece ser un exquisito cordero asado.

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Corta las costeletas a la perfección y se nota que su punto de cocción es exacto. El lugar aparece ambientado con una música tranquila y otros mozos están en la cercanía siempre atentos al momento de servir.

La imagen cambia y da paso a las calles de Caracas en donde decenas de personas se pelean por juntar sobras de la basura.

Todas están apenas vestidas con harapos y juntan también lo que pueden del piso.

La escena vuelve a la velada de Maduro y ahora el presidente de la República Bolivariana Socialista del Siglo XXI de Venezuela aparece en la misma mesa fumando un habano mientras muestra una remera que le acaban de regalar. El asador, mientras tanto, sigue dándole nuevos cortes al exquisito cordero.

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El film ahora va a un hospital de Maracaibo en donde se ve a un niño en avanzado estado de desnutrición y a un médico que explica las carencias proteicas y de vitaminas que ha tenido el pequeño desde que nació.

Luego se ven tres envoltorios en donde yacen los restos de bebés que murieron de hambre.

Las imágenes vuelven a la bucólica velada del presidente. Maduro se ha puesto unos lentes para ver mejor el trabajo del asador que está abocado solo a servirlo.

Mientras, en las calles, un grupo de personas junta con los brazos lo que parecen ser sobras de comida en la culata de un camión. La escena vuelve una vez más con la imagen de niños muy cabezones y de cuerpos diminutos con las costillas marcadas como las que uno veía en los documentales de Biafra en los ‘80.

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El vídeo termina con un niño más grande que, llorando, dice que allí no tienen nada, que no pueden conseguir comida y que ese mismo día había tenido que buscar sobras en un camión de basura, todo sucio.

Si alguien quisiera producir una imagen más chocante de la más repugnante desigualdad humana difícilmente pudiera entregar escenas más vomitivas que estas.

Por un lado, una elite pequeñísima, compuesta por unos jerarcas crueles e impiadosos que se han adueñado de todo y que viven en una opulencia obscena rodeados de lujos y placeres dignos de la decadencia del Imperio Romano.

Y por el otro, millones de infelices que apenas pueden comer sobras o directamente mierda, cuyos hijos mueren a los días de nacer o quedan para siempre condenados a la minusvalía del zombie.

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Uno se pregunta si esas personas estarán finalmente contentas. Su envidiado vecino “Juan” que se había logrado diferenciar de ellos porque había tenido éxito en el barrio al lograr satisfacer con su trabajo una necesidad insatisfecha de la gente, ya no tiene su auto ni su linda casa con su frente arreglado.

Ahora estaba allí con ellos, revolviendo la basura y comiendo del piso. Hace rato ya que el gobierno le quitó todo, acusándolo de ser un burgués explotador.

Un imaginario curioso le pregunta entonces a esas personas que desesperadamente siguen peleando por los restos de unas sucias chauchas, por qué están dispuestos a tolerarle a Maduro aquellas extravagancias repugnantes que le refriegan en la cara su indignidad mientras que mostraban tanta envidia por Juan que, después de todo, había logrado mejorar su condición brindando un servicio.

Todos parecen agachar la cabeza enfrascados en la desesperación de no dejar de prestar atención a la basura de la que depende lo que van a comer hoy, pero un par, con la cara llena de vergüenza, levantan un poco la cabeza y sin mirar a los ojos del atrevido interlocutor, dicen al unísono: “Es que a Juan lo conocíamos, era nuestro vecino”.

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Puede parecer exagerado pero en estas últimas bajezas escondidas en los pliegues más oscuros del ser humano se hallan los secretos insondables del “éxito” comunista en ciertos países que, vaya a saber uno desde cuando, arrastran una irrefrenable cultura del resentimiento.

De no ser por este costado vergonzoso de la naturaleza humana que, efectivamente, se ha hecho carne más en algunos lugares que en otros se basa la increíble realidad que uno ve hoy en países como Venezuela, Cuba, Nicaragua, Angola, Corea del Norte o cualquier otro de los páramos comunistas que algunos países tienen el infortunio de sufrir, aún en pleno siglo XXI.

El trabajo incansable de un conjunto de delincuentes (el comunismo no es, efectivamente, otra cosa que una careta ideológica para disimular con una pátina intelectual lo que no son otra cosa que delitos y delincuentes) que aspira a integrar una jerarquía que viva con los extravagantes placeres de Maduro, ha convencido a ciudadanos -a los que previamente empobrecieron y sumieron en la incultura por someterlos durante décadas a dosis homeopáticas de socialismo- de que el éxito del vecino (Juan, en nuestro ejemplo) no se debe a su trabajo, a su perspicacia, a su habilidad, a su estudio o a su inteligencia, sino a la explotación injusta del trabajo de otros. “¡Qué va a ser inteligente si vivía a la vuelta de casa”!, parecen decir al mismo tiempo que denuestan sus méritos.

Es conocida una frase atribuida al dictador Nikita Khrushchev en la que éste advierte que la Unión Soviética alimentaría “pequeñas dosis de socialismo hasta que finalmente despierten y descubran que ya tienen el comunismo”.

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La veracidad de la frase ha sido desmentida. Pero no así su verosimilitud.

En efecto, es posible que Khrushchev no haya sido tan tonto como para revelar públicamente la táctica que esperaban implementar. Pero lo que sí es un hecho es que eso es lo que el comunismo ha hecho. Es más, es posible que alguien suficientemente ingenioso haya creado el fake a partir de que era muy fácil creerlo, dado que eso es lo que efectivamente ocurrió en algunos países.

Una de las grandes jugadas del comunismo (a partir de que se lo creyó muerto de toda muerte a mediados de los ‘90 luego de la caída del Muro de Berlín, de la implosion de la URSS y de la aparición de la obra de Francis Fukuyama “The End of History and the Last Man”) fue hacer creer que efectivamente estaba terminado.

Desde ese lugar de “no-peligro” -porque como el comunismo había muerto lo que proponían los neocomunistas no era comunismo sino otra cosa- avanzó, tranquilo, sobre ciertas sociedades en las que había inclinaciones a la vez al resentimiento, a la ignorancia y a la imbecilidad.

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Una vez que la bota comunista se apoya sobre la cabeza del imbécil a este no le queda otro futuro que no sea buscar algo de comer entre las sobras de la basura mientras el jerarca come cordero asado y fuma sus habanos al mismo tiempo que una corte de sirvientes lo atiende para que no le falte nada.

La ansiada “igualdad” finalmente se ha alcanzado: todos son miserables. Los “Juanes” de la vida al lado de sus viejos vecinos, todos comiendo mierda.

Al final de este camino es posible que alguno de los imbéciles advierta lo caro que le costó envidiar a Juan. Es más, es posible que intente escapar, aún arriesgando su vida para, finalmente, intentar hacer en otra tierra lo que Juan había hecho en la suya. Pero son una minoría.

La mayoría seguirá atrapada en la miseria de una agonía eterna hasta que todos mueran y sean reemplazados por otros zombies más zombies que ellos.

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Notas de Opinión

La estrategia del PJ para evitar el triunfo de Larreta en una provincia

El próximo domingo arranca el largo proceso electoral de este año. Se enfrentan en La Pampa el candidato del jefe de Gobierno contra el de Martín Lousteau. Se sospecha que el aparato del peronismo local va a jugar a favor del postulante de la UCR

Columna publicada originalmente en MDZ Online

Al igual que en 2019 con la contundente derrota de Carlos Mac Allister, el poderoso aparato del peronismo de La Pampa hará todo lo posible para que el domingo próximo el candidato de la UCR, Martín Berhongaray, le gane la primaria al del PRO, Martín Maquieyra. Con esta extraña PASO se inicia el fixture electoral a nivel nacional.

Compiten en pleno febrero sólo los postulantes de Juntos por el Cambio ya que el oficialismo no participa por tener una boleta única encabezada por el gobernador Sergio Ziliotto, quien va por su reelección con el aval del jefe del PJ, Carlos Verna.

“El invento de la primaria en febrero es una herramienta poco seria que implementó Verna para digitar la interna de Juntos por el Cambio. Donde se vio que aquel espacio político que armó las listas a dedo no participe de la primaria, es poco serio”, le comenta a MDZ una alta fuente del PRO.

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Ya ocurrió hace cuatro años cuando el senador radical Daniel Kroneberger derrotó por paliza al ex futbolista Mac Allister. El jefe del oficialismo pampeano eligió al rival que consideraba como menos competitivo.

También se escuchan quejas en la primera línea de la conducción nacional del PRO contra la dirigencia de la UCR por no haber logrado un acuerdo que evitara ir a una competencia donde el peronismo pone su estructura y suele ser muy baja la participación.

“La gente está en otra cosa y corremos el riesgo de perder frente a dos aparatos, el provincial y el de la UCR con sus 16 intendentes, tenemos el mejor candidato y puede quedarse sin chances de competir contra el gobernador en mayo”, comentan voceros del partido amarillo.

Si bien Mauricio Macri acaba de visitar La Pampa para respaldar a Maquieyra y también lo harán Patricia Bullrich y María Eugenia Vidal, lo cierto es que el candidato está alineado con Rodríguez Larreta. Por eso la puja electoral del domingo próximo se ha transformado en un test entre el jefe de Gobierno porteño y la Unión Cívica Radical.

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Paradójicamente el candidato de la UCR pertenece a Evolución y es avalado por Martín Lousteau, socio político en CABA del candidato presidencial del PRO.

Según fuentes confiables del oficialismo provincial, Verna está obsesionado con el perfil competitivo de Maquieyra y el efecto que puede tener el caso Lucio en el electorado independiente.

“Quiere a toda costa que el candidato de la oposición sea Berhongaray, a quien percibe como un rival más accesible para asegurarse que el gobernador logre su reelección”, comentan desde Santa Rosa.

“El mayor temor al candidato del PRO es su inserción electoral en General Pico, la segunda ciudad en importancia de la provincia de donde además es oriundo Verna”, agregan.

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No son pocos los desconfiados que insinúan la existencia de un pacto entre el oficialismo local y los radicales. “Uno a veces sospecha que hay dirigentes de mi partido que tienen acuerdo con el peronismo”, dijo sin pelos en la lengua el dirigente radical Juan Carlos Marino. El ex senador nacional anticipó que no va a hacer campaña, ratificando su enojo con la conducción provincial de la UCR.

“Desde hace décadas que el radicalismo convive con el peronismo, obteniendo ventajas que compensan su poco interés por gobernar esa provincia”, comentan desde el PRO.

Obviamente desde el radicalismo niegan categóricamente esas especulaciones y aseguran que el domingo van a demostrar la capacidad de movilización del partido que “está viviendo un periodo de renovación”.

La pertenencia de Berhongaray a Evolución no es un dato menor. Lousteau y su socio Emiliano Yacobitti están apostando fuerte por varios de sus referentes en términos electorales. Esperan que el senador nacional haga una buena elección en la PASO porteña de Juntos por el Cambio y creen que Maxi Pullaro y Rodrigo De Loredo tienen serias chances de ser gobernadores de Santa Fe y Córdoba.

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Dentro de ese plan de construcción de poder aparece el hijo del histórico dirigente radical, quien con sólo cuatro años acompañaba a su padre en la campaña de Raúl Alfonsín en 1983. Hoy tiene 44 años y ha logrado el apoyo de los 16 intendentes de la UCR, dicen que los 4 jefes comunales del PRO no se han pronunciado a favor de Maquieyra.

“Somos fuertes en Santa Rosa que representa el 40% del padrón provincial y en tres de las ciudades más grandes”, dicen cerca de Lousteau.

Confían en la gestión y el compromiso de los intendentes propios en esas localidades. “Martín ya recorrió toda la provincia mostrando su identidad pampeana frente a la bajada del aparato del PRO”, agregan en el entorno de Lousteau, quien cerrará la campaña junto a Gerardo Morales en el Centro de Empleados de Comercio en Santa Rosa. Los radicales buscan nacionalizar la contienda del domingo desde una mirada federal contra el porteñismo del PRO.

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Notas de Opinión

El Presidente aceptó la presión K por la mesa política pero no baja su candidatura

Es la garantía para que en el FdT no haya tentación de eludir las PASO. También, una posibilidad de regeneración del PJ para recuperar autonomía respecto de la vicepresidenta.

Columna publicada originalmente en Clarín

Es probable que para quitarse de encima la presión kirchnerista, Alberto Fernández haya recordado una enseñanza que se le atribuye a Juan Perón. El ex presidente solía comentar con sarcasmo que para querer solucionar un problema hay que nombrar un responsable; para que perdure, en cambio, siempre es conveniente armar una comisión.

La referencia alude a la conformación de la “mesa política” demandada por el kirchnerismo que finalmente, después de resistirse, el Presidente convalidó. No estaría claro todavía el objetivo final. ¿Será para definir candidaturas? ¿Será para diagramar los pasos en el año electoral? ¿O también para tratar de conciliar posturas de la gestión de gobierno que Cristina Fernández y los suyos no observan con agrado? Cualquiera de esas interpelaciones encierra un conflicto potencial.

El primero de ellos es la obstinación de Alberto por presentarse a la reelección. La vicepresidenta está indignada. Mira en las encuestas la pobre valoración que la sociedad tiene del Gobierno. Considera absurda la jugada, salvo que esconda una segunda intención. No está clara. Tampoco resulta consistente que el Presidente siga creyendo sin perturbarse en las parrafadas elogiosas a su gestión que distribuye en cada acto público que le toca encabezar. Parece que lo hiciera adrede.

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La semana pasada, en Chaco, se explayó de nuevo sobre las bondades de su política en pandemia. El éxito presunto de la campaña de vacunación por el Covid. “No hemos privilegiado a los poderosos”, alardeó. “Hemos vacunado a todas las personas por igual, al mismo tiempo”. A su lado estaba el anfitrión, Jorge Capitanich. Rígido y aplaudiendo de compromiso. El gobernador, al margen por su edad del segmento de riesgo, fue uno de los primeros inoculados de aquel momento.

Esa “segunda intención” que desvela a Cristina sería la idea de Alberto de que el oficialismo se someta a las PASO para definir los principales candidatos. Algo que nunca hizo desde el 2009, cuando el matrimonio Kirchner, después de una derrota en las legislativas, decidió sancionar la reglamentación. El Presidente acostumbra a subrayar la buena utilización que Juntos por el Cambio supo hacer de dicho mecanismo.

La persistencia de Alberto con su reelección apuntaría a mantener con vida una competencia interna que al kirchnerismo no le agrada. En ese mundo prevalece siempre el gusto por la “fórmula de unidad”. Con la bendición de la vicepresidenta. Tutora eterna. La consagración de un candidato con votos propios podría debilitar a futuro esa condición.

El Presidente supuso que su propuesta, a esta altura, tendría mucho más brillo del que tiene. La realidad peronista ayuda nada. La del kirchnerismo, lo mismo. Sobre todo, si la vicepresidenta se mantiene en la banquina. Daniel Scioli, el embajador en Brasil, fue el primer anotado. Incluso antes que Juan Manzur. Al jefe de Gabinete le cuesta levantar vuelo. Todavía no se rinde.

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Manzur tiene pensado el 14 de mayo acompañar en la reelección a Osvaldo Jaldo en Tucumán. En agosto se presentaría en las PASO como precandidato presidencial. La configuración no es sencilla. Había pensado en Verónica Magario como vice para darle potencia bonaerense a la oferta electoral. La vicegobernadora desechó la delicadeza porque tiene claro que la única estrategia definida del kirchnerismo, por ahora, consiste en intentar retener Buenos Aires de la mano de Axel Kicillof. Ella es su vicegobernadora.

Eduardo De Pedro es hoy la única carta que exhibe el kirchnerismo para rivalizar en las PASO. Hombre de Cristina y Máximo Kirchner, venerado por La Cámpora. Muestra por el momento, según las encuestas, una fragilidad central: arrastra muy poco los votos incondicionales de la vicepresidenta. También es cierto que el tramo sustancial de la campaña todavía no arrancó. ¿Y Sergio Massa? . El ministro de Economía dio una fuerte señal de solidaridad con el kirchnerismo cuando concurrió a la cumbre del PJ bonaerense convocada por Máximo, en la cual estuvo además el ministro del Interior. El ex intendente de Tigre sabe, como lo saben todos, que su destino electoral y hasta su permanencia en el Gobierno depende de la economía de los meses venideros. Muy temprano para definirse.

Massa respaldó la presión sobre Alberto para la conformación de la “mesa política”. El ministro advirtió en la cumbre de Merlo que todos los pleitos en el oficialismo perjudican la posibilidad de mejorar la economía. ¿No es un conflicto también su posición en favor de un sector del Frente de Todos? La variable que domina las expectativas de la sociedad –también a los K– es la inflación. Massa va camino de incumplir su primera promesa: afirmó que en marzo habría una inflación por debajo del 4%. Las consultoras vaticinan para enero un 6%. Febrero arrancó con una cadena de aumentos. El ministro decidió negociar con las empresas una baja de los aumentos promedio del 4% al 3.2% pactados en los productos de Precios Justos. Las cuentas no le cierran para llegar con su pronóstico al tercer mes del año.

Massa arrastra otra dificultad. La “mesa política” podría convertirse en una Caja de Pandora. Máximo, De Pedro y Andrés Larroque, ministro bonaerense y secretario de La Cámpora, lo sostienen, aunque plantean objeciones al rumbo económico. El hijo de la vicepresidenta desempolvó el fin de semana anterior la necesidad de renegociar el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). El silencio fue la gambeta del ministro. En su entorno recordaron a Martín Guzmán, pero no fueron ofensivos. Nadie habló de ignorancia, como el ex ministro. “Quizá no conocen el contexto”, explicaron.

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Massa está dispuesto a correr esos riesgos con tal de no romper su sociedad con el kirchnerismo. Si su candidatura tiene alguna chance, conjetura, es en la vecindad de esa corriente gravitante del Frente de Todos. Pero prefiere no encandilarse con los espejitos. La economía puede en cualquier momento sacarlo de juego. Alberto parece no haberse mosqueado por esa gestualidad de Massa. “Se está apurando”, habría comentado. En verdad, la convergencia de los K con el ministro denota dos cosas. La contradicción entre el relato y la política de ajuste. La orfandad política de ese sector.

El Presidente no desecha la candidatura de Massa. Tampoco la de De Pedro. Simplemente piensa que cualquiera que sea debería revalidarse en las PASO. La única manera que el posible candidato construya cierta autonomía respecto de Cristina. Sobre todo, si ocurre el milagro de otro mandato. Quizá volvió a hacer ruido en su cabeza aquella frase que pronunció una semana antes de ser ungido candidato el 18 de mayo del 2019: “No tengo ganas de que haya un títere en la Casa Rosada y el poder esté en Juncal y Uruguay. O se hace cargo de lo que viene o deja libre a todas las fuerzas”, declaró entonces. Se hizo cargo y todo salió como se ve.

Aquella autonomía a la que refiere el Presidente tiene relación con las exigencias que hallará el próximo gobierno y la herencia que no es la que se cuenta en el poder. Aseguran que Alberto hace hincapié en la autonomía para garantizar la gobernabilidad. Aplica ese principio al Frente de Todos. También a Juntos por el Cambio. “Ni Macri (Mauricio), ni Cristina”, dicen que es su latiguillo dilecto.

La condición de sabueso (a) político (a) de la vicepresidenta no resulta una novedad. ¿Será por aquel latiguillo que ella y su logia desean expulsar a Alberto de cualquier contienda electoral? ¿Será, en efecto, porque representa un obstáculo para la prolongación indefinida del liderazgo de Cristina o la voluntad, a lo mejor, de terminar recurriendo a una “fórmula de unidad” para 2023?

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Tanta desconfianza explica los motivos por los cuales el kirchnerismo nunca termina de comprender muchas de las sobreactuaciones de Alberto. Una es el impulso que dio al juicio político a la Corte Suprema en Diputados. El trámite empezó deshilachado y tiene el peligro de no cumplir siquiera con los estándares mínimos previstos por el oficialismo: la atención de la opinión pública, el temor de los cuatro jueces apuntados, la idea de inculcar que Cristina sólo está siendo perseguida por su presunta defensa de los pobres y no por la corrupción que inundó sus dos mandatos. Vaya una primera corroboración: las acusaciones en el Congreso se estrellan contra una realidad que sintoniza de otro modo. La Justicia parece delimitada ahora a los casos del asesinato en La Pampa del pequeño Lucio Dupuy y el ataque mortal que sufrió en 2019 en Villa Gesell Fernando Báez Sosa.

La inquina contra el Presidente escala tanto que la última semana fue posible escuchar una acusación insólita y grave en su contra. Larroque sostuvo que estaría “minimizando” el intento de magnicidio que sufrió Cristina el primer día de septiembre pasado. El kirchnerismo, también en este caso, viene fracasando en su propósito. No está en discusión la gravedad de lo ocurrido. No consigue instalar, sin embargo, la prédica sobre una maquinaria política y de intereses económicos detrás de la bala que no se disparó.

La jueza María Eugenia Capuchetti elevará a juicio oral la causa con tres detenidos-procesados: Fernando Sabag Montiel, Brenda Uliarte y Gabriel Carrizo. La llamada “banda de los copitos”. Seguirá con las investigaciones, pese a las recusaciones que sufre, acorde a los planteos que realiza la defensa de Cristina. La semana pasada tomó la última declaración a Carrizo.

El líder de la banda explicó que Sabag Montiel habría hecho lo que hizo para reivindicarse ante Uliarte. La joven, al parecer, lo humillaba. Incluso sexualmente. Confesión que no cuadra en el kirchnerismo. Tanta decrepitud atenta contra la narrativa de la épica.

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