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Notas de Opinión

Alberto prometió científicos y termina contratando a un CEO

El ex Syngenta, Antonio Aracre, asumirá en febrero como asesor jefe del Presidente. Pretende un imposible: acordar con gremios y empresarios, en medio de la batalla contra los jueces y la oposición

Columna de opinión publicada originalmente en Infobae

Parece que fue hace mucho tiempo, pero apenas han pasado tres años. La decadencia extiende la sensación del tiempo. Alberto Fernández presentaba a su gabinete y gritaba eufórico que se acababa la era de los CEOS para inaugurar lo que bautizó como “un gobierno de científicos”. Se iban los empresarios que acompañaron a Mauricio Macri y llegaban para salvar a la Argentina los militantes peronistas surgidos de las universidades.

Ya casi queda nada de toda aquella epopeya de celofán. La abogada Marcela Losardo se rindió a la primera estocada de Cristina. El sanitarista Ginés González García debió irse cuando descubrieron las oficinas VIP donde los funcionarios y amigos se vacunaban contra el Covid que mataba a miles de argentinos. Y el economista Martín Guzmán huyó acosado por la inflación, por la suba del dólar y por el kirchnerismo, que se olvidó del Nobel de Joseph Stiglitz para condenarlo por ser un empleado del FMI.

Sin dudas, la mayor sorpresa del comienzo del año es que Alberto Fernández haya contratado a un CEO para mejorar aunque sea un poco la imagen barranca debajo de su gobierno.

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Quizás la euforia por la obtención del Mundial de Fútbol de Qatar le haya sacado algo de brillo al anuncio del ingreso del empresario Antonio Aracre como Jefe de Asesores de la Casa Rosada. El ex CEO de Syngenta pasó de la soja con glifosato a un lugar impensado en la gestión tambaleante del Frente de Todos.

“Ayer Campeones del Mundo con la Selección de futbol y hoy Desayuno en Olivos, con el Presidente Alberto Fernández. ¿Podrán empezar la semana mejor que yo?”, publicó contento el empresario en su cuenta de Twitter junto a una selfie con el Jefe de Estado. La noticia no causó gran efecto ante una sociedad obnubilada por la celebración de la victoria ante Francia y la bienvenida que tendría al día siguiente el equipo de Lionel Messi.

Aracre y Alberto Fernández comprendieron entonces que no había ánimo ni espacio para atender las novedades de su ingreso al gabinete. Postergaron la asunción del empresario para el 6 de febrero y dejaron pasar una semana hasta que los goles de Messi y Angel De María empezaran a abandonar las pantallas de TV.

Entonces sí, el ejecutivo de 56 años que había dejado su cargo de más de una década como CEO de Syngenta hizo sus primeras declaraciones a la radio Futurock. ¿Lo primero? Desterrar la idea de que venía a inocular en el gobierno un germen del macrismo. Había que defender las banderas de los científicos. Aún en tiempos de retroceso. Amague y recule, diría Cristina.

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“No creo que el gobierno de Alberto Fernández se convierta en un gobierno de CEOs con mi presencia, sino que intentaré complementar la experiencia y el conocimiento de mis demás colegas en el gabinete con una visión desde el sector privado”, se atajó Aracre, con prudencia de principiante. De todos modos, todavía no tiene aprendido el ejercicio discursivo del albertismo, que siempre habla con las palabras que quiere escuchar Cristina.

“Creo que no es bueno solamente un gobierno de CEOs ni un gobierno solamente de científicos, o de filósofos. Como en todas las cosas, la diversidad de pensamientos y experiencias nutren las posibles soluciones”, arriesgó luego. Aracre ha logrado sobrevivir en el competitivo mundo empresario defendiendo el concepto de diversidad. En 2013, salió del closet y les reveló a sus hijos y a su jefe corporativo su condición de homosexual.

“Admito que soy un bicho raro”, le dijo tiempo después a la revista Forbes, que lo retrató en su portada con un título sugerente para una sociedad todavía en proceso de deconstrucción machista. “Hoy es más fácil ser gay y CEO”, explicaba Aracre. Para entonces, ya había comenzado a transitar el camino del mundo empresario al más sinuoso de la política.

En julio de 2019, Aracre sorprendió apareciendo en la Facultad de Agronomía junto al candidato Alberto Fernández y a quien sería el primer ministro de Desarrollo Social, Daniel Arroyo. Allí presentó un “Plan contra el Hambre”, basado en la utilización de los alimentos surgidos del sector agropecuario para atacar uno de los mayores problemas que tiene el país al que hace apenas un siglo Leopoldo Lugones le escribía el poema del loor al trigo.

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Con Alberto Fernández en la presidencia, Antonio Aracre se convirtió en uno de los empresarios de contacto asiduo con el poder. A medida que se fue extinguiendo la pandemia, el empresario comenzó a describir la parábola de su salida como CEO latinoamericano de Syngenta para explorar el territorio hostil de la función pública. “El tenía ganas de dar el salto desde hacía mucho tiempo”, explica un dirigente que lo conoce bien.

Antes de aceptar la oferta de Alberto Fernández, habló con algunos amigos empresarios y con otros economistas. Incluso cambió ideas con el secretario de la Producción, José “El Vasco” De Mendiguren, quien viene también de la experiencia empresaria. Fue una forma, además, de acercarse al ministro de Economía, Sergio Massa, quien maneja sin consultas todos los resortes económicos de esta etapa terminal del Gobierno. “El plomero del Titanic”, como al mismo Massa le gusta definirse.

En sus primeras declaraciones como funcionario futuro, Aracre ha dicho que quiere convertirse en un nexo del Gobierno con la oposición, con los empresarios y con los sindicatos. Un propósito que suena a utopía ahora que el Presidente ha decidido aferrarse a la deriva de Cristina y pedir el juicio político de Horacio Rosatti y del resto de los jueces de la Corte Suprema. ¿Hay opositores que quieran participar del diálogo en estas circunstancias?

“Por supuesto que la seguridad jurídica es muy importante pero no es lo único, a veces exageramos ese punto y olvidamos que lo primero que mira la inversión es la oportunidad de negocio y en la Argentina tenemos enorme cantidad de cosas para crecer”, es otra de las definiciones con las que Aracre se ha diferenciado de la línea que sostienen la mayoría de los empresarios argentinos.

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Luego del fallo con el que la Corte Suprema restituyó a la Ciudad de Buenos Aires el 2,95% de la Coparticipación que le había quitado Alberto Fernández, decisión que precipitó la furia de Cristina Kirchner, la Unión Industrial Argentina y la AmChan (La Cámara de Empresas de origen estadounidense), emitieron sendos comunicados reclamándole al Gobierno que cumpla con la medida judicial. Aracre tendrá que revisar su mirada sobre la seguridad jurídica en el país si es que aspira a convertirse en un referente del diálogo. No parece que la cosa vaya a mejorar para cuando el ex CEO asuma en el horizonte lejano de febrero.

El clima político con el que arrancó el año supura confrontación extrema por todos los poros. El gobierno de Alberto Fernández ataca a la Corte Suprema y a Juntos por el Cambio con el argumento de los chats supuestamente sospechosos, y la oposición va a la Justicia por la utilización de esos mensajes obtenidos presuntamente por métodos ilegales de espionaje.

“Que el kirchnerismo reconozca que no les gusta la democracia”, fue la frase que el miércoles le dedicó al Gobierno Horacio Rodríguez Larreta, en una conferencia de prensa en la que le respondió al Gobierno luego de haber aceptado el pedido de licencia por tres meses de su ministro de Justicia y Seguridad, Marcelo D’Alessandro, protagonista de los chats de la polémica.

Es en este escenario de múltiples enfrentamientos donde Aracre debe estrenar sus desconocidas habilidades de componedor. El ex CEO le ha explicado al Presidente que le gustaría arrancar con el intercambio de opiniones en torno a tres cuestiones centrales: la búsqueda de un Estado más eficiente y menos burocrático; el consenso para una amplia reforma tributaria y explorar un gran acuerdo para un shock anti inflacionario. Cuando lo escuchan, sus futuros compañeros de gabinete lo miran con piedad.

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Los empresarios y dirigentes que lo conocen coinciden en que la misión que le han encomendado a Aracre es la de ser el vocero de buenas noticias económicas en el contexto del año electoral. Allí tendrá un problema de cartel. Porque si llega a haber una buena noticia económica que comunicar, es Massa quien se va a reservar ese lugar. Para eso asumió en el ministerio de Economía cuando Alberto y Cristina debieron aceptar que era la única alternativa al naufragio financiero y el riesgo de hiperinflación.

No han sido fructíferas las experiencias de los empresarios como funcionarios de los distintos gobiernos en cuatro décadas de democracia. En el comienzo de la gestión de Carlos Menem, ni Miguel Angel Roig (fallecido) ni luego Néstor Rapanelli pudieron resolver la crisis económica con el respaldo del grupo Bunge & Born, por lo que debieron dejarle el lugar a Erman Gonzalez, y finalmente al plan de Convertibilidad de Domingo Cavallo.

Tampoco terminó bien la experiencia que, durante el gobierno de Mauricio Macri, tuvieron como ministros coordinadores (del entonces Jefe de Gabinete, Marcos Peña) los ex CEOS Mario Quintana y Gustavo Lopetegui. También se fue desautorizado y sin completar su plan de ajuste de tarifas energéticas el ex CEO de Shell, el empresario Juan José Aranguren. Fueron parte de un proceso de declive que llevó al macrismo a la derrota electoral en 2019, y a la clausura de la posibilidad de la reelección.

Claro que ahora es mucho más desafiante y complicado el panorama que le espera a Antonio Aracre en un gobierno que se va despedazando día tras día, y que muestra ya sin pudores la debilidad del Presidente. Queda un mes todavía para que el nuevo Jefe de Asesores asuma y conozca de cerca el precipicio.

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Quizás ya lo sepa, quizás no. Le están pidiendo a Aracre una misión imposible. No hay CEOS, no hay científicos ni hay filósofos que puedan encontrar las respuestas que hace cuarenta años busca, y no encuentra, el país de los objetivos perdidos.

Notas de Opinión

¿Cuál es el futuro de nuestra ciudad de acá a 10 años si no hablamos de vivienda?

Desde 2008 creció un 52% la gente que alquila. Hoy el acceso al crédito es casi inexistente y la incertidumbre macroeconómica limita la libertad de elegir qué riesgos y qué compromisos tomar a la hora de decidir dónde vivir.

Acceder a un departamento, hoy en Argentina, parece una tarea titánica por más ganas que uno tenga. En un país donde necesitas juntar 19 años de tu sueldo si querés ahorrar en ladrillos, comprar es una utopía para la mayoría. Pero alquilar también se está volviendo cada vez más difícil. La caza de departamentos en Internet o en una vidriera, la batalla contra los demás competidores, la montaña de requisitos entre seña, garantía o seguro de caución y otros; son todas barreras que dificultan encontrar un lugar donde vivir.

La crisis habitacional en nuestro país es preocupante. El Censo 2022 nos muestra que el déficit es una tendencia creciente. El mercado para acceder a la vivienda está roto, como el resto del panorama económico y político nacional. Todos conocemos el escenario que vivimos hoy: una economía desordenada, un gobierno sin un norte claro, un sector de la política que se habla a sí mismo sin prestar atención a las preocupaciones de la gente.

La mayoría de la dirigencia política hoy está inmersa en una grieta que enceguece e impide el consenso necesario para sancionar una nueva ley de alquileres. Mientras, el inquilino promedio destina más de 40% de sus ingresos al alquiler y expensas, sumado a la lista de cosas a pagar a fin de mes. Los propietarios temen que la próxima medida cercene su libertad de disponer sobre sus bienes inmuebles mientras ven caer su renta bruta anual promedio (hoy, no llega al 3%, muy por debajo del 5,6% que obtuvieron en 2017).

Con vivienda, parece que nadie sale ganando. En la Ciudad de Buenos Aires, 1 de cada 4 personas piensa que la falta de acceso a la vivienda es una de las principales problemáticas del barrio donde vive, según una encuesta de Isonomía Consultores. Perjudica al inquilino, perjudica al propietario y los políticos, que saben de este perjuicio, no lo tocan por miedo a perjudicarse.

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En Argentina, el elefante en la habitación tiene un cartel de “2 ambientes en alquiler”. En algún momento hablar de vivienda se volvió tabú. Todos tenemos el tema en la cabeza y la mayoría de los políticos no lo quieren tocar. Pero este es un debate que el mundo ya arrancó a dar hace décadas. Y a mí me convoca preguntarnos ¿Cuál es el futuro de nuestra Ciudad de acá a 10 años si no hablamos de vivienda? Lo que sí puedo afirmar es que nos espera algo muy bueno si empezamos a conversarlo ahora.

Del 2008 a hoy, creció un 52% la gente que alquila en la Ciudad de Buenos Aires. Por un lado, porque hoy el acceso al crédito es casi inexistente y la incertidumbre macroeconómica limita la libertad de elegir qué riesgos y qué compromisos tomar a la hora de decidir donde vivir. Pero por otro lado, para muchos, el sueño de la casa ya no es tal y el alquiler no solo es un “plan B” sino que es la alternativa buscada (7 de cada 10 jóvenes se mudaría a un piso compartido).

La Ciudad de Buenos Aires, al igual que otras grandes capitales del mundo, avanza hacia un proceso de “inquilinización”. Es decir, aumenta el número de inquilinos en relación a propietarios. Este fenómeno no es algo exclusivamente porteño. En París, 6 de cada 10 habitantes son inquilinos y en Berlín este número crece a 8 de cada 10.

Alquilar es una realidad contra la cual no hay que pelear, sino facilitar. Debemos pensar medidas que logren tender un puente entre oferta y demanda, que faciliten la entrada a quienes quieran acceder y, también, que promuevan la oferta con objetivos claros y un público definido. A nivel local, hay muchas políticas públicas que ya empezamos a contemplar. El Instituto de Vivienda de la Ciudad (IVC), por ejemplo, maneja una cartera de alternativas incipientes que buscan ayudar a ciertos sectores a aliviar la carga que implica un seguro de caución.

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Avenidas Álvarez Thomas y Federico Lacroze, esquina simbólica y comercial del barrio de ColegialesAvenidas Álvarez Thomas y Federico Lacroze, esquina simbólica y comercial del barrio de Colegiales

Pero, además, es necesario que nos animemos a dar nuevos debates, pensando cómo abordar el acceso a la vivienda de manera integral. Mirar cuáles son los debates que se vienen dando en otras ciudades del mundo con el mismo panorama, entender cuáles son las preguntas que podríamos estar haciéndonos nosotros y tomar decisiones basadas en evidencia para nuestro futuro. El mundo no se quedó debatiendo solamente cómo regular el mercado de alquileres y tampoco deberíamos nosotros.

Alquilar hoy no es independiente de generar un mercado inmobiliario que nos permita comprarnos una casa mañana. Pero tampoco es independiente de generar mayor certidumbre estructural para que se den debates innovadores sobre cómo vivimos. La “covivienda”, por ejemplo, es una solución que nació en Países Bajos y que hoy ciudades como Barcelona implementan como una manera de abaratar costos y espacio, alquilando unidades y compartiendo espacios comunes. Muchas ciudades lo adoptaron y funciona para jóvenes e incluso para la tercera edad, también como solución a la soledad. El Desarrollo Urbano enfocado en la producción de vivienda exclusiva para el alquiler es otra medida estratégica en muchas capitales del mundo. Así como también lo es el desarrollo de instrumentos crediticios que permitan acercar a quienes quieren comprar o alquilar, las herramientas financieras para lograrlo.

El mundo avanza a una velocidad inusitada y quienes logran adaptarse de manera exitosa se animan a innovar, se anticipan a los desafíos y apuestan por crecer, haciéndolo de manera sostenida. Para poder vivir en el futuro que queremos, es importante que comencemos a trabajar por él hoy.

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Notas de Opinión

Cristina Kirchner, una diva sin público

La vicepresidenta argentina nunca ha estado tan alejada del sentir nacional. Con unas cifras económicas dramáticas y una pérdida de relevancia interior y exterior, apela ahora a la teoría persecutoria

Columna de opinión publicada originalmente en EL PAIS

Nunca estuvo Cristina Kirchner más alejada del sentir nacional. Le son ajenos tanto el drama (la inflación anual del 94%, la pobreza), como el éxtasis y la euforia. Al punto que parece ser la única argentina a la que el Mundial le jugó en contra. Cristina, que supo hacer de la escena política argentina una ópera centrada en sus gestos y silencios, se encuentra desde hace tiempo perdida en un laberinto personal, al que intenta disfrazar sin éxito de épica nacional.

A principios de diciembre, en el marco de la causa Vialidad, Cristina fue condenada a seis años de prisión por malversación de fondos públicos; de permanecer firme, la sentencia la inhabilitaría a ejercer cargos políticos. Desencajada y furiosa, Cristina se defendió por televisión con la que viene siendo su única estrategia hasta ahora: atacar a los jueces, sindicándolos como “una mafia, un Estado paralelo” al servicio de los enemigos del pueblo, que buscan destruirla y castigarla por su gran labor al comando de los últimos veinte años en Argentina, desde 2003 hasta la actualidad (con un intervalo de Mauricio Macri en 2015-2019). Declaró ardiente que su partido no contaría con ella para los comicios que se celebran este año, en lo que buscó sonar como un renunciamiento espectacular. Sin embargo, su emoción se desplomó en el vacío: los argentinos estaban demasiado ocupados estudiando a los rivales que enfrentaría Argentina en el Mundial de Qatar. Fueron poquísimos a protestar a la puerta del juzgado, y los que fueron, reclamaron ante las cámaras que les pagaran lo debido, su óbolo por marchar en defensa a Cristina.

Cuando Argentina obtuvo la anhelada Copa del Mundo, la selección se negó de plano a encontrarse con ningún representante del Gobierno. Los campeones se rehusaron a completar el ritual de la selección en la Casa Rosada, como había ocurrido en 1978, con la Junta Militar, y en 1986, con Raúl Alfonsín. Con tal de no acercar el tótem dorado al beso de los labios presidenciales, los jugadores prefirieron pasarse ocho horas al sol en un bus oscilante hacia el Obelisco. Por su parte, Alberto Fernández debió contentarse con fotografiarse con algunos periodistas deportivos que viajaron a relatar los partidos. Era lo más cerca que estuvo de la gesta de Qatar.

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Algunos osados fueron a recibirlos igual: Wado de Pedro, delfín posible de Cristina, extendió su abrazo cariñoso hacia Messi y Scaloni, que lo eludieron olímpicamente. El video parece una comedia de Buster Keaton, con los futbolistas caminando con la mirada fija al frente, para evitar rozar siquiera con los ojos a la corte peronista. Cristina acusó el desprecio: sin nombrarlo, agradeció al capitán en un tweet, “que con ese maradoniano ‘andá pa allá bobo’ se ganó definitivamente el corazón de los argentinos”. No reconocía a Messi por su esfuerzo y singularidad, sino por su conexión con alguien del pasado, como si dijera “te quiero porque me recuerdas a otro”. Messi ha cargado siempre con el yunque del personalismo exuberante de Diego Maradona, al punto que su carrera en la selección argentina ha consistido en buena parte en desprenderse de la gravitación del divo; es quizás lo único que Messi tiene en común con el peronismo, que intenta desprenderse a su vez del peso de Cristina. Todavía no lo logra, pero ella no se rinde nunca. Una semana después de la victoria, a despecho de la Messimanía que sacudía el país y el planeta, Cristina se trasladó a Avellaneda a inaugurar el polideportivo de fútbol “Diego Maradona”.

Ahora Cristina busca elevar su atolladero personal a nuevas cimas. Entre 2003 y 2015, cuando ejercieron el poder ejecutivo, los Kirchner otorgaron partidas presupuestarias colosales a varios socios comerciales como Lázaro Báez, en un esquema que luego reconducía el dinero público hacia la pareja. Este esquema de corrupción en la primera línea del Estado tiene múltiples ramificaciones que se dirimen en varias causas penales, y es lo que tiene a Cristina complicada en los tribunales. No puede argumentar que el sistema recaudatorio no existió, ni que no se benefició de él: por ese motivo su maniobra consiste en recusar tout court a los jueces, impugnar el sistema entero. Un masivo ad hominem contra el poder Judicial. Obediente a los deseos de su vice, Alberto lleva la defensa de Cristina al paroxismo: solicitó el juicio político a la Corte Suprema. En un año electoral, elevó la defensa judicial de Cristina a campaña política.

El ataque del poder ejecutivo a la Corte Suprema cosecha críticas en la ONU, en Alemania y en el Gobierno de Biden, y no deja de ser un galimatías palaciego en un país con una inflación de tres dígitos y un 50% de pobres. El kirchnerismo sabe que es un show vacuo, una balsa hecha para naufragar. No cuenta con los números parlamentarios para que prospere. Si Massa, actual ministro de Economía, instruye a sus tres diputados, podrían conseguir los votos en el Congreso, pero saben que la cruzada morirá finalmente en el Senado, donde el peronismo no tiene mayoría. Sergio Massa enfrenta un dilema: ¿por qué querría el próximo presidente sumarse a la embestida contra la Corte Suprema, que permanecerá impertérrita en su lugar una vez que Cristina y sus líos judiciales se vayan?

Hábil y ambicioso, la falta de escrúpulos de Massa tiende a ser percibida como una forma de audacia. Massa sabe que, para ganar, necesita a la iglesia kirchnerista, ese 25% que controla Cristina. Su solución es aplicar peronismo clásico: decirle a cada uno lo que quiere escuchar. Se complementa bien con Alberto Fernández: aunque su imagen roza los zócalos, Alberto hace un buen trabajo escenificando los gestos “de izquierda” que impiden a los lobos más jóvenes, como De Pedro y Juan Grabois, crecer y tomar la escena. Un presidente mobiliario, experto en las artes de ocupar espacio. Si en un principio Alberto encarnó la fantasía de “la derecha” peronista que pactaba con el sistema capitalista, ahora le lega ese papel a Massa, que ejerce un feroz ajuste con comodidad. Massa tiene a las fuerzas de choque de su lado: hace poco, la guardia pretoriana de los camioneros de Hugo Moyano se dedicó a “controlar precios” vestidos con casacas negras, en un guiño al fascismo italiano que retrotrae a los orígenes fundacionales del partido de Perón. Son un trío eficaz: Cristina retiene la base, desde donde vapulea al sistema político entero. Después de todo, a pesar de ejercer el poder por más de veinte años, Cristina siempre vendió un rol utópico, revolucionario, de Che Guevara femenina con un rosario en el cuello, como si ella no fuera parte esencial del establishment (ni de su propio Gobierno).

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Ahora Cristina dice que está proscrita. Es la última joya que le queda al peronismo: el antiperonismo. La idea de que la enjuician motivados por el odio y la persecución acérrima, y no por la prueba abrumadora, es la fiesta donde Cristina se victimiza. Su estrategia apunta ahora al estrellato del ridículo internacional: hace unas semanas, el Gobierno argentino declaró en Ginebra que sus derechos humanos son violados. En general son las personas las que sufren violaciones a sus derechos humanos, no los gobiernos (mucho menos los que están en el poder), pero es otra muestra de la excepcionalidad argentina. Es interesante que, aún con sus derechos humanos violados, el Gobierno argentino no se privó de invitar a Nicolás Maduro a Buenos Aires, a participar de la CELAC. Cristina debe tener mucho en común con los opositores venezolanos encarcelados por su régimen. Investigado por la DEA por sus vínculos con el narcotráfico, y en La Haya por crímenes de lesa humanidad, Maduro suspendió su viaje a Buenos Aires.

La proscripción le da, sin embargo, una buena excusa: según las encuestas, la popularidad de Cristina se ha desplomado incluso en sus bastiones bienamados. El problema es que su defensa va asociada a una teoría conspirativa que no prospera. Invitado a Buenos Aires, Lula da Silva eludió el encuentro con la vicepresidente. Tampoco consigue esa foto. Lula es central para dar el reborde épico e internacional a sus problemas domésticos, que condensa su teoría del lawfare: que Lula haya ido preso, y luego regresado al poder, es la confirmación de una conspiración a nivel regional de la derecha imperialista contra la izquierda latinoamericana. Cristina debió contentarse con una foto con el colombiano Petro. Ella, que siempre fue una líder capaz de enlazar sus arias de coloratura populista con la mística de las multitudes, se encuentra prisionera de su propio stand-up ruinoso, ante una audiencia cada vez más desierta.

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Notas de Opinión

6/2/1989: cuando una decisión del Banco Central dio paso a la hiperinflación

Había fracasado un modesto plan de estabilización instrumentado el 2 de agosto de 1988 para llegar a las elecciones anticipadas de mayo del año siguiente. En qué consistía la “nueva” estrategia

Columna publicada originalmente en Infobae

El lunes 6 de febrero se cumplieron 34 años desde que, el entonces presidente del BCRA, José Luis Machinea, suspendió las intervenciones del Banco Central en el mercado libre de cambios y eso dio paso a la hiperinflación que se desató en los primeros meses de 1989.

El llamado Plan Primavera fue anunciado el 2 de agosto de 1988. La idea era que durase hasta las elecciones anticipadas a mayo de 1989. Surgió luego de la derrota electoral de medio término de 1987, cuando el presidente Raúl Alfonsín percibió que perdía el apoyo del electorado y que, dada la complicada situación económica, no tenía margen para seguir adelante.

Además de los consabidos controles de precios, tarifas de los servicios públicos, etc., la estrategia cambiaria fue dividir el mercado de divisas en oficial y libre. Por el primero se cursaban las operaciones de exportaciones, en tanto las importaciones se canalizaban por el segundo, de modo de obtener una ganancia para el BCRA.

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Recuerdo que cuando se anunció el Plan Primavera, el entonces ministro de Economía, Juan Vital Sourrouille, dijo que el BCRA tenía las suficientes reservas para intervenir en el mercado libre de cambios y dominarlo. Pero ante la pregunta de un periodista sobre cuántas reservas tenía el BCRA para intervenir en el mercado, contestó: “Esa pregunta no tengo que contestarla yo”. En última instancia, estaba cantando falta envido con un 4 de copas.

Pero este artilugio financiero cambiario tenía el problema de los depósitos indisponibles. En realidad, el BCRA obligaba a los bancos a prestarle casi la totalidad de los depósitos que recibían. Y como debían pagar una tasa de interés al ahorrista, exigían una tasa mayor. Eran una suerte de encajes adicionales remunerados, como fueron las Lebac en su momento y las actuales Leliq, para poder absorber la expansión de la base monetaria que generaba el déficit fiscal.

El monto de intereses que devengaba todos los meses el BCRA por los depósitos indisponibles y otros instrumentos de esterilización del excedente de pesos superaba todo el gasto del Tesoro. En la actualidad, los intereses que paga el BCRA por el stock de Lebac y Pases netos supera el déficit fiscal primario. En otras palabras, la dinámica de la política monetaria actual es similar a la del Plan Primavera, con la diferencia que el problema del endeudamiento del BCRA es menor al de 1989.

La estrategia usada en el Plan Primavera de ofrecer una tasa de interés alta comparada con la expectativa de la devaluación del peso, no difería demasiado del fin de la tablita cambiaria de José Alfredo Martínez de Hoz, al igual que la zanahoria que hoy el BCRA le pone al mercado a cambios de tener la expectativa de que la tasa le gane al aumento del dólar libre.

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Siempre va a haber gente que apueste fuerte a la tasa con la expectativa de tener una rentabilidad en dólares al momento de realizar las ganancias. Eso fue lo que pasó con el Plan Primavera.

El problema de estos arbitrajes tasa versus dólar es que, en primer lugar, la tasa de interés equivalente en dólares es tan alta que resulta inconsistente con cualquier actividad lícita que pueda pagar esos rendimientos.

El segundo problema tiene que ver con que el BCRA no genera ingresos para pagar el capital y los intereses de la deuda que emite, por lo tanto, esa deuda está destinada al default, como finalmente ocurrió en 1989 cuando se aplicó el plan Bonex 89 para cancelar los depósitos indisponibles, instrumento temprano de las actuales Leliq.

En tercer lugar, no existe el inversor que devengue indefinidamente las ganancias que va obteniendo, apostando a la tasa, en algún momento decide capitalizarlas. Eso significa retirar sus depósitos del banco y comprar dólares.

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Pero aquí viene el problema de fondo y por qué termina en un estallido estos arbitrajes tasa versus dólar que instrumenta el BCRA para ganar tiempo. Si el que va a apostar a tasa de interés entra con USD 1.000, vende en el mercado ese monto a cambio de pesos, con lo cual, inicialmente, el tipo de cambio libre tiende a bajar.

Supongamos que ese inversor apuesta durante 3 meses y obtiene una ganancia del 15%. Cuando capitaliza la ganancia va a demandar dólares por el capital invertido, es decir los USD 1.000 más la ganancia devengada por la tasa que son otros $150. En total sale demandando 1.150 dólares. Por eso estos sistemas son explosivos, porque al “darse vuelta el mercado”, la estampida es más fuerte que el ingreso.

Obviamente, el que gana en estos casos es el que primero sale y el último en salir es el que, generalmente, termina perdiendo.

Pasaron 34 años de aquel famoso 6 de febrero de 1989, cuando se abrió la puerta a la hiperinflación, y parece que no se ha aprendido nada al respecto. Una y otra vez se repite el mismo error. En 2018 cuando explotó la burbuja de las Lebac y ahora se ve cómo se forma otra gran tormenta con las Leliq que ya están llegando a $11 billones y que en los primeros días de este 2023 ya pagó intereses por $708.881 millones, monto que supera lo pagado en todo 2019, que fueron $692.713 millones

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Hay que recordar, una vez más, que Alberto Fernández, cuando hacía campaña para presidente de la Nación decía que con lo que se iba a ahorrar de la timba de las Leliq le iba a aumentar a los jubilados y le iba a dar remedios gratis.

Como el electorado y los actores del mercado no son un stock, sino que son un flujo, es decir, unos entran y otros salen, los nuevos no vivieron las crisis anteriores y no conocen la dinámica de estos modelos que terminan en estallido. Por eso una y otra vez se comenten los mismos errores y la gente paga el costo de estos.

Esta es una de las tantas bombas que este gobierno quiere dejarle al próximo. Como estas cosas saltan en el momento menos sospechado y por las causas menos pensadas, se hace difícil pronosticar cuándo termina mal esta montaña de Leliq. Lo que sí se puede afirmar es que, difícilmente, termine en una forma diferente a la de 1989 cuando se liquidó la deuda del BCRA aplicando el plan Bonex, que transformó depósitos a 7 días de plazo en pesos en bonos a 10 años, con 4 de gracia.

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