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Notas de Opinión

La salud enferma

Columna de opinión publicada originalmente en La Nación

Mientras en la burbuja del poder homenajean al padre del vacunatorio vip, afuera, en el ancho mundo de la vida real, el sistema de salud se desmorona. Conectar el provocador reconocimiento que le hizo el Presidente al exministro Ginés González García con la compleja crisis que afecta a la atención médica en todo el país, tal vez pueda parecer arbitrario. Pero quizá sirva para ilustrar –además de las confusiones éticas– la desconexión del Gobierno con los problemas reales de la sociedad, y la poca o nula importancia que se le asigna a un tema que deteriora en todo sentido la calidad de vida de la población.

No hace falta enfermarse para confirmar que, tanto en el sistema público como en el privado, el acceso a la salud es cada vez más dificultoso y traumático. La profesión médica está económica y culturalmente degradada, la red de cobertura social es cada vez más frágil y limitada, la infraestructura hospitalaria es, en general, penosa y la formación universitaria es escandalosamente deficitaria. En ese universo, el paciente recibe una atención cada vez peor, el médico está cada vez más insatisfecho con su tarea y el sistema cruje por todos lados frente a la indiferencia y la complicidad del Estado. Cualquier ciudadano al que se le pida un testimonio personal podrá aportar un frondoso relato de penurias y dificultades a la hora de requerir una consulta médica o de someterse a estudios o tratamientos. Es un tema de conversación y lamentos permanentes en familias de distintos estratos socioeconómicos. Sin embargo, está prácticamente ausente del debate público. Salvo por conflictos y protestas recurrentes, la política no muestra interés en la crisis de la salud. Y más allá de la mera retórica y los discursos ampulosos, la pandemia no parece haber cambiado esa indolencia oficial, aunque ha agravado, sí, el colapso de muchas prestaciones que se habían postergado por el Covid.

La crisis tiene raíces profundas y aristas tan complejas como diversas. No es nueva, por supuesto, pero se ha acentuado de una manera dramática en los últimos años. La consulta médica, según la definió el médico y profesor Roberto Borrone en una columna publicada en LA NACION, se ha convertido en “la cenicienta de la medicina”: despreciada e injustamente postergada. Eso tiene un correlato directo en los honorarios del médico y, por lo tanto, en la calidad y el tiempo de atención que recibe el paciente. Por la consulta de un afiliado de IOMA –por ejemplo– el profesional recibe, con tres o cuatro meses de retraso, poco más de 600 pesos. Solo para cubrir el alquiler de un consultorio, un médico tiene que “despachar” un paciente cada quince minutos para no trabajar a pérdida. Los consultorios –según Borrone– “se asimilan cada vez más a una cadena industrial de producción en serie”. El resultado es una medicina más deshumanizada y –paradójicamente– menos eficaz, a pesar de los enormes avances científicos, tecnológicos y farmacológicos que han marcado, a escala global, una inmensa evolución en los tratamientos médicos.

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El IOMA es, tal vez, uno de los casos más representativos de la degradación del sistema. Administrada con más ideología que eficacia, la obra social de la provincia de Buenos Aires ha profundizado la desjerarquización del servicio profesional de médicos, psicólogos, bioquímicos, odontólogos y farmacéuticos. Su conducción, en manos de La Cámpora, descree de la libre elección del médico por parte del afiliado –un pilar histórico de su ley orgánica– y creó centros propios de atención que compiten con clínicas y consultorios privados. Mientras tanto, paga con varios meses de demora, obliga a los afiliados a hacer engorrosos trámites de reintegro y devalúa los honorarios médicos a extremos casi ridículos. Por un estudio invasivo y de relativa complejidad, como una colonoscopía, el IOMA le pagará al especialista, varios meses después de cumplida la prestación, 1100 pesos de bolsillo. Cobra más el taxista que lleva al paciente hasta la clínica que el médico que le realiza la intervención. El IOMA, sin embargo, tal vez se parezca al paraíso si se lo compara con el PAMI.

Con o sin obra social, pedir un turno para consultar a un clínico implica un verdadero calvario. Es probable que el paciente deba resignarse a una espera de meses, y que el día de la consulta llegue a una sala de espera desbordada y sea atendido por el médico varias horas después del horario convenido. Esa escena parece menor frente a otros padecimientos: conseguir turno en un quirófano es casi como sacarse la lotería. Las guardias de hospitales o sanatorios privados están directamente colapsadas.

Entre otras consecuencias, este entramado de distorsiones provoca un marcado deterioro de la relación médico-paciente, y también un encarecimiento de los costos de salud. Al perderse la posibilidad de una consulta pausada y exhaustiva, el profesional opta por pedir una batería de estudios, aunque sea en exceso, para ver “si surge algo”, cuando en las facultades de Medicina –al menos históricamente– se enseñaba lo contrario: primero preguntar, auscultar, analizar y procesar la información del paciente, y recién después pedir los estudios que hagan falta en función de las presunciones surgidas de un diagnóstico acertado.

El paciente, al no sentirse bien atendido, suele entrar en un laberinto de interconsultas y estudios innecesarios. En muchos casos, además, demora controles preventivos o cae en el peligro de la automedicación para eludir la “tortura” del sistema. El profesional, mientras tanto, no solo resigna tiempo dedicado a la atención, sino también al estudio y al perfeccionamiento. Se alimenta, así, un déficit que nace en las propias facultades de Medicina, donde la relación estudiante-docente es cada vez más desequilibrada y las posibilidades de hacer prácticas hospitalarias están muy limitadas.

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El círculo se cierra con un sistema de residencias médicas que resulta poco atractivo, con salarios bajos y malas condiciones laborales, de manera que se debilita todo el proceso de formación y capacitación profesional.

En este cuadro hay que incluir la degradación de la carrera hospitalaria, donde la política también ha metido la cola, y no para mejorar las cosas. Los hospitales públicos exhiben, además de una notoria fragilidad estructural, un alto grado de politización en sus estamentos directivos. El acceso a cargos por concurso y la autonomía profesional de los jefes de servicios están muy condicionados por los códigos de la “burocracia sanitaria”, de la que los ministros de Salud suelen ser cabales exponentes. Quizá ahí se expliquen los homenajes a González García, a quien el Presidente calificó con un desconcertante adjetivo: “el pobre Ginés”. Además de haber montado el vacunatorio vip, González García ha sido para el sistema de salud algo similar a lo que fue Zaffaroni para el sistema penal: un ideólogo. Vinculado a los laboratorios y creador de una escuela propia con rango de universidad, el exministro tiene miles de discípulos y “ahijados” enquistados en el sistema. ¿Pobre Ginés o pobres pacientes? La política se empeña en mirarse a sí misma con vocación de autoamnistía.

La profesión médica deja de tener prestigio, los hospitales y las clínicas se deterioran, el paciente pierde la confianza en el médico y en el sistema, la consulta tiende a desaparecer y las obras sociales limitan cada vez más su cobertura. Como ha ocurrido con la educación, en la salud se abre una brecha cada vez más acentuada de desigualdad.

Mientras tanto, el poder mira para otro lado. No importa que falten pediatras, neonatólogos, clínicos o terapistas. Tampoco que exista un profundo desequilibrio en la distribución geográfica de la matrícula médica, ni que las facultades de Medicina sostengan la ficción del ingreso irrestricto a costa de hipotecar la formación profesional. Hay universidades, como la de La Plata, que ni siquiera exigen el dominio del español para estudiar Medicina. La exigencia está mal vista. Los cupos para estimular determinadas carreras o especialidades son, directamente, un tema tabú.

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Las prioridades del Estado son indescifrables: mientras el hospital provincial de Mar del Plata, por ejemplo, está sin gas por el colapso de sus instalaciones, la Provincia gasta 500 millones de pesos en la compra de gel íntimo para el programa “Haceme tuyo”.

Que los enfermos deban peregrinar para conseguir un turno, o que las guardias y los consultorios estén colapsados, es uno de esos padecimientos que se afrontan en silencio y se sufren en la intimidad. No hay piquetes ni huelgas de pacientes. Tal vez por eso estos temas resulten extraños para la agenda política.

Hoy no faltan médicos en la Argentina. Ocurre casi lo contrario. Según datos oficiales, la tasa en nuestro país es de 3,8 médicos por cada mil habitantes, por encima de Francia, España y Estados Unidos. Sin embargo, la insatisfacción profesional es cada vez más elevada, igual que la de los pacientes. Hay, por supuesto, una inmensa cantidad de profesionales de excelencia y con vocación de servicio. Pero el sistema conspira cada vez más contra la calidad y la accesibilidad de la atención médica. Aunque las curvas estadísticas no registran movimientos bruscos, empiezan a mostrar un declive en el crecimiento de la matrícula profesional. ¿Ser médico será tan poco atractivo como ser maestro? ¿La salud terminará tan degradada como la educación? Son preguntas que generan indiferencia en el poder. Aunque en esos interrogantes se jueguen nuestro futuro y nuestra vida.

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Notas de Opinión

¿Cuál es el futuro de nuestra ciudad de acá a 10 años si no hablamos de vivienda?

Desde 2008 creció un 52% la gente que alquila. Hoy el acceso al crédito es casi inexistente y la incertidumbre macroeconómica limita la libertad de elegir qué riesgos y qué compromisos tomar a la hora de decidir dónde vivir.

Acceder a un departamento, hoy en Argentina, parece una tarea titánica por más ganas que uno tenga. En un país donde necesitas juntar 19 años de tu sueldo si querés ahorrar en ladrillos, comprar es una utopía para la mayoría. Pero alquilar también se está volviendo cada vez más difícil. La caza de departamentos en Internet o en una vidriera, la batalla contra los demás competidores, la montaña de requisitos entre seña, garantía o seguro de caución y otros; son todas barreras que dificultan encontrar un lugar donde vivir.

La crisis habitacional en nuestro país es preocupante. El Censo 2022 nos muestra que el déficit es una tendencia creciente. El mercado para acceder a la vivienda está roto, como el resto del panorama económico y político nacional. Todos conocemos el escenario que vivimos hoy: una economía desordenada, un gobierno sin un norte claro, un sector de la política que se habla a sí mismo sin prestar atención a las preocupaciones de la gente.

La mayoría de la dirigencia política hoy está inmersa en una grieta que enceguece e impide el consenso necesario para sancionar una nueva ley de alquileres. Mientras, el inquilino promedio destina más de 40% de sus ingresos al alquiler y expensas, sumado a la lista de cosas a pagar a fin de mes. Los propietarios temen que la próxima medida cercene su libertad de disponer sobre sus bienes inmuebles mientras ven caer su renta bruta anual promedio (hoy, no llega al 3%, muy por debajo del 5,6% que obtuvieron en 2017).

Con vivienda, parece que nadie sale ganando. En la Ciudad de Buenos Aires, 1 de cada 4 personas piensa que la falta de acceso a la vivienda es una de las principales problemáticas del barrio donde vive, según una encuesta de Isonomía Consultores. Perjudica al inquilino, perjudica al propietario y los políticos, que saben de este perjuicio, no lo tocan por miedo a perjudicarse.

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En Argentina, el elefante en la habitación tiene un cartel de “2 ambientes en alquiler”. En algún momento hablar de vivienda se volvió tabú. Todos tenemos el tema en la cabeza y la mayoría de los políticos no lo quieren tocar. Pero este es un debate que el mundo ya arrancó a dar hace décadas. Y a mí me convoca preguntarnos ¿Cuál es el futuro de nuestra Ciudad de acá a 10 años si no hablamos de vivienda? Lo que sí puedo afirmar es que nos espera algo muy bueno si empezamos a conversarlo ahora.

Del 2008 a hoy, creció un 52% la gente que alquila en la Ciudad de Buenos Aires. Por un lado, porque hoy el acceso al crédito es casi inexistente y la incertidumbre macroeconómica limita la libertad de elegir qué riesgos y qué compromisos tomar a la hora de decidir donde vivir. Pero por otro lado, para muchos, el sueño de la casa ya no es tal y el alquiler no solo es un “plan B” sino que es la alternativa buscada (7 de cada 10 jóvenes se mudaría a un piso compartido).

La Ciudad de Buenos Aires, al igual que otras grandes capitales del mundo, avanza hacia un proceso de “inquilinización”. Es decir, aumenta el número de inquilinos en relación a propietarios. Este fenómeno no es algo exclusivamente porteño. En París, 6 de cada 10 habitantes son inquilinos y en Berlín este número crece a 8 de cada 10.

Alquilar es una realidad contra la cual no hay que pelear, sino facilitar. Debemos pensar medidas que logren tender un puente entre oferta y demanda, que faciliten la entrada a quienes quieran acceder y, también, que promuevan la oferta con objetivos claros y un público definido. A nivel local, hay muchas políticas públicas que ya empezamos a contemplar. El Instituto de Vivienda de la Ciudad (IVC), por ejemplo, maneja una cartera de alternativas incipientes que buscan ayudar a ciertos sectores a aliviar la carga que implica un seguro de caución.

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Avenidas Álvarez Thomas y Federico Lacroze, esquina simbólica y comercial del barrio de ColegialesAvenidas Álvarez Thomas y Federico Lacroze, esquina simbólica y comercial del barrio de Colegiales

Pero, además, es necesario que nos animemos a dar nuevos debates, pensando cómo abordar el acceso a la vivienda de manera integral. Mirar cuáles son los debates que se vienen dando en otras ciudades del mundo con el mismo panorama, entender cuáles son las preguntas que podríamos estar haciéndonos nosotros y tomar decisiones basadas en evidencia para nuestro futuro. El mundo no se quedó debatiendo solamente cómo regular el mercado de alquileres y tampoco deberíamos nosotros.

Alquilar hoy no es independiente de generar un mercado inmobiliario que nos permita comprarnos una casa mañana. Pero tampoco es independiente de generar mayor certidumbre estructural para que se den debates innovadores sobre cómo vivimos. La “covivienda”, por ejemplo, es una solución que nació en Países Bajos y que hoy ciudades como Barcelona implementan como una manera de abaratar costos y espacio, alquilando unidades y compartiendo espacios comunes. Muchas ciudades lo adoptaron y funciona para jóvenes e incluso para la tercera edad, también como solución a la soledad. El Desarrollo Urbano enfocado en la producción de vivienda exclusiva para el alquiler es otra medida estratégica en muchas capitales del mundo. Así como también lo es el desarrollo de instrumentos crediticios que permitan acercar a quienes quieren comprar o alquilar, las herramientas financieras para lograrlo.

El mundo avanza a una velocidad inusitada y quienes logran adaptarse de manera exitosa se animan a innovar, se anticipan a los desafíos y apuestan por crecer, haciéndolo de manera sostenida. Para poder vivir en el futuro que queremos, es importante que comencemos a trabajar por él hoy.

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Notas de Opinión

Cristina Kirchner, una diva sin público

La vicepresidenta argentina nunca ha estado tan alejada del sentir nacional. Con unas cifras económicas dramáticas y una pérdida de relevancia interior y exterior, apela ahora a la teoría persecutoria

Columna de opinión publicada originalmente en EL PAIS

Nunca estuvo Cristina Kirchner más alejada del sentir nacional. Le son ajenos tanto el drama (la inflación anual del 94%, la pobreza), como el éxtasis y la euforia. Al punto que parece ser la única argentina a la que el Mundial le jugó en contra. Cristina, que supo hacer de la escena política argentina una ópera centrada en sus gestos y silencios, se encuentra desde hace tiempo perdida en un laberinto personal, al que intenta disfrazar sin éxito de épica nacional.

A principios de diciembre, en el marco de la causa Vialidad, Cristina fue condenada a seis años de prisión por malversación de fondos públicos; de permanecer firme, la sentencia la inhabilitaría a ejercer cargos políticos. Desencajada y furiosa, Cristina se defendió por televisión con la que viene siendo su única estrategia hasta ahora: atacar a los jueces, sindicándolos como “una mafia, un Estado paralelo” al servicio de los enemigos del pueblo, que buscan destruirla y castigarla por su gran labor al comando de los últimos veinte años en Argentina, desde 2003 hasta la actualidad (con un intervalo de Mauricio Macri en 2015-2019). Declaró ardiente que su partido no contaría con ella para los comicios que se celebran este año, en lo que buscó sonar como un renunciamiento espectacular. Sin embargo, su emoción se desplomó en el vacío: los argentinos estaban demasiado ocupados estudiando a los rivales que enfrentaría Argentina en el Mundial de Qatar. Fueron poquísimos a protestar a la puerta del juzgado, y los que fueron, reclamaron ante las cámaras que les pagaran lo debido, su óbolo por marchar en defensa a Cristina.

Cuando Argentina obtuvo la anhelada Copa del Mundo, la selección se negó de plano a encontrarse con ningún representante del Gobierno. Los campeones se rehusaron a completar el ritual de la selección en la Casa Rosada, como había ocurrido en 1978, con la Junta Militar, y en 1986, con Raúl Alfonsín. Con tal de no acercar el tótem dorado al beso de los labios presidenciales, los jugadores prefirieron pasarse ocho horas al sol en un bus oscilante hacia el Obelisco. Por su parte, Alberto Fernández debió contentarse con fotografiarse con algunos periodistas deportivos que viajaron a relatar los partidos. Era lo más cerca que estuvo de la gesta de Qatar.

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Algunos osados fueron a recibirlos igual: Wado de Pedro, delfín posible de Cristina, extendió su abrazo cariñoso hacia Messi y Scaloni, que lo eludieron olímpicamente. El video parece una comedia de Buster Keaton, con los futbolistas caminando con la mirada fija al frente, para evitar rozar siquiera con los ojos a la corte peronista. Cristina acusó el desprecio: sin nombrarlo, agradeció al capitán en un tweet, “que con ese maradoniano ‘andá pa allá bobo’ se ganó definitivamente el corazón de los argentinos”. No reconocía a Messi por su esfuerzo y singularidad, sino por su conexión con alguien del pasado, como si dijera “te quiero porque me recuerdas a otro”. Messi ha cargado siempre con el yunque del personalismo exuberante de Diego Maradona, al punto que su carrera en la selección argentina ha consistido en buena parte en desprenderse de la gravitación del divo; es quizás lo único que Messi tiene en común con el peronismo, que intenta desprenderse a su vez del peso de Cristina. Todavía no lo logra, pero ella no se rinde nunca. Una semana después de la victoria, a despecho de la Messimanía que sacudía el país y el planeta, Cristina se trasladó a Avellaneda a inaugurar el polideportivo de fútbol “Diego Maradona”.

Ahora Cristina busca elevar su atolladero personal a nuevas cimas. Entre 2003 y 2015, cuando ejercieron el poder ejecutivo, los Kirchner otorgaron partidas presupuestarias colosales a varios socios comerciales como Lázaro Báez, en un esquema que luego reconducía el dinero público hacia la pareja. Este esquema de corrupción en la primera línea del Estado tiene múltiples ramificaciones que se dirimen en varias causas penales, y es lo que tiene a Cristina complicada en los tribunales. No puede argumentar que el sistema recaudatorio no existió, ni que no se benefició de él: por ese motivo su maniobra consiste en recusar tout court a los jueces, impugnar el sistema entero. Un masivo ad hominem contra el poder Judicial. Obediente a los deseos de su vice, Alberto lleva la defensa de Cristina al paroxismo: solicitó el juicio político a la Corte Suprema. En un año electoral, elevó la defensa judicial de Cristina a campaña política.

El ataque del poder ejecutivo a la Corte Suprema cosecha críticas en la ONU, en Alemania y en el Gobierno de Biden, y no deja de ser un galimatías palaciego en un país con una inflación de tres dígitos y un 50% de pobres. El kirchnerismo sabe que es un show vacuo, una balsa hecha para naufragar. No cuenta con los números parlamentarios para que prospere. Si Massa, actual ministro de Economía, instruye a sus tres diputados, podrían conseguir los votos en el Congreso, pero saben que la cruzada morirá finalmente en el Senado, donde el peronismo no tiene mayoría. Sergio Massa enfrenta un dilema: ¿por qué querría el próximo presidente sumarse a la embestida contra la Corte Suprema, que permanecerá impertérrita en su lugar una vez que Cristina y sus líos judiciales se vayan?

Hábil y ambicioso, la falta de escrúpulos de Massa tiende a ser percibida como una forma de audacia. Massa sabe que, para ganar, necesita a la iglesia kirchnerista, ese 25% que controla Cristina. Su solución es aplicar peronismo clásico: decirle a cada uno lo que quiere escuchar. Se complementa bien con Alberto Fernández: aunque su imagen roza los zócalos, Alberto hace un buen trabajo escenificando los gestos “de izquierda” que impiden a los lobos más jóvenes, como De Pedro y Juan Grabois, crecer y tomar la escena. Un presidente mobiliario, experto en las artes de ocupar espacio. Si en un principio Alberto encarnó la fantasía de “la derecha” peronista que pactaba con el sistema capitalista, ahora le lega ese papel a Massa, que ejerce un feroz ajuste con comodidad. Massa tiene a las fuerzas de choque de su lado: hace poco, la guardia pretoriana de los camioneros de Hugo Moyano se dedicó a “controlar precios” vestidos con casacas negras, en un guiño al fascismo italiano que retrotrae a los orígenes fundacionales del partido de Perón. Son un trío eficaz: Cristina retiene la base, desde donde vapulea al sistema político entero. Después de todo, a pesar de ejercer el poder por más de veinte años, Cristina siempre vendió un rol utópico, revolucionario, de Che Guevara femenina con un rosario en el cuello, como si ella no fuera parte esencial del establishment (ni de su propio Gobierno).

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Ahora Cristina dice que está proscrita. Es la última joya que le queda al peronismo: el antiperonismo. La idea de que la enjuician motivados por el odio y la persecución acérrima, y no por la prueba abrumadora, es la fiesta donde Cristina se victimiza. Su estrategia apunta ahora al estrellato del ridículo internacional: hace unas semanas, el Gobierno argentino declaró en Ginebra que sus derechos humanos son violados. En general son las personas las que sufren violaciones a sus derechos humanos, no los gobiernos (mucho menos los que están en el poder), pero es otra muestra de la excepcionalidad argentina. Es interesante que, aún con sus derechos humanos violados, el Gobierno argentino no se privó de invitar a Nicolás Maduro a Buenos Aires, a participar de la CELAC. Cristina debe tener mucho en común con los opositores venezolanos encarcelados por su régimen. Investigado por la DEA por sus vínculos con el narcotráfico, y en La Haya por crímenes de lesa humanidad, Maduro suspendió su viaje a Buenos Aires.

La proscripción le da, sin embargo, una buena excusa: según las encuestas, la popularidad de Cristina se ha desplomado incluso en sus bastiones bienamados. El problema es que su defensa va asociada a una teoría conspirativa que no prospera. Invitado a Buenos Aires, Lula da Silva eludió el encuentro con la vicepresidente. Tampoco consigue esa foto. Lula es central para dar el reborde épico e internacional a sus problemas domésticos, que condensa su teoría del lawfare: que Lula haya ido preso, y luego regresado al poder, es la confirmación de una conspiración a nivel regional de la derecha imperialista contra la izquierda latinoamericana. Cristina debió contentarse con una foto con el colombiano Petro. Ella, que siempre fue una líder capaz de enlazar sus arias de coloratura populista con la mística de las multitudes, se encuentra prisionera de su propio stand-up ruinoso, ante una audiencia cada vez más desierta.

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Notas de Opinión

6/2/1989: cuando una decisión del Banco Central dio paso a la hiperinflación

Había fracasado un modesto plan de estabilización instrumentado el 2 de agosto de 1988 para llegar a las elecciones anticipadas de mayo del año siguiente. En qué consistía la “nueva” estrategia

Columna publicada originalmente en Infobae

El lunes 6 de febrero se cumplieron 34 años desde que, el entonces presidente del BCRA, José Luis Machinea, suspendió las intervenciones del Banco Central en el mercado libre de cambios y eso dio paso a la hiperinflación que se desató en los primeros meses de 1989.

El llamado Plan Primavera fue anunciado el 2 de agosto de 1988. La idea era que durase hasta las elecciones anticipadas a mayo de 1989. Surgió luego de la derrota electoral de medio término de 1987, cuando el presidente Raúl Alfonsín percibió que perdía el apoyo del electorado y que, dada la complicada situación económica, no tenía margen para seguir adelante.

Además de los consabidos controles de precios, tarifas de los servicios públicos, etc., la estrategia cambiaria fue dividir el mercado de divisas en oficial y libre. Por el primero se cursaban las operaciones de exportaciones, en tanto las importaciones se canalizaban por el segundo, de modo de obtener una ganancia para el BCRA.

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Recuerdo que cuando se anunció el Plan Primavera, el entonces ministro de Economía, Juan Vital Sourrouille, dijo que el BCRA tenía las suficientes reservas para intervenir en el mercado libre de cambios y dominarlo. Pero ante la pregunta de un periodista sobre cuántas reservas tenía el BCRA para intervenir en el mercado, contestó: “Esa pregunta no tengo que contestarla yo”. En última instancia, estaba cantando falta envido con un 4 de copas.

Pero este artilugio financiero cambiario tenía el problema de los depósitos indisponibles. En realidad, el BCRA obligaba a los bancos a prestarle casi la totalidad de los depósitos que recibían. Y como debían pagar una tasa de interés al ahorrista, exigían una tasa mayor. Eran una suerte de encajes adicionales remunerados, como fueron las Lebac en su momento y las actuales Leliq, para poder absorber la expansión de la base monetaria que generaba el déficit fiscal.

El monto de intereses que devengaba todos los meses el BCRA por los depósitos indisponibles y otros instrumentos de esterilización del excedente de pesos superaba todo el gasto del Tesoro. En la actualidad, los intereses que paga el BCRA por el stock de Lebac y Pases netos supera el déficit fiscal primario. En otras palabras, la dinámica de la política monetaria actual es similar a la del Plan Primavera, con la diferencia que el problema del endeudamiento del BCRA es menor al de 1989.

La estrategia usada en el Plan Primavera de ofrecer una tasa de interés alta comparada con la expectativa de la devaluación del peso, no difería demasiado del fin de la tablita cambiaria de José Alfredo Martínez de Hoz, al igual que la zanahoria que hoy el BCRA le pone al mercado a cambios de tener la expectativa de que la tasa le gane al aumento del dólar libre.

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Siempre va a haber gente que apueste fuerte a la tasa con la expectativa de tener una rentabilidad en dólares al momento de realizar las ganancias. Eso fue lo que pasó con el Plan Primavera.

El problema de estos arbitrajes tasa versus dólar es que, en primer lugar, la tasa de interés equivalente en dólares es tan alta que resulta inconsistente con cualquier actividad lícita que pueda pagar esos rendimientos.

El segundo problema tiene que ver con que el BCRA no genera ingresos para pagar el capital y los intereses de la deuda que emite, por lo tanto, esa deuda está destinada al default, como finalmente ocurrió en 1989 cuando se aplicó el plan Bonex 89 para cancelar los depósitos indisponibles, instrumento temprano de las actuales Leliq.

En tercer lugar, no existe el inversor que devengue indefinidamente las ganancias que va obteniendo, apostando a la tasa, en algún momento decide capitalizarlas. Eso significa retirar sus depósitos del banco y comprar dólares.

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Pero aquí viene el problema de fondo y por qué termina en un estallido estos arbitrajes tasa versus dólar que instrumenta el BCRA para ganar tiempo. Si el que va a apostar a tasa de interés entra con USD 1.000, vende en el mercado ese monto a cambio de pesos, con lo cual, inicialmente, el tipo de cambio libre tiende a bajar.

Supongamos que ese inversor apuesta durante 3 meses y obtiene una ganancia del 15%. Cuando capitaliza la ganancia va a demandar dólares por el capital invertido, es decir los USD 1.000 más la ganancia devengada por la tasa que son otros $150. En total sale demandando 1.150 dólares. Por eso estos sistemas son explosivos, porque al “darse vuelta el mercado”, la estampida es más fuerte que el ingreso.

Obviamente, el que gana en estos casos es el que primero sale y el último en salir es el que, generalmente, termina perdiendo.

Pasaron 34 años de aquel famoso 6 de febrero de 1989, cuando se abrió la puerta a la hiperinflación, y parece que no se ha aprendido nada al respecto. Una y otra vez se repite el mismo error. En 2018 cuando explotó la burbuja de las Lebac y ahora se ve cómo se forma otra gran tormenta con las Leliq que ya están llegando a $11 billones y que en los primeros días de este 2023 ya pagó intereses por $708.881 millones, monto que supera lo pagado en todo 2019, que fueron $692.713 millones

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Hay que recordar, una vez más, que Alberto Fernández, cuando hacía campaña para presidente de la Nación decía que con lo que se iba a ahorrar de la timba de las Leliq le iba a aumentar a los jubilados y le iba a dar remedios gratis.

Como el electorado y los actores del mercado no son un stock, sino que son un flujo, es decir, unos entran y otros salen, los nuevos no vivieron las crisis anteriores y no conocen la dinámica de estos modelos que terminan en estallido. Por eso una y otra vez se comenten los mismos errores y la gente paga el costo de estos.

Esta es una de las tantas bombas que este gobierno quiere dejarle al próximo. Como estas cosas saltan en el momento menos sospechado y por las causas menos pensadas, se hace difícil pronosticar cuándo termina mal esta montaña de Leliq. Lo que sí se puede afirmar es que, difícilmente, termine en una forma diferente a la de 1989 cuando se liquidó la deuda del BCRA aplicando el plan Bonex, que transformó depósitos a 7 días de plazo en pesos en bonos a 10 años, con 4 de gracia.

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