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Notas de Opinión

2023, ¿último año del ciclo kirchnerista?

Entramos al último año de gestión del Frente de Todos y las perspectivas inmediatas no son buenas, pero late cada vez más fuerte la esperanza de un cambio de ciclo político

Columna publicada originalmente en Todo Noticias

El año que está comenzando puede ser testigo de un vuelco político decisivo para el país. Así lo esperan muchos en la oposición. Y lo temen otros tantos en el oficialismo.

Entre estos últimos se cuenta la propia Cristina Kirchner. Pues no confía en que el Frente de Todos pueda remontar la desventaja con que entra a este año electoral.

Y esa es, sin duda, la principal razón detrás de su renunciamiento, lo que llama “mi proscripción” y denuncia a los cuatro vientos, pese a que desaparecería por arte de magia con su sola voluntad de competir.

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Lo que está diciendo en verdad Cristina es que no quiere ser mariscal de la derrota. No fue por ello casual la figura que usó para descargar responsabilidades en sus seguidores, en el último acto de Avellaneda.

Les dijo a los asistentes al acto, todos dirigentes de su sector, que cada uno de ellos tiene en su mochila “el bastón de mariscal”. Aunque no lo usen, ahí está. Así que lo que suceda o no suceda en adelante será responsabilidad también de todos ellos.

Ese acto en Avellaneda hizo las veces de cierre del año y también de conclusión de la saga iniciada el día de su condena, cuyo antecedente más destacado fue la reunión de Ensenada con la crema de La Cámpora. En la que, en reserva aunque no tanto, explicó su renuncia a cualquier candidatura.

Esa Última Cena en clave kirchnerista mostró a la jefa rodeada por sus más devotos fieles, dándoles muy malas noticias. Toda una pintura del momento de la verdad que está viviendo el sector, en que se revela quién es realmente Cristina, y qué pueden esperar de ella quienes la acompañan.

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¿Y qué fue lo que les dijo en semejante ocasión? Les anunció que está harta también de ellos, de que vivan a su sombra y no trabajen lo suficiente para que ella también reciba beneficios de la empresa que los reúne. Faltó poco para que los llamara parásitos, así que los asistentes no salían de su asombro.

Esperaban que les volviera a hablar como lo que ellos siempre han creído que ella es, porque se los hizo creer, una madre, pero estaba hablándoles como lo que siempre fue, una dueña. Una que invirtió su capital en un emprendimiento que dio frutos para todos, menos para sí misma, por lo que va camino a pagar los platos rotos.

Y es lógico que se los haya dicho, porque mientras todos los demás andan viendo cómo logran seguir siendo funcionarios y dándose una vida de capangas, ella corre más riesgo que nunca de ir presa, y ya de movida quedó escrachada ante la historia como culpable. Desde su punto de vista, no es muy justo que digamos y tiene mucha razón en estar enojada, no solo con los jueces, no solo con Alberto, también con sus apóstoles.

Se reveló así el trasfondo bastante equívoco, y hasta podría decirse que un poco perverso, que siempre tuvo la relación entre ella y sus seguidores.

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Y lo más curioso es que eso sucedió por su exclusiva decisión, por su incomodidad con su rol de madre-dueña, y su disposición a desmontar su escenografía, a riesgo de mostrar el cartón rugoso y anodino de que está hecho el mundo hasta aquí compartido. Lo hace, ante todo, porque necesita aclararles que no deben esperar de ella que los salve a su costa.

Volviendo a la metáfora de la Última Cena, lo que Cristina está diciéndoles a sus seguidores es que no va a hacer las veces de Jesús, no está en sus planes sacrificarse por los demás, ni siquiera por ellos, sus hijos dilectos.

Segundo, les está reclamando que la empresa, si va a seguir existiendo, debe volver a darle algún rédito. Porque de otra manera ya no le sirve y si no le sirve va a retirar de ella su capital.

Y aquí llegamos al terreno más complicado, el que pinta el grado de descomposición al que llegó el kirchnerismo durante este año, y lo difícil que le va a resultar encarar con mínimo orden y racionabilidad el que viene, que será sin duda el más difícil de los que hasta aquí le han tocado en suerte a lo largo de su historia.

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Porque lo cierto es que hay poco y nada que los dirigentes K puedan hacer para recuperar la lozanía de su emprendimiento. Y por eso no está nada claro qué es lo que “manda hacer Cristina”. “Vayan a los barrios, militen” parece que les dijo, pero si lo hizo fue como invitarlos a dar un salto al vacío, a sobreactuar la nada misma, porque ¿qué es lo que pueden hacer y decir en los barrios que no hayan ya dicho y hecho mil veces?

Anda dando vuelta también la idea de un megaacto el próximo 24 de marzo, que se supone podría “cambiar el contexto político”. ¿En serio después de todos los actos hechos en los últimos tiempos, con nulo impacto, se cifran todas las esperanzas en otro más, uno más grande, más emotivo, con más colectivos y más choripán, hasta allí llega la imaginación kirchnerista? Si sus seguidores cayeran en la desesperación y se desinflaran, la culpa sería en exclusiva de la señora, porque ella debió saber que apenas empezara a desmontar el escenario, se corriera aunque fuera solo un poco del rol de madre protectora, no iba a dejarles gran cosa de la que agarrarse.

Si ignoró el riesgo enorme que corría, debió ser porque el renunciamiento no lo pensó demasiado. Se dejó obnubilar por la condena y se enojó, no solo con sus enemigos, también con sus amigos.

En su infinita vocación por descargar culpas, pasó así de desquitarse con sus enemigos, como siempre hizo, y por ello estos están más o menos acostumbrados y guarnecidos, a desquitarse también con los propios, que no tienen ni la costumbre ni los recursos para protegerse de su furia.

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Se entiende por tanto que el enojo de la jefa tenga muy preocupados a los dirigentes de su espacio. Y no es lo único que les preocupa de lo que viene haciendo Cristina. El pesimismo que la alentó a ejecutar un apresurado repliegue seguramente no los deja indiferentes.

Y menos todavía debe hacerlo el hecho de que ella con sus actitudes está provocando un deterioro aún mayor, tal vez irreparable, que puede terminar condenando al peronismo unido a hacer la peor elección de su historia.

Encuestas de los últimos días de diciembre indican que, sin Cristina en las boletas, el FdeT apenas orillaría los 20 puntos a nivel nacional. Debe ser por eso que en los últimos días el pánico ganó a la dirigencia kirchnerista, y no hablan más que de cómo hacer para convencerla de volver sobre sus pasos.

El asunto tiene varias aristas complicadas. La primera, que no puede hacerlo sin desmentir abiertamente todo el discurseo fantasioso sobre la proscripción. Pero eso dista de ser lo más grave. Es mucho más preocupante el hecho de que el pesimismo de la señora debe ser ahora aún más marcado, y más justificado, así que debe estar aún menos dispuesta que antes a poner el cuerpo.

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Y el cuadro termina de complicarse por la dispersión que ha alimentado en el peronismo territorial. Que si ya desde antes estaba inclinado a desdoblar y descomprometerse de la competencia nacional, ahora es lisa y llanamente un hormiguero pateado.

Algunos buscan candidatos alternativos, otros se lavan las manos, y todos aprovechan el desorden para extorsionar y recuperar autonomía. Un ambiente que es mucho más difícil de ordenar que antes, y en el que tienen todas las chances de naufragar tanto Massa como la misma Cristina.

¿Significa todo esto que el kirchnerismo se acerca a su ineluctable final? Si algo probó la experiencia de 2015 fue que él puede perder elecciones, incluso perder el gobierno nacional y seguir controlando resortes de poder suficientes para que su régimen económico, su esquema de gasto público y sus asientos en el Estado no sean desmantelados. Y que una porción considerable de votantes basculantes puede eventualmente abandonarlo, pero también puede reconciliarse con él si las alternativas no prueban ser mejores y no lo hacen suficientemente rápido.

La oposición debería hacer su papel mucho mejor que en aquel momento para que el declive electoral del kirchnerismo no solo sea mayor que entonces, sino más sostenido en el tiempo. Y está aún por verse si ella es capaz de lograrlo. Porque la interna de Juntos por el Cambio también se ha ido complicando a lo largo de 2022.

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En vez de aprovechar el año para ordenarla, se usó más que nada para estirar la incertidumbre y encrespar los conflictos. Así que no es para nada seguro que las PASO, que por fortuna para ellos no han sido levantadas, vayan a alcanzar para sintetizar tantas voluntades en pugna, y evitar que los liderazgos sigan dispersos. Sobre todo en provincia de Buenos Aires, donde se cifran las esperanzas de continuidad del kirchnerismo.

Los debates que atraviesan a Juntos por el Cambio están, pese a todo, bastante más claramente planteados hoy que un año atrás. El problema es que no son fáciles de resolver. El más sonado es el que enfrenta a quienes creen que la coalición debe crecer hacia el centro, en particular hacia el peronismo, y quienes prefieren lo haga hacia la derecha, es decir en dirección a los libertarios.

Esta discusión se entrecruza con otra, respecto a si la coalición tiene que ser lo más amplia que se pueda en términos sociales y territoriales, o conviene que sea programáticamente cohesionada, aún al precio de más estrechez en aquellos aspectos.

Y aún con una tercera cuestión, si la tarea de consolidar y ampliar compromisos hay que dejarla para después de que se definan los candidatos, e incluso después de ganadas las elecciones, para encararla desde una posición de poder, o es preciso hacerlo antes, para no improvisar.

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Como se puede ver, no son cuestiones fáciles de resolver. Y todas convergen en un mismo dilema, que ninguna coalición en nuestro país supo aún desentrañar. Cómo dar sustentabilidad a los acuerdos políticos para que puedan llevar a término un cambio completo de régimen económico, empezando por un plan de estabilización que, en las condiciones que va a heredar el próximo gobierno, será sumamente difícil instrumentar.

Todas esas discusiones sin duda valen la pena, merecen el mejor esfuerzo de los actores políticos y también de la sociedad argentina. Pero lamentablemente en 2023, igual que durante el año que termina y de los muchos años que acumulamos desde que se inició el ciclo kirchnerista, vamos a tener que prestarle atención también a otras cosas que pondrá sobre el tapete el grupo gobernante. Él todavía controla en la medida suficiente la agenda pública como para poblarla de debates absurdos, ideas desencaminadas, cuestiones obvias en cualquier país normal pero que aquí se discuten interminablemente, como si quisiéramos inventar de nuevo la rueda.

En el ocaso de ese proyecto es natural que quede más a la vista lo que nos ha costado. Entre otras cosas, dos décadas de discutir tonterías, que en cualquier otro contexto se hubieran agotado en un abrir y cerrar de ojos. La conveniencia de la autarquía económica. La supuesta indiferencia de los precios a la emisión monetaria sin respaldo. La mecánica traducción de la voluntad en poder y la ilusoria ventaja de politizarlo todo. La irrelevancia consecuente de los problemas de confianza y cooperación colectiva.

Que las democracias desarrolladas del mundo son nuestras enemigas y nuestros amigos están entre las autocracias antiliberales. El primitivismo político e intelectual que resultó de todo eso consumió las energías de prácticamente toda una generación.

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Y el legado que nos deja tanto esfuerzo por normalizar el absurdo no se va a disipar de un día para el otro. Pero es lógico que en el albor de un año en que todo esto puede finalmente concluir, estemos con ganas de darnos una chance, de hablar de otras cosas, de festejar anticipadamente, de relajarnos. Como si ya se pudiera olfatear otro aire. Tan fácil seguro no va a ser, pero falta cada vez menos para poder intentarlo.

Notas de Opinión

Lo utópico de pretender crecer entre dictaduras y el pasado

Responsabilizar a otros por resultados que solo se explican por la propia torpeza implica que la distancia que separa la realidad actual de una Argentina sin inflación, con menos pobreza, mayor crecimiento y mejores empleos es definitivamente infinita

Columna publicada originalmente en Infobae

Estos días ha quedado al descubierto –una vez más– la enorme precariedad en la que está inmersa la República Argentina. Nuestro Presidente volvió a mostrar su indiferencia a las dictaduras que dominan Venezuela, Cuba y Nicaragua, el Papa Francisco mostró su malestar por la situación social enmarcada en la responsabilidad de los distintos gobiernos y el oficialismo que todo lo justificó –nuevamente– en torno a Mauricio Macri y su supuesta responsabilidad en todo lo que nos pasa.

El presidente Alberto Fernández no parece estar dispuesto a condenar dictaduras, y las razones por las que no lo hace son algo difíciles de entender.

Tal vez hayan sido por cuestiones ideológicas, de negocios o por mera incapacidad de gestión. Lo cierto es que alinearse a dictaduras es alinearse también a autoritarismos que implican el no respeto por la ley y la carencia de seguridad jurídica, elementos claves para promover inversiones y crecimiento que como consecuencia generen mejores salarios.

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Nadie en su sano juicio puede creer que defendiendo estos regímenes se logra la integración regional o mejoras en la calidad de vida de la gente.

Luego de bastante tiempo el Papa Francisco ha sido lapidario con la realidad Argentina: estos días ha expresado indicando que el país se encuentra atravesado por un 52% de pobreza.

El Sumo Pontífice acusó a la “administración del país” de llevarnos a semejante catástrofe social. El Papa entiende que a los índices de pobreza oficiales se le debe adicionar los pobres que no lo son simplemente por recibir ayuda social por parte del Estado.

Las declaraciones generaron una rápida reacción del oficialismo: la Portavoz de la Nación, Gabriela Cerruti, expresó su conformidad con el Santo Padre entendiendo que éste se refería apenas a lo ocurrido durante la presidencia de Macri. Los números no parecen dar cuenta de ello.

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Fernández asumió con una inflación interanual de 53,8%: luego de tres años de gestión ésta se incrementó en 41 puntos para ubicarse según la última medición –correspondiente al año 2022– en 94,8 por ciento.

Prácticamente la presidencia de Fernández hasta aquí casi que ha duplicado los índices de inflación heredados de la era Macri. En estos primeros tres años de gobierno la inflación general acumula un 300,3%; el rubro “Alimentos y bebidas” por su parte acumula incrementos en el orden del 316,4%. Los números son impresionantes.

Tampoco ha sido favorable la evolución de la pobreza. Tanto el indicador de la pobreza como el de la indigencia han empeorado desde el año 2019: hoy hay más pobres y más indigentes que en el momento en el que el ex presidente Macri dejó atrás el sillón de Rivadavia.

El empleo tampoco demuestra puntos a favor para el oficialismo. El empleo privado se destruyó por la cuarentena eterna y aún no logra recuperar su pico máximo obtenido en abril del 2018. El salario real también ha caído estrepitosamente.

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Lo único que ha ganado espacio en la gestión del presidente Alberto Fernández ha sido el empleo público: en un país que pide a gritos una reducción del gasto del Estado se sigue haciendo política partidaria repartiendo puestos públicos a lo largo y ancho del país.

El endeudamiento –a pesar de las críticas al ex Presidente Macri– parece tampoco ser un punto a destacar de la actual gestión: desde el 10 de diciembre de 2019 la Argentina se ha endeudado a una velocidad inusitada.

El Tesoro Nacional ya ha tomado hasta aquí más deuda que el gobierno anterior: eso sí, en bastante menos tiempo. Todo esto sin contabilizar el descalabro que han hecho en el BCRA donde han multiplicado por diez los pasivos monetarios desde el inicio del mandato de Fernández.

El acto reduccionista de responsabilizar a otros por resultados que solo se explican por la propia torpeza implica que la distancia que separa la realidad actual de una Argentina sin inflación, con menos pobreza, mayor crecimiento y mejores empleos es definitivamente infinita. Mientras la política siga mirando en el futuro únicamente el pasado, la decadencia será entonces nuestro único destino.

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Entrevistas Nexofin

Entrevista a Mayra García: sus inicios, periodismo político y el vínculo con el poder

En diálogo con Nexofin, la periodista de IP Noticias, El Nueve y Jefa de Política en Noticias Argentinas (NA) comparte su entrada al medio, detalla su rutina de trabajo y opina sobre el panorama electoral 2023

“Una información real y con valor periodístico tiene que publicarse, más allá de la incomodidad que pueda generar. El periodismo no nace para ser amigo del poder”, comparte Mayra García sobre su sello de trabajo.

Se preocupa en ejercer un periodismo coherente y transparente, cubriendo el segmento política para diversos medios de comunicación.

Mayra se inició en la gráfica como pasante en la agencia Noticias Argentinas (NA) en diciembre del 2005. Luego, entre 2007 y 2013, estuvo acreditada en el Congreso Nacional, lo que comenzó a acercarla al mundo de la cobertura política.

“Al igual que en el resto de las secciones, es clave entablar vínculos con las fuentes y estar en el lugar de los hechos”, explica la protagonista a NEXOFIN, en el ciclo “Charlas de WhatsApp”.

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Hoy se encuentra como Jefa de Política de la mencionada agencia de noticias, y además está presente en radio con los programas Segunda Vuelta, por FM Milenium 106.7 (Martes de 23 a 24), y Sábado a la tarde, en la AM 750 (Sábados de 17 a 19).

Ese crecimiento profesional continúa firme, ya que se la puede observar desde el 2021 en la pantalla de IP Noticias como columnista política.

En diálogo con Nexofin, la periodista de IP Noticias, El Nueve y Jefa de Política en Noticias Argentinas (NA) comparte su entrada al medio, detalla su rutina de trabajo y opina sobre el panorama electoral 2023.

Nexofin (N): ¿Cómo fue tu entrada al periodismo?

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Mayra García (MG): Empecé en gráfica, en la agencia Noticias Argentinas (NA) como pasante en diciembre de 2005.

Al principio escribí en varias secciones y poco a poco me fui inclinando por la política.

Entre 2007 y 2013 fui acreditada en el Congreso Nacional y después pasé a la edición de la sección Política.

La experiencia en radio comenzó en 2016 y la televisión en 2021.

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N: Para quienes no te conocen, ¿cuáles serían tus pilares como profesional?

Siempre intento comunicar de manera simple, coherente y dejando de lado mis preferencias personales.

Guadalupe Regalzi y Mayra García en el programa Tarde a tarde (lunes a viernes de 17 a 20) por la pantalla de IP Noticias

N: Si hablamos de la carrera, ¿qué consejo le das a las personas que siguen la parte política?

Al igual que en el resto de las secciones, es clave entablar vínculos con las fuentes y estar en el lugar de los hechos.

En épocas en que todo se maneja por WhatsApp, es clave mantener las viejas costumbres y tratar cara a cara con los protagonistas.

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Noelia Barral Grigera, Sergio Olguín, Mayra García y La Bombonera

N: Hoy estás en la pantalla de IP Noticias, en Radio AM 750 y en Segunda Vuelta por FM Milenium 106.7, ¿cómo te organizas con la rutina?

De lunes a viernes arranco la jornada en la agencia NA y después voy al canal. Los martes, sumo radio en Milenium por la noche y en la 750 estoy los sábados.

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N: ¿Algún desafío pendiente a nivel laboral o personal?

Seguir sumando experiencias y que el periodismo me lleve por lugares inesperados, como hasta ahora.

N: Sos Jefa de Política en Noticias Argentinas, ¿consideras que el periodismo debe incomodar al poder?

Una información real y con valor periodístico tiene que publicarse, más allá de la incomodidad que pueda generar.

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El periodismo no nace para ser amigo del poder.

Mayra García, Mariano Casal y Jazmín Bullorini en Segunda Vuelta (martes de 23 a 24) por FM Milenium 106.7

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N: ¿Qué tema falta hoy en la agenda argentina?

Nos falta mucho en agenda ambiental, cambio climático. Entiendo que hay cuestiones más urgentes, pero se está perdiendo tiempo valioso.

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N: Comienza un año electoral, ¿cuál es tu proyección sobre el 2023?

Un año de campaña muy fuerte y una polarización difícil de superar. Final abierto.

N: Vamos con un pequeño ping-pong, ¿virtudes y defectos?

En cuanto al trabajo, diría resolutiva y ocurrente. El defecto es la procrastinación.

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N: ¿Club de fútbol?

Boca Juniors.

N: ¿El gol que más gritaste?

Por fuera del Mundial, los goles de Martín Palermo al Real Madrid en el 2000.

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N: ¿Una canción favorita?

La que quieras, no tengo una sola. Me gusta ahora la nueva de Miley Cirus – Flowers.

N: Para cerrar en un concepto, ¿Mayra García es…?

Una persona que trabaja para ser cada día mejor.

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Notas de Opinión

El Papa Francisco también se baja del barco K

El Pontífice hizo dos críticas durísimas al Gobierno. Señaló que la pobreza es del 52% y que la inflación es “impresionante”. Está quebrado su vínculo con Alberto y ya no se habla con Cristina

Columna publicada originalmente en Infobae

El link corrió como una centella por los smartphones de la Casa Rosada. Dentro del whatsapp, el título adelantaba la gravedad de la declaración.

No era el mejor momento. La Cumbre de la CELAC había sido un fiasco y el repudio extendido a los dictadores latinoamericanos empañaba la visita de Lula. El dólar pasaba los 384 pesos y ahora esta frase inesperada del Papa Francisco.

“En el año ´55, cuando terminé mi escuela secundaria, el nivel de pobreza era del 5%. Hoy la pobreza está en el 52% ¿Qué pasó? Mala administración, malas políticas. Argentina en este momento, y no hago política, solo leo los datos: tiene una inflación impresionante”.

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No era Mauricio Macri. No era Horacio Rodríguez Larreta ni Patricia Bullrich. No era Javier Milei. Era el Papa Francisco, el mejor aliado con el que habían contado Alberto Fernández y Cristina Kirchner en el inicio de la gestión. El Pontífice les avisaba como para que entendieran: él también se bajaba del barco kirchnerista.

Te puede interesar: Dura crítica del papa Francisco a la política económica argentina: “La pobreza está en un 52%, ¿qué pasó?, mala administración, malas políticas”

El Presidente, el ministro de Economía, Sergio Massa, y la ministra de Desarrollo Social, Victoria Tolosa Paz, recibieron la noticia de la frase papal en silencio, como si se tratara de una muerte. A uno de ellos le terminó brotando una respuesta, desencajada y argentina. “La puta madre que los parió…”.

A medida que llegaban los detalles, la cosa se ponía peor. No se trataba de un equívoco ni de una frase dicha a las apuradas.

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El Papa Francisco le había dado un extenso reportaje, el primero que concedía desde la muerte de su antecesor alemán Benedicto XVI, a la agencia estadounidense Associated Press. No es cualquier medio. Es la cooperativa periodística que financian los diarios, las radios y los canales de TV de EE.UU. En sus oficinas de Nueva York trabajan 3.300 empleados. Uno de ellos, la experimentada periodista Nicole Winfield, fue quien se sentó frente al Pontífice. Se conocían bien. Ella tiene más de veinte años como corresponsal en Roma y en el Vaticano. Y ha sido una investigadora implacable de los abusos sexuales en la Iglesia.

El Papa habló de la homosexualidad. “No es un delito”, dijo, y la frase recorrió el planeta. Habló de la paciencia que hay que tener con China y de cómo extraña las charlas con Benedicto cuando tiene un problema. Sabe que luego de su muerte, los obispos más conservadores ya no tienen obstáculos para atacarlo.

Pero las frases del Papa que preocupan al mundo no son las que preocupan a la Casa Rosada. Francisco agitó un número en la entrevista con AP que congeló a la mayoría de los ministros. Habló de la pobreza y precisó que “está en el 52%, ¿qué paso?”.

Todos los informes estadísticos serios sobre la pobreza en la Argentina señalan que, durante el 2022, ya ha cruzado el 50%. Pero esa cifra baja algunos puntos si se consideran los planes sociales. ¿A qué se refería el Papa entonces con el 52%?

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El Observatorio de la Deuda Social que administra la Universidad Católica Argentina es el que elabora el índice más riguroso junto con la medición oficial que hace el Indec. Ese informe calcula que la pobreza en la niñez ronda el 52%. Ese es el dato estremecedor que el Papa le transmitió al mundo. Dato que tiene un agravante. La pobreza infantil viene siempre de la mano de la desnutrición.

Daniel Arroyo: “El Papa tiene razón en todo”

“El Papa tiene razón en todo lo que dice y está apuntando al núcleo del problema argentino que es la extensión de la pobreza, sobre todo en las infancias. Ojalá que la pobreza ocupe el centro del debate en las próximas elecciones”, explica el diputado Daniel Arroyo ante la consulta de este periodista. Arroyo fue el ministro de Desarrollo Social durante la pandemia y es uno de los dirigentes que más ha investigado el tema de la pobreza. Su coincidencia con el Papa es una crítica al gobierno que integró.

La respuesta oficial a las frases del Papa no sorprendió a nadie. La vocera del Gobierno, Gabriela Cerruti, ensayó el argumento de estos tiempos en la gestión Fernández-Kirchner-Massa.

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“Yo leía recién lo que dijo (el Papa) y cuando dice que la política hizo que la economía estuviera como está, todos sabemos que es producto de los cuatro años del macrismo que estamos remontando. Porque, cuando pasa la derecha, sea Bolsonaro o Macri, lo que hace es tierra arrasada. Y el gobierno que vuelve tiene que reconstruir todo de nuevo. Argentina se despertó, y ya se puso en marcha la maquinaria para que estemos mejor”.

Es una asombrosa interpretación para un gobierno que tiene, al día de hoy y además de la pobreza infantil en el 52%, una inflación anual del 94,8% y una acumulada del 300% desde que comenzó la gestión en 2019. A once meses del final del mandato, Alberto y Cristina ya suman más inflación que la inflación total del período Macri (295,7%). “La inflación es auto construida; está en la cabeza de los argentinos”, ensayó esta semana el Presidente con pretensión psicológica, demostrando que su manejo del disparate se mantiene en contante superación.

Y un dato más que contradice la hipótesis Cerruti: las dos etapas con el índice más alto de pobreza fueron en 2002, con Eduardo Duhalde (52%) como presidente, y la actual que se aproxima en magnitud. Ambos son períodos administrados por el peronismo.

Claro que la reacción del Papa Francisco se entiende un poco más cuando se escarba en el desencuentro político entre el Jefe de la Iglesia Católica y el gobierno kirchnerista, al que respaldó en la campaña electoral de 2019 y al que acompañó con gestos inexcusables en los años siguientes. Bergoglio siempre recibió con sonrisas a Cristina, a los integrantes de La Cámpora y a la esposa del Presidente, Fabiola Yáñez. En cambio, siempre exhibió su rictus más amargo para las visitas de Macri y de su familia.

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Evidentemente, las cosas han cambiado para el Papa con la decadencia del Gobierno y el derrumbe de las cifras económicas. Hay que consignar cuatro cuestiones fundamentales.

1.- La relación del Papa Francisco con Alberto Fernández está en su peor momento. No le perdona al Presidente la sanción de la ley del Aborto. Y considera erradas dos de sus decisiones: la de haberle quitados fondos de la Coparticipación Federal a la Ciudad de Buenos Aires para dárselos a la Provincia, y la de atacar e intentar destituir a los miembros de la Corte Suprema. El Papa cree, además, que el Presidente muchas veces sobreactuó el vínculo con el Vaticano para obtener réditos políticos.

2.- También se ha deteriorado la relación del Papa Francisco con Cristina. Ya hace tiempo que no se hablan ni se encuentran.

3.- Tampoco es fraterna la relación del Papa Francisco con Sergio Massa, con quien nunca se reunió. Hay un cortocircuito de vieja data, que es el supuesto impulso político que el hoy ministro le habría dado al obispo de Zárate-Campana, Oscar Sarlinga, para que reemplazara a Bergoglio en el arzobispado de Buenos Aires. El Papa nunca se refirió públicamente a la cuestión.

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4.- Hay dos hombres de estrecha relación con el Papa Francisco que integraron el Gobierno, y que ahora ya no están. Gustavo Beliz, quien fue asesor estratégico del Presidente. Y Martín Guzmán, que fue ministro de Economía, y a quien el Pontífice le facilitó sus vínculos amables con la directora ejecutiva del Fondo Monetario Internacional, la búlgara Kristalina Georgieva. Con las ausencias de Beliz y de Guzmán, el canal de diálogo entre el Papa Francisco y el gobierno kirchnerista se reduce al formal de la Secretaría de Culto, y a operadores políticos de segunda línea.

En las últimas horas, los dirigentes de Juntos por el Cambio observaron con cautela el estallido entre el Papa Francisco y el gobierno kirchnerista. La evaluación primaria es que Bergoglio intenta ubicar a la Iglesia argentina en el centro de la escena con la crítica socio económica y más despegada de la gestión en decadencia de Alberto y Cristina. “Son los primeros movimientos ante la posibilidad de un cambio en el Gobierno”, asegura uno de los pocos dirigentes opositores que mantiene relación con Roma.

Es interesante la entrevista del Papa Francisco con Associated Press. Esta vez no repitió el error de igualar la situación de Rusia y Ucrania, como lo había hecho en reportajes anteriores. El aire de justificación a la invasión rusa que transmitieron sus palabras provocó críticas durísimas de los gobiernos de la Unión Europea, y también del propio presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski.

Esta vez, el Pontífice respondió en tono amable y a veces hasta relajado sobre las cuestiones más íntimas de su vida actual. Associated Press recuerda que el año pasado el Papa debió enfrentar una operación de la rodilla y la extirpación de 33 centímetros de sus intestinos. Son intervenciones siempre complicadas para un hombre de actividad intensa y 86 años.

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“Estoy bien de salud. Por la edad que tengo, estoy normal. Puedo morir mañana, pero vamos, está controlado”, bromeó, con la dosis de ironía que lo acompañó en toda su trayectoria.

Francisco también dejó en claro que, al menos por ahora, no hay indicio alguno de que vaya a viajar a la Argentina. “Por el momento no. Estuvo programado en 2017, Chile, Argentina y Uruguay. Noviembre, ¿qué pasó?. Bachelet terminaba su mandato y yo quería ir a visitar a Michelle. Lo pasamos a diciembre, pero caer en enero a Argentina, uno no encuentra ni al perro en la calle. Hicimos Chile y Perú, y después ya no se reprogramó más”. El Papa deja toda la sensación de que el no al reencuentro con su país de nacimiento parece definitivo.

La pobreza del 52% y la inflación “impresionante” no son las únicas referencias que el Papa ofrece sobre la Argentina. De repente, matiza la entrevista con una narración novelada. La cuenta casi como una parábola, de las que abundan en los Evangelios. Pero no. Es un relato sobre los argentinos.

“Los ángeles custodios de los países se fueron a quejar a Dios y le dijeron: `Fuiste injusto con nosotros porque a cada uno nos diste una riqueza, minería, agricultura, ganadería, y a los argentinos les diste todo. Tienen todas las riquezas´. Dicen que Dios pensó un poco, y dijo: `Para equilibrar les di a los argentinos…´. Que no se enojen, es un chiste. Yo soy argentino, pero algo de verdad hay. No terminamos de llevar adelante nuestras cosas”.

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Es un chiste, dice el Papa Francisco, a las audiencias de todo el planeta. Pero él sabe perfectamente que lo suyo no es un chiste. Es una descripción descarnada de los argentinos que hace el jefe espiritual de mil quinientos millones de personas. Algo de verdad hay, admite al final, el hombre que también nació en la Argentina y que lleva en su propia piel las marcas de una tierra surcada por las contradicciones.

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