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Notas de Opinión

Temblores en la Casa Rosada, Cristina Kirchner en el teléfono y amenazas de renuncias

La intimidad del poder. Funcionarios nerviosos por la pelea con la Corte. La vice ataca a Alberto Fernández y Massa procura no salir dañado. Se viene una cumbre en Cumelén.

Cuando sonó el celular de Sergio Massa, el miércoles a la noche, en la pantalla de C5N todavía hablaba Alberto Fernández. Llevaba más de una hora respondiendo preguntas, una situación que volvió a sumir en el desasosiego a quienes lo quieren más allá de la política y se preguntan si hay maldad en los consejos que le brinda su equipo de comunicación. Cristina seguía en vivo al Presidente por televisión y en un momento lo notó tan errático al hablar del comportamiento de la Corte Suprema y del año electoral que comienza que llegó a preguntarse si estaba en sus cabales. No siente más que desprecio por él.

La vicepresidenta llamó al ministro de Economía para compartir su fastidio. Massa estaba reunido con veinte funcionarios en el quincho del piso 13 del Palacio de Hacienda. El ministro se fue a hablar a la terraza para que no lo escucharan, como hacía Alberto cuando aún tenía diálogo con ella. Massa regresó al rato a la mesa y solo hizo una referencia banal a la charla. “Todo mal, todo roto -deslizó uno de sus colaboradores antes de que se sirviera el asado- No nos ayudan ni él ni ella”.

En el quincho pasaron de largo el llamado y volvieron a concentrarse en los números, que se obstinan en analizar con lupa para ver de qué parte de la enciclopedia pueden tironear para trazar un panorama menos cruel. El último asistente se fue el jueves a las 3 de la mañana. Siempre es un acto de fe la prepotencia del trabajo, pero no hay milagros a la vista. En Twitter, la feligresía antikirchnerista se hace un picnic cuando recuerda las burlas destinadas a Mauricio Macri durante sus últimos meses por parte de quienes hoy conducen el país. La inflación estaba en alza y terminaría en 53,8%. Aquellos, es cierto, eran números catastróficos; ahora es bastante peor: la inflación de 2023 estará cerca del 95%.

Cada mes que pasa, los precios se transforman en un búmeran para el Frente Renovador, que trabaja con obsesión para que su líder pueda enderezar el barco y desembarcar en la carrera presidencial del año próximo. Ya hay, sin embargo, quienes se formulan una pregunta: ¿Hasta cuándo podrán sostener que las cosas van mejor desde su llegada? Massa prometió una inflación del 3% para marzo. Sería una baja importante y un envión para él. Si sucede.

En el Ministerio de Economía terminan 2022 a los saltos. El último cimbronazo lo aportó la inicial decisión oficial de no respetar el fallo de la Corte Suprema que la semana pasada determinó que la Nación debe restituir 2,95% de los fondos de coparticipación a la Ciudad de Buenos Aires -un monto menor al que reclamó, que era del 3,5%- que en plena pandemia le quitó a los porteños para favorecer a la provincia de Buenos Aires. “¿Es verdad lo que dicen Clarín y La Nación de que no vamos a respetar el fallo?”, se preguntaron ese mismo viernes, la semana pasada, los funcionarios que participaban de un brindis de fin de año en el Club Ciudad. Lo habían organizado Juan Manuel Olmos y Kelly Olmos. “¿Estamos enfermos? ¿Ustedes son conscientes de lo que viene?”, inquirió uno de los asistentes.

Fernández se había hecho eco de un pedido de los gobernadores, que responden a Cristina, y amenazó con no pagar. A las 24 horas cambió de opinión. El daño estaba hecho y aún persiste, si no es que no se ha vuelto más profundo, porque el primer retroceso fue anunciar que pagarían con bonos y Horacio Rodríguez Larreta lo rechazó y ahora Massa piensa en un nuevo impuesto para compensar el desembolso.

Amague y recule, castigó Cristina a Alberto, el martes, en su reaparición en Avellaneda. Pudo haber sido más hostil, pero ella cree que Fernández no merece más que una alusión efímera. El cristinismo sostiene que el jefe de Estado no tiene agallas para “dar las peleas que hay que dar”, al decir de La Cámpora. Entre esas batallas debería entablarse un enfrentamiento a todo o nada con los cuatro miembros de la Corte. Leopoldo Moreau lo pidió por radio: el Presidente debe liderar el pedido de juicio político contra Horacio Rosatti, Juan Carlos Maqueda, Carlos Rosenkrantz y Ricardo Lorenzetti.

Massa había despotricado frente a su equipo por la reunión de Fernández y los catorce gobernadores, que, a instancias de Jorge Capitanich y de Gerardo Zamora, lo intimaron a no respetar el fallo. Alberto los conformó y les dijo que sí y hasta sobreactuó tanta indignación como ellos. “Estoy preocupado, ni siquiera me invitaron a la reunión”, dijo Massa ese día. En Hipólito Yrigoyen 250 temblaron las paredes. Raúl Rigo, el secretario de Hacienda, se contactó el sábado con Fernández por mensaje para decirle que dejaría su cargo si no daba marcha atrás con la postura de no cumplir el fallo del máximo tribunal de Justicia. Rigo es un funcionario histórico. Conoce, acaso mejor que el resto del Gobierno, cómo funcionan los resortes de la economía.

No fue el único que amenazó con irse. El primer mandatario estaba en la Residencia de Olivos y los mensajes de distintos funcionarios se acumulaban en su celular. “Nos van a denunciar a todos. Paremos esta locura o nos quedamos sin funcionarios”, le decían. Una vez más, Alberto quedaba atrapado entre dos fuegos: los cristinistas lo apretaban para que subiera la apuesta frente a la Corte y el ala moderada del Frente de Todos le rogaba que recapacitara. Alberto hizo de nuevo la hazaña de quedar mal con unos y otros. Sus amigos de la vida repiten: “Este no es el Alberto que tratamos durante tantos años”.

La intranquilidad de los mercados se hizo sentir y el dólar blue subió con fuerza. Tal es así que ayer en los WhatsApp que propagaban las usinas massistas presentaban como una buena noticia que hubiera cerrado la semana a 346 pesos. Si los fines de año son épocas de balance quizá sea atinado recordar que en diciembre de 2019, cuando asumió la actual gestión, costaba 63 pesos. El dato sacude con frecuencia a Cristina: dólar alto y sueldos bajos llevan a la derrota electoral, piensa.

En su reaparición, la ex presidenta barrió con sus propias palabras, las del 6 de diciembre, el día que la condenaron por corrupción a seis años de prisión y adelantó que no sería candidata a nada el año próximo. Se sabe ahora que no se trató de un renunciamiento. El martes habló de proscripción, una palabra que según sus exégetas le aporta cierta mística y cohesiona a los propios porque se explica en el marco de una tradición política. Carece de sentido real porque ella está en condiciones legales de presentarse para el cargo que quiera. Su reacción del martes, tal vez, no tuvo que ver con un supuesto renunciamiento sino con un arrepentimiento.

Quienes acceden a su intimidad reconocen que aquel día actuó con iracundia, que fue un error no forzado y que su presentación se volvió en contra de la estrategia electoral porque le dio certezas a la oposición y generó un vacío en el oficialismo. “Te necesitamos”, le dijo Axel Kicillof. “La vamos a hacer cambiar de opinión”, sostuvo Jorge Ferraresi, el intendente de Avellaneda y anfitrión del acto. El escenario estaba montado allí para volver a encender la llama de una eventual postulación.

Cristina insistió esta semana en privado con que la elección que viene hoy se está perdiendo. Quizá por eso se burló de las declaraciones de Alberto, cuando dijo: “El Frente de Todos va a ganar el año próximo, no tengo ninguna duda. La gente poco a poco se está dando cuenta de cómo es la cosa”.

La vice dice que el mejor posicionado para suceder al kirchnerismo es Rodríguez Larreta. Corrió a Mauricio Macri y a Patricia Bullrich del escenario. Debería tomar nota el alcalde. Irán por él y por su entorno. Las balas del cristinismo nunca son de juguete. Aquella estocada verbal de mediados de 2019 (“en la Ciudad hasta loe helechos tiene luz y agua”) fue tan solo el inicio. Si no, que lo diga Marcelo D’Alessando, el ministro de Seguridad porteño. Su celular, hackeado por espías ilegales, derivó en un escándalo y podría arrojar nuevas y peores noticias.

El jefe de Gobierno ya descansa en Cumelén Country Club, a tres kilómetros de Villa La Angostura. Es la primera vez que será vecino de Macri. Se quedará hasta el martes con su novia y otros familiares y tiene previsto pasar en algún momento a brindar con el ex presidente, con quien tiene algunas diferencias sobre la estrategia proselitista y sobre cómo encarar una supuesta futura administración. Larreta llegaría con algunas prendas de cambio para contentar a su socio, que le toma la temperatura muy seguido y coquetea con apoyar a Patricia Bullrich.

Bullrich se vio hace unos días con Macri, antes de irse a pasar el fin de año a Brasil. La ex ministra le pidió garantías de que habrá una interna transparente. Teme que le quieran embarrar la cancha y que su rival interno aproveche los recursos de la Ciudad para perjudicarla. Los aliados de Bullrich a veces sugieren un acercamiento con Javier Milei, un enemigo acérrimo de Larreta, como si quisieran dejar entrever que, si la convivencia se torna oscura, podría explorar una salida de emergencia junto al economista. Larreta nunca le contesta. Se siente más cómodo con los radicales. Los ve más permeables a una negociación.

Los colaboradores de Macri no descartan una cumbre en el sur Macri-Larreta-Bullrich para fijar reglas de juego claras. El alcalde y la ex ministra, por ahora, no tienen demasiado interés. Juntos por el Cambio tiene notorias divisiones. Se vio el lunes, en el cumpleaños 66 de Elisa Carrió, donde ella advirtió que aún no tiene candidato a presidente. En la celebración estaban Larreta y Gerardo Morales, que disputarán el mismo sillón. Carrió, que hizo las invitaciones en persona, no convocó a Macri ni a Bullrich ni a Facundo Manes. Una pena. Se perdieron el karaoke y la celebración mundialista.

 

Columna publicada originalmente en Clarín.

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