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Notas de Opinión

El desconcierto en la tropa de Cristina y el miedo cada vez más latente de Kicillof

La intimidad del poder. Amores y enojos en la cena de los incondicionales con la vicepresidente. La estrategia electoral K y una jugada que podría complicar al gobernador.

Cuando la vieron llegar, después de una larga espera en la que solo se hablaba de ella, más de uno tuvo que contenerse para no llorar. Hasta ese punto llega el sentimiento de veneración en esa mesa de dirigentes que el martes la esperaba para cenar y que se venía reuniendo en secreto en los últimos meses. Cristina saludó como si estuviera frente a las cámaras de televisión: “Holaaa”, dijo, alargando varios segundos la a y agitando la mano, cuando ya todos estaban sentados a la espera del asado. Varios se pararon rápido con la intención de ir a abrazarla, pero ella los frenó: “Perdónenme, pero antes de darles un beso tengo que pasar al baño”. Al final volvió y no hubo besos, salvo para algunos, como Diana Conti, que se le fue encima con pasión; la vicepresidenta le devolvió el cariño preguntándole por su estado de salud. Cuando logró sentarse, dijo: “Hoy yo ya hablé demasiado. Vengo a escucharlos a ustedes”.

Esa tentación por controlar hasta la dinámica de una cena, apenas unas horas después de ser condenada por corrupción a seis años de cárcel e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos, fue una muestra simbólica de que el poder no se toca. Si la dejan, y parece que el peronismo la deja, se mantendrá bajo su puño.

En la mesa, en susurros, no dejaban de exaltar su figura. “Menos mal que la acaban de condenar…”, afirmaba uno de los dirigentes, incrédulo de que tuviera ganas de estar ahí, comiendo tiras de asado con agua mineral, sin siquiera probar una gota de vino, y pidiendo -junto a unas masas finas- un mate cocido. Pero Cristina daba muestras de cansancio. En el tono de voz y en ciertos arranques que denotan su estado anímico. También se le habían notado durante el streaming. A las 48 horas iba a dar positivo de Covid.

Las últimas reuniones del grupo, cuando todavía se articulaba el operativo clamor para 2023, habían sido catárticas, con permanentes críticas hacia Alberto Fernández, como si fuera el culpable, el único culpable, de todos los males. Esta vez, sus integrantes habían aprovechado la demora de su conductora para acordar no hacer ningún planteo que pudiera irritarla. Se cumplió, aunque hubo un desliz en el comienzo, cuando uno de los comensales expuso, mirándola fijo: “Cristina, que vos hayas anunciado que no vas a ser candidata a nada rompe la expectativa esperanzadora. Acá hay gente muy triste”.

La ex presidenta se molestó. Fue cuando pronunció su frase más fuerte de la cena: “Voy a decir algo que espero que entiendan hasta aquellos que están hoy y que no son peronistas. Todos tienen en su mochila el bastón de mariscal. Es hora de que lo saquen, porque acá hay mucho silencio”. Tras la frase, los invitados se esforzaron por mimarla: “Te quiero y te admiro”, le dijo Roberto Baradel, el secretario general de SUTEBA. “Sabemos que no le podemos pedir más”, insistió Leopoldo Moreau.

Los exégetas cristinistas, más tarde, apartaron a Perón y tradujeron el sentido del mensaje: “Lo que quiso decir es que dejen de colgarse de su vestido para ver si entran en una boleta. Que hagan sin esperarla, que jueguen, como ella misma les dijo”.

El anuncio de no postularse el año que viene abrió un período de deliberaciones en el Frente de Todos, incluso -y especialmente- en su círculo áulico, que no esperaba semejante noticia. De nuevo, como en aquel video de Youtube que designó a Fernández en 2019, Cristina sorprendió a todos y los dejó con la certeza de que ningún fallo judicial impedirá que siga comportándose de igual modo.

Pero como su poder de fuego ha mermado bastante desde entonces y su popularidad ha caído como por un tobogán, ahora no faltan quienes -en conversaciones excesivamente reservadas- se pregunten si no se trata de un grave error de estrategia electoral haber hecho público el anuncio tanto tiempo antes de las elecciones.

¿O será una maniobra de distracción para guardarse la última bala? Los que más la conocen aseguran que no está especulando, que no tiene más ganas de afrontar una campaña, más si se tiene en cuenta que podría tratarse de un resultado adverso, y que aborrece el espejo que pueda ponerla a la altura de Carlos Menem; es decir, ante la obligación de ocupar una banca en el Congreso hasta el último día para preservar los fueros.

“Antes preferiría ir presa y convertir esa debilidad en fortaleza, como Lula”, conjetura uno de los hombres que pasó por Ensenada. Cristina no es Lula. En varios aspectos, como se sabe, pero además, a diferencia del actual presidente de Brasil -que pasó 580 días entre rejas-, no irá a la cárcel ni aun cuando quedara firme la sentencia. La beneficiaría la edad. En la Argentina, cuando se cumplen los 70 años -ella los celebrará el 19 de febrero- la pena pasa a ser domiciliaria.

El desconcierto, de todos modos, se palpa cuando se conversa con fuentes habituales que hablan todas las semanas con ella. “Dame unos días y te cuento” o “estamos digiriendo la noticia para ver cómo seguimos”, son respuestas recurrentes de confidentes que hasta días atrás propiciaban su candidatura. Sin ir más lejos, de los que habían diseñado el acto del 17 de noviembre en La Plata con la consigna “La fuerza de la esperanza”.

Está claro que Cristina no se apartará de la campaña ni de la coordinación. Por eso, a muchos dirigentes que adhieren al Frente de Todos más por espanto que por amor se los comienza a ver inquietos. “Una cosa es someternos a ella y otra al que elija ella”, elucubran.

Su salida de la escena electoral es para muchos un nuevo sapo que hay que deglutir. Se enteraron de la movida al mismo tiempo que los periodistas, viendo el streaming, mientras la vice despotricaba contra los jueces y medios de comunicación y eludía explicar lo que no puede explicar: por qué, cuando era Presidenta, benefició de manera discrecional a Lázaro Báez con contratos millonarios y sin control de obra pública.

El día previo al fallo de los jueces Jorge Gorini, Rodrigo Giménez Uriburu y Andrés Basso, el Presidente buscó un acercamiento con su vice. La llamó para acordar el contenido de la cadena nacional para denunciar al juez federal Julián Ercolini, al juez penal económico Pablo Yadarola, al camarista de Casación Carlos Mahiques, al juez en lo contencioso administrativo federal Pablo Cayssials; al jefe de los fiscales de la Ciudad, Juan Bautista Mahiques; al ministro de Seguridad porteño, Marcelo D’Alessandro, al asesor de comunicación Tomás Reinke, al ex funcionario de inteligencia Leo Bergot y a dos directivos del Grupo Clarín por un viaje a Lago Escondido. Fue un acercamiento efímero, que ni siquiera el entorno cristinista celebró. Al contrario: cuando escucharon la cadena, les pareció que fue un mensaje tibio.

El primer mandatario tuvo otro gesto con el cristinismo. En una entrevista con The Financial Times confesó que hoy no está pensando en su reelección. Tampoco se lo valoraron. El albertismo, aunque cada vez más reducido, no deja de pensar que la salida de Cristina les abre una oportunidad.

La vice impulsará su propio candidato. Vuelve a sonar el nombre de Wado de Pedro. Y no hay que descartar a Sergio Massa, más allá de sus denodados esfuerzos por instalar que no quiere ser candidato en 2023. No es que no quiera. ¿Puede un ministro de Economía acaso soñar con estar en una lista con un 100% de inflación? Si se produjera el milagro que el tigrense augura en privado -que el índice inflacionario caiga a la mitad- la cosa sería otra. Pero ningún consultor privado cree que ese milagro sea posible.

El más incómodo con el anuncio de Cristina es Axel Kicillof. Teme que la jefa lo proponga para pelear por la presidencia. Peor: que lo impulse a perder creyendo que se trata del mal menor para el Frente de Todos. El gobernador es el dirigente que más se apodera del voto de Cristina. “Se traslada automáticamente”, dicen los consultores que trabajan para el Instituto Patria.

El mandatario bonaerense montó un fuerte operativo, sin dar la cara, para tratar de instalar que su única meta es la reelección y que ya lo tiene conversado con Cristina. Hoy, según las encuestas que maneja el comando de campaña de Horacio Rodríguez Larreta, el economista permanece al frente de la pelea. Por poco, pero es el que tiene mejor proyección de votos, aunque es cierto que para anticipar el resultado siempre hay que tener en cuenta el aspirante a la presidencia que lo acompañe en la boleta. Él se aferra a que, a diferencia de la pelea mayor, en la Provincia no hay segunda vuelta. Cristina podría estar pensando distinto. Que si no hay un buen postulante en el tramo presidencial, la victoria a gobernador pasaría a ponerse en duda.

El temor de Kicillof se hace extensivo a su grupo de confianza. Sospecha de una jugada de último momento, elucubrada por Cristina, pero incentivada en la sombras por los intendentes del PJ y por Máximo, que lo quieren poco y que cada tanto gozan con sus tropiezos.

 

Columna publicada originalmente en Clarín.

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