Seguinos en nuestras redes

Notas de Opinión

A ajustar que se acaba el mundo

Desplazado del centro de la escena, Alberto Fernández sigue siendo indispensable. No tiene el poder, pero tiene la lapicera. Le guste o no, será convocado a ponerle el gancho a cuanto Decreto de Necesidad y Urgencia brote de la inventiva de Massa.

Mucho más allá del cotillón, la fanfarria y el desaforado carnaval carioca que enmarcó la llegada de Sergio Massa al Poder Ejecutivo, es importante reconocerle al tigrense un mérito: la conquista de algo que nadie había logrado hasta aquí. El flamante mega ministro logró, al menos por estos días, desmontar el relato de Cristina Kirchner en relación a cómo se debe manejar la economía. No es poca cosa.

En el “anuncio de inminentes anuncios” con el que debutó este miércoles, Massa se desmarcó de manera explícita, aunque sin entrar en detalles, del catecismo económico de Fernández de Kirchner. Ajuste, cumplimiento de las metas fiscales acordadas con el FMI, baja de los subsidios a la electricidad, recortes del gasto, control de los planes sociales y nada de emisión. A vivir con lo justo, con lo que hay. Nada de fantasear con un “plan platita” por ahora.

Del feroz discurso de Ensenada a la reivindicación de la ortodoxia económica. Del portazo de Máximo al regreso a la casita de los viejos de Luis D’Elía. De la militancia efervescente de los pibes para la liberación al pogo clase mediero de los del Frente Renovador.

“Ni super nada, ni mago, ni salvador”, aclaró Massa. Nada dijo acerca de si dispone al menos de la credibilidad indispensable para que los exportadores liquiden en tiempo y forma o los bancos internacionales acepten cerrar acuerdos de financiamiento.

Publicidad

El gran desafío del nuevo ministro de economía es regenerar ese activo imprescindible del que, según todas las compulsas de opinión conocidas, él precisamente carece: la confianza. Juega a favor del recién llegado el contexto de extrema fragilidad en el que recibe el estado de la macroeconomía. La semana corrió al límite con el Banco Central vendiendo dólares y las reservas líquidas abajo pero, debe decirse también, que se frenó la escalada violenta de las divisas.

Sin herramientas rápidas para reconstruir un escenario de previsibilidad y certezas, Massa echa mano a su bagaje de ambición política, audacia y nutrida agenda de estrechísimos contactos en el círculo rojo.

Un rápido paneo por las primeras filas de la platea que otorgó densidad a su llegada a la Rosada permite sacar algunas conclusiones. No todos los primeros planos de empresarios con los que se amenizó la brevísima televisación son de digestión rápida para los amigos del Patria. Muy por el contrario, no son pocos los que regurgitaron ácido sin pestañear en la tarde de gloria de Sergio Massa.

Máximo Kirchner, quién reconoce en el tigrense una suerte de coach político, un sherpa en el mundo de los hombres del establishment, no estuvo en esa foto. Tampoco su señora madre, quien sí se dejó inmortalizar en una imagen que los muestra en una imponente mesa con solo dos posiciones. La comentada troika del poder llegó hasta el martes. Uno de los vértices de ese trípode de la coalición gobernante agotó su oportunidad.

Publicidad

Tras la recepción que se montó en el Museo del Bicentenario, más propia de labor de un wedding planner que de las diligencias de Casa Militar, Alberto Fernández salió de la escena sin mucha bulla, con más pena que gloria, pero enarbolando su auto reivindicación.

Alberto Fernández se atribuye haber sostenido la unidad del Frente de Todos contra viento y marea. Un empeño al que se aplicó sin reparar que en daños auto infringidos con los que terminó llevándose puesta la economía nacional. El Presidente está vanish into thin air por no decirlo en lunfardo.

Hay quienes prefieren no confiar en esta desaparición forzosa de Alberto Fernández y por lo lo bajo advierten acerca de una remanente capacidad de daño. La vida pasa y los rencores quedan, aseguran los más insidiosos. Pero este es otro tema.

Desplazado del centro de la escena, Fernández sigue siendo indispensable. No tiene el poder, pero tiene la lapicera. Le guste o no, será convocado a ponerle el gancho a cuánto Decreto de Necesidad y Urgencia brote de la inventiva de Massa. Vilma Ibarra está allí para cuidarle la firma. Ella viene salvando la piel, pero, como los que se fueron, está nominada.

Publicidad

Massa pasa para muchos a ocupar el rol de la “mancha venenosa” que tan bien le sentó a AF. Confían en su diligencia y desenfado a toda prueba, pero prefieren mirar de afuera. Con una diferencia sustancial: acompañan desde el más allá y no parecen dispuestos a contrariar, al menos por ahora. Alguien tiene que hacer el trabajo sucio. Sergio parece dispuesto. Los más duros dicen que le dieron dos meses de changüi.

Massa dispone de poco tiempo y lo sabe. Lo que probablemente no puede mensurar es el umbral de tolerancia de CFK y los suyos a la hora de deglutir los sapos crudos de la claudicación.

Por el momento, el ultrakirchnerismo guarda prudente silencio. De cara al precipicio nadie parece dispuesto a perturbar. Sergio Massa se juega al todo o nada. Hay que dejarlo andar.

El ministro de Economía, Sergio Massa, firma junto al presidente Alberto Fernández su nombramiento durante el acto de asunción en Casa Rosada

El ministro de Economía, Sergio Massa, firma junto al presidente Alberto Fernández su nombramiento durante el acto de asunción en Casa Rosada

La Cámpora está demasiado ocupada en prestar soporte mediático a CFK cuando enfrenta la peor semana judicial de la que se tenga memoria. La audiencia pública y oral en la causa de Vialidad ofrece una exposición detallada de “una de las matrices más extraordinarias de corrupción”, según el fiscal Diego Luciani. Otro mazazo.

“Si la tocan a Cristina, qué quilombo se va a armar”, es la consigna del momento. Del Salario Básico Universal, ni hablar. El silencioso retiro cristi-camporista de las demandas sociales no tiene su correlato en organizaciones sociales ni sindicales.

Publicidad

Juan Grabois no parece dispuesto a aflojar. Con los pies ya fuera del plato, asegura no sentirse contenido por las medidas económicas anunciadas y analiza dejar con sus legisladores del Frente Patria Grande la coalición oficialista. Intenso a más no poder, sube el voltaje de sus reclamos y pasa a liderar junto a los sectores piqueteros más radicalizados. Un problemita ahí.

La idea, nada nueva por cierto, de llevar adelante una política de reordenamiento de los planes sociales durante los próximos 12 meses anunciada por SM sin demasiados detalles ni precisiones no les cierra a las organizaciones sociales.

Lo de la CGT toca otras fibras muy sensibles. Los dirigentes sindicales no quieren saber nada con bonos ni sumas fijas. Los hasta ayer muy mansitos popes del sindicalismo están en pie de guerra. Ellos quieren discutir paritarias, nada de ajuste salariales por DNU. Lo que está en juego es una cuestión de poder.

La idea de enmendar la pobreza en la que han caído buena parte de los trabajadores registrados y en blanco por la vía del decreto o la suma fija es rechazada de plano.

Publicidad

El anuncio de Massa viene a revolver el avispero de las soterradas tensiones que anidan en la relación entre la CGT y La Cámpora.

“La Cámpora es como la humedad…avanzan…quieren meterse en todo”, asegura un connotado dirigente sindical. Según esta mirada, la concepción del poder que imprime CFK en los camporistas va en el sentido de pretender copar todas las terminales.

Recelan de las reacciones de CFK y muchos de ellos están convencidos de que ella quiere hacer entrar a los camporistas dentro de la estructura cegetista. Los más ortodoxos aseguran que el objetivo de máxima es apoderarse del peronismo.

Hasta el anuncio de un bono o suma fija bajado por Massa estaban dispuestos a acompañar apostando a impronta y capacidad política, pero tras conocerse los anuncios ratificaron la marcha del 17. El sindicalismo debe seguir preservando una identidad propia aseguran. “La marcha no se levanta porque hay una puja de poder político”. Lo oficializaron así, con todas las letras.

Publicidad

“Tienen una línea, son patológicos, cerrados, ven conspiraciones en manera permanente y pretenden centralizar la toma de decisiones”. Así definen al kirchnerismo en la central obrera. Ahora salen abiertamente a resistir.

Los jefes sindicales entienden que esa idea es propia de la concepción perversa del manejo de las decisiones que tiene el kirchnerismo. Consideran que apunta a una concentración del poder que no sólo devalúa a la dirigencia sindical sino que opera achatando la pirámide laboral.

La designación de Gabriel Rubinstein refuerza la veta fiscalista enunciada por el tigrense. El nuevo viceministro de economía abogaba hasta hace días en los medios por un fuerte ajuste fiscal y proponía dólares diferenciados para escapar de una devaluación que muchos entienden como inevitable. La palabra maldita resulta inevitable.

La oposición de Juntos observa con cautela el despliegue gubernamental. Si el oficialismo logra sellar un entendimiento interno en avanzar con medidas duras se verán conminados a acompañar. Nadie quiere hacerse cargo del apriete que se viene.

Publicidad

José Luis Espert sugiere que Massa está haciendo lo mismo que intentó Macri y no faltan los que sostienen que el nuevo ministro está a la derecha del renunciante Martín Guzmán.

Siempre se dijo que el problema es de la política y no de la economía. Ahora todo parece indicar que con la situación económica tocando fondo, la crisis termina forzando entendimientos en la coalición gobernante. La brecha ordenando la política.

El miedo es cobarde y se lleva puesta a la doctrina.

 

Publicidad

Columna publicada originalmente en Infobae.

Notas de Opinión

Por qué fracasan los planes de estabilización en Argentina

Desde la década del 70 para acá, en el país se han implementado diversos programas para frenar la espiral inflacionaria, con éxitos efímeros. Las principales causas

Columna publicada originalmente en Infobae

La razón por la que los planes de estabilización en la Argentina terminan en fracaso es que la mayoría de las veces se llevan a cabo por necesidad política de última instancia, y no por convencimiento de bajar la inflación dado sus perversos efectos sobre la economía. Es como si únicamente se aplicaran para calmar el malhumor de la gente, para luego volver a las andadas.

Un caso típico fue el de la inflación cero de José Ber Gelbard, ministro de Economía de Héctor Cámpora, que luego siguió en la tercera presidencia de Juan Domingo Perón hasta su muerte y al poco tiempo de asumir María Estela Martínez (Isabel) de Perón y con el país en un caos, se fue, dando paso, primero a Alfredo Gómez Morales por unos pocos meses y luego a Celestino Rodrigo.

En mayo de 1973 asume la fórmula ganadora Cámpora-Solano Lima, con el lema Cámpora al gobierno Perón al poder. Siguiendo la monumental investigación histórica que hizo Juan Carlos de Pablo en su libro La Economía Argentina en la Segunda Mitad del Siglo XX, se puede ver que el 30 de mayo de 1973 se firmó el llamado Pacto Social que incluía a la CGT, la Confederación General Económica (CGE) y el Estado bajo el pomposo título de “Acta de Compromiso Nacional para la Reconstrucción, Liberación Nacional y la Justicia Social” (discursos que hoy día siguen vigentes). Esa acta incluía aumentos de salarios y controles de precios.

Publicidad

Destacaba: “La política de precios del sector privado se ajustará a las siguientes normas: no podrán modificarse los precios de las mercaderías y servicios por motivos de mayores costos originados por los aumentos salariales; una vez modificados los precios por la suba de las tarifas públicas, quedarán congelados hasta el 1 de junio de 1975″. A esto se agregaban otras intromisiones en las empresas privadas, pero el tema fundamental, una vez más, es que se ve en la historia económica argentina a ministros de Economía considerar que los costos determinan los precios de los productos, cuando en realidad son el reflejo de lo que los consumidores están dispuestos a pagar por los bienes y servicios que demandan, y por tanto determinan qué costos pueden incurrir las empresas.

En materia cambiaria, historia conocida por los argentinos, se hizo lo siguiente en la era Gelbard. Siguiendo siempre con la obra de Juan Carlos de Pablo, los tipos de cambio nominales se mantuvieron y se estableció un rígido control de cambios para “erradicar la especulación contra el país”. Es decir, como tantas veces, se usó el dólar como ancla contra la inflación.

El Ministerio de Economía establecía qué importaciones se podían realizar correspondiente a insumos, tanto en sus volúmenes y valores en base a lo que el funcionario consideraba adecuado para el país, tarea que ahora tendrá a cargo Matías Tombolini.

El plano fiscal

Publicidad

¿Qué pasó mientras tanto con el gasto público y el déficit fiscal? “Entre 1972 y 1974 el gasto público aumentó 65% en términos reales y el déficit fiscal 79%. En el primer caso subió 5,5 puntos porcentuales con relación al PBI y en el segundo de 4% a 5,5%” (De Pablo, opus cit.).

En ese período, mientras se congelaron los precios, tarifas de los servicios públicos y tipo de cambio, la base monetaria aumentó 286%, lo cual derivó en el “rodrigazo” en un intento por corregir los precios relativos y solucionar en parte el problema fiscal que generaba presiones inflacionarias por su financiamiento con emisión monetaria.

Este es un claro ejemplo de los planes de estabilización que tratan de esconder la inflación detrás de controles de todo tipo sin solucionar el problema que la genera, la emisión monetaria para financiar al Tesoro.

El gráfico precedente muestra las tasas mensuales de inflación durante la gestión de Gelbard y el desastre en que terminó en 1975 cuando hubo que quitar el maquillaje de la inflación escondida detrás de los controles de precios, tarifas y tipo de cambio.

Publicidad

Un caso diferente fue el del Plan Austral que generó un importante shock de confianza inicial. Si bien fue un plan heterodoxo, tenía ingredientes de reformas estructurales que despertaron cierto crédito, luego de que bajo la gestión del ministro Bernardo Grinspum la inflación escalara al 30% por mes. El descontrol era total.

El plan anunciado a mediados de 1985 por Juan Vital Sourrouille contenía un cambio de moneda, desagio con eliminación de las cláusulas de indexación, devaluación del peso, aumento de retenciones sobre las exportaciones, de tarifas, ahorro forzoso -un impuesto adicional- y congelamiento de precios, salarios y jubilaciones.

Desde el balcón de la Casa Rosada, el presidente Raúl Alfonsín, que había convocado a la plaza de Mayo, habló de economía de guerra y sostuvo: “vamos a privatizar todo lo que haya que privatizar”, al tiempo que se anunciaban algunas reducciones de gasto público menores.

En julio se logró superávit fiscal que se mantuvo hasta diciembre de ese año, pero luego ya se perdió. Las privatizaciones nunca se llevaron a cabo, como tampoco la baja del gasto público. La emisión monetaria siguió haciendo estragos hasta que a mediados de 1987 se le hizo el primer “service” al plan Austral y luego siguieron varios más sin éxito, hasta que se desembocó en el bautizado Plan Primavera diseñado para aguantar hasta las elecciones anticipadas, luego de que el 6 de enero de 1989 el BCRA dejara de vender dólares y se dio paso a una corrida cambiaria, bancaria e hiperinflación, por la incertidumbre que despertaba el explosivo aumento del déficit cuasifiscal del Central.

Publicidad

El gráfico previo muestra el éxito transitorio del Plan Austral en bajar la inflación, pero sin reformas estructurales no hubo forma de evitar otro colapso.

Salvo el Régimen de Convertibilidad, que en rigor fue una regla monetaria acompañada de reformas estructurales como las privatizaciones, la desregulación de la economía y mayor apertura de la economía, el resto de los planes nunca llegaron al hueso del problema.

En lo que hace a la Convertibilidad, tuvo equilibrio fiscal hasta 1994 y luego comenzó de nuevo el festival de gasto con déficit fiscal, incompatibles con conversión fija del peso al dólar establecida en 1991.

Las privatizaciones de los 90, además de mejorar el funcionamiento de empresas estatales, también sirvieron como instrumento de estabilización porque se eliminaron las pérdidas de las empresas estatales y se permitió bajar inicialmente la deuda pública.

Publicidad

Lo cierto es que el peronismo se opuso a las privatizaciones de Raúl Alfonsín, que en rigor no eran tales, porque se buscaban socios extranjeros para que aportaran capital y management. Ese esquema impulsado por Rodolfo Terragno no avanzó y, el mismo peronismo, que se había opuesto a las privatizaciones, las impulsó durante el gobierno siguiente de Carlos Menem. Nuevamente parece haber primado la conveniencia sobre la convicción.

Reacción transitoria

En síntesis, estos dos ejemplos de planes de estabilización, al igual que tantos otros que se ensayaron, solo buscaron calmar el problema inflacionario por un tiempo y luego volver a las andadas del populismo.

Es más, si se toma la crisis del 2002 con la gran licuación del gasto público gracias a la llamarada inflacionaria y el no pago de los intereses de la deuda, la economía argentina logra entrar en un superávit consolidado de 3,54% del PBI, lo cual baja la tasa de inflación por un tiempo, pero el desmanejo fiscal lleva, primero a manipular los datos del Indec en 2007. En 2004 hubo un superávit consolidado de 3,54% del PBI y Cristina Fernández de Kirchner terminó entregando a fines de su segunda presidencia, en 2015, un desequilibrio negativo consolidado de 7,24% del PBI. Más de 10 puntos porcentuales de recorrido de deterioro.

Publicidad

Ni el viento de cola de los precios internacionales de las materias primas, ni el consumo del stock de capital (energía, rutas, 10 millones de cabezas de ganado, etc.) fueron suficientes para poder financiar el populismo de esos años.

Cabe insistir, los recurrentes fracasos de los planes de estabilización en la Argentina se deben a que no hay espíritu de reformas estructurales, sino pasar transitoriamente el problema político que genera la inflación para luego volver a las andadas del gasto, el déficit fiscal y el populismo.

Mientras no exista la convicción de cambiar el rumbo populista de la economía argentina, los planes de antiinflacionarios seguirán fracasando uno tras otro, aunque transitoriamente generen algún alivio que se esfumará al poco tiempo.

Publicidad
Continuar leyendo

Notas de Opinión

El empresario que ahora vuelve a la rosca política dentro del Gobierno

A José Luis Manzano lo ven entusiasmado con el desembarco de su amigo Sergio Massa en el Gobierno. Sus allegados cuentan que quiere influir en la relación con los gremios de la CGT y con la UCR a través de su viejo amigo Enrique Nosiglia

Columna publicada originalmente en MDZ

“José Luis revivió con el desembarco de Sergio Massa en el Gobierno, ya no solo va a operar con sus contactos en los Estados Unidos, también quiere hacer política con su bajo perfil”, comenta a MDZ una fuente de acceso directo a José Luis Manzano. “Le volvió a picar el bichito y ya se puso en operaciones con sus viejos contactos en la dirigencia política y sindical”, agrega.

El médico de Tupungato no va a dejar sus exitosos negocios financieros y en el sector energético pero sus interlocutores lo ven entusiasmado luego de su fracaso en el mundo político como ministro del Interior de Carlos Menem. Cuentan que en estos pocos días ya se dijo un objetivo concreto. Quiere correr a Claudio Moroni del Ministerio de Trabajo y por eso volvió a conversar con sus viejos amigos del sindicalismo peronista. Ha trabado amistad con los Gordos y los independientes de la CGT. También mantiene una excelente relación con el gastronómico Luis Barrionuevo.

Precisamente ese vínculo se consolidó a través de su viejo amigo Enrique Nosiglia. En el arranque del Gobierno de Raúl Alfonsín, el Coti empezó a operar con el sindicalismo y así se hizo amigo íntimo del gastronómico de San Martín, quien tenía en ese entonces intervenida la obra social. Desde la humilde oficina de la Subsecretaría de Salud y Acción Social, empezó a tejer relaciones que llegan hasta hoy. Una de ellas es Manzano.

Publicidad

“Chupete habló con Coti porque le interesa su visión del escenario político y sondear cómo está el radicalismo para darle una mano a Sergio”, revela una fuente partidaria. Destaca además qué Nosiglia está peleado con Martín Lousteau y Emiliano Yacobitti, pero mantiene una fluida relación con Gerardo Morales.

Manzano apuesta a cerrar acuerdos con el gobernador de Jujuy, tan cercano a Massa ya que su vicegobernador viene del Frente Renovador. También le interesa armar nuevas iniciativas para el negocio del litio que se viene explotando en esa provincia.

“Está tan embalado con la política que a cada rato debemos recordarle que nos guste o no, Alberto Fernández sigue siendo el presidente”, comentan los voceros. También son conscientes de que subir mucho el perfil puede molestar a Cristina Fernández de Kirchner que nunca sintió simpatía por ellos. Sobre todo porque su socio Daniel Vila, muy golpeado por la censura a la colega Viviana Canosa, y otros de los interrogantes del Grupo Roldán dicen que los une más “los negocios que la política, aunque a veces van de la mano”.

Publicidad
Continuar leyendo

Notas de Opinión

Diez pifies de Sergio Massa en su paso del humo a la realidad

El “salvavidas” ya empezó a hacer agua: tardó una semana en asumir y apenas cinco días más en dejar a la vista que el aval de Cristina es acotado, que ni el plan ni el equipo prometidos existían y que lo único seguro de sus medidas es aumentar la deuda

Columna publicada originalmente en TN

Es difícil hacer que este gobierno funcione mejor de lo que lo ha hecho hasta acá. Pero cuando se sobreoferta e improvisa desde el comienzo, habiendo ya a esta altura tan poco margen para el error, no se puede esperar que los resultados acompañen.

Desde que asumió, o mejor dicho desde el acto mismo de asunción, Sergio Massa falló en asegurarse un arranque auspicioso, que mínimamente satisfaciera las expectativas que había generado: en algunos casos porque las alimentó demasiado, y evidentemente no solo incurrió en un engaño sino también en un autoengaño, y en otras porque dejó pasar oportunidades que no le van a sobrar para consolidar su autoridad.

Claro que no todo se puede atribuir a pifies del nuevo ministro, ya ex “superministro”. El entorno también ayuda a complicar las cosas, porque el oficialismo sigue siendo un hormiguero pateado, como desde las PASO del 2021. Es tal el desbarajuste del Frente de Todos que, como vamos, en poco tiempo puede convertir la mejor “bala de plata” en una cebita.

Publicidad

Veamos entonces cuáles han sido los errores de Massa hasta acá, y qué nos dicen sobre su posible desempeño en adelante. Del que todos dependemos, a menos que surja una muy improbable alternativa mejor, para no pasarla pésimo en el año y medio que le queda a esta gestión.

1 – Una fiesta de presentación pésimamente organizada, con muchos invitados que no tenían por qué estar y el faltazo de los únicos dos que no podían fallar

La cosa empezó bastante mal el miércoles, con una festichola sin pies ni cabeza: nadie controló los ingresos y egresos así que un grupo de exaltados le abolló el auto al cumpleañero. De pura casualidad la cosa no pasó a mayores.

Para asegurar masividad se llenó el Museo del Bicentenario de jóvenes empleados públicos vinculados al Frente Renovador, una suerte de “Camporita” que se dedicó a cantar consignas de facción como si hubieran ganado una elección, un campeonato, o tuvieran algún otro mérito del que vanagloriarse.

Publicidad

Alberto Fernández introdujo al protagonista del evento con una retahila de incongruencias sobre la pandemia, la guerra en Ucrania y otras desgracias desligadas de su responsabilidad y en las que por enésima vez quiso excusarse, un flaco favor a quien le tomaba juramento.

Sobraban amigos empresarios del juramentado, que dieron a pensar muy mal sobre las posibilidades de que su gestión se vuelva un festival de tráfico de influencias.

Y por sobre todas las cosas, además de esa y otra gente que sobraba, faltaban los dos únicos referentes del Frente de Todos que sí o sí debían estar, para que Massa pudiera decir que su ingreso marcaba un quiebre con lo sucedido con Martín Guzmán y Silvina Batakis: Cristina y Máximo Kirchner.

2 – El equipo prometido no fue tal: los amigos economistas de Massa se escondieron apenas empezó el revoleo de cargos

Publicidad

En general sucede lo contrario: cuando alguien llega a una posición de poder, le nacen como hongos nuevos amigos, colaboradores y confidentes de toda la vida. Bueno, da para pensar que a Massa le haya pasado que sus muchos amigos economistas se borraran apenas se confirmó que entraba al gobierno de Alberto Fernández y necesitaba voluntarios para llenar cargos que en otras circunstancias son muy codiciados.

Primera señal de que mucho equipo no tenía preparado, y/o de que con esos y otros economistas no había demasiado acuerdo, ni siquiera expectativas, sobre lo que iba a poder hacer desde el ministerio.

Finalmente, el “equipo” que se anunció carece de nombres destacados, y no hay uno solo que entienda sobre planes de estabilización y macroeconomía.

3 – El affaire Rubinstein, un patinazo que lo deja en ridículo haga lo que haga

Publicidad

Massa, no siendo economista, necesitaba un viceministro que lo fuera y en lo posible lo fuera en serio, con experiencia de gestión, mínimo prestigio como técnico, aceptable para los mercados pero también para el frente interno. En suma, algo así como el unicornio azul.

Como le costaba lógicamente encontrarlo no cubrió el cargo en los primeros días. Pero la incógnita había que resolverla, y pronto. Se ve que, una vez más, el tigrense echó mano a la improvisación, porque al final promovió al simpático consultor Gabriel Rubinstein, sin siquiera chequear que no hubiera andado diciendo barrabasadas contra sus socios en la cúpula oficial, al menos no en los últimos tiempos.

Ahora ya el ministro no va a poder zafar de papelón: si insiste y Rubinstein asume, lo implicará en sus dichos contra Cristina y Alberto y debilitará la poca confianza interna que haya podido construir, sobre todo con la primera. y si vuelve a buscar candidatos quedará aún más debilitado su equipo, su autoridad y a la luz su falta de previsión.

Empezar la gestión con el equipo a medio armar ya era un mal comienzo, pero pifiarla de un modo tan patente cuando se intentó completarlo fue el colmo de la chantada.

Publicidad

4 – Entre el “no quiero” y el “no puedo” devaluar

En la conferencia de prensa donde presentó sus medidas, Massa fue en general muy poco contundente y preciso. Habló más bien de objetivos, sin instrumentos claros para alcanzarlos, casi igual que Batakis unas semanas antes.

También sus respuestas a los periodistas fueron imprecisas: declaraciones de buena voluntad más que otra cosa, que lo comprometieron con la cadena de dilaciones y fracasos de quienes lo precedieran en el cargo.

Un buen ejemplo de ello fue lo que dijo sobre un aspecto decisivo de su “plan”: se seguirá disimulando y dilatando en el tiempo la permanente devaluación de la moneda, como hicieron tanto Guzmán como Batakis.

Publicidad

El nuevo ministro afirmó que no pensaba devaluar “porque aumentaría la pobreza”, y tampoco hizo ningún anuncio concreto sobre la esperada mejora del tipo de cambio de exportación. Decepcionó con ello las expectativas creadas, tal vez con su propia ayuda, sobre una corrección de la cotización del dólar, algo de lo que se habló mucho antes de la asunción, o al menos un incremento de la mezquina concesión anunciada días antes a través del “dólar soja”. Y lo peor: no brindó ninguna explicación razonable al respecto. Porque lo cierto es que si hay algo que ya está subiendo a toda marcha, con los precios, es la pobreza, pese a que el Gobierno se niega a corregir su política cambiaria, consistente en retrasar cada vez más el dólar oficial.

Massa quiso presentar esa rigidez y terquedad como fruto de su supuesta sensibilidad social, pero dejó ver más bien su impotencia: para convencer a Cristina de hacerle concesiones al campo, y para administrar, en el poco tiempo que tiene antes de que empiece la campaña electoral en las provincias, un salto discreto del tipo de cambio (como hizo la propia Cristina en 2014).

Y es que si hay algo que le va a faltar a Massa es tiempo. Además de apoyo político.

5 – Cambios en Energía, te lo debo

Publicidad

Parece que, finalmente, Darío Martínez va a dejar de ser secretario del área, uno de estos días. Pero no está claro quién lo va a reemplazar, ni mucho menos si va a cambiar el plantel que tiene debajo, que es el verdadero problema. Porque Martínez nunca controló realmente lo que los funcionarios de Cristina hacen y deshacen en el área. Así que el riesgo que se corre es doble: que lo reemplace alguien aún peor, otro promotor del caos energético, u otro figureti que no logre que Basualdo y compañía le den bolilla. Y que el cambio confirme y consolide esa línea de conducta, y ella conspire contra cualquier modificación mínimamente razonable de la política de subsidios.

El punto es importante porque una de las pocas noticias concretas que hubo el día de la asunción fue sobre esa cuestión: se buscaría aumentar los recortes afectando incluso a quienes solicitaron conservar los subsidios. La medida, una al menos en el camino de la austeridad, corre el riesgo de quedar trabada en los vericuetos de una interna envenenada.

6 – La fusión de ministerios y la coordinación prometida chocaron con la resistencia de Alberto, que ya no gobierna pero puede jorobar a quienes traten de hacerlo

Massa pretendió fusionar Transporte y Obras Públicas, poniendo una porción decisiva de la distribución del dinero a las provincias bajo su control. Buscaba así completar su rol de supervisión sobre el gasto discrecional, el único que se puede recortar en el corto plazo. O esa medida se la prometieron y después Alberto cambió de opinión, o fue otro tema en el que Massa improvisó y le salió mal. En cualquier caso, no es un buen antecedente para evaluar los límites que enfrenta para lidiar con una gestión que no deja de mostrar signos de descoordinación y anarquía.

Publicidad

7 – El secretario que empezó agrediendo del peor modo a los ruralistas que se suponía venía a tranquilizar

Varios de los miembros del equipo de Massa están ahí porque poseen una sola virtud: son sus amigos. El secretario de Agricultura Juan José Bahillo ilustró el punto: será propietario de todo el campo entrerriano que quieran, pero se ve que mucha sintonía con los productores del sector no tiene, ni tampoco sensibilidad política, ni mucho sentido común que digamos. Apenas llegado a la secretaría, le exigió a sus interlocutores del campo que “confesaran” sus filiaciones políticas, como condición para que se dignara a sentarse con ellos.

8 – Massa acordó con Cristina un bono pero se olvidó de acordarlo con los sindicatos, que quieren mantener abiertas las paritarias y se niegan a bajar su movilización

El nuevo ministro necesitaba dar alguna buena noticia en su arranque, en medio de tantas pálidas, con el consumo y el nivel de actividad estancados, y pensó en un bono para “compensar” la suba de precios. Se anunció para los jubilados de la mínima, y se dejó saber que se extendería el mecanismo para los asalariados. El problema es que Massa habló del asunto con Cristina, pero no se sentó a conversarlo con los gremios, ni mucho menos con los empresarios. Así que la idea generó resistencias antes de nacer.

Publicidad

En los gremios, en particular, porque temen, con algo de razón, que el bono en cuestión sirva como excusa para no volver a abrir o postergar las paritarias, que saben es el único mecanismo que protege a sus afiliados de no pagar masivamente los costos de la inflación.

La consecuencia de dejar este frente abierto fue que los sindicatos confirmaron la movilización del 17 de agosto, que como están las cosas no va a ser en apoyo de Alberto, como previeron algunos cuando aún tenía algún sentido apoyar al Presidente, sino para ponerle los puntos a Massa.

Empieza mal la nueva gestión económica, si no logra siquiera evitar protestas gremiales en su contra a días de asumir. Los gestos amistosos con los Moyano no sirvieron para nada.

9 – El anuncio de auditorías de los planes sociales no alcanzó para hacer creíble su reforma, pero sí para alentar la protesta de los movimientos de desocupados

Publicidad

También se abrió un frente complicado Massa con los grupos piqueteros, que vienen protagonizando crecientes protestas, soliviantados por la pretensión de una porción del oficialismo de pasar el control de las transferencias de ingresos que ellos hasta aquí controlan, a los gobernadores e intendentes.

El ministro pareció alinearse con la postura de Cristina, que ha sido prometer a los jefes territoriales esa transferencia, y dejar que Alberto lidie con las consecuencias: más cortes de calle, más amenazas de caos de parte de Grabois y compañía, más quejas de los gobernadores porque los cambios no se concretan y la campaña se acerca.

El problema es que Massa está ahora en la posición en que antes estaba Alberto. Debería entender lo difícil que va a ser para él quedar en medio del fuego cruzado y no poder satisfacer a ninguna de las partes involucradas.

10 – Todo se reduce a tomar más deuda, más rápido, a mayores tasas y más plazo, e igual no alcanza

Publicidad

Lo que quedó claro es que Massa entró al gabinete para “alargar la mecha de la bomba”, según la gráfica expresión de Luis Juez, y que ella no estalle antes de diciembre del año próximo. O no estalle del todo.

Alargar la mecha significa, en esencia, tomar deuda. Y a eso se ve que el tigrense le va a dedicar sus mejores esfuerzos. ¿Le alcanzarán? Es posible, y es posible por tanto que este no sea realmente un pifie de Massa, sino uno del sistema político en general, que permitirá un festival de bonos y créditos impagables, simplemente para mantener a flote al gobierno de turno, y que él pueda “no devaluar”, “no ajustar”, mientras la moneda y la economía se siguen hundiendo.

Continuar leyendo

TE PUEDE INTERESAR