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Notas de Opinión

Massa apuesta al milagro de frenar un 2001 peronista

El nuevo ministro de Economía asumió con medidas de ajuste y sin la presencia de Cristina. Debe superar la crisis económica y la hostilidad en la calle hacia varios dirigentes del peronismo

Columna publicada originalmente en Infobae

La Argentina atraviesa un 2001 minimalista. El martes fue en el Congreso y el miércoles en la Casa Rosada. No hay, como hace dos décadas, muchedumbres en las calles ni fuego en la puerta de algunos ministerios. No hay corralito ni persianas de seguridad que la gente golpea en la puerta de los bancos. Esta vez son pequeños grupos. Mujeres adultas, envueltas en banderas argentinas decoradas con dólares que llevan la cara de Cristina en vez de la de Washington. El kirchnerismo las llama despectivamente “Mabeles”, el plural de Mabel, pero cuando se enojan simplifican y escupen “viejas de clase media”. Por allí anda un joven pateando autos oficiales, llorando e insultando al Gobierno porque asegura que sus hijos ya no pueden comer.

Ese es el escenario que debió enfrentar Sergio Massa antes de asumir como ministro de Economía. Había preparado una celebración glamorosa, con quinientos invitados y una transmisión en vivo que funcionara como una demostración de poder. Gobernadores, funcionarios eufóricos, dirigentes en decadencia, empresarios, amigos, familiares, Moria Casán exultante y la presencia cuasi bufonesca del presidente, Alberto Fernández, que una vez más cumplió con las expectativas.

Tomó el juramento de ciento veinte segundos y se olvidó de saludar a la ministra degradada en Washington, Silvina Batakis, a quien no le habían reservado silla y recibía los pésames de pie. La saludaban como a esas personas a las que se les ha incendiado la casa. “Pido un segundo más la palabra, ¿puedo?”, pregunta Alberto, como si ya no fuera el Presidente. Y cuando se da cuenta que sigue siendo el Presidente, continúa. Recuerda darle las gracias a Batakis, y agrega otra para Daniel Scioli y otra para Julián Domínguez, los tres ministros que echó porque se quedó sin poder. Hay aplausos tibios y ganas de que todo termine.

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“Estamos viviendo un tiempo muy singular”, dice el Presidente, y los invitados asienten con la cabeza pero por razones diferentes a las que describe Alberto. Varios de los que llegan son insultados o reciben patadas en sus autos como bienvenida. El clima de tensión se puede cortar con un cuchillo. En el Salón del Bicentenario, en las calles cercanas a Plaza de Mayo y en el país entero. Por fortuna, Massa recapacita, decide acortar el acto de juramento y, después de cinco minutos, los abrazos y las efusividades quedan para la intimidad. No hay nada que festejar.

Entre las paredes de la Casa Rosada se dejan ver los empresarios más cercanos al ministro de Economía. Allí están Jorge Brito, Marcelo Mindlin, Francisco De Narváez, Daniel Vila y José Luis Manzano, quien recuerda los tiempos en los que fue diputado peronista a los 28 años. Claro que no todas son buenas noticias. La primera señal política fuerte de la era Massa son dos ausencias muy notorias: no están Cristina ni Máximo Kirchner.

El ministro le había dicho a algunos amigos que Cristina podía ser de la partida. Pero el aroma a 2001 que exuda el gobierno del Frente de Todos a esta altura disuadió a la Vicepresidenta de hacerse presente en la Casa Rosada. No tenía que pedir un informe de inteligencia para saber que la mano venía mal en las calles. El martes les habían gritado en el Congreso a Mirtha Tundis, a Myriam Bregman y a Juan Grabois. Peor la había pasado el ex ministro de Salud, Ginés González García, en la clase business de un avión de Alitalia. Cristina ya conoce esas señales de hostilidad porque les suele tener en la vereda de su departamento en la Recoleta.

El único respaldo de Cristina para Massa se restringió a la foto del lunes en el Senado. Una imagen que se encargaron de distribuir los dirigentes del Instituto Patria, acompañada de un texto informativo sin ningún otro gesto de simpatía para el nuevo ministro. Máximo Kirchner tampoco fue a la Casa Rosada y su señal de apoyo fue una foto el martes junto a Massa y a Cecilia Moreau en el Congreso. Parece nomás que la cuestión será así. Acompañar en silencio las primeros ensayos del ajuste económico. Despegarse si las cosas van mal y jugar al desgaste del ministro si los vientos lo favorecen. Cristina necesita alguien que pague los costos por ella. No un competidor por el poder.

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Hay una foto ilustrativa de la asunción de esas que no necesitan demasiadas explicaciones. En un extremo del escenario, Massa disfruta el momento rodeado de amigos y dirigentes ansiosos por quedarse con una pequeña porción de la gloria. Del otro lado, Alberto baja del mismo escenario con la cabeza gacha. Consciente quizás, de que las cosas ya no volverán a ser las que eran. Se dirigió en línea recta hacia adonde estaba Batakis, tal vez con la intención de reparar lo que ya no podía ser reparado.

Massa prolongó unos minutos más la algarabía en el país maltrecho y cruzó la calle para dirigirse al ministerio de Economía. Una hora después estaba dando la primera conferencia de prensa y explicando un plan económico que todavía mantiene unas cuántas incógnitas. “Vamos a cumplir con la meta de no llevar el déficit fiscal más allá del 2,5% del PBI”, anuncia en un discurso leído ante su equipo en la sala del quinto piso, repleta de periodistas expectantes. Es uno de los puntos acordados con el FMI. El resto de los anuncios es una pieza de equilibrio entre las urgencias del momento y las preocupaciones de Cristina. Deberá ser más creativo en los próximos días. A Alberto no le fue bien jugando a no enojar a la Vicepresidenta.

El arranque es más optimista que el desarrollo de los anuncios. Explica enseguida que no echará mano a los adelantos del Tesoro en lo que resta del año. Y avanza con la segmentación de las tarifas de los servicios públicos. Revela que cuatro millones de hogares “renunciaron” a usar los subsidios a las tarifas, pero no responde cuando le preguntan si el secretario de Energía, el kirchnerista Darío Martínez, seguirá formando parte del gabinete. Es útil recordar que, por orden de Cristina, ni el Presidente ni el ya olvidado Martín Guzmán pudieron cambiar a un ignoto subsecretario del área llamado Basualdo. Es una de las incógnitas que servirá para medir el poder real del ministro.

Massa desvió la respuesta cuando se le consultó quien iba a ser su viceministro económico. El cargo seguía vacante, sobre todo después de que la economista Marina Dal Pogetto rechazara una oferta para ocuparlo que le hizo una persona de confianza de ambos. Es la última de la lista de economistas cercanos al ministro que prefirieron rechazar las invitaciones para sumarse al gabinete. Martín Redrado, Miguel Peirano, Diego Bossio, Martín Rapetti y Gabriel Delgado, entre los más conocidos. Un funcionario del FMI se comunicó con cada uno de ellos para preguntarles las razones de semejante decisión. Massa deberá superar la inquietud de Washington por sus primeros pasos.

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Uno de los anuncios con los que Massa intenta entusiasmar a los mercados es el adelanto de exportaciones que deberían consumar los productores agropecuarios y, en menor medida, los pesqueros y los mineros por unos 5.000 millones de dólares. Sería una inmejorable inyección para las arcas vacías del Banco Central, pero en los sectores involucrados son mayoría los que creen que, con suerte, se podrá recaudar la mitad de los dólares esperados. El flamante segundo de la entidad, el financista Lisandro Cleri, es quien tiene la misión de lograr que las cerealeras se sumen a la ola de optimismo que surfea Massa.

El anuncio para que escuchara Cristina llegó unos minutos después. Un refuerzo para el índice de movilidad jubilatoria que “ayude a los jubilados a superar el daño que les produce la inflación”. Una medida que va en contra de la rebaja del déficit fiscal, pero que el nuevo ministro debe lograr para no correr el riesgo de romper el vínculo frágil con la Vicepresidenta. Massa sabe que no cuenta con demasiado margen. Máximo Kirchner llegó al extremo de romper el bloque oficialista, solo para no votar el acuerdo con el FMI que debió sostener la oposición en el Congreso. ¿Logrará que Juntos por el Cambio le vote alguna ley en este contexto institucional? Parece difícil, casi imposible.

Una estocada con sabor peronista

En la mañana del martes, cuando juntaba los votos para promover a Cecilia Moreau como presidenta de la Cámara de Diputados, Massa se enteró de que otros dirigentes estaban promoviendo a otro candidato. Como un relámpago, llamó al celular de un diputado cercano a Horacio Rodríguez Larreta.

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– “¿Ustedes están armando una jugada para romper lo de Cecilia con un candidato propio?”, preguntó Massa.

El diputado hizo una consulta y respondió sin dudar. “No es Horacio, ni es Patricia (Bullrich), ni Mauricio (Macri) y tampoco los radicales; buscá mejor entre tus amigos…”, lo aconsejó. Massa siguió averiguando hasta que lo encontró. Un grupo de peronistas entre los que se encontraban Florencio Randazzo, Emilio Monzó y los peronistas cordobeses aliados a Juan Schiaretti agitaban los celulares en busca de un candidato que compitiera con la diputada Moreau. Debió intervenir la madre política de Massa, Graciela Camaño, para abortar la operación y asegurar la presidencia de la Cámara Baja según el plan previsto.

Son muchas las anécdotas de estos días que le sirven a los peronistas para comparar el terremoto político que posibilitó el empoderamiento de Massa con el cataclismo de aquellas semanas finales del 2001. Eduardo Duhalde también era bonaerense y también negociaba con la oposición para hacer pie entre las arenas movedizas. Pero la gran diferencia es que lo habían ungido presidente. Y Massa tiene que ensayar todas sus cabriolas políticas desde el ministerio ampliado de Economía.

Cuentan en la antología de cuentos peronistas que, hace ya una semana, Alberto Fernández lo citó a Daniel Scioli en la Casa Rosada. No es que el experimentado hombre de La Ñata no se lo imaginara. Ya había vivido y aguantado demasiadas cosas.

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– Daniel, te quería hablar porque definimos los cambios con Cristina, y Sergio va a ser ministro de Economía.

– ¿De Economía?, ¿Y Silvina (Batakis), que está en Washington con los del FMI y los del Tesoro?

– No sé, por ahí le ofrezco ir al Banco Nación.

– ¿Y Eduardo Hecker, que esta ahí?

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– No sé, por ahí le ofrezco ir al Banco Central.

– Pero tiene que renunciar algún director en el Central. ¿Y Julián (Domínguez)?, ¿él también se va?

– Si, Julián se va. Agricultura se lo queda Sergio…

Scioli supo entonces que la espada de Damocles también lo iba a atravesar a él. Por eso se apresuró a preguntar.

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– ¿Y yo Alberto?, ¿qué va a pasar con Producción?

– Por eso te quería hablar. También te tenés que ir y dejarle Producción a Sergio. Te puedo ofrecer el ministerio de Turismo.

– ¿Turismo?, pero yo ya estuve ahí. Además, está Matías (Lammens) que lo está haciendo muy bien y te bancó desde el comienzo de la gestión. ¿Lo vas a echar a Matías?

– Bueno, que se yo. No me compliques la vida, Daniel. ¿Adónde querés ir?

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– En ese caso, prefiero volver a la embajada en Brasil.

– Bueno, hacé lo que quieras Daniel. Volvete a Brasil si querés, pero no me compliques más…

Alberto Fernández se levantó del sillón y se fue, dejando a Scioli sin el ministerio que manejaba y, sobre todo, con un universo infinito de dudas. El mismo que empezaba a abrumar a lo que fue su gabinete. Los ministros degradados deambulaban este miércoles como zombies por la Casa Rosada, consultándose unos a otros sobre cuánta oscuridad podía depararles el futuro.

Es que el futuro ahora es de Massa. Algunos apuestan a pasar septiembre, y otros sueñan con llegar a fin de año porque en marzo empiezan las elecciones en las provincias y creen que entonces habrán llegado a la meta del gran año electoral.

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Los más optimistas incluso, Massa entre ellos aunque se cuida de decirlo, agotan la imaginación. Creen que, si se ordena el descalabro de la gestión, el nuevo ministro podría terminar siendo candidato presidencial del oficialismo en elecciones anticipadas. Un atajo milagroso en definitiva para ganarle a la recesión.

Son fantasías demasiado exóticas para el país que se acerca a la inflación de tres dígitos. Síntomas alarmantes de desconexión para el país en el que los políticos ahora miran hacia todos lados para saber si los van a insultar cada vez que se bajan del auto.

Notas de Opinión

Lilita contra todos, menos contra Macri

El ataque de Carrió a dirigentes de Juntos por el Cambio pone en riesgo la unidad opositora y lastima a Larreta, Bullrich y la UCR. Y muestra una estrategia que beneficia el ex presidente y a Massa

Columna publicada originalmente en Infobae

Lillita Carrió es tal vez el personaje más querible de Juntos por el Cambio. Nadie puede negar su inteligencia. Es culta, es valiente, tiene historia política y en la coalición opositora siempre han celebrado su capacidad de decir las cosas que otros callan, aunque a veces duelan. Se puede abrazar con María Eugenia Vidal, con Horacio Rodríguez Larreta o con Alfonso Prat-Gay. Y es quien se ha atrevido a pedirle a Mauricio Macri que tomara distancia de la figura de su padre Franco allá por febrero de 2016, cuando la causa por el pronto pago de la deuda estatal de Correo Argentino al grupo empresario familiar puso al entonces presidente contra las cuerdas. Macri sorprendió al hacerle caso a Carrió, dar marcha atrás con la medida y escapar del entuerto.

El problema es que Carrió parece haber dejado de ser Lilita para la mayoría de los dirigentes de la coalición opositora. Cada vez que retoma la práctica de los ataques a diestra y siniestra, que hasta hace algunos años podían resultar pintorescos, son muchos más los que se enojan. Y ahora acaba de cruzar una línea de Capricornio que convocó al hartazgo de casi todos.

Lilita enhebró entrevistas a Joaquín Morales Solá, a Jorge Lanata y a María Laura Santillán con algunos tuits para sugerir que Gerardo Morales, Facundo Manes, Cristián Ritondo, Emilio Monzó y Rogelio Frigerio tenían relaciones peligrosas con Sergio Massa. Se trata del funcionario bajo fuego al que acudió Cristina Kirchner para tratar de evitar la debacle del gobierno exánime de Alberto Fernández. “Si quieren me retiro, pero no voy a mentir”, se victimizó Carrió cuando vio la magnitud del daño. A un año de las elecciones presidenciales, esta vez no la perdonaron.

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Salieron casi todos en línea y en simultáneo a responderle. Cada uno a su estilo. “El límite son los agravios”, tiró un balde de agua para apagar el incendio Rodríguez Larreta, tratando de dejar a salvo el vínculo con Lilita. “Basta Carrió”, fue el tuit electrizante de Patricia Bullrich, celebrado por alguno de los que la acompañan en su carrera de candidata. Y Morales prefirió la formalidad del comunicado de la UCR, el partido que preside y en el que se encolumnaron la mayoría de sus correligionarios.

A ninguno de ellos les pasó desapercibido el principal dato político de la andanada Carrió. No hubo ataque y, por lo tanto, no hubo respuesta alguna de Mauricio Macri. Es más. La propia Lilita en sus críticas se preocupó en señalar que ya le había anticipado al ex presidente lo que iba a decir. Va quedando en claro que, en este momento en el que se define quien va ser el candidato presidencial que enfrente al kirchnerismo, Carrió y Macri confluyen en la tormenta de una estrategia común.

A Rodríguez Larreta le perdonó un poco más la vida. Dijo que sabe que el jefe del gobierno porteño es amigo de Massa (como si eso fuera un delito), pero que no hicieron negocios juntos. Así de corrosivo. Tienen diálogos frecuentes, aunque está visto que ese contacto de Horacio no alcanza para evitar que ella apunte contra sus posibilidades de convertirse en candidato presidencial.

La cosa tampoco ha quedado bien con Bullrich. Carrió le disparó a uno de sus dirigentes de mayor confianza (el ex secretario de seguridad, Gerardo Milman), y la presidenta del PRO fue la que contraatacó con la respuesta más dura. “Hay que terminar con eso de tenerle miedo a Carrió”, provocó en las redes sociales.

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El caso de Frigerio es el que quizás generó más asombro en la interna caliente del frente opositor. Lo atacó con cuestiones personales que ni siquiera utilizan sus adversarios del peronismo. “Rogelio tiene 60% de intención de voto y va a ser seguramente el próximo gobernador de Entre Ríos; y justo lo mata Lilita que hace años que solo nos trae conflictos”, se lamenta un dirigente que tiene más cercanía con la fundadora de la Coalición Cívica que con el diputado de apellido y herencia desarrollista.

El bumerán de los archivos

El arma mortal de Lilita es la cercanía a Massa. Con esa vara intenta medir la honestidad o no de los dirigentes con los que integra Juntos por el Cambio. Y se dirige, sobre todo, a Rodríguez Larreta, a Vidal y a los que acompañaron a la ex gobernadora como funcionarios. Carrió no hace mención en cambio al acuerdo que Macri concertó con Massa en 2013, para que uno llevara lista de candidatos solo en la Ciudad y el otro lo hiciera solo en el distrito bonaerense. Aquel “voto útil” del PRO y el Frente Renovador los convirtió a los dos en ganadores de esa elección, y luego en adversarios para la presidencial de 2015.

El comienzo de Macri como presidente lo mostró muy cerca de Massa, tanto que lo llevó como integrante de la oposición al Foro Económico de Davos en Suiza. Pero las maniobras del ahora ministro de Economía en el Congreso contra el gobierno macrista rompieron aquella relación y le ganaron el apodo de “ventajita”, que el ex presidente le colgó y al que hoy sigue echando mano.

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La pureza partidaria o ideológica de los dirigentes argentinos hace tiempo que se ha transformado en una utopía, a la que se acostumbró una sociedad pendiente de urgencias mayores. La misma Carrió, en 2003, fue la artífice política en alianza con el recién asumido Néstor Kirchner, de la victoria del frepasista Aníbal Ibarra en la ciudad de Buenos Aires. Y el derrotado en esa ocasión no fue otro que Mauricio Macri. Los archivos son una trampa cruel que ningún dirigente debe detenerse a observar.

Lo cierto es que hay dos grandes ganadores del terremoto con el que Carrió hizo tambalear la unidad de Juntos por el Cambio. El triunfador interno es Mauricio Macri, quien viene siendo elogiado por Lilita en los últimos meses. Y el otro es, paradójicamente, el propio Massa, a quien la explosión de la interna opositora ante la opinión pública le dio una bocanada de oxígeno frente a las enormes complicaciones en el inicio de su gestión en Economía.

El raquitismo de dólares en el Banco Central y la inflación, que este jueves volverá al primer plano con las cifras impiadosas del Indec para el mes de julio, son los dos desafíos más urgentes de los muchos que tiene Massa en el horizonte inmediato. “Lilita es la única que nos dio una alegría en estos días”, ironizaba uno de los funcionarios que acompaña al ministro peronista en lo que probablemente sea el último intento de recomposición para el gobierno desconcertante de Alberto y de Cristina Kirchner.

Para Juntos por el Cambio, queda ahora la tarea incierta de recrear el clima de unidad indispensable para pelear con posibilidades la presidencia el año próximo. Este viernes le toca al PRO evaluar los daños que las palabras de Carrió le han provocado al ya muy golpeado equilibrio opositor. En un restaurante porteño, como lo hacen mes a mes, estarán si nadie falta Macri, Bullrich, Vidal, Ritondo, más otros dirigentes importantes que no cayeron en la redada de Lilita como Diego Santilli, Fernando de Andreis, Humberto Schiavoni y Federico Pinedo. Nadie duda sobre cuál será el tema principal de las discusiones desde la entrada hasta el postre y el café final.

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A los radicales también los desvela el bombardeo de Carrió. Los dirigentes de la UCR ensayan sus propios movimientos para ir posicionándose en la interna decisiva del año próximo. Morales, Manes y el mendocino Alfredo Cornejo siguen enarbolando sus proyectos presidenciales. El gobernador de Jujuy, enfrentado a Macri, viene conectando más seguido con Rodríguez Larreta. Manes le dedica un hemisferio de su cerebro a escuchar la promesa de lanzamiento del gobernador cordobés, Juan Schiaretti, y Cornejo acompañó la semana pasada a Patricia Bullrich en una recorrida por La Matanza, tan lejos de los Andes.

Algunos de los dirigentes agredidos por Carrió creen que la expansividad de la bomba de Lilita los beneficia y terminará por unificar la estrategia de la mayoría, pese a estar enfrentados por la mochila de los proyectos personales en el horizonte electoral.

A Juntos por el Cambio lo atraviesa un dilema de compleja solución. Necesita desesperadamente de la unidad interna para llegar a la Casa Rosada. Y tiene tantos candidatos con expectativas que esa diversidad sin liderazgo a la vista es la mayor amenaza para lograr esa unidad imprescindible. La abundancia de los egos, de las que alguna vez habló Macri.

Hablando de egos, en una crónica reciente que el periodista Bernardo Vázquez escribió en Clarín, el ex presidente se muestra dando definiciones ante sus ex compañeros del Colegio Cardenal Newman. La más ilustrativa de todas ellas es cuando, ante la consulta de si volverá a ser candidato presidencial, Macri elude la contundencia con un acertijo para propios y extraños. “A veces tengo ganas, y a veces no”, responde. Es de libre interpretación.

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Macri ha jugado en el pasado con esa indolencia, más frecuente en los intelectuales puros que en los hombres y mujeres de Estado. Ha sido criticado por aquella revelación desafortunada de irse a la cama a ver series de televisión al final del atardecer cuando lo angustiaban las adversidades ocurridas en el poder.

La evaluación de sus cuatro años de gestión, sin embargo, pueden resumirse en ese concepto arrojado al aire ante la cofradía del Cardenal Newman. El Macri gobernante dio la sensación en varias oportunidades de que a veces ejercía su gestión con ganas, y que tantas otras lo hacía sin ese combustible esencial.

Es una lección y una invitación al aprendizaje para los Larretas, las Bullrich, los Manes y los Morales que intenten heredar el mismo espacio que Macri ocupó cuatro años sin poder lograr la reelección. Y una lección para él mismo si cede a la tentación del regreso. La misma que envolvió en una imagen de decadencia final a Juan Perón, a Carlos Menem y en la que, país de egos indómitos, también parece querer enredarse Cristina Kirchner.

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Notas de Opinión

¿Y qué pasa si condenan a Cristina Kirchner?

El argumento central de sus defensas lleva la impronta de su frase letal: “Hay que apretar a los jueces”.

“No hay país”, dice el Cuervo Larroque. Si condenan a Cristina Kirchner, los 47 millones de habitantes de este confín del mundo se hundirían en la arena de los tiempos y la Argentina dejaría de existir.

“El juicio es una persecución a Cristina”, dice Agustín Rossi, con lo cual cualquier otro argentino que vaya a juicio en base a las pruebas recolectadas durante la investigación de su caso podría sentirse perseguido. Podría alegar eso El Gordo Valor, por ejemplo.

Lo último que dijo Rossi fue que los iraníes del avión sospechoso eran instructores de vuelo.

Este miércoles cayeron cuatro iraquíes con pasaportes falsos. ¿Qué habrán venido a enseñar?

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“Nos enteramos después de tres años que eran todos amigos de Macri”, dice el ministro de Justicia Martín Soria.

Se refiere a la foto del fiscal y uno de los jueces del tribunal que juzga a Cristina en un equipo de fútbol que jugó un torneo en la quinta Los Abrojos, de Macri, con quien según el fiscal y el juez recusados jamás cruzaron palabra.

Justo antes de eso, Soria había truchado una foto sobre el juramento del otro fiscal, Sergio Mola, que fue así, truchada, directo a la tapa de Página 12.

La presunta amistad del fiscal y el juez “es una provocación”, dice el viceministro de Justicia Juan Mena, quien dirigió las extrañas tareas de los espías de la SIDE antes de que hallaran muerto a Nisman.

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Su interlocutor era Fernando Pocino, el espía que habló desde un teléfono a nombre de una mujer 30 veces con el juez Alejandro Slokar cada vez que una causa contra Cristina se acercaba a Casación.

Slokar es el presidente de esa Cámara.

En el texto de su recusación, con tono indignado, el abogado de Cristina, Carlos Beraldi, cita una frase acerca de cómo debe ser la transparencia impoluta de los jueces.

La sacó de un libro de Derecho cuyo autor es… Slokar.

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A la recusación al fiscal y al juez se adhirió de inmediato Maximiliano Rusconi, abogado de Julio De Vido en este juicio pero también de Diego Lagomarsino, procesado por el asesinato de Nisman.

“Si sos una persona de bien, tenés que excusarte”, dice Dalbón, subido al coro de Militantes por la Transparencia.

Es el abogado de Cristina que posteó haber hecho cumbre en el Aconcagua para “dejarle un Código Penal a Dios” y fue desmentido por las autoridades de Mendoza: Dalbón nunca subió al Aconcagua.

Acorralada por una sólida acusación de armar una estructura delictiva para darle obras públicas a Lázaro Báez y cobrar coimas, Cristina puso en marcha el Operativo Carpetazo contra los jueces y fiscales.

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Hasta ahora consiguieron fotos de un equipo de fútbol amateur, aunque -como reveló Clarín– el diputado Tailhade envió de apuro a un empleado del Congreso a buscar declaraciones juradas de los acusadores para ver si hay algo para apretarlos mejor.

El audio de Cristina diciéndole a Parrilli “hay que apretar a los jueces” es un emblema que pasará a la historia sobre el uso prepotente del poder ante cada fallo adverso.

Todo lo que Cristina pide hacer sobre la Justicia lleva la impronta de aquella orden letal.

Su abogado en aquella causa era Dalbón. El abogado que nunca llegó a la cima del Aconcagua argumentaba entonces que Cristina no le había dicho “pelotudo” a Parrilli sino que la frase estaba “editada”.

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Un relato que no prosperó.

Ahora avanza la idea de la proscripción como corolario de la victimización política.

Cristina tomó el argumento del lawfare de Dilma Rousseff, que se lo trajo en persona hasta su departamento de Juncal y Uruguay en diciembre de 2017.

Si el juicio por la obra pública avanza y hay condena, el camino seguirá con guión brasileño.

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El sociólogo y analista Emir Sader -conocido como el filósofo de Lula– acercó esta semana, desde San Pablo, la idea madre: “Le hicieron lawfare a Lula, lo condenaron y ahora es el principal favorito en las elecciones. Lo mismo pasará con Cristina”.

Más victimización para una defensa que no refuta hechos sino que actúa como un boxeador “tocado”, lanzando carpetazos a ciegas.

 

Columna publicada originalmente en Clarín.

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Notas de Opinión

Una semana de Massa y el pescado sin vender

Mientras se profundiza la caída de reservas del Banco Central, los primeros pasos del nuevo ministro de Economía no han generado por ahora un cambio de expectativas

Columna de opinión publicada originalmente en La Nación

La expectativa que había precedido los primeros mensajes de Sergio Massa como ministro de Economía se vio defraudada. Los anuncios de las medidas efectuados fueron calificados como insuficientes y, en algunos casos, tildados hasta de insignificantes para empezar a dejar atrás los graves problemas de la Argentina.

De acuerdo con la opinión de no pocos especialistas y de buena parte de los referentes del arco político opositor, hasta el momento, solo asistimos a expresiones voluntaristas, combinadas con medidas aisladas, pero no a algo que se pareciera a un plan económico coherente e integral. Y desde Wall Street, representantes del mundo financiero que observan con atención esta parte del continente americano afirmaron, lisa y llanamente, que el flamante titular del Palacio de Hacienda ha desperdiciado una gran oportunidad para provocar un cambio de expectativas.

Podrá destacarse, como dato positivo, que Massa confirmó la voluntad de mantener la meta de déficit fiscal del 2,5% del PBI comprometida ante el Fondo Monetario Internacional (FMI) para este año. Sin embargo, subsisten serias dudas sobre cómo se alcanzará tal objetivo.

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El nuevo ministro finalmente ratificó la suba y la segmentación tarifaria que permitirá reducir los subsidios energéticos, una de las principales fuentes del desequilibrio fiscal. No obstante, con la estampida inflacionaria de los últimos meses, ninguno de los incrementos tarifarios previstos será suficiente para achicar los subsidios en la proporción necesaria.

Según estimaciones de especialistas de la consultora EcoGo, que dirige Marina Dal Poggetto, incluso en el caso de que pueda avanzar el esquema de adecuación tarifaria, el impacto en el ahorro fiscal se verá acotado a apenas el 0,2% del PBI. La razón es que, entre enero y mayo de este año, el aumento que acumularon los subsidios energéticos respecto de igual período del año pasado fue del 130%.

Otra medida de Massa que podría ser tomada como auspiciosa, la confirmación de la decisión de su antecesora en el cargo, Silvina Batakis, de congelar las vacantes en el sector público nacional, ha perdido efecto luego de que, durante las últimas semanas, se incorporaran miles de empleados a la planta permanente de distintas áreas del Estado.

Las mismas dudas existen respecto de las promesas del nuevo ministro de ponerle punto final al financiamiento del Banco Central (BCRA) al Tesoro Nacional.

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Pero el dato más alarmante es que, desde que se confirmó la designación de Massa al frente del nuevo Ministerio de Economía, Desarrollo Productivo y Agricultura, las reservas del BCRA cayeron en nada menos que 1008 millones de dólares. De acuerdo con una estimación de J. P. Morgan que toma datos de la entidad monetaria argentina, exactamente una semana atrás, las reservas netas, exceptuando oro y derechos especiales de giro, eran negativas en unos 7300 millones de dólares.

Esta situación no hace más que poner de manifiesto que el cepo cambiario es más efectivo para evitar el ingreso de dólares a la Argentina que para impedir la salida de divisas del país, al tiempo que alienta los temores de una devaluación del peso en el mercado oficial de cambios, pese a que el Gobierno se resiste por el momento a variaciones bruscas en la paridad cambiaria.

Todo es demostrativo de que es muy escasa la confianza en que un gobierno kirchnerista pueda poner en práctica las reformas y el ajuste fiscal imprescindibles para apuntalar la economía.

A todas esas dudas, se suma la incertidumbre acerca del grado de acompañamiento que tendría la vicepresidenta Cristina Kirchner a los tibios ajustes que propiciaría Massa. Pero lo cierto es que, con el alejamiento de los funcionarios kirchneristas que controlaban el área de Energía, Darío Martínez y Federico Basualdo –el mismo burócrata que resistió antes su salida y precipitó en cierto modo la caída de exministro Martín Guzmán–, pareció tener lugar una retirada estratégica de Cristina Kirchner tendiente a no quedar pegada a las eventuales consecuencias del aumento tarifario.

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Otro de los desafíos del ministro de Economía será congelar la emisión monetaria y procurar una disminución del gasto público –o, al menos, lograr que no aumente– sin afectar la obra pública. Se trata de una demanda que han transmitido los gobernadores provinciales peronistas el viernes último, en Santa Fe, en presencia del presidente Alberto Fernández, quien pareció dar garantías a los mandatarios provinciales de que no habrá cambios mayores.

El clima festivo vivido el miércoles pasado en la Casa Rosada, durante la asunción de Massa como titular del Palacio de Hacienda, contrasta con la grave situación socioeconómica y financiera del país. Cuando en las próximas horas se oficialice el índice oficial del costo de vida de julio, con una cifra cercana al 8%, se confirmará seguramente un sentimiento que prevalece en la población: aquel que indica que los argentinos sienten mayor inseguridad frente a la inflación que ante la posibilidad de sufrir un robo.

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