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Notas de Opinión

La trampa mortal donde, alegremente, acaba de ingresar Sergio Massa

Sería muy ingenuo pensar que a Massa no le esperan los mismos desafíos que a Alberto Fernández.

Muy pocos políticos tienen la suerte de que les ofrezcan ser los hombres fuertes de un Gobierno. Entre ellos, solo a un minúsculo grupo de elegidos les ocurre dos veces. Eso le sucedió, por ejemplo, a Alberto Fernández. La primera vez se fue peleado con Cristina Kirchner. La segunda es esta: se pueden ver los resultados. Desde ayer, Sergio Massa acaba de ingresar a esa pequeña elite. La primera vez, se fue peleado con Cristina Kirchner. Ojalá haya aprendido algo de la reciente experiencia del Presidente. De lo contrario, todo terminará muy mal.

Massa y Fernández tienen muchos más rasgos en común. Fernández fue uno de los primeros dirigentes peronistas que se fue del kirchnerismo cuando se radicalizó, después de la guerra contra el campo. Eso sucedió en 2008. Poco tiempo después, Sergio Massa quemaría también las naves para convertirse en el líder del peronismo no kirchnerista. El jefe de campaña de Massa, en 2013 y 2015, fue Fernández. En ese entonces Massa prometía limpiar al Estado de ñoquis de la Cámpora y meter presos a los corruptos kirchneristas.

Durante diez años, el peronismo se agitó al ritmo de un debate que aún existe. De un lado estuvieron y están Cristina y Máximo, y su grupo de admiradores, para los cuales todo lo hecho entre el 2008 y 2015 no necesita revisión porque fue perfecto. Del otro lado estuvieron y están Alberto Fernández y Sergio Massa, para quienes el cristinismo tuvo rasgos sectarios, corruptos y, sobre todo, fue una muy mala administración en términos económicos.

Para ganarle a Macri en 2019, Cristina encumbró a alguien a quien los suyos consideraban un traidor, aunque tal vez solo fuera un disidente. Una vez que ese hombre se transformó en presidente se dedicó a desestabilizarlo. Ahora, encumbra a otro dirigente a quien, otra vez, los suyos consideraban un traidor, aunque tal vez solo fuera un disidente. ¿Qué hará con él?

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Cristina Kirchner y el presidente de la Cámara de Diputados

Cristina Kirchner y el presidente de la Cámara de Diputados

Sería muy ingenuo pensar que a Massa no le esperan los mismos desafíos que a Fernández. No es alguien del palo. Es uno que andaba por la embajada diciendo cosas horribles. En el mismo acto de la victoria, en 2019, Cristina le advirtió que no volviera a traicionar. ¿Por qué lo trataría, ahora que lo encumbró, mejor que a Fernández? ¿Cómo hará Sergio para eludir la ratonera de la que Fernández no pudo escapar?

El aterrizaje de Massa en el corazón del Gobierno significa –o podría significar— un corte con la dinámica que generó una situación insostenible. Ayer mismo, la Universidad Di Tella difundió sus prestigiosos índices de Confianza en el Gobierno y de Confianza del Consumidor. En ambos casos, los resultados están en el piso de la serie histórica. Muy pocas veces, en las últimas décadas, la gente dijo que estaba peor que ahora y tuvo tan poca simpatía con una administración. El miedo ante esa realidad tal vez produzca milagros. Veremos.

Mientras tanto, la designación de Massa como superministro de Economía implica –o podría implicar—un cambio en el sistema político interno del Gobierno. Hasta ahora, Fernández era el que ejecutaba y Cristina ocupaba el rol de una especie de auditora de la gestión, que torturaba a Fernández cuando no le gustaba alguien o algo. Ahora, aparece Massa en el centro de la gestión. La vicepresidenta seguirá en su rol de auditora implacable. ¿Y Fernández? Tal vez sea un gran momento para que pase a un segundo plano, se reserve el poder que le da su firma, y habilite a que sea Massa el blanco de las reprimendas públicas y las críticas a los funcionarios que no funcionan.

Pero además, la designación de Massa es un replanteo en términos económicos. Massa ha dicho muchas veces que es un admirador de la gestión de Carlos Menem. Fernández, fiel a su estilo, es idéntico y opuesto a Cristina al mismo tiempo. Massa no. Massa es amigo de la embajada de los Estados Unidos, era íntimo de Jorge Brito, el banquero al que odiaba Cristina, tiene relaciones aceitadas con los principales referentes del poder económico. Sabe, como cualquiera, que el problema más acuciante de la Argentina, es la falta de dólares. Hará, como lo hizo Menem, cualquier cosa para conseguirlos. ¿Qué dirá Cristina cuando lo intente? Tal vez, como dicen muchos, ahora tenga miedo ante la posibilidad de que caiga el Gobierno. Pero, ¿y si Massa tranquiliza un poco las cosas?

Tal vez sea un gran momento para que Alberto Fernández pase a un segundo plano

Tal vez sea un gran momento para que Alberto Fernández pase a un segundo plano

El principal desafío del Frente de Todos no ha cambiado. Massa, como Fernández, o Guzmán, o Kulfas, o Scioli, o los gobernadores, comparten un enfoque básico; hay reglas, que en una economía capitalista, se deben respetar. Cristina piensa distinto. Y es la más poderosa de esa sociedad. Ese problema sigue estando. Massa es lo que era Fernández en 2019. Cree que podrá con ella. Porque es hábil, pillo, simpático, porque sabe como tratarla, porque tal vez crea que ella es consciente de los riesgos de no hacer lo que se debe. Fernández creía exactamente lo mismo. Pero tal vez, quién dice, Massa tenga razón y su picardía, su dedicación, su capacidad innata de seducción, todo eso junto, sean irresistibles.

En cualquier caso, en las mismas aguas en las que no pudo Fernñandez, ahora nadará él. Un jugador de fútbol es una gran promesa hasta que finalmente entre a la cancha. Ahí se ve lo que vale. La dimensión de Massa, la gran promesa del Frente de Todos, se podrá ver ahora. Audacia no le falta: agarró una brasa, se metió en una trampa terrible en un contexto que habría atemorizado a cualquiera. En eso, hay que reconocerlo, actuó como un número uno.

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Mientras tanto, hay todo un método en las parábolas de Fernández y Massa. Si alguien quiere ser ungido por Cristina, tal vez tenga que enfrentarla primero. A los obsecuentes no les ha ido tan bien como a ellos. Claro: esa paradoja después se transforma en un desquicio cuando se trata de gobernar. El cristinismo designa a alguien para que no parezca que el kirchnerismo gobierna, pero después lo enloquece para que sea kirchnerista.

¿Qué podría salir mal?

 

Columna publicada originalmente en Infobae.

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Notas de Opinión

Lilita contra todos, menos contra Macri

El ataque de Carrió a dirigentes de Juntos por el Cambio pone en riesgo la unidad opositora y lastima a Larreta, Bullrich y la UCR. Y muestra una estrategia que beneficia el ex presidente y a Massa

Columna publicada originalmente en Infobae

Lillita Carrió es tal vez el personaje más querible de Juntos por el Cambio. Nadie puede negar su inteligencia. Es culta, es valiente, tiene historia política y en la coalición opositora siempre han celebrado su capacidad de decir las cosas que otros callan, aunque a veces duelan. Se puede abrazar con María Eugenia Vidal, con Horacio Rodríguez Larreta o con Alfonso Prat-Gay. Y es quien se ha atrevido a pedirle a Mauricio Macri que tomara distancia de la figura de su padre Franco allá por febrero de 2016, cuando la causa por el pronto pago de la deuda estatal de Correo Argentino al grupo empresario familiar puso al entonces presidente contra las cuerdas. Macri sorprendió al hacerle caso a Carrió, dar marcha atrás con la medida y escapar del entuerto.

El problema es que Carrió parece haber dejado de ser Lilita para la mayoría de los dirigentes de la coalición opositora. Cada vez que retoma la práctica de los ataques a diestra y siniestra, que hasta hace algunos años podían resultar pintorescos, son muchos más los que se enojan. Y ahora acaba de cruzar una línea de Capricornio que convocó al hartazgo de casi todos.

Lilita enhebró entrevistas a Joaquín Morales Solá, a Jorge Lanata y a María Laura Santillán con algunos tuits para sugerir que Gerardo Morales, Facundo Manes, Cristián Ritondo, Emilio Monzó y Rogelio Frigerio tenían relaciones peligrosas con Sergio Massa. Se trata del funcionario bajo fuego al que acudió Cristina Kirchner para tratar de evitar la debacle del gobierno exánime de Alberto Fernández. “Si quieren me retiro, pero no voy a mentir”, se victimizó Carrió cuando vio la magnitud del daño. A un año de las elecciones presidenciales, esta vez no la perdonaron.

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Salieron casi todos en línea y en simultáneo a responderle. Cada uno a su estilo. “El límite son los agravios”, tiró un balde de agua para apagar el incendio Rodríguez Larreta, tratando de dejar a salvo el vínculo con Lilita. “Basta Carrió”, fue el tuit electrizante de Patricia Bullrich, celebrado por alguno de los que la acompañan en su carrera de candidata. Y Morales prefirió la formalidad del comunicado de la UCR, el partido que preside y en el que se encolumnaron la mayoría de sus correligionarios.

A ninguno de ellos les pasó desapercibido el principal dato político de la andanada Carrió. No hubo ataque y, por lo tanto, no hubo respuesta alguna de Mauricio Macri. Es más. La propia Lilita en sus críticas se preocupó en señalar que ya le había anticipado al ex presidente lo que iba a decir. Va quedando en claro que, en este momento en el que se define quien va ser el candidato presidencial que enfrente al kirchnerismo, Carrió y Macri confluyen en la tormenta de una estrategia común.

A Rodríguez Larreta le perdonó un poco más la vida. Dijo que sabe que el jefe del gobierno porteño es amigo de Massa (como si eso fuera un delito), pero que no hicieron negocios juntos. Así de corrosivo. Tienen diálogos frecuentes, aunque está visto que ese contacto de Horacio no alcanza para evitar que ella apunte contra sus posibilidades de convertirse en candidato presidencial.

La cosa tampoco ha quedado bien con Bullrich. Carrió le disparó a uno de sus dirigentes de mayor confianza (el ex secretario de seguridad, Gerardo Milman), y la presidenta del PRO fue la que contraatacó con la respuesta más dura. “Hay que terminar con eso de tenerle miedo a Carrió”, provocó en las redes sociales.

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El caso de Frigerio es el que quizás generó más asombro en la interna caliente del frente opositor. Lo atacó con cuestiones personales que ni siquiera utilizan sus adversarios del peronismo. “Rogelio tiene 60% de intención de voto y va a ser seguramente el próximo gobernador de Entre Ríos; y justo lo mata Lilita que hace años que solo nos trae conflictos”, se lamenta un dirigente que tiene más cercanía con la fundadora de la Coalición Cívica que con el diputado de apellido y herencia desarrollista.

El bumerán de los archivos

El arma mortal de Lilita es la cercanía a Massa. Con esa vara intenta medir la honestidad o no de los dirigentes con los que integra Juntos por el Cambio. Y se dirige, sobre todo, a Rodríguez Larreta, a Vidal y a los que acompañaron a la ex gobernadora como funcionarios. Carrió no hace mención en cambio al acuerdo que Macri concertó con Massa en 2013, para que uno llevara lista de candidatos solo en la Ciudad y el otro lo hiciera solo en el distrito bonaerense. Aquel “voto útil” del PRO y el Frente Renovador los convirtió a los dos en ganadores de esa elección, y luego en adversarios para la presidencial de 2015.

El comienzo de Macri como presidente lo mostró muy cerca de Massa, tanto que lo llevó como integrante de la oposición al Foro Económico de Davos en Suiza. Pero las maniobras del ahora ministro de Economía en el Congreso contra el gobierno macrista rompieron aquella relación y le ganaron el apodo de “ventajita”, que el ex presidente le colgó y al que hoy sigue echando mano.

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La pureza partidaria o ideológica de los dirigentes argentinos hace tiempo que se ha transformado en una utopía, a la que se acostumbró una sociedad pendiente de urgencias mayores. La misma Carrió, en 2003, fue la artífice política en alianza con el recién asumido Néstor Kirchner, de la victoria del frepasista Aníbal Ibarra en la ciudad de Buenos Aires. Y el derrotado en esa ocasión no fue otro que Mauricio Macri. Los archivos son una trampa cruel que ningún dirigente debe detenerse a observar.

Lo cierto es que hay dos grandes ganadores del terremoto con el que Carrió hizo tambalear la unidad de Juntos por el Cambio. El triunfador interno es Mauricio Macri, quien viene siendo elogiado por Lilita en los últimos meses. Y el otro es, paradójicamente, el propio Massa, a quien la explosión de la interna opositora ante la opinión pública le dio una bocanada de oxígeno frente a las enormes complicaciones en el inicio de su gestión en Economía.

El raquitismo de dólares en el Banco Central y la inflación, que este jueves volverá al primer plano con las cifras impiadosas del Indec para el mes de julio, son los dos desafíos más urgentes de los muchos que tiene Massa en el horizonte inmediato. “Lilita es la única que nos dio una alegría en estos días”, ironizaba uno de los funcionarios que acompaña al ministro peronista en lo que probablemente sea el último intento de recomposición para el gobierno desconcertante de Alberto y de Cristina Kirchner.

Para Juntos por el Cambio, queda ahora la tarea incierta de recrear el clima de unidad indispensable para pelear con posibilidades la presidencia el año próximo. Este viernes le toca al PRO evaluar los daños que las palabras de Carrió le han provocado al ya muy golpeado equilibrio opositor. En un restaurante porteño, como lo hacen mes a mes, estarán si nadie falta Macri, Bullrich, Vidal, Ritondo, más otros dirigentes importantes que no cayeron en la redada de Lilita como Diego Santilli, Fernando de Andreis, Humberto Schiavoni y Federico Pinedo. Nadie duda sobre cuál será el tema principal de las discusiones desde la entrada hasta el postre y el café final.

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A los radicales también los desvela el bombardeo de Carrió. Los dirigentes de la UCR ensayan sus propios movimientos para ir posicionándose en la interna decisiva del año próximo. Morales, Manes y el mendocino Alfredo Cornejo siguen enarbolando sus proyectos presidenciales. El gobernador de Jujuy, enfrentado a Macri, viene conectando más seguido con Rodríguez Larreta. Manes le dedica un hemisferio de su cerebro a escuchar la promesa de lanzamiento del gobernador cordobés, Juan Schiaretti, y Cornejo acompañó la semana pasada a Patricia Bullrich en una recorrida por La Matanza, tan lejos de los Andes.

Algunos de los dirigentes agredidos por Carrió creen que la expansividad de la bomba de Lilita los beneficia y terminará por unificar la estrategia de la mayoría, pese a estar enfrentados por la mochila de los proyectos personales en el horizonte electoral.

A Juntos por el Cambio lo atraviesa un dilema de compleja solución. Necesita desesperadamente de la unidad interna para llegar a la Casa Rosada. Y tiene tantos candidatos con expectativas que esa diversidad sin liderazgo a la vista es la mayor amenaza para lograr esa unidad imprescindible. La abundancia de los egos, de las que alguna vez habló Macri.

Hablando de egos, en una crónica reciente que el periodista Bernardo Vázquez escribió en Clarín, el ex presidente se muestra dando definiciones ante sus ex compañeros del Colegio Cardenal Newman. La más ilustrativa de todas ellas es cuando, ante la consulta de si volverá a ser candidato presidencial, Macri elude la contundencia con un acertijo para propios y extraños. “A veces tengo ganas, y a veces no”, responde. Es de libre interpretación.

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Macri ha jugado en el pasado con esa indolencia, más frecuente en los intelectuales puros que en los hombres y mujeres de Estado. Ha sido criticado por aquella revelación desafortunada de irse a la cama a ver series de televisión al final del atardecer cuando lo angustiaban las adversidades ocurridas en el poder.

La evaluación de sus cuatro años de gestión, sin embargo, pueden resumirse en ese concepto arrojado al aire ante la cofradía del Cardenal Newman. El Macri gobernante dio la sensación en varias oportunidades de que a veces ejercía su gestión con ganas, y que tantas otras lo hacía sin ese combustible esencial.

Es una lección y una invitación al aprendizaje para los Larretas, las Bullrich, los Manes y los Morales que intenten heredar el mismo espacio que Macri ocupó cuatro años sin poder lograr la reelección. Y una lección para él mismo si cede a la tentación del regreso. La misma que envolvió en una imagen de decadencia final a Juan Perón, a Carlos Menem y en la que, país de egos indómitos, también parece querer enredarse Cristina Kirchner.

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Notas de Opinión

¿Y qué pasa si condenan a Cristina Kirchner?

El argumento central de sus defensas lleva la impronta de su frase letal: “Hay que apretar a los jueces”.

“No hay país”, dice el Cuervo Larroque. Si condenan a Cristina Kirchner, los 47 millones de habitantes de este confín del mundo se hundirían en la arena de los tiempos y la Argentina dejaría de existir.

“El juicio es una persecución a Cristina”, dice Agustín Rossi, con lo cual cualquier otro argentino que vaya a juicio en base a las pruebas recolectadas durante la investigación de su caso podría sentirse perseguido. Podría alegar eso El Gordo Valor, por ejemplo.

Lo último que dijo Rossi fue que los iraníes del avión sospechoso eran instructores de vuelo.

Este miércoles cayeron cuatro iraquíes con pasaportes falsos. ¿Qué habrán venido a enseñar?

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“Nos enteramos después de tres años que eran todos amigos de Macri”, dice el ministro de Justicia Martín Soria.

Se refiere a la foto del fiscal y uno de los jueces del tribunal que juzga a Cristina en un equipo de fútbol que jugó un torneo en la quinta Los Abrojos, de Macri, con quien según el fiscal y el juez recusados jamás cruzaron palabra.

Justo antes de eso, Soria había truchado una foto sobre el juramento del otro fiscal, Sergio Mola, que fue así, truchada, directo a la tapa de Página 12.

La presunta amistad del fiscal y el juez “es una provocación”, dice el viceministro de Justicia Juan Mena, quien dirigió las extrañas tareas de los espías de la SIDE antes de que hallaran muerto a Nisman.

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Su interlocutor era Fernando Pocino, el espía que habló desde un teléfono a nombre de una mujer 30 veces con el juez Alejandro Slokar cada vez que una causa contra Cristina se acercaba a Casación.

Slokar es el presidente de esa Cámara.

En el texto de su recusación, con tono indignado, el abogado de Cristina, Carlos Beraldi, cita una frase acerca de cómo debe ser la transparencia impoluta de los jueces.

La sacó de un libro de Derecho cuyo autor es… Slokar.

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A la recusación al fiscal y al juez se adhirió de inmediato Maximiliano Rusconi, abogado de Julio De Vido en este juicio pero también de Diego Lagomarsino, procesado por el asesinato de Nisman.

“Si sos una persona de bien, tenés que excusarte”, dice Dalbón, subido al coro de Militantes por la Transparencia.

Es el abogado de Cristina que posteó haber hecho cumbre en el Aconcagua para “dejarle un Código Penal a Dios” y fue desmentido por las autoridades de Mendoza: Dalbón nunca subió al Aconcagua.

Acorralada por una sólida acusación de armar una estructura delictiva para darle obras públicas a Lázaro Báez y cobrar coimas, Cristina puso en marcha el Operativo Carpetazo contra los jueces y fiscales.

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Hasta ahora consiguieron fotos de un equipo de fútbol amateur, aunque -como reveló Clarín– el diputado Tailhade envió de apuro a un empleado del Congreso a buscar declaraciones juradas de los acusadores para ver si hay algo para apretarlos mejor.

El audio de Cristina diciéndole a Parrilli “hay que apretar a los jueces” es un emblema que pasará a la historia sobre el uso prepotente del poder ante cada fallo adverso.

Todo lo que Cristina pide hacer sobre la Justicia lleva la impronta de aquella orden letal.

Su abogado en aquella causa era Dalbón. El abogado que nunca llegó a la cima del Aconcagua argumentaba entonces que Cristina no le había dicho “pelotudo” a Parrilli sino que la frase estaba “editada”.

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Un relato que no prosperó.

Ahora avanza la idea de la proscripción como corolario de la victimización política.

Cristina tomó el argumento del lawfare de Dilma Rousseff, que se lo trajo en persona hasta su departamento de Juncal y Uruguay en diciembre de 2017.

Si el juicio por la obra pública avanza y hay condena, el camino seguirá con guión brasileño.

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El sociólogo y analista Emir Sader -conocido como el filósofo de Lula– acercó esta semana, desde San Pablo, la idea madre: “Le hicieron lawfare a Lula, lo condenaron y ahora es el principal favorito en las elecciones. Lo mismo pasará con Cristina”.

Más victimización para una defensa que no refuta hechos sino que actúa como un boxeador “tocado”, lanzando carpetazos a ciegas.

 

Columna publicada originalmente en Clarín.

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Notas de Opinión

Una semana de Massa y el pescado sin vender

Mientras se profundiza la caída de reservas del Banco Central, los primeros pasos del nuevo ministro de Economía no han generado por ahora un cambio de expectativas

Columna de opinión publicada originalmente en La Nación

La expectativa que había precedido los primeros mensajes de Sergio Massa como ministro de Economía se vio defraudada. Los anuncios de las medidas efectuados fueron calificados como insuficientes y, en algunos casos, tildados hasta de insignificantes para empezar a dejar atrás los graves problemas de la Argentina.

De acuerdo con la opinión de no pocos especialistas y de buena parte de los referentes del arco político opositor, hasta el momento, solo asistimos a expresiones voluntaristas, combinadas con medidas aisladas, pero no a algo que se pareciera a un plan económico coherente e integral. Y desde Wall Street, representantes del mundo financiero que observan con atención esta parte del continente americano afirmaron, lisa y llanamente, que el flamante titular del Palacio de Hacienda ha desperdiciado una gran oportunidad para provocar un cambio de expectativas.

Podrá destacarse, como dato positivo, que Massa confirmó la voluntad de mantener la meta de déficit fiscal del 2,5% del PBI comprometida ante el Fondo Monetario Internacional (FMI) para este año. Sin embargo, subsisten serias dudas sobre cómo se alcanzará tal objetivo.

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El nuevo ministro finalmente ratificó la suba y la segmentación tarifaria que permitirá reducir los subsidios energéticos, una de las principales fuentes del desequilibrio fiscal. No obstante, con la estampida inflacionaria de los últimos meses, ninguno de los incrementos tarifarios previstos será suficiente para achicar los subsidios en la proporción necesaria.

Según estimaciones de especialistas de la consultora EcoGo, que dirige Marina Dal Poggetto, incluso en el caso de que pueda avanzar el esquema de adecuación tarifaria, el impacto en el ahorro fiscal se verá acotado a apenas el 0,2% del PBI. La razón es que, entre enero y mayo de este año, el aumento que acumularon los subsidios energéticos respecto de igual período del año pasado fue del 130%.

Otra medida de Massa que podría ser tomada como auspiciosa, la confirmación de la decisión de su antecesora en el cargo, Silvina Batakis, de congelar las vacantes en el sector público nacional, ha perdido efecto luego de que, durante las últimas semanas, se incorporaran miles de empleados a la planta permanente de distintas áreas del Estado.

Las mismas dudas existen respecto de las promesas del nuevo ministro de ponerle punto final al financiamiento del Banco Central (BCRA) al Tesoro Nacional.

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Pero el dato más alarmante es que, desde que se confirmó la designación de Massa al frente del nuevo Ministerio de Economía, Desarrollo Productivo y Agricultura, las reservas del BCRA cayeron en nada menos que 1008 millones de dólares. De acuerdo con una estimación de J. P. Morgan que toma datos de la entidad monetaria argentina, exactamente una semana atrás, las reservas netas, exceptuando oro y derechos especiales de giro, eran negativas en unos 7300 millones de dólares.

Esta situación no hace más que poner de manifiesto que el cepo cambiario es más efectivo para evitar el ingreso de dólares a la Argentina que para impedir la salida de divisas del país, al tiempo que alienta los temores de una devaluación del peso en el mercado oficial de cambios, pese a que el Gobierno se resiste por el momento a variaciones bruscas en la paridad cambiaria.

Todo es demostrativo de que es muy escasa la confianza en que un gobierno kirchnerista pueda poner en práctica las reformas y el ajuste fiscal imprescindibles para apuntalar la economía.

A todas esas dudas, se suma la incertidumbre acerca del grado de acompañamiento que tendría la vicepresidenta Cristina Kirchner a los tibios ajustes que propiciaría Massa. Pero lo cierto es que, con el alejamiento de los funcionarios kirchneristas que controlaban el área de Energía, Darío Martínez y Federico Basualdo –el mismo burócrata que resistió antes su salida y precipitó en cierto modo la caída de exministro Martín Guzmán–, pareció tener lugar una retirada estratégica de Cristina Kirchner tendiente a no quedar pegada a las eventuales consecuencias del aumento tarifario.

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Otro de los desafíos del ministro de Economía será congelar la emisión monetaria y procurar una disminución del gasto público –o, al menos, lograr que no aumente– sin afectar la obra pública. Se trata de una demanda que han transmitido los gobernadores provinciales peronistas el viernes último, en Santa Fe, en presencia del presidente Alberto Fernández, quien pareció dar garantías a los mandatarios provinciales de que no habrá cambios mayores.

El clima festivo vivido el miércoles pasado en la Casa Rosada, durante la asunción de Massa como titular del Palacio de Hacienda, contrasta con la grave situación socioeconómica y financiera del país. Cuando en las próximas horas se oficialice el índice oficial del costo de vida de julio, con una cifra cercana al 8%, se confirmará seguramente un sentimiento que prevalece en la población: aquel que indica que los argentinos sienten mayor inseguridad frente a la inflación que ante la posibilidad de sufrir un robo.

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