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Notas de Opinión

Batakis se alineó con La Cámpora y el enemigo está dentro del oficialismo

La llegada de la nueva ministra de Economía no calmó las aguas en el Gobierno. Tras la salida de Guzmán, hay desconcierto entre los ministros leales a Alberto Fernández

Columna publicada originalmente en Todo Noticias

El sentimiento se desparramó por todo el equipo de leales del Presidente como ya pasó otras veces. La resolución de la crisis del Gobierno desatada por la renuncia de Martin Guzmán al ministerio de Economía terminó, una vez más, del mismo modo. Alberto Fernández no pudo imponerse por el sobre el asedio de Cristina Kirchner.

La Vicepresidenta ya no ocultaba sus deseos de que Guzmán dejara su cargo. Ella es hoy la principal sombra que oscurece a los hombres y mujeres de confianza del Jefe de Estado. Ni Mauricio Macri. Ni Elisa Carrió. El “enemigo” está dentro del oficialismo, sienten en la Quinta de Olivos, y otra vez se salió con la suya.

El Presidente tardó dos días en llamarla para consensuar un reemplazante para Guzmán. Silvina Batakis, fue titular de Economía en la gestión bonaerense de Daniel Scioli, aunque en los últimos años se alineó con el ala más radicalizada de La Cámpora. El Presidente cedió a las presiones de sus asesores y finalmente habló con Cristina. Antes de hacerlo organizó que esa comunicación, al menos de su parte, fuera sin testigos: por eso se encerró en una oficina de Olivos.

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Ayer trascendió que los Fernández se verían cara a para intentar acordar una verdadera tregua entre ellos. El encuentro llegó después de las 22:00 del lunes, con una cena entre ambos en Olivos. El enojo, mutuo, aunque mermó, continúa.

En la Casa Rosada esperan ahora algunas semanas de paz tras sufrir la acechanza diaria de los Kirchner.

La trastienda de la llamada entre Cristina Kirchner y Alberto Fernández

El Presidente entendió que debía comunicarse con su Vice después de que varios economistas rechazaran su oferta para reemplazar a Guzmán. Todos coincidieron en sus argumentos, según ratifican las fuentes del oficialismo no K: aquellos a los que se los tanteó de modo serio para ocupar el Palacio de Hacienda explicaron que no aceptarían el desafío sin que antes de solucionara el conflicto interno dentro del oficialismo.

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Hay una muralla que fue infranqueable para Guzmán y que también suele ser imposible de esquivar para el resto de los ministros o funcionarios que no se subordinan a los Kirchner: La Cámpora, militando desde el poder, es un ejército que no para un solo día de poner obstáculos contra sus objetivos.

La flamante ministra de Economía, Batakis, se mimetizó con el pensamiento y el accionar radicalizado del “camporismo”, de Cristina y Máximo. Eso, a pesar de que ocupaba su último cargo en la Rosada gracias a una gestión del Canciller Santiago Cafiero.

Quienes lograron persuadir al Presidente para que hablara con la vice fueron el secretario General de la Presidencia, Julio Vitobello; la secretaria Legal y Técnica, Vilma Ibarra; Cafiero y ministros como el de Desarrollo Social, Juan Zabaleta. También intervino Estela de Carlotto.

Pasado el llamado, no pasó la crisis.

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Asumida Batakis, la flamante ministra dejó trascender que continuará con el acuerdo que Guzmán firmó con el FMI y la política fiscalista, pero al mismo tiempo convivirá con los funcionarios ultra K de Energía, como Darío Martínez; el subsecretario de Energía Eléctrica Federico Basualdo; o el interventor del Enargas, Federico Bernal. Son militantes de La Cámpora que le pusieron mil trabas a Guzmán.

Un fin de semana catastrófico para el oficialismo: del “vienen por mí” a las condiciones de Sergio Massa

El ánimo en la Quinta de Olivos pasó de pésimo a expectante frente a un nuevo escenario de alta complejidad. Los Kirchner se impusieron una vez más por sobre el criterio del Presidente. ¿Por qué Alberto Fernández se negaba a llamar a su Vice?

“Vienen por mí. Me quieren dejar pintado. Sacarme el poder. Es injusto”, insistía ayer un funcionario del área presidencial que repite conceptos de su jefe.

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El único “socio fundador” del Frente de Todos que parecía buscar una alternativa diferente para reformular el Gobierno fue el titular de la Cámara de Diputados, Sergio Massa. Buscó en vano que el Jefe de Estado transforme el conflicto por Guzmán en una operación para reformular su equipo de Gobierno. Pasados los días de frenesí, se conocerá la verdadera trastienda de un fin de semana catastrófico para el oficialismo. ¿Cuál fue la razón por la que Massa no logró imponer su plan?

Si asumía como jefe de Gabinete, pidió como condición tener control el Banco Central y la AFIP. El Presidente no le concedió esos pedidos.

La decisión de Fernández de “ceder” y consencuar con Cristina tras la caída de Guzmán se suma a escenarios parecidos que se sucedieron en el equipo presidencial. Todavía no pasó un mes de la renuncia de otro funcionario detestado por la Vice que terminó dimitiendo, el exministro de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas. Cayó así un funcionario emblemático, de absoluta confianza del Presidente que no pudo evitar dejar la función pública por defender a su Jefe, aunque el modo pudo ser considerado equivocado. Decir “equivocado” es un decir, de acuerdo al “protocolo” de operaciones toleradas en la jungla del peronismo.

Guzmán aguantó lo que pudo. No solo soportó el acecho diario, constante, sistemático de los voceros de los Kirchner, o de ellos mismos, que declaraban en su contra de modo cotidiano. En la intimidad se lamenta haber sido objeto de un plan de derribo y demolición liderado por Cristina. A eso se le sumaron las trabas ya mencionadas en la gestión del área energética, entre otras.

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Tras la salida de Kulfas y de Guzmán, hay desconcierto entre los leales a Alberto Fernández

Ido Guzmán, ido Kulfas, con el Presidente ya de modo definitivo decidido a no “rebelarse” contra la vice, el desconcierto cunde entre otros funcionarios de verdadera confianza del Jefe de Estado. Ellos ya fueron apuntados por los Kirchner, que piden su renuncia.

Entre los más relevantes está el ministro de Trabajo, Claudio Moroni, alma “gemela” del Presidente desde los tiempos en que ambos compartieron gestión en la Superintendencia de Seguros de la Nación bajo mandato presidencial de Carlos Menem. “No lo quieren por su buena relación con la CGT”, lo defiende un secretario de Estado del sector presidencial.

El titular del BCRA, Pesce, tampoco es buen visto por el ala dura K. Aunque fue él quien propuso a Batakis.

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“Cristina ahora está mansa, y si Batakis es también su ministra de Economía no va a poder bloquearla como hacía con Guzmán”, se esperanzan en Olivos.

Los Kirchner son los Kirchner. El tiempo dirá.

Notas de Opinión

Sin margen, Massa se aferra a la idea de una paz cambiaria

La esperanza del nuevo equipo económico es que el fuerte apretón monetario, vía la suba de tasas de interés y el ajuste fiscal, todavía tibio, hagan todo el trabajo

Columna publicada originalmente en La Nación

Pese a la escalada de ayer del dólar “contado con liqui”, en el Gobierno empiezan a albergar la idea de que lo peor de la corrida ya pasó. En algunos despachos hasta se animan a aventurar que, a medida en que comienza a aminorar la demanda de dólares para la importación de energía, se vienen 60 días de paz cambiaria. Sesenta días en los que, en definitiva, se terminará de evidenciar si las medidas aisladas que anunció Sergio Massa para sortear una devaluación brusca del tipo de cambio surtieron efecto o no.

A esta altura empieza a quedar claro entre distintos actores económicos que Massa no tiene un plan estabilizador ni tampoco piensa en medidas transformadoras. Empresarios que se reunieron con él en los últimos días se quedan todos con la misma sensación: el ministro se muestra confiado en que ante cualquier inconveniente él sabe cómo manejar la botonera de la política, pero no puede darles precisiones con respecto a la economía.

La esperanza del nuevo equipo económico es que el fuerte apretón monetario –vía la suba de tasas de interés– y el ajuste fiscal –todavía tibio– hagan todo el trabajo. Es cierto que en el campo, en el que hasta ahora se financiaban en pesos para evitar desprenderse de los dólares/porotos de soja, reconocen que ya no es tan fácil conseguir créditos baratos. Pero todavía la oferta de divisas no termina de aparecer. Tampoco tiene Massa demasiado margen político para ofrecerle al campo alguna alternativa más tentadora. Cristina Kirchner le dio margen de acción pero no es infinito: no hay que devaluar ni ceder por completo a los pedidos del campo.

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El Banco Central (BCRA) viene acumulando algunas ruedas de compras de dólares, en gran medida, porque también la orden es pisar con fuerza las importaciones. Ya lo anticiparon Massa y Tombolini a sus interlocutores: el acceso de dólares para los importadores será muy restrictivo en los próximos 45 días. Habrá posiblemente empresas frenando producción o suspendiendo personal, pero la falta de reservas en el BCRA es una limitante incuestionable. La convocatoria para la semana próxima a empresas de consumo masivo a reuniones con Massa y el titular del BCRA, Miguel Pesce, tiene por objetivo monitorear precios, pero también apunta a las importaciones.

Massa no pretende avanzar con un ajuste a fondo. Sino, mediante algunas medidas parciales, lograr que algunos sectores traccionen y colaboren en equilibrar las variables de mediano plazo. En tal sentido, se espera que haya algún anuncio adicional para la industria del conocimiento, en línea con lo que hizo con los hidrocarburos, uno de los sectores que más le atraen y en el que tiene mayor cantidad de conocidos.

Una de las medidas que, de hecho, tomó en sus primeras horas como ministro, fue la rescisión del contrato con la empresa Power China para la construcción del segundo tramo del gasoducto de Vaca Muerta. Se había firmado en su momento hasta una carta de intención con el Banco de China por el financiamiento: US$1900 millones. Sin vocación de entrar en conflictos diplomáticos con China –menos cuando por otra ventanilla la Argentina le está solicitando flexibilizar el swap con el BCRA–, el Gobierno le habría propuesto a la empresa hacerse cargo, mediante adjudicación directa, de la provisión de las plantas compresoras. Hay quienes ven en el cambio una inclinación natural de Massa hacia Estados Unidos; otros, más maliciosos, hablan de la influencia del capitalismo de amigos.

En el plano fiscal, en tanto, la orden de Hacienda es que se cumpla el presupuesto de Martín Guzmán que el Gobierno sacó por decreto. Eso implicará congelar las transferencias a las provincias y demorar pagos a proveedores. Ya las generadoras de energía eléctrica están empezando a inquietarse por la demora en los pagos de Cammesa. Se estima que la deuda de Cammesa con las generadoras asciende a unos $150.000 millones por las facturas impagas de mayo y junio. “Es uno de los tantos gastos que se están empezando a poner abajo de la alfombra”, confía una fuente. Pero además, entre quienes conocen de finanzas públicas hay otro motivo que hace pensar que esta deuda no se regularizará en el corto plazo. Según explica el economista Nicolás Gadano, Cammesa no forma parte del sector público no financiero ni se considera propiamente una empresa pública, con lo cual los atrasos en que incurra la compañía no se contemplan dentro de la meta de deuda exigible que contabiliza el FMI. “Lo que Cammesa debe, queda fuera del radar”, subraya Gadano. No debería.

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La quita de subsidios difícilmente modifique el escenario para el sector. Por lo pronto, porque este año el impacto de las subas en el fisco será ínfimo (0,06% del PBI, según Facimex), con lo cual no contribuirá demasiado a un mejoramiento de la caja.

Como sucede en las familias, el problema de un Estado que vive al día y que no planifica más allá de la quincena es que tampoco se permite pensar en los problemas que le sobrevendrán. A las demoras en los pagos se suma un reclamo de las empresas por un ajuste de tarifas. Porque la quita de subsidios no implica que los prestadores recibirán un aumento, sino que solo se modifica la fuente de donde surgen sus ingresos (pasa de ser el Tesoro en forma casi exclusiva, a los usuarios). “La tarifa de las generadoras está pisada. En el verano vas a ver que muchos van a reclamar que, pese a los aumentos, la luz se corta igual, y el Gobierno va a echarles la culpa a las empresas, que no tienen cómo financiar el mantenimiento de sus plantas”, advierte un hombre que conoce de cerca la industria.

La realidad es que el anuncio de la Secretaría de Energía dejó demasiados interrogantes. Entre ellos, un detalle no menor: se supone que con el corrimiento del Estado, una gran cantidad de usuarios deberá pagar a partir de enero de 2023 el costo real de la energía. Ahora, cerca del 65% de los costos de la generación eléctrica están atados al dólar; el 35% sigue la inflación. Ninguno de los ejemplos que se dieron en la conferencia de prensa de esta semana contempla una inflación que, en el mejor de los casos, el año próximo estará en los dos dígitos. En otras palabras, el retoque de las boletas de electricidad deberá ser mensual, si es que el Estado no quiere volver a caer en los subsidios. Algo poco factible en un año electoral.

La bomba energética de hoy la plantó el primer kirchnerismo, pero la abultada cuenta de subsidios como así también la importación de gas para suplir el inexistente gasoducto de Vaca Muerta, son solo una parte del problema. Poco se habla de las consecuencias que vemos hoy de la apuesta excesiva del exministro De Vido a la generación de electricidad con centrales térmicas, construidas por empresas como Electroingeniería, que supieron estar a la vanguardia del capitalismo de amigos de principios de siglo.

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Indica Cammesa que entre 2005 y 2015 la potencia instalada de fuentes térmicas se incrementó 64%, mientras que la de fuentes hidroeléctricas sólo lo hizo en un 11%. El fomento de las energías renovables del gobierno de Macri no logró revertir la tendencia, siendo que en 2021 las variaciones versus 2005 fueron de 93% y 14% respectivamente. Yacyretá fue la última central hidroeléctrica de magnitud en construirse.

Entre la ola privatizadora de los noventa que sepultó las capacidades de empresas como Hidronor, y la inoperancia del kirchnerismo de hacer que las cosas pasen, una lista interminable de proyectos hidroeléctricos ideados hace medio siglo continúan acumulando tierra en vez de estar viendo el agua mover sus turbinas. El colmo de la Argentina: un país lleno de ríos y de gas, no puede explotar ni uno ni lo otro. Pero hay que ser optimistas. Podríamos estar presos del faraónico gasoducto bolivariano que Néstor Kirchner y Hugo Chávez idearon para la liberación latinoamericana.

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Notas de Opinión

Un tarifazo con escrache y un Presidente eventero

Massa y Malena le ponen el cuerpo a la polémica suba de tarifas de la que Cristina se aleja. Y Alberto se distrae con una agenda paralela para aferrarse a la fantasía del protagonismo

Columna de opinión publicada originalmente en Infobae

En tiempos de crisis todos se la tienen que rebuscar de alguna manera. Eso les sucede, incluso, a los artistas que gozan del dinero y de la popularidad cuando las cosas marchan bien. Pero que deben recurrir al mismo ingenio del resto de los argentinos cuando la economía del país y la personal van barranca abajo.

Por eso, una de las maniobras a las que acuden los artistas en tiempos de vacas flacas es asistir a los eventos. Son pequeñas fiestas e inauguraciones que auspicia alguna marca, en la que convocan a los famosos para lograr algo más de impacto. Allí, mostrándose y apareciendo en las fotografías o ante las cámaras de TV, puede surgir la oportunidad de algún nuevo trabajo.

Se los conoce como “eventeros”. Hay artistas a los que les cuesta encontrar ofertas atractivas de trabajo pero que, entre evento y evento, van aprovechando las oportunidades para que los empresarios artísticos y las marcas comerciales se acuerden de sus caras y de sus nombres. No todos tienen en la Argentina el talento de Ricardo Darín, el de Anya Taylor-Joy o el de Oscar Martínez, y muchos deben apelar a los eventos para no pasar desapercibidos. Impiadosa, la crisis congela todas las actividades.

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Lo que ha causado impacto en la política argentina es el surgimiento del “Presidente eventero”. Así han catalogado los últimos pasos de Alberto Fernández algunos dirigentes del peronismo, incluso varios funcionarios de su gabinete.

Opacado por el liderazgo negativo de Cristina Kirchner y por la centralidad de la gestión de Sergio Massa como ministro de Economía, Alberto Fernández ha optado por armar una agenda de eventos para no desaparecer de la mirada de los medios de comunicación y de las redes sociales. El Presidente eventero se muestra en diferentes lugares del país, asoma el rostro cansado y ojeroso ante las cámaras y los smartphones, y pronuncia un par de frases que la prensa estatal y voceros oficialistas reproducen para recrear la fantasía del protagonismo presidencial.

Esta semana, por ejemplo, Alberto Fernández decidió alejarse de la primera marcha que la CGT hizo contra su gobierno. Porque fue contra su gestión a pesar de las consignas gremiales que promocionaron el congestionamiento de la zona sur de la Ciudad de Buenos Aires bajo el eslogan “contra la inflación y los formadores de precios”. La paradoja es que la suba de precios, que va camino a los tres dígitos y llevará la pobreza por encima del 50% del país, es responsabilidad absoluta del Gobierno.

Pero Alberto estaba de eventos en La Rioja. Este miércoles, mientras miles de argentinos no podían atravesar la Ciudad bloqueada para ir a trabajar, el Presidente memoraba el 172º aniversario de la muerte del general José de San Martín y participaba de la inauguración de un jardín de infantes junto al gobernador Ricardo Quintela. “Nos estamos recuperando, estamos creciendo y estamos avanzando”, recitaba Fernández, como si fuera tal vez el mandatario de una potencia europea.

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No era la misma canción que se escuchaba en Buenos Aires. “Alberto; poné lo que tenés que poner”, apretaba con arenga de tablón el camionero Pablo Moyano, en un palco armado sobre la 9 de Julio y avenida Belgrano, frente a las barrabravas de los de sindicatos. Calles cortadas, negocios y oficinas cerradas, refriegas con la Policía y ambulancias que no pudieron llegar al hospital. Mil ciento setenta kilómetros de distancia. Dos países diferentes.

El de La Rioja no fue el único evento de Alberto. El martes había visitado una fábrica de baterías de litio en Berisso, el viernes anterior había distribuído pensiones no contributivas en Núñez y el jueves había entregado viviendas en Villa Angela, Chaco, junto al gobernador Jorge Milton Capitanich. “Los eventos nos sirven para mostrar que él también está haciendo cosas; sino lo tapa la agenda de gobierno de Sergio”, se sincera uno de sus colaboradores. Del litoral al noroeste entonces, la estrategia en la Casa Rosada es mantenerlo activo al Presidente eventero.

Episodios de regresión institucional

A Massa, en cambio, le toca la tarea más difícil. Tratar de ordenar la economía con las restricciones que le impone Cristina. Es lo que ansiaba desde hacía mucho tiempo, y ahora tiene el camino despejado para hacerse responsable del trabajo que nunca quiso hacer la Vicepresidenta. Como se dijo ya en esta columna, ponerle la cara y el cuerpo a la inflación y al ajuste.

Es curioso que, habiendo nombrado hace apenas una semana a la ingeniera Flavia Royón como secretaria de Energía, haya sido Malena Galmarini quien cargó con la ingrata tarea política de explicar el tarifazo de los servicios públicos. La titular de Aysa titubeó al entrar en los detalles de una de las cuestiones más complejas de la gestión de gobierno como es la segmentación de las tarifas de electricidad, gas y agua. Y corregir a la prensa para llamar a la suba de las boletas con el eufemismo “redistribución de los subsidios” es algo que nunca podría terminar bien.

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Claro que esa, la del contrapunto con un periodista, es una pequeña anécdota si se la compara con el ejercicio que acompañó el anuncio de un tarifazo que va en camino de igualar al que puso en marcha Mauricio Macri hace cinco años, y al que todo el peronismo condenó desde su puesta en marcha.

La exhibición de gigantografías con casonas en barrios acomodados, que supuestamente gozan de subsidios tarifarios y que no son muy diferentes de las que poseen el matrimonio Massa y muchos otros funcionarios empezando por la propia Cristina Kirchner, es un ejercicio innecesario de estigmatización al que suelen echar mano otros gobernantes. Los que rechazan las elecciones como mecanismo de recambio en el poder.

Y mucho peor es que los datos de las empresas de servicios públicos, sean privadas como Edenor o Edesur, o estatales como Aysa, con los listados de clientes poderosos o simplemente de famosos lleguen a la prensa oficialista para que puedan publicar los montos que pagan. El escrache jamás será para los amigos. Siempre tronará para los adversarios de los funcionarios de turno.

Esas prácticas hicieron recordar algunos de los peores momentos del final de la gestión de Cristina, entre 2011 y 2015. Aquellos días del “vamos por todo” y los carteles de artistas y periodistas a los que se podía escupir en la Plaza de Tribunales con el auspicio de un programa de la televisión pública. Fue toda una exhibición de despotismo que condujo al kirchnerismo, y a sus muchos aliados con Síndrome de Estocolmo del peronismo, a una derrota electoral que llegó a parecerse a un fin de ciclo.

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Massa y Malena Galmarini conocen perfectamente de que se trata todo aquello. El 20 de julio de 2013, un agente de inteligencia de la Prefectura ingresó a su casa de noche, con aparentes intenciones de robo pero también con una pistola automática con silenciador, que utilizó para dispararle a una cámara de seguridad. El incidente se convirtió en un escándalo nacional que terminó en 2015 con el juicio y condena a 18 años de prisión para el espía, integrante de una fuerza de seguridad que reportaba a Cristina y que recibió apoyo legal de abogados pertenecientes a la organización kirchnerista Justicia Legítima. Cada uno sabe cuánto quema el fuego con el que juega.

Por eso, suena extraño que estos episodios recientes de regresión institucional le hayan sucedido a Massa y a su equipo. El ministro de Economía tuvo sus mejores momentos políticos y electorales cuando enfrentó a Cristina y al kirchnerismo, y ahora aparece para mostrarse como el responsable de las políticas de ajuste y del escrache público a los contribuyentes con información sensible. Es difícil advertir donde está la ganancia.

Los dirigentes de la Mesa de Enlace, que se reunieron con Massa en la tarde del último martes, aseguran que el ministro de Economía les juró que no disputará la candidatura presidencial del peronismo en 2023. Ellos, como el resto de las cúpulas del poder en la Argentina, saben que la Casa Rosada siempre ha sido el oscuro objeto del deseo del ex intendente de Tigre. Pero las maniobras desconcertantes de estas horas y la excesiva exposición de sus debilidades hacen dudar a propios y extraños.

Massa es uno de los dirigentes con mayor conocimiento de las estructuras del Estado, y son reconocidas sus buenas relaciones con parte del empresariado argentino así como con inversores financieros en el exterior, y funcionarios y legisladores de los Estados Unidos. ¿Qué lo lleva a poner la cara para cargar con las críticas generalizadas de una sociedad agobiada por la mala praxis y los desaciertos del gobierno del Frente de Todos?

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“El video de Malena peléandose con los periodistas por los aumentos de tarifas es el sueño de Cristina hecho realidad”, explica un dirigente kirchnerista que cree que la evolución del mundo ha respondido siempre a una estrategia genial de la Vicepresidenta. Ya se sabe que el objetivo central de Massa y el de Cristina pasa por volver a disputar el poder el año próximo.

Para lograr esa meta, la Vicepresidenta y el ministro que quiere ser súper se necesitan. Quizás esa coincidencia justifique los disparates de estos días. Pero para ambos está claro también que sus movimientos entrarán en colisión muy pronto, cuando la inflación, el tarifazo de los servicios públicos y los compromisos con el Fondo Monetario Internacional empiecen a ser un estorbo para la Vicepresidenta. En primavera se verá hasta donde llega la concordia entre la necesidad de Cristina, la ansiedad de Massa y el presidente tan concentrado en eventos intrascendentes.

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Notas de Opinión

El juicio por Vialidad: desvelando las mentiras de una “madre tóxica”

Columna de opinión publicada originalmente en La Nación

Descifrar al kirchnerismo y la relación de los fanáticos con su lideresa requiere mucho más que la ciencia política, la economía o la historia. Requiere del marco teórico de la psicología y sus múltiples escuelas para responder preguntas que, sin incluir ese paradigma, parecen inexplicables. Cristina Kirchner podría ser condenada en el juicio por Vialidad. Los pedidos de pena del fiscal Diego Luciani se conocerán el próximo lunes, después de un alegato adictivo, que resume, con pruebas contundentes, la historia reciente de la corrupción K.

Luciani está derribando un mito que circula fuerte dentro de la militancia kirchnerista. Finalmente, Cristina no era la inocente viuda que se vio obligada a lidiar con los negocios oscuros del marido, una vez muerto. No. Las revelaciones del fiscal la muestran como copartícipe consciente de una maquinaria extractiva de dineros públicos. Una centralidad que se deja ver, entre otras pruebas, en los incontrastables mensajes hallados en el celular de José López, esa oveja descarriada que, supuestamente, le había roto el corazón a su jefa en 2016, cuando las cámaras lo captaron revoleando bolsos en la puerta de un convento. Entonces –gobernaba Macri– no había revoleo de ministros, sino de plata negra.

La dudosa teoría de la viuda inocente fue construida, con eficacia, por Héctor “Topo” Devoto, un exmilitante montonero, amigo íntimo del matrimonio K, y deglutida como comida rápida por todos los que necesitan creer. Porque, a no confundirse, en el kirchnerismo no todos cobran. La fe puede ser una fuente de seguridad tan eficaz como el dinero. Hay muchos que creen. Muchísimos. Y lo hacen con fervor. Y también están los que creen y cobran. Este es el combo ideal.

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Más aún: entre los que creen sinceramente que el kirchnerismo ha encarnado una fuerza popular, que vino a redistribuir riqueza y a enfrentar a los “poderes fácticos”, se inscribe una larga fila de intelectuales. Y hay que deconstruir mucho –por usar una palabra de moda– para llegar a la verdad: ese es el trabajo que desarrolló, durante años, el periodismo de investigación, la oposición, y también, con sus marchas y contramarchas, la Justicia.

Escuchar a Luciani es un electroshock de realidad. Todo es muy claro para quien esté dispuesto a ver. El problema es que los que creen no quieren ver. ¿Por qué? Semejante confrontación con la verdad dispara un mundo de emociones: negación, agresividad, amenazas.

Roberto Navarro, el “periodista” de referencia de Cristina, fue denunciado esta semana por incitación a la violencia, después de su arriesgada propuesta –que, en verdad, es un delito– de “frenar” al periodismo que denuncia. Menos visible, pero en la misma línea, el médico sanitarista Jorge Rachid, asesor de Kicillof –el mismo que decía que Pfizer quería los glaciares a cambio de vacunas–, escribió un tuit en el que instruyó a los fieles para que no replicaran la “agenda del enemigo”.

En muchas dimensiones podría hacerse una analogía histórica entre el juicio de Vialidad y el Juicio a las Juntas. Pero tal vez el punto central de contacto entre ambos tribunales sea la exposición sanadora de la verdad, ante un sector de la sociedad que la niega. O la negaba.

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Sobre la base de testimonios de la época, cuando Alfonsín impulsó el juicio contra los militares, la mitad de la sociedad argentina no creía –o no quería creer– que durante la dictadura habían existido centros clandestinos de detención. También descreían de los desaparecidos o de los bebés robados. Fueron los testimonios crudos de aquellas víctimas –testimonios que cualquiera podía ver por televisión– los que descorrieron el velo del horror. Y los que generaron una nueva conciencia.

Luis Moreno Ocampo suele recordar el conflicto que desató, en el seno de su propia familia, su participación en ese histórico “yo acuso”, de enorme trascendencia internacional. Su madre comulgaba en la misa con Videla y no creía –no podía creer– las imputaciones en su contra. Sin embargo, su opinión cambió rotundamente cuando vio por televisión el juicio, emitido entre abril y diciembre de 1985. Entonces, llamó a su hijo y le dijo: “Me equivoqué, este hombre debe ir preso”.

Y aquí llegamos a las madres. La narrativa de las madres, dentro de las familias, es potente. Las fuerzas políticas, como los trabajos, son una especie de familia: en nuestro inconsciente se insertan del mismo modo. Siempre hay un jefe que se parece a nuestro padre o una colega que nos inspira los mismos sentimientos –buenos o malos– que nuestra hermana.

Estamos inconscientemente formateados por lo que dijo nuestra madre, en la infancia, acerca de casi todas las cosas de la vida: papá, nuestros hermanos, otros miembros de la familia, el dinero o lo que sea. En su extraordinario libro El poder del discurso materno, la investigadora Laura Gutman da cuenta de este hechizante fenómeno a través de múltiples historias reales. Un fenómeno –creerle ciega y lealmente a mamá– que luego replicamos, en nuestra adultez, con determinados personajes a quienes les otorgamos poder. El mismo poder que tenía sobre nosotros nuestra mamá cuando éramos niños.

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También aquí, en la narrativa familiar, hay que cavar muy hondo para llegar a la verdad. Esos investigadores amateurs en los que algunos adultos devenimos –con suerte y si es que hacemos algún tipo de trabajo interno– nos llevan a indagar. Y entonces empezamos a hacernos preguntas: ¿es verdad que cuando se separaron mis padres papá no quería visitarnos o es que mamá obstaculizaba el vínculo? ¿Es verdad que la tía era tan mala? ¿Me desearon realmente como hijo o hija?

Confrontar con la verdad no es para cualquiera y, a menudo, hay que ser muy valiente para soportarla. Valiente para cuestionar a mamá y a todas las figuras que, más adelante en la vida, se parecen a ella.

Cristina es una madre –tóxica, por cierto– para sus fieles. Cuestionarla puede ser devastador para sus hijos porque lo que se desmorona no es la figura de Cristina Kirchner sino el propio mundo. Hay preguntas duras, que ponen en tela de juicio todo un universo de creencias: ¿puede ser que no se trate de una persecución judicial, sino de una descomunal estafa? ¿Vinieron a solucionar la pobreza o a hacerse ricos copando el Estado? ¿Pueden no haber tenido sentido mi militancia, el tiempo dedicado o la ilusión que deposité? La mayoría prefiere construirse una realidad imaginaria a confrontar con estos hechos.

Idéntica analogía podría hacerse con las familias donde hay padres o padrastros abusadores. Cuando la víctima confronta al resto de sus familiares, la primera reacción es la negación. Luego viene la furia contra el mensajero; es decir, contra la víctima. Más tarde, acusan a la víctima de mentirosa. Le sigue la defensa cerrada del abusador. Y, finalmente, viene el encubrimiento por años de la verdad. Así se velan los secretos familiares.

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¿No es un mecanismo increíblemente parecido a la dinámica entre Cristina y sus fieles? Entonces, la “irracionalidad” del fanatismo K –como la de cualquier otro– encuentra su propia racionalidad.

¿Cómo se puede defender lo indefendible? ¿Cómo se explica semejante ceguera? Es todo tan obvio, ¿cómo no lo ves? Bajo esta nueva luz, las preguntas que nos hacíamos encajan con respuestas de raíces más profundas.

Como propuso esta semana Elisa Carrió: en un país tan acostumbrado a la mentira, lo que causa escándalo es la verdad.

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