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Notas de Opinión

Si Silvina Batakis le hace caso a Juan Grabois, la crisis va a ser peor

La nueva ministra puede aprender de las frustradas ilusiones de Alberto, Cristina, Massa y Guzmán para actuar con algo más de realismo. O puede agregar al aquelarre sus propias ilusiones voluntaristas y distribucionistas para naufragar en poco tiempo

Columna publicada originalmente en Todo Noticias

Las demandas de “giro heterodoxo”, de “shock de consumo” y otras por el estilo ya se multiplican en la bandeja de entrada de la nueva ministra. ¿Podrá ella entender la conveniencia, la urgencia mejor dicho, de contenerlas? ¿Entender que es imperioso, en todo caso, equilibrar cualquier paso que dé en esa dirección con otro encaminado a ajustar mejor las cuentas para evitar que todo estalle?¿O esas presiones, y su propio afán por encontrarle un sentido a su designación, marcando la “diferencia con Guzmán”, la van a llevar a agudizar los desequilibrios, acelerar la inflación y la corrida detrás del dólar?

Como es mucho más afín al kirchnerismo que su predecesor, muchos temen que suceda esto último, y la situación se deteriore bien pronto.

Es lo que opinan, en principio, “los mercados”, por eso el dólar escala y las acciones y los bonos caen. Y es, convengamos, lo más probable que suceda por el modo en que Batakis ha llegado al cargo, luego de que su predecesor fuera denunciado como poco menos que un traidor por el sector a la que la nueva jefa de Economía pertenece.

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Ahora bien: si ella se detuviera un momento a reflexionar con más detalle en ese proceso que la encumbró, tal vez podría percibir la inconveniencia de dejarse llevar por ilusiones fantasiosas, en un contexto que limita fuertemente el margen de acción de todos los actores. En particular de los funcionarios.

Es que si hay una oportunidad para el realismo, de parte de Batakis y también de sus mandantes, los jefes del Frente de Todos, es porque todos ellos llegaron al fatídico fin de semana último dándole pasto a sus sueños más delirantes. Y el saldo que el episodio arroja complica su disposición, que se ha visto de todos modos es desbordante, a seguir fantaseando.

Alberto llegó a esta situación con la ilusión de gobernar solo. Fue increíblemente terco, infantil e irresponsable en su inclinación a encerrarse en su pequeño círculo y esperar que las cosas funcionen, salgan bien, no pregunten por qué: que la inflación baje, la economía crezca y todos al final le den la razón. Una verdadera locura que Cristina interrumpió, pero llevada por su propia ilusión, no mucho menos delirante y más destructiva.

La ilusión de que podía volverse la principal opositora sin dejar de ser la jefa del oficialismo, y que corroer así la autoridad del gobierno que ella misma forjó le iba a permitir recuperar las simpatías perdidas en el electorado. Su éxito en demoler ministros la condujo, sin embargo, a una situación nueva, en que ya no puede seguir cascoteando al gobierno sin lastimarse a sí misma, queriendo diferenciarse y despegarse se ha comprometido más que nunca antes con la gestión, en su terreno más inconveniente, el de la economía.

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En el medio puso su granito de arena la ilusión de Massa, la eterna promesa incumplida: volverse el salvador del peronismo gobernante, el reemplazante de Alberto y, en el futuro, de Cristina. Con esa idea colaboró a serrucharle el piso a Guzmán, aislar al presidente y someterlo a una disyuntiva de hierro: entregarle el gobierno o hundirse. A la que este parece haber escapado, de momento, volviendo a hablar y a acordar con Cristina. Algo de lo que el tigrense debería de una buena vez aprender que hasta los peores enemigos, en caso de necesidad, van a estar más dispuestos a confiar entre sí que en él.

Todas estas ilusiones delirantes han estado entrechocando y contaminando la interna oficial durante el último año. Condujeron a sus protagonistas, incluidos también los gobernadores, sindicalistas y movimientos sociales, a hacer o participar de apuestas alocadas, con muy pocas chances de éxito. Esto terminó en los resultados que estamos viendo: encuestas en mínimos históricos, inflación galopante, dependencia absoluta de actores externos, que parecen ser los únicos capaces de comportarse razonablemente e invertir esfuerzos y recursos para alejar al país del abismo.

¿Aprenderán algo los capitostes del oficialismo? ¿Podrán moderar sus fantasías y acomodarse mínimamente a la realidad? Ojalá Batakis los ayude a hacerlo y no empeore las cosas con sus propias ilusiones.

Los que llegan al Ministerio de Economía suelen venir con esa mochila cargada. Porque asumen el cargo con entusiasmo y animados por la idea que ahora sí van a tener el control, van a estar al mando y podrán moldear las cosas a voluntad.

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Ante los riesgos de esa ilusión, de todos modos, tal vez Batakis le lleve alguna ventaja a otros que pasaron por su misma situación. Para empezar, al propio Guzmán, experto en confundir la sarasa con los hechos. El ministro saliente no solo no tenía ninguna experiencia cuando llegó al cargo, jamás en su vida había trabajado en el Estado, ni siquiera con una responsabilidad menor, sino que encima por su formación intelectual y disposición personal se negó a aprender de las experiencias que fue acumulando. Batakis ha estado el tiempo suficiente en oficinas públicas como para saber que una cosa es querer hacer algo y otra que eso suceda, que hablar es fácil mientras que mover la administración en una dirección es endemoniadamente difícil, y que la gobernabilidad de la economía argentina está por regla general atada con alambre. Hoy, en grado sumo.

En contra suyo juegan su escaso talento para la comunicación pública, para la negociación política (con la oposición no parece tener muchos puentes, aunque algunos gobernadores radicales la podrían ayudar, si es que quiere ayuda), y su desconocimiento de asuntos muy específicos que hay que arreglar con urgencia, como la reajuste de metas con el Fondo, el acuerdo con el Club de París, etc.

Más razones para que no se deje llevar por grandes ilusiones. Y para que desoiga los llamados que hacen los más radicalizados del arco oficialista, uno de los más entusiastas y delirantes fue Juan Grabois, para que dé un volantazo con medidas inmediatas de “reparación social”.

Hasta los gobiernos más de izquierda, de izquierda en serio de la región, como el de Boric en Chile y el de Petro en Colombia, se cuidan desde el comienzo por no hacer esas cosas. Saben que no hay mucho margen para volantazos. Y eso que tienen el aval de las urnas todavía fresco, y actúan en países que tienen muchos más recursos, públicos y privados, que la Argentina. Aún así, buscan, y consiguen, ministros de Economía que lleven calma a la sociedad y “los mercados”: en Chile le tocó a un socialista, Mario Marcel, con larguísima carrera en los muy moderados gobiernos de la Concertación, en Colombia directamente a un liberal, José Antonio Ocampo, exministro de Samper y Gaviria.

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En ambos casos esa elección de ministros se tradujo en la ampliación de la base de sustentación de los presidentes en el Parlamento: fuerzas de centro y aún de derecha se acercaron a los oficialismos de izquierda, en la expectativa de volverse socios de un eventual éxito.

En Argentina el Frente de Todos no pudo conseguir ni siquiera sus propios economistas agarren la papa caliente del Ministerio. Tuvieron que ir al fondo de la lista para encontrar alguien dispuesto y que no pusiera demasiadas condiciones. Si eso no alcanza para moderar las ilusiones es que ya no tienen remedio.

Notas de Opinión

Inflación, vergüenza nacional

Quienes dirigen los destinos de la Argentina parecen no comprender las razones del problema inflacionario que ellos mismos se encargaron de engendrar

Columna publicada originalmente en Infobae

El recordado tango esbozaba que 20 años no son nada, y parece que para los problemas estructurales que atraviesa la Argentina tampoco lo son. Finalmente se ha conocido el tan ansiado índice de inflación de julio: 7,4%. Con este dato la Argentina confirma su nivel de inflación más alto desde abril de 2002 en donde el mismo fue del 10,4%, momento éste que era atravesado por el abrupto final del esquema de convertibilidad.

La portavoz de la Presidencia se encargó de advertir que el tan esperado índice de inflación no fue de dos dígitos “tal como algunos habían advertido de manera temerosa”. Resulta increíble que el Gobierno festeje esta marginalidad dentro de un contexto de absoluto fracaso en lo que ellos mismos se atrevieron a titular como la “guerra contra la inflación”.

La política no ha estado a la altura de las circunstancias desde hace mucho tiempo. En materia inflacionaria se han escuchado frases que van desde “que haya un poquito de inflación no es malo” hasta “la emisión de dinero no genera inflación”. Si bien parecen frases dichas por gente ajena a la realidad argentina, lo cierto es que los autores de las mismas son sindicalistas y políticos de primera línea de nuestro país. Quienes dirigen los destinos de la Argentina parecen no comprender las razones del problema inflacionario que ellos mismos se encargaron de engendrar.

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El flamante Ministro de Economía parece haber intentado transmitir a los mercados cierto grado de entendimiento del problema: refirió entre sus primeras expresiones la necesidad de “ordenar el gasto” y de no recibir más asistencia del Banco Central. Con estos planteos uno podría llegar a deducir que Sergio Massa logra comprender que el déficit fiscal conlleva necesariamente a la emisión monetaria (en virtud de no disponer de acceso al crédito), la que indefectiblemente termina impactando en el nivel general de precios. Más allá del atino conceptual hay que preguntarse si efectivamente está convencido de lo que el mismo plantea, y de estarlo, si la política le permitirá hacer los cambios necesarios para cumplir con lo prometido (teniendo en cuenta que en el horizonte ya se puede observar el año electoral).

Incluso si el equipo económico logra controlar el gasto público y con ello logra también terminar con las asistencias del Banco Central (que hasta ahora lo obliga a emitir dinero para cubrir parte del gasto del Gobierno) la batalla inflacionaria lejos estará de ser ganada.

Hoy el BCRA tiene entre sus pasivos remunerados unos 7 billones de pesos ($7.000.000.000.000). Estos pesos “retenidos” dentro de las cuatro paredes del organismo no son más que el dinero que los bancos depositan en el Banco Central a cambio de una tasa de interés (hoy del 69,5% nominal anual): este dinero proviene de los ahorristas del sistema financiero, desde ya. Si en algún momento los ahorristas deciden no dejar más el dinero en sus bancos porque les surgen mejores opciones de inversión o de consumo (deciden comprarse bienes, cambiar sus pesos por dólares o refugiarse en algún otro activo), el BCRA deberá emitir estos pesos para devolvérselos a sus verdaderos dueños. Si esto en algún momento llega a ocurrir de manera masiva, el espiral inflacionario sería estrepitoso. Mientras tanto estos montos representados por Leliqs y Pases pagan una tasa de interés que hoy es de algo más el 96,8% efectivo anual. Se calcula que estos instrumentos pagarán intereses anuales por unos 6 billones de pesos y claro, el problema cada vez se hace más grande: estos pesos en algún momento verán la luz e impactarán en los precios. ¿Cuándo? Nadie lo sabe. Ya lo decía alguien por ahí: por ahora la codicia supera al pánico y no sabemos cuánto pueda durar eso.

Lo cierto es que Massa pretende encarar el problema fiscal con cierto convencimiento de su posible victoria tal vez sin tener demasiado en cuenta que su gran desafío va mucho más allá que un mero ajuste en las cuentas públicas: el Banco Central de la República Argentina es hoy la mejor promesa de inflación futura.

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Para tomar dimensión del desastre patrimonial que tiene el BCRA hace falta recordar solo un dato: hoy hay muchos más pesos retenidos en el mismo en forma de Leliqs y Pases que todo el dinero que existe en los bolsillos de la gente y sus cuentas bancarias. La bomba está encendida y la mecha parece ser demasiado corta.

Hasta que los gobiernos no encaren el problema inflacionario de manera integral solo nos dedicaremos a observar como los precios escalan de manera exponencial. La emisión siempre ha sido la herramienta política para hacer populismo, herramienta esta que hoy nos muestra su efecto más letal en cada uno de los bolsillos de los argentinos. Por desgracia el populismo sin recursos para dilapidar no es más que una terrible desgracia traducida en hambre, pobreza y subdesarrollo donde la inflación es la eterna compañía.

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Notas de Opinión

Los secretos de Sergio Massa y los últimos días de Miguel Pesce

El ministro estableció un buen vínculo con el FMI y la Casa Blanca. El presidente del Banco Central, jaqueado: los embates ocurren en las sesiones del equipo económico.

Miguel Pesce tiene rodeado el rancho. Su gestión está en el ojo de la tormenta y quieren que se vaya ahora. El titular del BCRA resiste. Este jueves se sacó el gusto: un maxi aumento de la tasas para enfrentar el 7,4% de inflación. Pero tendría los días contados. Cristina lo trata en el Senado de “pelotudo” y Axel Kicillof lo acusa de “dilapidar” las reservas. Ambos empujan su salida. Cristina está a los gritos: “¡Se tiene que ir ya!”.

El dúo habla como si no tuvieran responsabilidad en el descalabro. Los ataques de Cristina activaron el derrape y las ideas de Axel, la desconfianza. Sergio Massa mira para otro lado: “Yo por ahora, mudo”. Lo dijo frente a sus íntimos. No quiere líos políticos con Alberto –el único apoyo de Pesce-, pero ya hubo dos peloteras fuertes entre Massa y Pesce.

Massa lo acusó de falta de profesionalismo para explicar la salida de reservas. El martes ardió otra pelea: a Massa lo irritó la declaración sobre la utilización del swap chino. Lisandro Cleri y Eduardo Setti le tiran munición gruesa por el inadecuado manejo de la mesa de dinero. Cleri lo lapida: “Fueron un desastre”.

Los embates ocurren en las sesiones del equipo económico. Ahí se reparten culpas por igual contra Pesce y Martín Guzmán. Massa afirmó: “Guzmán mintió y nos engaño a todos”. Ahora Massa le recomienda a empresarios y banqueros: “Hablen con Cleri”. Cleri es el actual vice del BCRA. El ministro ya no discute del tema con Alberto. Ya fue motivo de una dura controversia cuando se produjeron los cambios. Massa –hace dos semanas– pidió la cabeza de Pesce: “Está desgastado”. Alberto contragolpeó: “Miguel es mi hombre de confianza”.

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Pesce integró el equipo íntimo de seis funcionarios que acompañaron en soledad a Alberto a negociar el ingreso de Massa al Gabinete. Entregar su cabeza hubiera sido un signo de mayor debilidad.

Miguel Pesce tendría los días contados como presidente del Banco Central. Foto Télam

Miguel Pesce tendría los días contados como presidente del Banco Central. Foto Télam

Esos días pasó de todo. La noche del miércoles 27 de julio hubo una reunión heavy en Olivos. Estaba ya el rumor del inminente desembarco de Massa y Alberto lo desmintió frente a sus íntimos: “Ni loco voy a nombrar a Sergio. Se va a querer quedar con todo el gobierno”. Entre otros, lo escuchó Gustavo Beliz. Al día siguiente Alberto hizo lo contrario y Beliz explotó: “Me tiene podrido”.

Ahora la situación de Pesce no está saldada. Massa espera, igual, confiado: el 23 de septiembre –en 40 días- termina el mandato legal de Pesce y nadie moverá un dedo para que continúe en el BCRA. También se van otros tres directores.

El ministro de Economía tiene varios frentes abiertos. El primero es político. El propio Roberto Lavagna se lo dijo en una cena secreta a Alberto. Eran los últimos días de Martín Guzmán. El ex-ministro afirmó: “El problema es político y no económico. Yo pondría a Sergio en Economía”.

Massa deberá superar dos embates fuertes. Primero, de los sectores duros que lidera Mauricio Macri. El ex presidente propicia que Massa “no haga pie”. Para Macri, es una chance de revindicar su mala gestión y a la vez terminar con Alberto. Desde ese sector político se “fogonea” la crisis y la hecatombe política.

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Macri estuvo el martes en una cena con el equipo de Evolución de Martín Lousteau y ahí sus colaboradores se pavonearon de que fue el autor intelectual de los ataques de Elisa Carrió. Algo difícil de creer. Pero el principal problema lo tiene el Frente de Todos, con una interna en ebullición que todo destruye. Massa logró ya cierta “pax”. No los une el amor sino el espanto del abismo económico.

Pero ese acuerdo, por ahora, es delicado y temporal. La relación entre Cristina y Alberto está en su peor momento. Entre ambos existen odios, desprecios , insultos y una absoluta desconfianza. Cristina dice que le torció el brazo al Presidente y que fue autora de la movida política. En verdad, en noviembre pasado Máximo fue el primero que habló de la operación “Massa ministro”.

La vice acusa al Presidente por sus sofocones judiciales. Así lo dice: “Alberto no movió un dedo. Incumplió el pacto”.

El espurio acuerdo consistiría en lo siguiente: Cristina hacía presidente a Alberto y Alberto la ayudaba para cerrar sus causas por corrupción. Cristina atraviesa un momento difícil. Diego Luciani dejó al descubierto la trama de la corrupción kirchnerista.

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La vice enfureció, pero en la Corte Suprema insisten con una cuestión central: Cristina descalifica a la Justicia, porque no puede responder, ni desacreditar ninguna de las graves acusaciones.

Al inicio de julio, la vice vetó el nombramiento de Massa. Fue el fin de semana de la explosiva renuncia de Guzmán. Esa noche, la vice le dijo a Alberto: “¿Vos confiás en Sergio?” y todo se frenó. Un mes después terminó cediendo e impulsando al propio Massa: esa falta de olfato político le costó al BCRA perder en julio US$ 1.275 millones.

Cristina cree que podrá sortear los costos del ajuste y que -si las cosas van mal- el descrédito político lo pagarán Massa y Alberto. Se trata de una ilusión fruto de la pérdida de su sagacidad política: Cristina será la máxima responsable, si las cosas explotan, porque es la jefa del FdT.

La vice estableció un puente funcional con Massa: Axel es el interlocutor directo y operativo con el Palacio de Hacienda. Hasta ahora, Kicillof se está “tragando sapos” y aceptando todo lo que le cuestionaba a Guzmán. Primero, las consultas a Daniel Marx.

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Cristina Kirchner puso a Axel Kicillof como interlocutor directo y operativo con Sergio Massa. Foto Maxi Failla

Cristina Kirchner puso a Axel Kicillof como interlocutor directo y operativo con Sergio Massa. Foto Maxi Failla

El tarifazo es sustancialmente mayor al que Axel frenaba. Massa se ufanó en la intimidad: “En un día bajé los subsidios en un 1% del PBI”. El ministro estableció un buen vínculo con el FMI. La amable carta de Kristalina Georgieva reflejó ese onda. Pero eso no garantiza nada.

El vínculo con Estados Unidos

En Washington le otorgan a Massa una virtud: creen que lo que se acuerde con él, se va a cumplir. El ministro es el político oficialista de mejor vínculo con la Casa Blanca. Viaja a la brevedad. Georgieva, además, consideraba que la dupla Alberto-Batakis era muy endeble. Afirmaba que la ex ministra no tenía fuerza para instrumentar el ajuste que prometía.

Para el FMI, Massa tiene un fuerte volumen político y logró el apoyo de Cristina. En Washington se habla de la salida de Sergio Chodos del FMI. Kicillof sugirió a Augusto Costa como viceministro. No avanzó.

El blooper de Gabriel Rubinstein abrió una secuela y refleja problemas operativos que tiene el equipo económico. Los exportadores de soja, petróleo y minería dicen que Economía demora y piden que concrete las resoluciones para liquidar dólares.

También hay líderes empresarios calientes: dicen que los llaman para hacer un acuerdo de precios y salarios, y -por otro lado- les meten la mano en el bolsillo con el tributo a Ganancias. El nombre de Rubinstein lo sugirió Leonardo Madcur. Pero Economía no hizo lo elemental: revisar su historial y chequear sus redes sociales. Habló con Massa, pero su nombramiento estaría caído.

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También el ministro conversó con Marina Dal Poggetto. Emmanuel Alvarez Agis dialoga con el ministro y sugiere ideas. Pero no quiere un cargo público y tampoco Cristina lo banca: desconfía y cuestiona sus apoyos de empresarios como Marcelo Mindlin. Por eso, ahora el candidato sería Martin Rapetti, el ex titular de CIPPEC. Integra el círculo de economistas de Massa.

El ministro tiene en observación a YPF. Este jueves estuvo en Neuquén. En la petrolera de La Cámpora hay un escándalo oculto de proporciones: la salida de Sergio Affronti estaría vinculada a una denuncia por favoritismos en el otorgamiento de cupos de exportación.

 

Columna publicada originalmente en Clarín.

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Notas de Opinión

Lilita contra todos, menos contra Macri

El ataque de Carrió a dirigentes de Juntos por el Cambio pone en riesgo la unidad opositora y lastima a Larreta, Bullrich y la UCR. Y muestra una estrategia que beneficia el ex presidente y a Massa

Columna publicada originalmente en Infobae

Lillita Carrió es tal vez el personaje más querible de Juntos por el Cambio. Nadie puede negar su inteligencia. Es culta, es valiente, tiene historia política y en la coalición opositora siempre han celebrado su capacidad de decir las cosas que otros callan, aunque a veces duelan. Se puede abrazar con María Eugenia Vidal, con Horacio Rodríguez Larreta o con Alfonso Prat-Gay. Y es quien se ha atrevido a pedirle a Mauricio Macri que tomara distancia de la figura de su padre Franco allá por febrero de 2016, cuando la causa por el pronto pago de la deuda estatal de Correo Argentino al grupo empresario familiar puso al entonces presidente contra las cuerdas. Macri sorprendió al hacerle caso a Carrió, dar marcha atrás con la medida y escapar del entuerto.

El problema es que Carrió parece haber dejado de ser Lilita para la mayoría de los dirigentes de la coalición opositora. Cada vez que retoma la práctica de los ataques a diestra y siniestra, que hasta hace algunos años podían resultar pintorescos, son muchos más los que se enojan. Y ahora acaba de cruzar una línea de Capricornio que convocó al hartazgo de casi todos.

Lilita enhebró entrevistas a Joaquín Morales Solá, a Jorge Lanata y a María Laura Santillán con algunos tuits para sugerir que Gerardo Morales, Facundo Manes, Cristián Ritondo, Emilio Monzó y Rogelio Frigerio tenían relaciones peligrosas con Sergio Massa. Se trata del funcionario bajo fuego al que acudió Cristina Kirchner para tratar de evitar la debacle del gobierno exánime de Alberto Fernández. “Si quieren me retiro, pero no voy a mentir”, se victimizó Carrió cuando vio la magnitud del daño. A un año de las elecciones presidenciales, esta vez no la perdonaron.

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Salieron casi todos en línea y en simultáneo a responderle. Cada uno a su estilo. “El límite son los agravios”, tiró un balde de agua para apagar el incendio Rodríguez Larreta, tratando de dejar a salvo el vínculo con Lilita. “Basta Carrió”, fue el tuit electrizante de Patricia Bullrich, celebrado por alguno de los que la acompañan en su carrera de candidata. Y Morales prefirió la formalidad del comunicado de la UCR, el partido que preside y en el que se encolumnaron la mayoría de sus correligionarios.

A ninguno de ellos les pasó desapercibido el principal dato político de la andanada Carrió. No hubo ataque y, por lo tanto, no hubo respuesta alguna de Mauricio Macri. Es más. La propia Lilita en sus críticas se preocupó en señalar que ya le había anticipado al ex presidente lo que iba a decir. Va quedando en claro que, en este momento en el que se define quien va ser el candidato presidencial que enfrente al kirchnerismo, Carrió y Macri confluyen en la tormenta de una estrategia común.

A Rodríguez Larreta le perdonó un poco más la vida. Dijo que sabe que el jefe del gobierno porteño es amigo de Massa (como si eso fuera un delito), pero que no hicieron negocios juntos. Así de corrosivo. Tienen diálogos frecuentes, aunque está visto que ese contacto de Horacio no alcanza para evitar que ella apunte contra sus posibilidades de convertirse en candidato presidencial.

La cosa tampoco ha quedado bien con Bullrich. Carrió le disparó a uno de sus dirigentes de mayor confianza (el ex secretario de seguridad, Gerardo Milman), y la presidenta del PRO fue la que contraatacó con la respuesta más dura. “Hay que terminar con eso de tenerle miedo a Carrió”, provocó en las redes sociales.

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El caso de Frigerio es el que quizás generó más asombro en la interna caliente del frente opositor. Lo atacó con cuestiones personales que ni siquiera utilizan sus adversarios del peronismo. “Rogelio tiene 60% de intención de voto y va a ser seguramente el próximo gobernador de Entre Ríos; y justo lo mata Lilita que hace años que solo nos trae conflictos”, se lamenta un dirigente que tiene más cercanía con la fundadora de la Coalición Cívica que con el diputado de apellido y herencia desarrollista.

El bumerán de los archivos

El arma mortal de Lilita es la cercanía a Massa. Con esa vara intenta medir la honestidad o no de los dirigentes con los que integra Juntos por el Cambio. Y se dirige, sobre todo, a Rodríguez Larreta, a Vidal y a los que acompañaron a la ex gobernadora como funcionarios. Carrió no hace mención en cambio al acuerdo que Macri concertó con Massa en 2013, para que uno llevara lista de candidatos solo en la Ciudad y el otro lo hiciera solo en el distrito bonaerense. Aquel “voto útil” del PRO y el Frente Renovador los convirtió a los dos en ganadores de esa elección, y luego en adversarios para la presidencial de 2015.

El comienzo de Macri como presidente lo mostró muy cerca de Massa, tanto que lo llevó como integrante de la oposición al Foro Económico de Davos en Suiza. Pero las maniobras del ahora ministro de Economía en el Congreso contra el gobierno macrista rompieron aquella relación y le ganaron el apodo de “ventajita”, que el ex presidente le colgó y al que hoy sigue echando mano.

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La pureza partidaria o ideológica de los dirigentes argentinos hace tiempo que se ha transformado en una utopía, a la que se acostumbró una sociedad pendiente de urgencias mayores. La misma Carrió, en 2003, fue la artífice política en alianza con el recién asumido Néstor Kirchner, de la victoria del frepasista Aníbal Ibarra en la ciudad de Buenos Aires. Y el derrotado en esa ocasión no fue otro que Mauricio Macri. Los archivos son una trampa cruel que ningún dirigente debe detenerse a observar.

Lo cierto es que hay dos grandes ganadores del terremoto con el que Carrió hizo tambalear la unidad de Juntos por el Cambio. El triunfador interno es Mauricio Macri, quien viene siendo elogiado por Lilita en los últimos meses. Y el otro es, paradójicamente, el propio Massa, a quien la explosión de la interna opositora ante la opinión pública le dio una bocanada de oxígeno frente a las enormes complicaciones en el inicio de su gestión en Economía.

El raquitismo de dólares en el Banco Central y la inflación, que este jueves volverá al primer plano con las cifras impiadosas del Indec para el mes de julio, son los dos desafíos más urgentes de los muchos que tiene Massa en el horizonte inmediato. “Lilita es la única que nos dio una alegría en estos días”, ironizaba uno de los funcionarios que acompaña al ministro peronista en lo que probablemente sea el último intento de recomposición para el gobierno desconcertante de Alberto y de Cristina Kirchner.

Para Juntos por el Cambio, queda ahora la tarea incierta de recrear el clima de unidad indispensable para pelear con posibilidades la presidencia el año próximo. Este viernes le toca al PRO evaluar los daños que las palabras de Carrió le han provocado al ya muy golpeado equilibrio opositor. En un restaurante porteño, como lo hacen mes a mes, estarán si nadie falta Macri, Bullrich, Vidal, Ritondo, más otros dirigentes importantes que no cayeron en la redada de Lilita como Diego Santilli, Fernando de Andreis, Humberto Schiavoni y Federico Pinedo. Nadie duda sobre cuál será el tema principal de las discusiones desde la entrada hasta el postre y el café final.

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A los radicales también los desvela el bombardeo de Carrió. Los dirigentes de la UCR ensayan sus propios movimientos para ir posicionándose en la interna decisiva del año próximo. Morales, Manes y el mendocino Alfredo Cornejo siguen enarbolando sus proyectos presidenciales. El gobernador de Jujuy, enfrentado a Macri, viene conectando más seguido con Rodríguez Larreta. Manes le dedica un hemisferio de su cerebro a escuchar la promesa de lanzamiento del gobernador cordobés, Juan Schiaretti, y Cornejo acompañó la semana pasada a Patricia Bullrich en una recorrida por La Matanza, tan lejos de los Andes.

Algunos de los dirigentes agredidos por Carrió creen que la expansividad de la bomba de Lilita los beneficia y terminará por unificar la estrategia de la mayoría, pese a estar enfrentados por la mochila de los proyectos personales en el horizonte electoral.

A Juntos por el Cambio lo atraviesa un dilema de compleja solución. Necesita desesperadamente de la unidad interna para llegar a la Casa Rosada. Y tiene tantos candidatos con expectativas que esa diversidad sin liderazgo a la vista es la mayor amenaza para lograr esa unidad imprescindible. La abundancia de los egos, de las que alguna vez habló Macri.

Hablando de egos, en una crónica reciente que el periodista Bernardo Vázquez escribió en Clarín, el ex presidente se muestra dando definiciones ante sus ex compañeros del Colegio Cardenal Newman. La más ilustrativa de todas ellas es cuando, ante la consulta de si volverá a ser candidato presidencial, Macri elude la contundencia con un acertijo para propios y extraños. “A veces tengo ganas, y a veces no”, responde. Es de libre interpretación.

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Macri ha jugado en el pasado con esa indolencia, más frecuente en los intelectuales puros que en los hombres y mujeres de Estado. Ha sido criticado por aquella revelación desafortunada de irse a la cama a ver series de televisión al final del atardecer cuando lo angustiaban las adversidades ocurridas en el poder.

La evaluación de sus cuatro años de gestión, sin embargo, pueden resumirse en ese concepto arrojado al aire ante la cofradía del Cardenal Newman. El Macri gobernante dio la sensación en varias oportunidades de que a veces ejercía su gestión con ganas, y que tantas otras lo hacía sin ese combustible esencial.

Es una lección y una invitación al aprendizaje para los Larretas, las Bullrich, los Manes y los Morales que intenten heredar el mismo espacio que Macri ocupó cuatro años sin poder lograr la reelección. Y una lección para él mismo si cede a la tentación del regreso. La misma que envolvió en una imagen de decadencia final a Juan Perón, a Carlos Menem y en la que, país de egos indómitos, también parece querer enredarse Cristina Kirchner.

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