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Notas de Opinión

El juego que juega Massa: jefe de un Gabinete de 12 ministros

Con la aceleración de la crisis, el presidente de la Cámara de Diputados vuelve a sonar para una gran reestructuración del golpeado equipo de Alberto Fernández

Columna de opinión publicada originalmente en Infobae

 

Sergio Massa mira y se siente tan, pero tan lejos de la Argentina. Un oficial del Ejército alemán lo guía hacia un helicóptero que lo llevará desde el aeropuerto de Munich hasta el Castillo de Elmau, una joya arquitectónica que ahora es un hotel ecológico de lujo sobre la verde ladera de los Alpes Bávaros. Muy cerquita de la frontera con Austria. Son tiempos de guerra, se da cuenta Massa, por las medidas de seguridad y por lo que escucha en Europa. Ya le ayudan a subir al Sikorsky CH-53 Sea Stallion, un gigante de 27 metros de largo preparado para transportar marines. Vuelan a 300 kilómetros por hora por el sur de Alemania.

La Cámara de Diputados, que preside desde 2019, está muy lejos. Igual de lejos que la inflación, el dólar que no para de subir, los bonos argentinos que caen picada y la presión de Cristina Kirchner, que no cede siquiera cuando Alberto Fernández está en Europa para asistir a la Cumbre del Grupo de los 7, la de los países más poderosos del planeta. Todo lo contrario. La presión aumenta día tras día, hora tras hora. Y la Vicepresidenta aprovecha la ausencia del hombre al que hizo presidente con un video en Youtube para desangrarlo desde su teléfono celular.

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Cristina habla con algunos ministros (con pocos), habla con los sindicalistas (con muchos), habla con senadores, con diputados y, como se ha popularizado, habla también con economistas que no son del palo. Hasta hace dos semanas, su frontera con el neoliberalismo era Martín Redrado. Luego surgió la conmoción por sus tres horas de charla con Carlos Melconian. Los límites ideológicos se estiran cuando sopla el viento de la adversidad. Ninguno de los dos le dice cosas agradables sobre lo que está sucediendo en el país. Con ellos se preocupó, especialmente, en chequear la caída de las reservas monetarias en el Banco Central.

Con los números que le detalla Redrado, Cristina aprovecha para presionar en público e insultar en privado a Miguel Pesce. Le bastó decir en una tribuna que había que frenar el “festival de importaciones” para que el Gobierno ajustara el cepo y obligara a las empresas a pagar los insumos con sus propios dólares.

El resultado tardó apenas veinticuatro horas en aparecer. La desconfianza de los mercados se tornó exponencial. El dólar blue le apuntó a los $240 y el riesgo país a los 2.500 puntos básicos. La Argentina volvió a transitar entonces ese camino tan conocido. El de la incertidumbre financiera y el de las versiones de cambios para frenar la crisis. El ministro Martín Guzmán y el presidente del Central, Pesce, encabezan todas las apuestas de salidas futuras en el golpeado gabinete de Alberto Fernández.

Guzmán-Pesce

Entonces la película ya espoileada de la Argentina en crisis vuelve a Massa dentro del helicóptero. El jefe de los Diputados y el tercero en la sucesión del poder observa fascinado el poderío militar de las potencias del mundo, pero su cabeza está a doce mil kilómetros, del otro lado del Atlántico. No deja de pensar en lo que le pidió un gobernador, uno de los diecisiete que tiene el peronismo, quienes acaban de firmar un documento en el Chaco para reclamar que los escuchen. Que los escuche Massa y, sobre todo, que los escuche Cristina. ¿El Presidente? Bien gracias.

—Sergio, fijate bien el punto de las decisiones. Aprovechá el viaje y decile Alberto que las cosas tienen que cambiar…

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El comunicado de los gobernadores peronistas empezaba diciendo que las provincias eran “preexistentes” a la Nación y que por eso exigían ser “partícipes de las decisiones que nos afecten”. Una declaración de federalismo para presionar al Presidente. Y un listado de críticas a la situación actual donde se destacan el reclamo por la falta de gasoil en las provincias, por la cantidad de planes que suman los grupos piqueteros y por la falta de resultados económicos de la dupla Guzmán-Pesce.

El documento de los gobernadores peronistas, hay que decirlo, recoge la mayoría de los reclamos que también hace Cristina. La Vicepresidenta lleva 15 años llevando de la nariz al peronismo y nunca hubo hubo un solo gobernador que la enfrentara en forma directa. No todos los barones provinciales del PJ sufrieron Covid en estos años, pero todos comparten el Síndrome de Estocolmo.

Quizás por eso, porque la enfrentó a Cristina en 2013 y le ganó las elecciones legislativas aliado tácticamente a Mauricio Macri, Massa se sostiene un peldaño más arriba que los gobernadores. Por eso, era el depositario del mensaje para conversarlo con el Presidente. Porque sigue teniendo ese diálogo fluido con todos. Más allá del texto algo leguleyo del documento, lo que los mandatarios del PJ le pidieron a Massa es que Alberto Fernández reaccione antes que sea tarde y reestructure el gabinete para oxigenarlo un poco y llegar “como sea” al final de su gestión.

No es una misión fácil. La semana anterior, Massa ya había ido con el mismo propósito a Washington, acompañando a Alberto a la Cumbre de las Américas. Allí hablaron de “repensar el gobierno” y de darle una perspectiva hacia adelante. Pero las charlas sobre el futuro inmediato de la Argentina no le sirvieron de gran cosa. El Presidente había reemplazado a Matías Kulfas en el ministerio de la Producción por Daniel Scioli. El hiperquinético candidato permanente que, además, se convierte en un temible adversario para Massa en la lejana carrera presidencial y en el territorio bonaerense, hoy en manos del kirchnerismo.

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Massa había difundido periodísticamente su enojo por la designación de Scioli, y hasta amenazó con alejarse del Frente de Todos y retomar la SRL del Frente Renovador, con la que había llegado a ser un candidato presidencial expectante. Una amenaza que ni los albertistas ni el kirchnerismo toman demasiado en serio. “Sergio tiene demasiada gente adentro para irse de la coalición en un arrebato”, coinciden, por única vez.

Además de la Cámara de Diputados, Massa tiene a Alexis Guerrera en el ministerio de Transporte, a su esposa, Malena Galmarini, al frente de AYSA, a varios funcionarios en otros espacios estratégicos y ahora a Guillermo Michel como titular de la Aduana. Una compensación del Presidente por la sorpresa de Scioli. No es una estructura extraordinaria, pero sí suficiente para que en el massismo no prevalezca todavía la idea de abandonar precipitadamente el barco que le apunta a los témpanos.

“El único bombero que nos queda”

Lo que sí ha retomado Massa con Alberto en Alemania es la necesidad de oxigenar el gabinete para llegar al puente demasiado lejos del verano próximo. El titular de la Cámara baja ha llegado a la conclusión, y en esa idea lo acompaña la mayoría del peronismo, de que el equipo de gobierno no solo necesita un cambio de aire en el ministerio de Economía y el Banco Central.

Massa cree que se impone una gran reestructuración del gabinete. El cambio debería atender las demandas de achicamiento del gasto que crece en la sociedad, y alumbrar un equipo renovado y fortalecido de no más de doce ministros. Con figuras fuertes en las áreas principales, y dirigentes más ejecutivos en las segundas líneas de las secretarías de Estado.

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La incógnita es qué lugar ocuparía Massa en semejante esquema. Hace ya varios meses que las versiones lo ubican como eventual ministro de Economía, pero él les ha dicho a sus colaboradores que lo que necesita el Gobierno es que todas las áreas de la economía estén unificadas. Y que esa integración de las funciones sólo se puede realizar desde la Jefatura de Gabinete.

Allí es donde surgen los problemas. Primero, porque una de las áreas económicas es el ministerio de la Producción, donde ya está afincado Scioli con su hiperactividad acostumbrada que en apenas un mes de gestión lo ha llevado a visitar fábricas de zapatos, parques industriales en el conurbano y la planta marplatense de alfajores Havanna. La pulseada entre Massa y Scioli es un playoff con tickets reservados en todo el peronismo.

La otra complicación es que el jefe de Gabinete jamás ha mostrado intenciones de dejar su cargo. Es cierto que el tucumano Juan Manzur entró al equipo de Alberto con una enjundia notable que lo mostraba en la Casa Rosada a las siete de la mañana, poco antes que los mozos y mucho antes que el Presidente. Pero aquel entusiasmo se disipó con los meses y con la sumatoria de escándalos para el Gobierno durante el COVID-19.

Manzur tiene un ojo siempre alerta en la situación de Tucumán, donde está de licencia como gobernador, y pese al bajón del oficialismo no resigna la chance de competir por la candidatura presidencial en 2023. Ha conversado con la vicegobernadora bonaerense, la matancera Verónica Magario, para sondearla como una posible candidata a vice. Y hay hasta quienes creen que él mismo podría secundar a Cristina si ella decide competir otra vez por la Presidencia, como lo está evaluando si Lula llegara a ganar en las elecciones de Brasil. Hay que reconocer que el peronismo carece de muchas cosas, pero no de imaginación.

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De todos modos, el mayor inconveniente para un upgrade de Massa en el Gobierno es, como para todos los peronistas, el impiadoso papel de controller que ejerce CFK día por día. La red que el kirchnerismo mantiene en el área de energía se ha mostrado inexpugnable y ni Alberto Fernández ni el ministro Guzmán han podido cambiar a sus funcionarios ni determinar allí ninguna política de Estado. Cuesta imaginar un empoderamiento de Massa sin un acuerdo político que extienda la conexión que ya tiene con la Vicepresidenta y con Máximo Kirchner.

Entre sus amigos, están los que le recomiendan a Massa quedarse en la Cámara de Diputados a mirar desde el puerto como el barco del Frente de Todos enfrenta las olas de quince de metros. La experiencia dentro de la coalición le dio una cuota innegable de poder real, pero su imagen negativa hoy tiene niveles parecidos a los que hunden a Cristina y a Alberto Fernández. Y un año parece poco tiempo para recuperarse.

Como todo lo que sucede con el Presidente, Massa no sabe aún qué impacto le causaron sus sugerencias de reestructurar a fondo el gabinete y reducirlo a menos ministerios para ponerse más a tiro de las expectativas de una sociedad agobiada por la tremenda ineficacia que los economistas llaman mala praxis. “Sergio es el bombero para apagar el incendio; el único que nos queda”, dice un gobernador peronista. Y amaga una sonrisa.

Vista la urgencia del país en llamas, del dólar volando, de la inflación sin freno y de los camioneros sin gasoil, Massa creyó que podrían evaluar las alternativas apenas aterrizaran en Buenos Aires. Pero el Presidente cambió de planes y se fue a Jujuy para ensayar una operación de marketing visitando a Milagro Sala, condenada por violencia y corrupción, con prisión domiciliaria y una trombosis que obligó a internarla en una clínica jujeña. Hubo foto, abrazo y amplio dispositivo mediático.

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El mundo al que suele escaparse Alberto Fernández parece mucho más apacible, bucólico y paradisíaco que el carrousel descontrolado que sufren sin remedio la mayoría de los argentinos. Le pasa como al Principito o como a Alicia en el país de las maravillas. Dos criaturas entrañables de ficción, pero a las que nadie había votado para ser presidente.

Notas de Opinión

Los secretos de Sergio Massa y los últimos días de Miguel Pesce

El ministro estableció un buen vínculo con el FMI y la Casa Blanca. El presidente del Banco Central, jaqueado: los embates ocurren en las sesiones del equipo económico.

Miguel Pesce tiene rodeado el rancho. Su gestión está en el ojo de la tormenta y quieren que se vaya ahora. El titular del BCRA resiste. Este jueves se sacó el gusto: un maxi aumento de la tasas para enfrentar el 7,4% de inflación. Pero tendría los días contados. Cristina lo trata en el Senado de “pelotudo” y Axel Kicillof lo acusa de “dilapidar” las reservas. Ambos empujan su salida. Cristina está a los gritos: “¡Se tiene que ir ya!”.

El dúo habla como si no tuvieran responsabilidad en el descalabro. Los ataques de Cristina activaron el derrape y las ideas de Axel, la desconfianza. Sergio Massa mira para otro lado: “Yo por ahora, mudo”. Lo dijo frente a sus íntimos. No quiere líos políticos con Alberto –el único apoyo de Pesce-, pero ya hubo dos peloteras fuertes entre Massa y Pesce.

Massa lo acusó de falta de profesionalismo para explicar la salida de reservas. El martes ardió otra pelea: a Massa lo irritó la declaración sobre la utilización del swap chino. Lisandro Cleri y Eduardo Setti le tiran munición gruesa por el inadecuado manejo de la mesa de dinero. Cleri lo lapida: “Fueron un desastre”.

Los embates ocurren en las sesiones del equipo económico. Ahí se reparten culpas por igual contra Pesce y Martín Guzmán. Massa afirmó: “Guzmán mintió y nos engaño a todos”. Ahora Massa le recomienda a empresarios y banqueros: “Hablen con Cleri”. Cleri es el actual vice del BCRA. El ministro ya no discute del tema con Alberto. Ya fue motivo de una dura controversia cuando se produjeron los cambios. Massa –hace dos semanas– pidió la cabeza de Pesce: “Está desgastado”. Alberto contragolpeó: “Miguel es mi hombre de confianza”.

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Pesce integró el equipo íntimo de seis funcionarios que acompañaron en soledad a Alberto a negociar el ingreso de Massa al Gabinete. Entregar su cabeza hubiera sido un signo de mayor debilidad.

Miguel Pesce tendría los días contados como presidente del Banco Central. Foto Télam

Miguel Pesce tendría los días contados como presidente del Banco Central. Foto Télam

Esos días pasó de todo. La noche del miércoles 27 de julio hubo una reunión heavy en Olivos. Estaba ya el rumor del inminente desembarco de Massa y Alberto lo desmintió frente a sus íntimos: “Ni loco voy a nombrar a Sergio. Se va a querer quedar con todo el gobierno”. Entre otros, lo escuchó Gustavo Beliz. Al día siguiente Alberto hizo lo contrario y Beliz explotó: “Me tiene podrido”.

Ahora la situación de Pesce no está saldada. Massa espera, igual, confiado: el 23 de septiembre –en 40 días- termina el mandato legal de Pesce y nadie moverá un dedo para que continúe en el BCRA. También se van otros tres directores.

El ministro de Economía tiene varios frentes abiertos. El primero es político. El propio Roberto Lavagna se lo dijo en una cena secreta a Alberto. Eran los últimos días de Martín Guzmán. El ex-ministro afirmó: “El problema es político y no económico. Yo pondría a Sergio en Economía”.

Massa deberá superar dos embates fuertes. Primero, de los sectores duros que lidera Mauricio Macri. El ex presidente propicia que Massa “no haga pie”. Para Macri, es una chance de revindicar su mala gestión y a la vez terminar con Alberto. Desde ese sector político se “fogonea” la crisis y la hecatombe política.

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Macri estuvo el martes en una cena con el equipo de Evolución de Martín Lousteau y ahí sus colaboradores se pavonearon de que fue el autor intelectual de los ataques de Elisa Carrió. Algo difícil de creer. Pero el principal problema lo tiene el Frente de Todos, con una interna en ebullición que todo destruye. Massa logró ya cierta “pax”. No los une el amor sino el espanto del abismo económico.

Pero ese acuerdo, por ahora, es delicado y temporal. La relación entre Cristina y Alberto está en su peor momento. Entre ambos existen odios, desprecios , insultos y una absoluta desconfianza. Cristina dice que le torció el brazo al Presidente y que fue autora de la movida política. En verdad, en noviembre pasado Máximo fue el primero que habló de la operación “Massa ministro”.

La vice acusa al Presidente por sus sofocones judiciales. Así lo dice: “Alberto no movió un dedo. Incumplió el pacto”.

El espurio acuerdo consistiría en lo siguiente: Cristina hacía presidente a Alberto y Alberto la ayudaba para cerrar sus causas por corrupción. Cristina atraviesa un momento difícil. Diego Luciani dejó al descubierto la trama de la corrupción kirchnerista.

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La vice enfureció, pero en la Corte Suprema insisten con una cuestión central: Cristina descalifica a la Justicia, porque no puede responder, ni desacreditar ninguna de las graves acusaciones.

Al inicio de julio, la vice vetó el nombramiento de Massa. Fue el fin de semana de la explosiva renuncia de Guzmán. Esa noche, la vice le dijo a Alberto: “¿Vos confiás en Sergio?” y todo se frenó. Un mes después terminó cediendo e impulsando al propio Massa: esa falta de olfato político le costó al BCRA perder en julio US$ 1.275 millones.

Cristina cree que podrá sortear los costos del ajuste y que -si las cosas van mal- el descrédito político lo pagarán Massa y Alberto. Se trata de una ilusión fruto de la pérdida de su sagacidad política: Cristina será la máxima responsable, si las cosas explotan, porque es la jefa del FdT.

La vice estableció un puente funcional con Massa: Axel es el interlocutor directo y operativo con el Palacio de Hacienda. Hasta ahora, Kicillof se está “tragando sapos” y aceptando todo lo que le cuestionaba a Guzmán. Primero, las consultas a Daniel Marx.

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Cristina Kirchner puso a Axel Kicillof como interlocutor directo y operativo con Sergio Massa. Foto Maxi Failla

Cristina Kirchner puso a Axel Kicillof como interlocutor directo y operativo con Sergio Massa. Foto Maxi Failla

El tarifazo es sustancialmente mayor al que Axel frenaba. Massa se ufanó en la intimidad: “En un día bajé los subsidios en un 1% del PBI”. El ministro estableció un buen vínculo con el FMI. La amable carta de Kristalina Georgieva reflejó ese onda. Pero eso no garantiza nada.

El vínculo con Estados Unidos

En Washington le otorgan a Massa una virtud: creen que lo que se acuerde con él, se va a cumplir. El ministro es el político oficialista de mejor vínculo con la Casa Blanca. Viaja a la brevedad. Georgieva, además, consideraba que la dupla Alberto-Batakis era muy endeble. Afirmaba que la ex ministra no tenía fuerza para instrumentar el ajuste que prometía.

Para el FMI, Massa tiene un fuerte volumen político y logró el apoyo de Cristina. En Washington se habla de la salida de Sergio Chodos del FMI. Kicillof sugirió a Augusto Costa como viceministro. No avanzó.

El blooper de Gabriel Rubinstein abrió una secuela y refleja problemas operativos que tiene el equipo económico. Los exportadores de soja, petróleo y minería dicen que Economía demora y piden que concrete las resoluciones para liquidar dólares.

También hay líderes empresarios calientes: dicen que los llaman para hacer un acuerdo de precios y salarios, y -por otro lado- les meten la mano en el bolsillo con el tributo a Ganancias. El nombre de Rubinstein lo sugirió Leonardo Madcur. Pero Economía no hizo lo elemental: revisar su historial y chequear sus redes sociales. Habló con Massa, pero su nombramiento estaría caído.

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También el ministro conversó con Marina Dal Poggetto. Emmanuel Alvarez Agis dialoga con el ministro y sugiere ideas. Pero no quiere un cargo público y tampoco Cristina lo banca: desconfía y cuestiona sus apoyos de empresarios como Marcelo Mindlin. Por eso, ahora el candidato sería Martin Rapetti, el ex titular de CIPPEC. Integra el círculo de economistas de Massa.

El ministro tiene en observación a YPF. Este jueves estuvo en Neuquén. En la petrolera de La Cámpora hay un escándalo oculto de proporciones: la salida de Sergio Affronti estaría vinculada a una denuncia por favoritismos en el otorgamiento de cupos de exportación.

 

Columna publicada originalmente en Clarín.

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Notas de Opinión

Lilita contra todos, menos contra Macri

El ataque de Carrió a dirigentes de Juntos por el Cambio pone en riesgo la unidad opositora y lastima a Larreta, Bullrich y la UCR. Y muestra una estrategia que beneficia el ex presidente y a Massa

Columna publicada originalmente en Infobae

Lillita Carrió es tal vez el personaje más querible de Juntos por el Cambio. Nadie puede negar su inteligencia. Es culta, es valiente, tiene historia política y en la coalición opositora siempre han celebrado su capacidad de decir las cosas que otros callan, aunque a veces duelan. Se puede abrazar con María Eugenia Vidal, con Horacio Rodríguez Larreta o con Alfonso Prat-Gay. Y es quien se ha atrevido a pedirle a Mauricio Macri que tomara distancia de la figura de su padre Franco allá por febrero de 2016, cuando la causa por el pronto pago de la deuda estatal de Correo Argentino al grupo empresario familiar puso al entonces presidente contra las cuerdas. Macri sorprendió al hacerle caso a Carrió, dar marcha atrás con la medida y escapar del entuerto.

El problema es que Carrió parece haber dejado de ser Lilita para la mayoría de los dirigentes de la coalición opositora. Cada vez que retoma la práctica de los ataques a diestra y siniestra, que hasta hace algunos años podían resultar pintorescos, son muchos más los que se enojan. Y ahora acaba de cruzar una línea de Capricornio que convocó al hartazgo de casi todos.

Lilita enhebró entrevistas a Joaquín Morales Solá, a Jorge Lanata y a María Laura Santillán con algunos tuits para sugerir que Gerardo Morales, Facundo Manes, Cristián Ritondo, Emilio Monzó y Rogelio Frigerio tenían relaciones peligrosas con Sergio Massa. Se trata del funcionario bajo fuego al que acudió Cristina Kirchner para tratar de evitar la debacle del gobierno exánime de Alberto Fernández. “Si quieren me retiro, pero no voy a mentir”, se victimizó Carrió cuando vio la magnitud del daño. A un año de las elecciones presidenciales, esta vez no la perdonaron.

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Salieron casi todos en línea y en simultáneo a responderle. Cada uno a su estilo. “El límite son los agravios”, tiró un balde de agua para apagar el incendio Rodríguez Larreta, tratando de dejar a salvo el vínculo con Lilita. “Basta Carrió”, fue el tuit electrizante de Patricia Bullrich, celebrado por alguno de los que la acompañan en su carrera de candidata. Y Morales prefirió la formalidad del comunicado de la UCR, el partido que preside y en el que se encolumnaron la mayoría de sus correligionarios.

A ninguno de ellos les pasó desapercibido el principal dato político de la andanada Carrió. No hubo ataque y, por lo tanto, no hubo respuesta alguna de Mauricio Macri. Es más. La propia Lilita en sus críticas se preocupó en señalar que ya le había anticipado al ex presidente lo que iba a decir. Va quedando en claro que, en este momento en el que se define quien va ser el candidato presidencial que enfrente al kirchnerismo, Carrió y Macri confluyen en la tormenta de una estrategia común.

A Rodríguez Larreta le perdonó un poco más la vida. Dijo que sabe que el jefe del gobierno porteño es amigo de Massa (como si eso fuera un delito), pero que no hicieron negocios juntos. Así de corrosivo. Tienen diálogos frecuentes, aunque está visto que ese contacto de Horacio no alcanza para evitar que ella apunte contra sus posibilidades de convertirse en candidato presidencial.

La cosa tampoco ha quedado bien con Bullrich. Carrió le disparó a uno de sus dirigentes de mayor confianza (el ex secretario de seguridad, Gerardo Milman), y la presidenta del PRO fue la que contraatacó con la respuesta más dura. “Hay que terminar con eso de tenerle miedo a Carrió”, provocó en las redes sociales.

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El caso de Frigerio es el que quizás generó más asombro en la interna caliente del frente opositor. Lo atacó con cuestiones personales que ni siquiera utilizan sus adversarios del peronismo. “Rogelio tiene 60% de intención de voto y va a ser seguramente el próximo gobernador de Entre Ríos; y justo lo mata Lilita que hace años que solo nos trae conflictos”, se lamenta un dirigente que tiene más cercanía con la fundadora de la Coalición Cívica que con el diputado de apellido y herencia desarrollista.

El bumerán de los archivos

El arma mortal de Lilita es la cercanía a Massa. Con esa vara intenta medir la honestidad o no de los dirigentes con los que integra Juntos por el Cambio. Y se dirige, sobre todo, a Rodríguez Larreta, a Vidal y a los que acompañaron a la ex gobernadora como funcionarios. Carrió no hace mención en cambio al acuerdo que Macri concertó con Massa en 2013, para que uno llevara lista de candidatos solo en la Ciudad y el otro lo hiciera solo en el distrito bonaerense. Aquel “voto útil” del PRO y el Frente Renovador los convirtió a los dos en ganadores de esa elección, y luego en adversarios para la presidencial de 2015.

El comienzo de Macri como presidente lo mostró muy cerca de Massa, tanto que lo llevó como integrante de la oposición al Foro Económico de Davos en Suiza. Pero las maniobras del ahora ministro de Economía en el Congreso contra el gobierno macrista rompieron aquella relación y le ganaron el apodo de “ventajita”, que el ex presidente le colgó y al que hoy sigue echando mano.

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La pureza partidaria o ideológica de los dirigentes argentinos hace tiempo que se ha transformado en una utopía, a la que se acostumbró una sociedad pendiente de urgencias mayores. La misma Carrió, en 2003, fue la artífice política en alianza con el recién asumido Néstor Kirchner, de la victoria del frepasista Aníbal Ibarra en la ciudad de Buenos Aires. Y el derrotado en esa ocasión no fue otro que Mauricio Macri. Los archivos son una trampa cruel que ningún dirigente debe detenerse a observar.

Lo cierto es que hay dos grandes ganadores del terremoto con el que Carrió hizo tambalear la unidad de Juntos por el Cambio. El triunfador interno es Mauricio Macri, quien viene siendo elogiado por Lilita en los últimos meses. Y el otro es, paradójicamente, el propio Massa, a quien la explosión de la interna opositora ante la opinión pública le dio una bocanada de oxígeno frente a las enormes complicaciones en el inicio de su gestión en Economía.

El raquitismo de dólares en el Banco Central y la inflación, que este jueves volverá al primer plano con las cifras impiadosas del Indec para el mes de julio, son los dos desafíos más urgentes de los muchos que tiene Massa en el horizonte inmediato. “Lilita es la única que nos dio una alegría en estos días”, ironizaba uno de los funcionarios que acompaña al ministro peronista en lo que probablemente sea el último intento de recomposición para el gobierno desconcertante de Alberto y de Cristina Kirchner.

Para Juntos por el Cambio, queda ahora la tarea incierta de recrear el clima de unidad indispensable para pelear con posibilidades la presidencia el año próximo. Este viernes le toca al PRO evaluar los daños que las palabras de Carrió le han provocado al ya muy golpeado equilibrio opositor. En un restaurante porteño, como lo hacen mes a mes, estarán si nadie falta Macri, Bullrich, Vidal, Ritondo, más otros dirigentes importantes que no cayeron en la redada de Lilita como Diego Santilli, Fernando de Andreis, Humberto Schiavoni y Federico Pinedo. Nadie duda sobre cuál será el tema principal de las discusiones desde la entrada hasta el postre y el café final.

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A los radicales también los desvela el bombardeo de Carrió. Los dirigentes de la UCR ensayan sus propios movimientos para ir posicionándose en la interna decisiva del año próximo. Morales, Manes y el mendocino Alfredo Cornejo siguen enarbolando sus proyectos presidenciales. El gobernador de Jujuy, enfrentado a Macri, viene conectando más seguido con Rodríguez Larreta. Manes le dedica un hemisferio de su cerebro a escuchar la promesa de lanzamiento del gobernador cordobés, Juan Schiaretti, y Cornejo acompañó la semana pasada a Patricia Bullrich en una recorrida por La Matanza, tan lejos de los Andes.

Algunos de los dirigentes agredidos por Carrió creen que la expansividad de la bomba de Lilita los beneficia y terminará por unificar la estrategia de la mayoría, pese a estar enfrentados por la mochila de los proyectos personales en el horizonte electoral.

A Juntos por el Cambio lo atraviesa un dilema de compleja solución. Necesita desesperadamente de la unidad interna para llegar a la Casa Rosada. Y tiene tantos candidatos con expectativas que esa diversidad sin liderazgo a la vista es la mayor amenaza para lograr esa unidad imprescindible. La abundancia de los egos, de las que alguna vez habló Macri.

Hablando de egos, en una crónica reciente que el periodista Bernardo Vázquez escribió en Clarín, el ex presidente se muestra dando definiciones ante sus ex compañeros del Colegio Cardenal Newman. La más ilustrativa de todas ellas es cuando, ante la consulta de si volverá a ser candidato presidencial, Macri elude la contundencia con un acertijo para propios y extraños. “A veces tengo ganas, y a veces no”, responde. Es de libre interpretación.

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Macri ha jugado en el pasado con esa indolencia, más frecuente en los intelectuales puros que en los hombres y mujeres de Estado. Ha sido criticado por aquella revelación desafortunada de irse a la cama a ver series de televisión al final del atardecer cuando lo angustiaban las adversidades ocurridas en el poder.

La evaluación de sus cuatro años de gestión, sin embargo, pueden resumirse en ese concepto arrojado al aire ante la cofradía del Cardenal Newman. El Macri gobernante dio la sensación en varias oportunidades de que a veces ejercía su gestión con ganas, y que tantas otras lo hacía sin ese combustible esencial.

Es una lección y una invitación al aprendizaje para los Larretas, las Bullrich, los Manes y los Morales que intenten heredar el mismo espacio que Macri ocupó cuatro años sin poder lograr la reelección. Y una lección para él mismo si cede a la tentación del regreso. La misma que envolvió en una imagen de decadencia final a Juan Perón, a Carlos Menem y en la que, país de egos indómitos, también parece querer enredarse Cristina Kirchner.

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Notas de Opinión

¿Y qué pasa si condenan a Cristina Kirchner?

El argumento central de sus defensas lleva la impronta de su frase letal: “Hay que apretar a los jueces”.

“No hay país”, dice el Cuervo Larroque. Si condenan a Cristina Kirchner, los 47 millones de habitantes de este confín del mundo se hundirían en la arena de los tiempos y la Argentina dejaría de existir.

“El juicio es una persecución a Cristina”, dice Agustín Rossi, con lo cual cualquier otro argentino que vaya a juicio en base a las pruebas recolectadas durante la investigación de su caso podría sentirse perseguido. Podría alegar eso El Gordo Valor, por ejemplo.

Lo último que dijo Rossi fue que los iraníes del avión sospechoso eran instructores de vuelo.

Este miércoles cayeron cuatro iraquíes con pasaportes falsos. ¿Qué habrán venido a enseñar?

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“Nos enteramos después de tres años que eran todos amigos de Macri”, dice el ministro de Justicia Martín Soria.

Se refiere a la foto del fiscal y uno de los jueces del tribunal que juzga a Cristina en un equipo de fútbol que jugó un torneo en la quinta Los Abrojos, de Macri, con quien según el fiscal y el juez recusados jamás cruzaron palabra.

Justo antes de eso, Soria había truchado una foto sobre el juramento del otro fiscal, Sergio Mola, que fue así, truchada, directo a la tapa de Página 12.

La presunta amistad del fiscal y el juez “es una provocación”, dice el viceministro de Justicia Juan Mena, quien dirigió las extrañas tareas de los espías de la SIDE antes de que hallaran muerto a Nisman.

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Su interlocutor era Fernando Pocino, el espía que habló desde un teléfono a nombre de una mujer 30 veces con el juez Alejandro Slokar cada vez que una causa contra Cristina se acercaba a Casación.

Slokar es el presidente de esa Cámara.

En el texto de su recusación, con tono indignado, el abogado de Cristina, Carlos Beraldi, cita una frase acerca de cómo debe ser la transparencia impoluta de los jueces.

La sacó de un libro de Derecho cuyo autor es… Slokar.

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A la recusación al fiscal y al juez se adhirió de inmediato Maximiliano Rusconi, abogado de Julio De Vido en este juicio pero también de Diego Lagomarsino, procesado por el asesinato de Nisman.

“Si sos una persona de bien, tenés que excusarte”, dice Dalbón, subido al coro de Militantes por la Transparencia.

Es el abogado de Cristina que posteó haber hecho cumbre en el Aconcagua para “dejarle un Código Penal a Dios” y fue desmentido por las autoridades de Mendoza: Dalbón nunca subió al Aconcagua.

Acorralada por una sólida acusación de armar una estructura delictiva para darle obras públicas a Lázaro Báez y cobrar coimas, Cristina puso en marcha el Operativo Carpetazo contra los jueces y fiscales.

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Hasta ahora consiguieron fotos de un equipo de fútbol amateur, aunque -como reveló Clarín– el diputado Tailhade envió de apuro a un empleado del Congreso a buscar declaraciones juradas de los acusadores para ver si hay algo para apretarlos mejor.

El audio de Cristina diciéndole a Parrilli “hay que apretar a los jueces” es un emblema que pasará a la historia sobre el uso prepotente del poder ante cada fallo adverso.

Todo lo que Cristina pide hacer sobre la Justicia lleva la impronta de aquella orden letal.

Su abogado en aquella causa era Dalbón. El abogado que nunca llegó a la cima del Aconcagua argumentaba entonces que Cristina no le había dicho “pelotudo” a Parrilli sino que la frase estaba “editada”.

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Un relato que no prosperó.

Ahora avanza la idea de la proscripción como corolario de la victimización política.

Cristina tomó el argumento del lawfare de Dilma Rousseff, que se lo trajo en persona hasta su departamento de Juncal y Uruguay en diciembre de 2017.

Si el juicio por la obra pública avanza y hay condena, el camino seguirá con guión brasileño.

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El sociólogo y analista Emir Sader -conocido como el filósofo de Lula– acercó esta semana, desde San Pablo, la idea madre: “Le hicieron lawfare a Lula, lo condenaron y ahora es el principal favorito en las elecciones. Lo mismo pasará con Cristina”.

Más victimización para una defensa que no refuta hechos sino que actúa como un boxeador “tocado”, lanzando carpetazos a ciegas.

 

Columna publicada originalmente en Clarín.

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