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Notas de Opinión

Sin líderes consensuados, una crisis como las de 1989 o 2001 es más probable

Un descontrol total de la economía, dicen los expertos, es todavía improbable. Pero como nuestros partidos carecen de líderes que los unifiquen y orienten, la incertidumbre política agrava la incertidumbre económica

Columna publicada originalmente en Todo Noticias

Tanto el oficialismo como la oposición se abrazan a una expectativa: cuando lleguen las PASO van a poder relegitimar sus liderazgos, y podrán entonces superar la actual fragmentación y dispersión. Hasta entonces, no queda otra que soportar el chubasco de la crisis con lo que hay: coaliciones y partidos muy divididos, que no tienen forma de dirimir sus internas. Así, las estiran y enredan, y a lo único que pueden aspirar es a evitar rupturas de efectos irreversibles.

Las PASO, las primarias abiertas simultáneas y obligatorias, aparecen en esta descripción como la llave para resolver los problemas que hoy enfrentan las fuerzas políticas. Tanto el de sus divisiones, como el decisivo de la creciente falta de confianza de la sociedad. Pero más allá de que eventualmente esa votación pueda ofrecer una salida, lo cierto es que, de momento y hasta que ella se concrete, agrava esos problemas, pues prolonga inconvenientemente los tiempos para dirimir la cuestión.

La crisis exige flexibilidad y rapidez de respuesta, y el sistema de internas vigente desde 2009 les impide a los partidos proveérselas. La comparación con lo que ellos hicieron en las dos crisis más graves de la etapa democrática, las de 1989 y 2001, sirve para echar luz sobre el problema.

En los años ochenta aún teníamos partidos capaces de defender su rol y atender sus desafíos. Gracias a lo cual, aunque la crisis económica escapó por completo de control del gobierno de Alfonsín, el sistema logró generar rápidamente un recambio, y nuestra democracia se mantuvo a flote.

¿Qué fue lo que hicieron los partidos entonces? Simple: adelantaron primero sus internas y luego también las elecciones generales.

El PJ eligió su candidato en julio de 1988, un año y medio antes de la fecha inicialmente prevista para las presidenciales. Como se recordará, Carlos Menem derrotó en esa ocasión a Antonio Cafiero, en una competencia ejemplar que legitimó un nuevo liderazgo entre los peronistas, gracias al voto masivo y directo de sus afiliados. Fue en gran medida gracias a esas internas que el peronismo lograría mantenerse unido durante los tres años de feroz inestabilidad económica que siguieron.

A raíz de esa elección, además, el radicalismo entonces en el poder estuvo obligado a acelerar también su proceso se selección de candidatos. Y Alfonsín fue el primero en comprenderlo. Así que le levantó la mano al aspirante que tenía más chances, Eduardo Angeloz, con quien no se llevaba muy bien que digamos, pero eso no lo detuvo: necesitaba cerrar las disputas intestinas en su partido cuanto antes, porque si ellas se prolongaban, debilitarían aún más a su gobierno.

En suma, los principales partidos argentinos y sus líderes actuaron con responsabilidad y se mostraron flexibles y atentos a lo que mandaba la coyuntura que enfrentaban. Que exigía de ellos respuestas rápidas e innovadoras.

Adelantar la selección de candidatos fue la mejor forma que encontraron, tanto el oficialismo como la oposición de entonces, para evitar que la incertidumbre política que por sí misma generaba la sucesión presidencial, se agravara y alimentara aún más la ya desatada carrera de los precios, el dólar y la fuga de la moneda.

Si ambas fuerzas hubieran podido además cooperar mínimamente entre sí, hasta hubieran podido evitar la hiperinflación. Para tanto no les dio, pero al menos lograron procesar la alternancia y evitar que el desacalabro económico se estirara en el tiempo, deslegitimara al sistema en general y se llevara puestas las jóvenes instituciones republicanas.

Un poco más de una década después estos mismos partidos se enfrentarían, mucho más débiles, a una nueva catástrofe económica: el derrumbe de la Convertibilidad. Las divisiones en el PJ y la UCR contribuyeron y mucho a agravar esa crisis. Y explican en gran medida tanto la caída de De la Rúa como la sucesión de cinco presidentes en los días finales de 2001.

Los radicales esta vez no tuvieron forma de resolver sus disputas internas, y eso los condujo a sufrir dos profundos cismas y atravesar una larga y profunda crisis, de la que todavía están recuperándose. Pero al menos los peronistas lograron evitar sus propias internas, recurriendo a una solución ad hoc: que cada sector presentara su candidato a la elección general de 2003, con lo cual Eduardo Duhalde, en colaboración con Alfonsín, lograría mantener a flote el gobierno de emergencia el tiempo suficiente para que se estabilizara la economía y se generaran las condiciones para la recuperación. La década de expansión que siguió se forjó en esos cruciales meses de 2002 gracias, de nuevo, a la flexibilidad y rapidez con que se encararon los problemas de liderazgo en los partidos.

Hoy, ninguna de las principales fuerzas en pugna puede hacer algo así. Debido a un sistema demasiado rígido, inadecuado para enfrentar las situaciones de crisis, y que tiende por lo tanto más bien a agravarlas.

Nos referimos, claro, a las PASO, inventadas hace más de una década por Néstor Kirchner precisamente para complicar la posible sucesión del liderazgo en el PJ, y que de muy poco han servido hasta aquí. Pero en medio de una crisis de gobernabilidad económica, que cada vez se parece más a la de fines de los ochenta, puede que terminen mostrando que no solo son bastante inútiles y caras, sino que pueden ser incluso muy dañinas.

Y es que el sistema es demasiado rígido: obliga a todos los partidos y alianzas a dirimir sus candidaturas con una misma regla, en una sola fecha, y la establece muy cerca de los comicios generales. Cuando los partidos y frentes están alineados detrás de un liderazgo que controla los principales resortes de poder, sirven de poco. Básicamente para dificultar aún más la competencia: a las PASO se presentan listas únicas, ya digitadas desde el comando de las fuerzas políticas, subordinando o excluyendo a los disidentes. Es lo que sucedió entre 2011 y 2019.

Cuando los partidos y frentes están desunidos, pero no se elige gobierno y no hay crisis aguda, pueden ser medianamente útiles, aunque siguen siendo muy caras y engorrosas, como se observó en el caso de JxC en 2021. Pero si se llega a dar que están desunidos y encima hay crisis, el sistema es no solo inútil, sino nocivo: impide a las fuerzas políticas reaccionar anticipadamente ante el debilitamiento de la autoridad y la confianza pública, y obstaculiza la búsqueda de mecanismos más flexibles y mejor adaptados a las circunstancias. Es lo que está pasando en estos momentos.

El dato que mejor pinta el escenario resultante es que las internas de los partidos y alianzas se estiran y complican cada vez más, y lo único que atinan a hacer los protagonistas de tanto enredo es esperar a las PASO: “Ya lo vamos a resolver, cuando legue el momento de votar, dentro de un año y unos meses”. No suena eso a una respuesta muy razonable, dadas las urgencias que vive la sociedad, así que ella castiga a los dirigentes por estar “solo atentos a sus problemas e ignorar los de la gente”.

Es cierto que muchos de estos dirigentes son propensos al error, y por sí mismos se meten en más problemas. No se trata de disculparlos. Pero tal vez no sean peores que los de fines de los ochenta o comienzos de los dos mil, ni tampoco sea cierto que “solo les interesan sus internas”. Sucede que no logran sacárselas de encima, como sus antecesores hicieron en las situaciones de crisis con que tuvieron que lidiar, porque chocan con un límite estructural y muy difícil de remover: reglas de juego muy rígidas y muy lentas.

¿Hay alguna solución para este cuadro de bloqueo de un sistema de partidos que tendría que estar acomodándose mucho más rápido a la coyuntura que enfrenta? ¿Podrían una parte del oficialismo y de la oposición cooperar para flexibilizar esas reglas de juego? Deberían participar porciones importantes del FdeT y JxC, y trabajar contra reloj, porque mientras más se profundice la crisis de esos dos espacios, más difícil va a ser llegar a cualquier acuerdo. Pero por varios motivos es improbable que siquiera lo intenten.

Una reforma de las PASO exigiría la mayoría especial de ambas cámaras, porque se trata de una cuestión electoral. Reunir hoy 129 votos en Diputados y 37 en el Senado es casi imposible.

Además, expectativas cruzadas en el oficialismo y la oposición conspiran contra la búsqueda de una solucion de este tipo. En el Ejecutivo aún piensan que “lo peor ya quedó atrás”, así que mientras más tiempo pase, mejor. Creen que van a tener más chances de que la economía remonte, y remonte también la imagen de los integrantes del Gobierno, si hacen todo lo contrario de lo que hicieron Alfonsín, Menem y Duhalde: así que se sientan a esperar. Una vana esperanza, porque lo más probable es que lo peor aún nos esté esperando. Pero como se suele decir, quienes no tienen nada, aún tienen esperanza.

Además, pesa en contra de un eventual adelantamiento de las PASO la experiencia de 2019, cuando un resultado muy malo en esa votación para las listas oficiales debilitó la capacidad del Ejecutivo de controlar la economía en los meses que le quedaban de mandato, y sepultó sus chances para las elecciones generales. En las actuales circunstancias, por más que eventualmente las PASO servirían para dirimir la batalla entre Alberto y Cristina, seguro los resultados debilitarían a ambos, así que ninguno de los dos, ni sus seguidores, tienen mayor incentivo para apurar el trago.

En la oposición, en particular en JxC, mientras tanto, hay cada vez menos chance de llegar a acuerdos, en particular sobre la selección de candidatos. La estrategia de Macri parece ser la contraria: impulsa, incluso, romper acuerdos legislativos que se habían alcanzado, por ejemplo, sobre la ley de alquileres, contra todos los esfuerzos del resto de los aliados por mostrarse construyendo consensos programáticos.

Y, como si les faltaran, se siguen sumando aspirantes a la presidencia. Que repiten “nos vemos en las PASO”, como si fuera la solución mágica para todos los problemas. Una esperanza también vana, porque al ritmo que vamos cada vez es más difícil saber en qué condiciones nos van a encontrar las benditas PASO, y crecen las posibilidades de que, para cuando ellas lleguen, ya sea demasiado tarde para unos cuantos que hoy tienen, además de esperanzas, posibilidades, ideas y alguna capacidad de liderazgo.

Notas de Opinión

Los gobernadores le pegan a Alberto Fernández para negociar con Cristina Kirchner

El declive de la autoridad presidencial, la cercanía de las elecciones y sobre todo el hecho de que nadie más puede hacerlo, obligan a la Vicepresidenta a tratar de ordenar el despiole en que está sumido el peronismo. Cómo lo hará, es un misterio

Columna publicada originalmente en Todo Noticias

Cristina Kirchner habló de más en las últimas semanas. Y al hacerlo se involucró en demasiados problemas: la inflación, las importaciones, los planes sociales, el gas, etc.

El resto del peronismo calla demasiado. No se sabe qué opina sobre casi nada, solo saca la cabeza de la arena para quejarse de Alberto Fernández, y advertir que a él tampoco le alcanza la plata, como dejaron en claro en la reunión de la Liga de Gobernadores en el Chaco estos últimos días.

Estas dos conductas tan distintas convergen de todos modos detrás de una misma idea: el partido oficial está buscando cómo evitar una crisis más aguda antes de los comicios, o que si las cosas empeoran, no se le carguen en sus espaldas y se evite una ruptura del Frente de Todos, las dos condiciones para que pueda salvar la ropa en 2023. Y lo hace a costa de Alberto, claro, porque el Presidente se compró todos los números en la lotería de las responsabilidades por la decepción ciudadana.

El histrionismo con que disimula los miedos que la persiguen llevó a Cristina, el Día de la Bandera, a quemar etapas y exponer su juego: su objetivo número uno, ahora quedó bien a la luz, es aislar a lo que queda del “albertismo”, que en el provincia de Buenos Aires es básicamente el Movimiento Evita; lo que, enfocado en el manejo de los planes sociales, le sirve también para su objetivo número dos, acercarse a los intendentes y gobernadores para acordar la continuidad del FdeT, cuya unidad, dijo, nunca quiso poner en riesgo. Serían ellos, los jefes territoriales pejotistas, los beneficiarios directos de este curioso “regreso a Perón y Evita” que Cristina propone, y que en esencia consiste en eliminar intermediarios molestos en la repartija del dinero con que se compran millones y millones de votos de los ciudadanos más postergados.

Como hay pocos recursos y habrá menos cargos que los que se renuevan, los lugares en las listas y la distribución del dinero van a ser dos temas álgidos para el oficialismo. Cristina se adelantó y fijó su posición de máxima a este respecto, con miras a ordenar el tablero de la disputa.

Ahora bien: puede que, como le sucedió con su ofensiva contra Martín Guzmán, quede un poco pedaleando en el aire, si Alberto logra insistir en su inmovilismo. En el caso de los planes, además, no es claro que el ministro de Desarrollo Social, Juan Zabaleta, quiera o pueda hacer otra cosa que mantener el equilibrio entre tirios y troyanos. Así que tal vez lo único que vaya a resultar de este juego de presiones sea más discriminación contra la izquierda: el Polo Obrero probablemente pierda hasta el último de sus planes, que serán utilizados para calmar la voracidad de las facciones internas del oficialismo, y las calles de Buenos Aires se volverán entonces un infierno. Problema de Larreta.

Pero puede que nada de esto sea tan importante para la señora. Lo fundamental es despertar expectativas en una dirigencia pejotista que tiene cada vez más claro que Alberto no puede atender sus intereses, y va a poder hacerlo cada vez menos. Así que Cristina les abre sus brazos, los invita a preservar la unidad, pero en sus términos. Tiene su lógica.

Y es muy oportuno, además, porque esa dirigencia peronista viene acelerando el cronograma electoral, y acercando momentos de definición en los que va a necesitar la buena voluntad de Cristina.

Al desdoblar las elecciones distritales, los gobernadores apuntan a despegarse de la suerte del gobierno de los Fernández. Pero saben que adelantar sus reelecciones, o la elección de sus delfines, aunque les permite desligarse de Fernández Alberto, no alcanza para hacer lo mismo con Fernández Cristina. Porque ella tiene, a diferencia del Presidente, gente en todos lados, que no pesa lo suficiente para ganar ningún distrito, o casi ninguno, pero le sobra para amenazar o impedir que ganen ellos. Si la vice decidiera presentar candidatos propios, pondría en riesgo la reelección de muchos gobernadores e intendentes. Ni Alberto ni Sergio Massa pueden hacer algo parecido. Por eso ella tiene una oferta tentadora que hacerles a esos caudillos peronistas, mientras que los otros dos protagonistas nacionales del FdeT no tienen al respecto ni voz ni voto.

Sumarle la plata de los pobres a esta oferta electoral es simplemente agregarle un estímulo monetario a la fórmula cooperativa que todos saben es la que más les conviene. Aún en un escenario en que siga en la incertidumbre por bastante tiempo más cómo encarará el peronismo las elecciones nacionales.

Esta oferta electoral va de la mano de un planteo económico que es bastante menos sensato, pero que a falta de otro mejor tal vez también la dirigencia peronista reciba con beneplácito, o al menos silenciosa tolerancia: la idea de cerrar los vasos comunicantes de la economía nacional con el mundo, para postergar lo más posible la crisis devaluatoria que se ha venido gestando. Guzmán, Miguel Pesce y Alberto creen poder hacerlo con la ayuda del Fondo, y Cristina, con algo de razón, piensa que no, y que con ese plan los costos inmediatos para el nivel de actividad y el consumo son demasiado altos para permitir la supervivencia electoral del modelo. Así que propone una receta que en pocas palabras consiste en radicalizar la autarquía: endurecer el cepo, reducir al mínimo las importaciones, etc.

El factótum ideológico de esta fórmula es sin duda Axel Kicillof. Y podría ser también su vocero y su candidato, si no fuera porque está por el piso en las encuestas. El milagro que Kicillof protagonizó en 2015, recorriendo la provincia de Buenos Aires y seduciendo a las madres del distrito con su imagen de yerno ideal es difícil que se repita. Así que hay que esperar: si Kicillof no repunta, y no aparece ningún otro, tal vez Cristina se resigne a ser ella misma.

Lo importante a destacar es que Cristina ya tiene el guión de la campaña: consiste en radicalizar sus ideas de siempre. Y tiene la estructura organizativa y la plata: se las piensa arrebatar a Alberto. Solo le falta el candidato, y alguno va a aparecer.

¿Tiene alguna chance de éxito esa estrategia? Si se sigue polarizando la escena, podría tenerla. La vice imagina una situación como la que benefició a Gabriel Boric en Chile y a Gustavo Petro en Colombia: una polarización extrema, en que la única alternativa a la izquierda sea una derecha desbocada, que reduzca al mínimo el estándar de sensatez requerido para competir. Una derecha como la que aquí promueve Javier Milei, y a veces celebran Mauricio Macri y Patricia Bullrich. La vice imagina que si esos fueran sus contendientes, y ningún moderado pudiera movilizar el mayoritario voto centrista, la elección se volvería una lotería, que puede terminar ganando cualquiera. Y a Cristina esas escenas dramáticas, agonísticas diría ella, le encantan.

Claro que existen algunas notables diferencias entre la situación argentina y la chilena, o la colombiana. En primer lugar, nuestro centro político no se ha pulverizado, aún. Aunque a veces Macri o Bullrich coqueteen con la derecha más zarpada están en una coalición que es predominantemente centrista, y lo saben.

Lo importante a destacar es que Cristina ya tiene el guión de la campaña: consiste en radicalizar sus ideas de siempre. Y tiene la estructura organizativa y la plata: se las piensa arrebatar a Alberto. Solo le falta el candidato, y alguno va a aparecer.

¿Tiene alguna chance de éxito esa estrategia? Si se sigue polarizando la escena, podría tenerla. La vice imagina una situación como la que benefició a Gabriel Boric en Chile y a Gustavo Petro en Colombia: una polarización extrema, en que la única alternativa a la izquierda sea una derecha desbocada, que reduzca al mínimo el estándar de sensatez requerido para competir. Una derecha como la que aquí promueve Javier Milei, y a veces celebran Mauricio Macri y Patricia Bullrich. La vice imagina que si esos fueran sus contendientes, y ningún moderado pudiera movilizar el mayoritario voto centrista, la elección se volvería una lotería, que puede terminar ganando cualquiera. Y a Cristina esas escenas dramáticas, agonísticas diría ella, le encantan.

Claro que existen algunas notables diferencias entre la situación argentina y la chilena, o la colombiana. En primer lugar, nuestro centro político no se ha pulverizado, aún. Aunque a veces Macri o Bullrich coqueteen con la derecha más zarpada están en una coalición que es predominantemente centrista, y lo saben.

Lo que deja en claro dónde buscará refugio, si su opción por la polarización extrema no funciona, si no logra promover la candidatura de Kicillof ni la suya, y tiene que resignarse a un oportuno repliegue: ¡resistir es combatir!, ya se pueden escuchar sus llamados a oponerse a cualquier cambio, el que sea, y puede que esta vez tenga bastantes más caciques peronistas territoriales, sindicales y sociales a su lado, si estos no reciben una propuesta mejor.

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Notas de Opinión

Larreta hace casting de vecinos y Cristina dice buscar evasores aunque los tiene cerca

El jefe de gobierno porteño se pone en la línea de llamar la atención. Pero Cristina luce insuperable en eso.

Al alcalde porteño se le ocurren ideas curiosas. O mejor sería decir: hace suyas ideas curiosas. Ahora, para competirle a Javier Milei y sus denuncias contra la casta política, lanzó uncasting de vecinos para que se postulen como candidatos en 2023. Es un concurso al que puede subirse cualquiera. Te anotás, te llaman y si tenés suerte y contestás bien algunas preguntas, por ahí colás entre los finalistas. Buen sueldo, mejor que plan.

Pero a no salir corriendo: se trata de sólo unos pocos cargos. De importancia, cuatro para legisladores y un par para comuneros, que son algo así como vigiladores de árboles caídos, veredas rotas y baches en los barrios. Antes, será obligatorio aprobar un curso abreviado de adoctrinamiento.

Este miércoles, Larreta mandó la convocatoria, que mantuvo en secreto. Llenaron la Ciudad de afiches que nos preguntan: ¿te votarías? La ocurrencia fue de Emmanuel Ferrario, vicepresidente de la Legislatura y ya parte del círculo íntimo de Larreta. Raro en Larreta, un tipo que se preparó toda la vida para ser presidente y busca candidatos que no tienen 15 minutos de política.

Ferrario vio o alguien le contó que vio en Francia al partido del presidente Macron hacer una cosa así. A Macron, como sabemos, bien del todo no le fue. Macri salió a apoyar con entusiasmo el plan, al que llaman de listas abiertas. Si esto es renovación, tal vez sea prudente dejar las cosas como están.

En el Pro lo imaginan como una forma de canalizar el enojo de la sociedad con los políticos, que cantan claro las encuestas. Dato: al año del que se vayan todos en 2001, una idea parecida llegó a América TV, que sacó El candidato de la Gente. Un reality que aspiraba a consagrar a su ganador como cabeza de una lista a diputados. Terminó en un fracaso.

Salir a la calle a buscar candidatos suena más a marketing liviano que a cambio en serio. Con su reparto de plata, Milei sigue haciendo un mejor populismo. Larreta se pone en la línea de llamar la atención. Pero la verdad es que Cristina luce insuperable en esa materia. Sólo le falta hablar mal de las jubilaciones sin dejar de cobrar sus tres millones de pesos mensuales. Paciencia. Puede llegar a ese momento.

Para ablandar a Marcó Del Pont, jefa albertista de la AFIP, dijo así: “En el ranking de países evasores, la Argentina ocupa el tercer puesto a nivel global”. La vice culpa a Del Pont de hacer nada con los evasores y lleva, como el gobierno que integra, dos años y medio salvándole las papas al evasor serial Cristóbal López, financista mayor del kirchnerismo.

A fines de 2015 tenía una deuda con la AFIP de US$ 1.000 millones. Desde que había creado Oil, en 2011, se había quedado con el impuesto a los combustibles y con ese dinero que no era suyo se había financiado y comprado más de un centenar de empresas. La derrota de Scioli lo dejó a la intemperie. Sin la protección del poder, se le pinchó la bicicleta y sumó malas noticias: la AFIP le hizo un juicio penal y le rechazaron una jugada para mandar a Oil a convocatoria y conseguir pagar la deuda en comodísimas cuotas .

No bien asumieron Fernández y Cristina, a Cristóbal le volvió el alma al cuerpo. Beraldi, el abogado de Cristina, es el suyo y Fernández fue su lobbista. Cambiaron el proyecto de moratoria para incluir a Oil, que recibió de Del Pont lo que tanto buscaba: un plan a 10 años, con quitas y sin pagar un peso de multas. La moratoria a medida salió gracias a los diputados de Schiaretti y al rol de Guillermo Michel, jefe de asesores de Massa, que había sido algo similar de Etchegaray en la AFIP. Otros dos-regalos-dos de Del Pont a Cristóbal: desistió a ser querellante en la causa penal y también a reclamar a López el resarcimiento por la enorme deuda.

Tanto o más escandalosa fue la sentencia del Tribunal Oral, que dio por probado el delito pero condenó solo a Echegaray, el cómplice en la AFIP y único que pagó la fiesta. López y su socio De Souza se quedaron con el impuesto, pero fueron insólitamente sobreseídos. Con otras palabras, dos de los tres jueces dijeron: el empresario tienen derecho a agarrar la plata. Ni Milei lo hubiera dicho mejor.

 

Columna publicada originalmente en Clarín.

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Notas de Opinión

Adictos al poder

Nos mienten con el número del desempleo. Si no existieran los planes sociales, la cantidad de argentinos desocupados sería el doble: 2.218.215. Un porcentaje de 16,41%. Como nunca antes, Cristina Kirchner está contra las cuerdas

Columna publicada originalmente en La Nación

El pasado jueves, el Banco Central tuvo que salir a vender 170 millones de dólares de sus casi nulas reservas. La inflación tiene un piso del 5%. El dólar blue está en su máximo histórico. El riesgo país es de 2285 puntos, igual al de noviembre de 2001. El fantasma del segundo semestre no deja de acosar al Gobierno y tampoco a nosotros.

Pero, ¿Qué significa realmente el fantasma del segundo semestre?, ¿En qué nos va a afectar?

Nos mienten con el número del desempleo. Si no existieran los planes sociales, la cantidad de argentinos desocupados sería el doble: 2.218.215. Un porcentaje de 16,41%. Como nunca antes, Cristina Kirchner está contra las cuerdas.

Está por suceder lo que ella siempre trató de evitar: pronto la vamos a ver sentada en el banquillo de los acusados en la gran causa de corrupción que tiene a su familia como protagonista. la que investiga a la obra pública y su oscura asociación con Lázaro Báez que los enriqueció a todos. La corrupción los enriqueció así.

El lunes 11 de julio empezará la pesadilla para Fernández de Kirchner porque arrancan los alegatos en el juicio por la obra pública. Como dije antes, la vamos a ver en el banquillo. Diego Luciani, el fiscal de la causa, está preparando una especie de “yo acuso”. La Corte lo habilitó para eso. Por eso Cristina odia a la corte. ¿Te cierra?

Algunos se preguntan: “¿Por qué Cristina no se fue cuando perdió?”. Otros razonan: “Con toda la que se llevó del Estado, ¿Por qué cuando perdió en 2015 no eligió un exilio discreto como el de Isabelita?”. Y vos te debés estar respondiendo: por la caja, por la plata.

Ahora mismo hay una fenomenal pelea por la caja entre los gerentes de la pobreza. Con esa pelea de fondo, Juan Grabois cruzó hoy a Martin Insaurralde, jefe de Gabinete de Axel Kicillof y pollo de Cristina. Como en las familias disfuncionales, cuando las cosas se ponen feas, la guerra es de todos contra todos.

Te preguntarás otra vez: ¿Por qué no se va?

No es solo por la caja, como dice en análisis político tradicional. Cristina es una adicta al poder, igual que Néstor, que murió víctima de esa adicción. ¿Qué es un adicto? Alguien que no puede vivir sin su objeto adictivo, sin su droga, aunque esa droga destruya su vida y la de los demás.

Cristina y Néstor Kirchner fueron el encuentro de dos resentimientos, cada uno por distintas razones: en el fondo, la historia de los últimos 20 años de la Argentina también podría resumirse así. Buscaron obsesivamente convertirse en poder permanente. Y para eso hicieron cualquier cosa para conseguir dinero.

Cristina lo dijo, incluso, públicamente. Vive aislada, encerrada, con pocos contactos con el exterior. Fuera del poder no le interesa nada. Incluso llegó a arriesgar a sus propios hijos. Es una olla emocional en ebullición. Ella es realmente así.

Si una mujer así se postulara para CEO de una empresa, ¿Creés que alguien en su sano juicio la tomaría? Y sin embargo, esta es la mujer más poderosa de la corporación más grande de la Argentina: el Estado. Como diría Alberto Fernández, “¿No te sentís “interpelade” por esto?”.

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