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Notas de Opinión

Aislada de la realidad, la política acelera la crisis

Columna de opinión publicada originalmente en La Nación

El debate público en la Argentina tiene dos focos principales. Por un lado, la dinámica que puede tomar una crisis en la que sobresalen la aceleración de la inflación y el fracaso del programa con el FMI para influir en las expectativas de los agentes económicos. El atraso cambiario incrementa las especulaciones respecto de una nueva devaluación, con las obvias secuelas en términos de caída de ingresos y presión sobre los precios. Por el otro, la profundidad y las eventuales consecuencias de la ruptura dentro de la coalición gobernante que desdibuja la autoridad tanto de Alberto como de Cristina, cuyas imágenes siguen cayendo. En la práctica, ambos aspectos están íntimamente relacionados: el avance en las negociaciones con el Fondo precipitó el cisma entre ellos, aunque su vínculo ya venía desgastado y carcomido por la mutua desconfianza y había sufrido una honda fractura a partir y como resultado de las elecciones de mitad de mandato.

La política actúa como si tuviera margen de maniobra para continuar procrastinando y mirándose el ombligo. Pero considerando experiencias como el Rodrigazo (1975), la hiperinflación (1989-90) y el colapso de la convertibilidad (2001), el debilitamiento del liderazgo presidencial puede convertirse en el disparador de una severa corrección macroeconómica. De consolidarse el “debate de ideas” dentro del FDT, con el consecuente desprestigio adicional de un mandatario caracterizado por pulsiones autodestructivas sin precedentes y por lo devaluadas que están su palabra y su investidura, la crisis podría escalar y hasta precipitar problemas de gobernabilidad.

¿Tienen los principales protagonistas de la vida institucional del país conciencia de los costos económicos, políticos y sociales que semejante escenario podría implicar? ¿Actúan con un mínimo de responsabilidad frente al abismo en el que la Argentina se encuentra? Todo lo contrario: como en la legendaria canción de Antón Pirulero, cada cual está metido en su propio juego. Ni los actores más relevantes demuestran capacidad para advertir el potencial efecto agregado de estos comportamientos egoístas ni para influir y evitar los escenarios más dramáticos.

Desde su perspectiva individual o sectorial, es muy probable que muchos de ellos hagan “lo correcto”. En conversaciones con líderes de virtualmente todo el espectro político y social, es posible identificar motivos bastante razonables para justificar sus comportamientos. Todos creen tener razón de acuerdo con sus principios e intereses; sienten que pierden con el actual estado de cosas; tienen una larga lista de reclamos ignorados; y, lo más interesante, exhiben una aparente voluntad y hasta la decisión de cambiar el orden establecido. Ninguno tiene claro cómo hacerlo, ni planes consistentes o equipos para lograrlo más allá de algún aspecto puntual.

No debería llamarnos la atención: hace cuatro décadas, en Rational Men, Irrational Society (Sage, 1982), Russell Barry y Brian Hardin seleccionaron las mejores contribuciones sobre dos conceptos fundamentales en las ciencias sociales: el dilema del prisionero (actos o decisiones que benefician a algunos individuos, pero pueden ser perjudiciales para una mayoría) y el teorema de la imposibilidad de Arrow (no existe forma de ordenar mediante el voto las preferencias de actores diferentes de forma tal de que el resultado final sea beneficioso para todos). A menudo, los comportamientos de los protagonistas económicos, políticos y sociales de un entorno social pueden tener lógica y comprenderse desde su perspectiva personal, pero precipitan situaciones muy perjudiciales para el conjunto e incluso para ellos mismos. De este modo, acaban siendo devorados por la propia dinámica de los acontecimientos que desencadenan: contextos caracterizados por la confusión, las peleas constantes y a menudo triviales y una maraña de cuestiones que parecen urgentes y gravísimas, pero que se agotan en la más absoluta inmediatez e irrelevancia. La interacción y las pujas se tornan ridículas: se preocupan y pierden tiempo en cuestiones minúsculas que, lejos de apuntar hacia las variables estratégicas, se desgastan y desaparecen fugazmente de la escena. Así, la discusión pública transcurre entre árboles que tapan bosques y que la tornan superficial, anodina y, lo más importante, desacoplada de las prioridades de la sociedad.

Frente a una inflación y una inseguridad galopantes, ingresos que no alcanzan y un marcado deterioro que se verifica en todos los planos de la vida cotidiana, el sistema político carece de respuestas lógicas, concretas, creíbles e implementables que hagan la diferencia si no en el corto, al menos en el mediano plazo. En lugar de eso, se entretiene en materias que si bien son trascendentales, como el Consejo de la Magistratura o la boleta única, en el escenario actual para el ciudadano promedio equivalen a especular sobre el sexo de los ángeles. La mayor parte del tiempo se desperdicia en especulaciones electorales obsesivas, apariciones mediáticas repetitivas y con escaso impacto, actos públicos para exponer relativa capacidad de convocatoria o satisfacer las demandas de alguna facción en particular, negociaciones estériles y una infinidad de nimiedades muy poco edificantes vinculadas a las típicas y constantes competencias de egos.

Este estado de cosas no resulta original ni novedoso, pero llama la atención que no surja un intento visible de alguno de los integrantes más influyentes del sistema político por diferenciarse, denunciar con claridad los riesgos existentes, precisar las eventuales consecuencias y ofrecer una salida aunque sea parcial que evite o acote esos daños potenciales. Pretender actitudes de estadista es exagerado: bastaría con un enfoque preventivo y en todo caso de autodefensa.

Lo más preocupante es que algunos de los que podrían ser candidatos especulan con que una crisis aguda podría mejorar sus chances. Por ahora sus perspectivas son opacas, pero un episodio que conmocione a la sociedad y altere el humor social implicaría un terreno menos estéril. Por otro lado, hay quienes consideran que si la dinámica actual empeora de manera significativa y el mercado hace a su manera las correcciones macroeconómicas que el Gobierno se niega a implementar, la próxima administración tendría en principio el camino algo más despejado para aprovechar la eventual recuperación e instrumentar una agenda de reformas procompetitividad, aunque enfrente las consecuencias de otro ajuste caótico en una Argentina que ya tiene 50% de pobres. Como estipula la máxima trotskista: “Cuanto peor, mejor”.

¿Hay alguna chance de que sea este gobierno el que intente revertir la compleja dinámica económica y sus pésimas expectativas electorales a partir de un programa de estabilización heterodoxo, como en su momento fueron el Plan Austral o incluso la convertibilidad? Ambos modificaron de cuajo las expectativas y fueron políticamente redituables. Eso implicaría por parte del Presidente y sus aliados un grado de liderazgo, autonomía y visión que hoy resultan utópicos. Sin embargo, ¿para qué tentaron a economistas como Roberto Lavagna, Martín Redrado y Emanuel Álvarez Agis para que se sumen al Gabinete en reemplazo de Martín Guzmán?

Aunque parezca un escenario de muy baja probabilidad, el riesgo para las distintas expresiones de oposición es que el oficialismo, por pragmatismo, desesperación u oportunismo y a pesar de las peleas que obstaculizan la gestión, intente un volantazo y plantee un programa de gobierno más ambicioso, pertinente y alineado con las preferencias y demandas sociales más representativas.

Notas de Opinión

El juego que juega Massa: jefe de un Gabinete de 12 ministros

Con la aceleración de la crisis, el presidente de la Cámara de Diputados vuelve a sonar para una gran reestructuración del golpeado equipo de Alberto Fernández

Columna de opinión publicada originalmente en Infobae

 

Sergio Massa mira y se siente tan, pero tan lejos de la Argentina. Un oficial del Ejército alemán lo guía hacia un helicóptero que lo llevará desde el aeropuerto de Munich hasta el Castillo de Elmau, una joya arquitectónica que ahora es un hotel ecológico de lujo sobre la verde ladera de los Alpes Bávaros. Muy cerquita de la frontera con Austria. Son tiempos de guerra, se da cuenta Massa, por las medidas de seguridad y por lo que escucha en Europa. Ya le ayudan a subir al Sikorsky CH-53 Sea Stallion, un gigante de 27 metros de largo preparado para transportar marines. Vuelan a 300 kilómetros por hora por el sur de Alemania.

La Cámara de Diputados, que preside desde 2019, está muy lejos. Igual de lejos que la inflación, el dólar que no para de subir, los bonos argentinos que caen picada y la presión de Cristina Kirchner, que no cede siquiera cuando Alberto Fernández está en Europa para asistir a la Cumbre del Grupo de los 7, la de los países más poderosos del planeta. Todo lo contrario. La presión aumenta día tras día, hora tras hora. Y la Vicepresidenta aprovecha la ausencia del hombre al que hizo presidente con un video en Youtube para desangrarlo desde su teléfono celular.

Cristina habla con algunos ministros (con pocos), habla con los sindicalistas (con muchos), habla con senadores, con diputados y, como se ha popularizado, habla también con economistas que no son del palo. Hasta hace dos semanas, su frontera con el neoliberalismo era Martín Redrado. Luego surgió la conmoción por sus tres horas de charla con Carlos Melconian. Los límites ideológicos se estiran cuando sopla el viento de la adversidad. Ninguno de los dos le dice cosas agradables sobre lo que está sucediendo en el país. Con ellos se preocupó, especialmente, en chequear la caída de las reservas monetarias en el Banco Central.

Con los números que le detalla Redrado, Cristina aprovecha para presionar en público e insultar en privado a Miguel Pesce. Le bastó decir en una tribuna que había que frenar el “festival de importaciones” para que el Gobierno ajustara el cepo y obligara a las empresas a pagar los insumos con sus propios dólares.

El resultado tardó apenas veinticuatro horas en aparecer. La desconfianza de los mercados se tornó exponencial. El dólar blue le apuntó a los $240 y el riesgo país a los 2.500 puntos básicos. La Argentina volvió a transitar entonces ese camino tan conocido. El de la incertidumbre financiera y el de las versiones de cambios para frenar la crisis. El ministro Martín Guzmán y el presidente del Central, Pesce, encabezan todas las apuestas de salidas futuras en el golpeado gabinete de Alberto Fernández.

Guzmán-Pesce

Entonces la película ya espoileada de la Argentina en crisis vuelve a Massa dentro del helicóptero. El jefe de los Diputados y el tercero en la sucesión del poder observa fascinado el poderío militar de las potencias del mundo, pero su cabeza está a doce mil kilómetros, del otro lado del Atlántico. No deja de pensar en lo que le pidió un gobernador, uno de los diecisiete que tiene el peronismo, quienes acaban de firmar un documento en el Chaco para reclamar que los escuchen. Que los escuche Massa y, sobre todo, que los escuche Cristina. ¿El Presidente? Bien gracias.

—Sergio, fijate bien el punto de las decisiones. Aprovechá el viaje y decile Alberto que las cosas tienen que cambiar…

El comunicado de los gobernadores peronistas empezaba diciendo que las provincias eran “preexistentes” a la Nación y que por eso exigían ser “partícipes de las decisiones que nos afecten”. Una declaración de federalismo para presionar al Presidente. Y un listado de críticas a la situación actual donde se destacan el reclamo por la falta de gasoil en las provincias, por la cantidad de planes que suman los grupos piqueteros y por la falta de resultados económicos de la dupla Guzmán-Pesce.

El documento de los gobernadores peronistas, hay que decirlo, recoge la mayoría de los reclamos que también hace Cristina. La Vicepresidenta lleva 15 años llevando de la nariz al peronismo y nunca hubo hubo un solo gobernador que la enfrentara en forma directa. No todos los barones provinciales del PJ sufrieron Covid en estos años, pero todos comparten el Síndrome de Estocolmo.

Quizás por eso, porque la enfrentó a Cristina en 2013 y le ganó las elecciones legislativas aliado tácticamente a Mauricio Macri, Massa se sostiene un peldaño más arriba que los gobernadores. Por eso, era el depositario del mensaje para conversarlo con el Presidente. Porque sigue teniendo ese diálogo fluido con todos. Más allá del texto algo leguleyo del documento, lo que los mandatarios del PJ le pidieron a Massa es que Alberto Fernández reaccione antes que sea tarde y reestructure el gabinete para oxigenarlo un poco y llegar “como sea” al final de su gestión.

No es una misión fácil. La semana anterior, Massa ya había ido con el mismo propósito a Washington, acompañando a Alberto a la Cumbre de las Américas. Allí hablaron de “repensar el gobierno” y de darle una perspectiva hacia adelante. Pero las charlas sobre el futuro inmediato de la Argentina no le sirvieron de gran cosa. El Presidente había reemplazado a Matías Kulfas en el ministerio de la Producción por Daniel Scioli. El hiperquinético candidato permanente que, además, se convierte en un temible adversario para Massa en la lejana carrera presidencial y en el territorio bonaerense, hoy en manos del kirchnerismo.

Massa había difundido periodísticamente su enojo por la designación de Scioli, y hasta amenazó con alejarse del Frente de Todos y retomar la SRL del Frente Renovador, con la que había llegado a ser un candidato presidencial expectante. Una amenaza que ni los albertistas ni el kirchnerismo toman demasiado en serio. “Sergio tiene demasiada gente adentro para irse de la coalición en un arrebato”, coinciden, por única vez.

Además de la Cámara de Diputados, Massa tiene a Alexis Guerrera en el ministerio de Transporte, a su esposa, Malena Galmarini, al frente de AYSA, a varios funcionarios en otros espacios estratégicos y ahora a Guillermo Michel como titular de la Aduana. Una compensación del Presidente por la sorpresa de Scioli. No es una estructura extraordinaria, pero sí suficiente para que en el massismo no prevalezca todavía la idea de abandonar precipitadamente el barco que le apunta a los témpanos.

“El único bombero que nos queda”

Lo que sí ha retomado Massa con Alberto en Alemania es la necesidad de oxigenar el gabinete para llegar al puente demasiado lejos del verano próximo. El titular de la Cámara baja ha llegado a la conclusión, y en esa idea lo acompaña la mayoría del peronismo, de que el equipo de gobierno no solo necesita un cambio de aire en el ministerio de Economía y el Banco Central.

Massa cree que se impone una gran reestructuración del gabinete. El cambio debería atender las demandas de achicamiento del gasto que crece en la sociedad, y alumbrar un equipo renovado y fortalecido de no más de doce ministros. Con figuras fuertes en las áreas principales, y dirigentes más ejecutivos en las segundas líneas de las secretarías de Estado.

La incógnita es qué lugar ocuparía Massa en semejante esquema. Hace ya varios meses que las versiones lo ubican como eventual ministro de Economía, pero él les ha dicho a sus colaboradores que lo que necesita el Gobierno es que todas las áreas de la economía estén unificadas. Y que esa integración de las funciones sólo se puede realizar desde la Jefatura de Gabinete.

Allí es donde surgen los problemas. Primero, porque una de las áreas económicas es el ministerio de la Producción, donde ya está afincado Scioli con su hiperactividad acostumbrada que en apenas un mes de gestión lo ha llevado a visitar fábricas de zapatos, parques industriales en el conurbano y la planta marplatense de alfajores Havanna. La pulseada entre Massa y Scioli es un playoff con tickets reservados en todo el peronismo.

La otra complicación es que el jefe de Gabinete jamás ha mostrado intenciones de dejar su cargo. Es cierto que el tucumano Juan Manzur entró al equipo de Alberto con una enjundia notable que lo mostraba en la Casa Rosada a las siete de la mañana, poco antes que los mozos y mucho antes que el Presidente. Pero aquel entusiasmo se disipó con los meses y con la sumatoria de escándalos para el Gobierno durante el COVID-19.

Manzur tiene un ojo siempre alerta en la situación de Tucumán, donde está de licencia como gobernador, y pese al bajón del oficialismo no resigna la chance de competir por la candidatura presidencial en 2023. Ha conversado con la vicegobernadora bonaerense, la matancera Verónica Magario, para sondearla como una posible candidata a vice. Y hay hasta quienes creen que él mismo podría secundar a Cristina si ella decide competir otra vez por la Presidencia, como lo está evaluando si Lula llegara a ganar en las elecciones de Brasil. Hay que reconocer que el peronismo carece de muchas cosas, pero no de imaginación.

De todos modos, el mayor inconveniente para un upgrade de Massa en el Gobierno es, como para todos los peronistas, el impiadoso papel de controller que ejerce CFK día por día. La red que el kirchnerismo mantiene en el área de energía se ha mostrado inexpugnable y ni Alberto Fernández ni el ministro Guzmán han podido cambiar a sus funcionarios ni determinar allí ninguna política de Estado. Cuesta imaginar un empoderamiento de Massa sin un acuerdo político que extienda la conexión que ya tiene con la Vicepresidenta y con Máximo Kirchner.

Entre sus amigos, están los que le recomiendan a Massa quedarse en la Cámara de Diputados a mirar desde el puerto como el barco del Frente de Todos enfrenta las olas de quince de metros. La experiencia dentro de la coalición le dio una cuota innegable de poder real, pero su imagen negativa hoy tiene niveles parecidos a los que hunden a Cristina y a Alberto Fernández. Y un año parece poco tiempo para recuperarse.

Como todo lo que sucede con el Presidente, Massa no sabe aún qué impacto le causaron sus sugerencias de reestructurar a fondo el gabinete y reducirlo a menos ministerios para ponerse más a tiro de las expectativas de una sociedad agobiada por la tremenda ineficacia que los economistas llaman mala praxis. “Sergio es el bombero para apagar el incendio; el único que nos queda”, dice un gobernador peronista. Y amaga una sonrisa.

Vista la urgencia del país en llamas, del dólar volando, de la inflación sin freno y de los camioneros sin gasoil, Massa creyó que podrían evaluar las alternativas apenas aterrizaran en Buenos Aires. Pero el Presidente cambió de planes y se fue a Jujuy para ensayar una operación de marketing visitando a Milagro Sala, condenada por violencia y corrupción, con prisión domiciliaria y una trombosis que obligó a internarla en una clínica jujeña. Hubo foto, abrazo y amplio dispositivo mediático.

El mundo al que suele escaparse Alberto Fernández parece mucho más apacible, bucólico y paradisíaco que el carrousel descontrolado que sufren sin remedio la mayoría de los argentinos. Le pasa como al Principito o como a Alicia en el país de las maravillas. Dos criaturas entrañables de ficción, pero a las que nadie había votado para ser presidente.

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Notas de Opinión

La Argentina de los faltantes: falta gasoil, dólares y… un plan económico

Mientras en el G-7 Alberto Fernández pedía por la paz y el diálogo, en la Argentina hay una guerra política: el peronismo está en una batalla interna. ¿Diálogo? Con Cristina Kirchner no habla desde hace 4 meses

Columna publicada originalmente en Todo Noticias

La interna peronista, donde la jefa peronista del espacio desgasta a su delegado peronista, ahora a un ritmo de una vez por semana, está acelerando una crisis económica que puede terminar muy mal. Con cada acto de Cristina Kirchner, con cada denigración al presidente, se profundiza el vacío de poder y empeora la delicadísima situación que viene de años.

El dólar blue, que cuando asumió Alberto Fernández valía 69 pesos, toca 240. Las restricciones crecen: el Banco Central endureció el cepo y ya faltan productos. Estamos en medio de una devaluación: cuando una fábrica necesita importar un componente y el Central no tiene los dólares para venderle, ese fabricante para no parar la producción va y los compra en el mercado informal. ¿Qué hará inmediatamente? Trasladar a precios el valor de dólar blue. Tu poder de compra se achica. Nos empobrecemos. El país se hace más chiquito, con menos productos y servicios y más caros.

Relatos salvajes de la Argentina

Además de dólares en el Central y de mercadería por el endurecimiento del cepo, falta gasoil. Tanto falta que en un piquete para protestar por la escasez de combustible, unos camioneros que cortaban la ruta terminaron matando a un camionero enfurecido que quería pasar. Relatos salvajes. Violencia horizontal: transportistas contra transportistas. La falta de planificación energética también mata.

En el medio de la crisis económica y para homenajear la muerte de Perón el 1 de julio, la CGT iba a organizar un acto junto a Alberto Fernández. Decimos “iba” porque mientras esta columna era escrita, la central sindical no se ponía de acuerdo en hacer el acto con el presidente.

¿Qué hay en el fondo? No todos los referentes sindicales quieren pegarse tanto a un gobierno con 70, 80 por ciento de inflación. Esa foto que hoy significaría lealtad con el compañero Alberto Fernández, mañana podría costarles muy cara delante de sus representados.

Sea como fuere que se resuelva, por sí o por no, las dudas muestran algo peligroso: que no toda la CGT está dispuesta a apoyar al presidente. Y la CGT es una de las pocas bases de sustentación que le quedan a Alberto Fernández, dado que los gobernadores peronistas no solo adelantarán las elecciones en sus provincias para separarse de la Rosada sino que además ya están alineados con Cristina Kirchner.

Ni hablar de los intendentes de la Provincia. Cristina Kirchner habrá perdido poder y será vulnerable electoralmente, pero sigue siendo la que más mide. Amagan a irse de Egipto, pero no quieren quemarse en el desierto. Eligen padecer a la faraona.

Y hablando de la arquitecta egipcia, Cristina Kirchner hablará el sábado en Ensenada. En un capítulo más del operativo despegue, es posible que vuelva a fustigar a Guzmán y a Alberto Fernández, estabilizando las ideas de su núcleo duro y desestabilizando aún más a la economía y sobre todo al presidente que ella eligió. Ya está en campaña. En la suya, que no necesariamente es la de todos. ¿Proyecto de país? No, proyecto de poder.

Una vez le preguntaron a Borges qué era el teatro y Borges contestó: ese lugar donde los que están sobre el escenario fingen ser quienes no son y donde los que están abajo fingen creerles. El sábado veremos a Cristina Kirchner fingiendo no ser el gobierno. Y a los de abajo a puro aplauso, fingiendo creerle.

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Notas de Opinión

Alberto Fernández promociona afuera una Argentina que él mismo obstaculiza

El Presidente ofreció al G7 alimentos y energía que sus políticas nos impiden producir

Columna de opinión publicada originalmente en tn.com.ar

Los planteos del Presidente ante las democracias más poderosas del planeta lo mostraron como un referente regional contradictorio y de corto vuelo: sus políticas obstaculizan que la Argentina produzca y venda lo que supuestamente fue a ofrecer.

En tiempos de Bachelet o de Cardoso, de Uribe o de Lula, Alberto Fernández no hubiera podido ni meter bocado en una reunión regional, menos todavía hablar en nombre de sus pares en una reunión global. Pero la América Latina de nuestros días es tan deficitaria en líderes relevantes y consensuados, hay tan pocos que puedan dar siquiera la cara, que es lógico que las democracias más poderosas de la tierra le hayan hecho un lugarcito en la última reunión del G7.

Al lado de un Bolsonaro que se aísla cada vez más y tiene enfrente una elección complicada, y un AMLO que no encuentra motivos que justifiquen se aleje ni un rato de su país, de un Boric cuya estrella parece haber tardado apenas un par de meses en agotarse, y de varios otros que están al borde de la destitución o con una pata fuera del cargo, como sus pares de Ecuador y Perú, Alberto Fernández cotiza, puede parecer algo semejante a un referente regional. Y si hace falta invitar a alguien de la zona, ¿qué mejor que recordar que preside la CELAC?

No significa esto que vaya a lograr mayor gravitación regional, ni siquiera una módica influencia. Aunque eso no obsta que algún beneficio reciba. Y es bueno que así sea. Para él, y para el país.

Un reconocimiento externo, por más mínimo que pueda ser, vale oro frente al cúmulo de problemas que lo persiguen en el frente interno. Al menos, deja en claro que su autoridad, desde afuera, no será cascoteada, y algo van a hacer las democracias del mundo para evitar que las cosas se le compliquen demasiado. Como de hecho, están haciendo.

Así que, ahora que ya no puede decir que “nunca lo van a hacer pelear con Cristina Kirchner”, puede prometer en cambio que “nunca se le ocurriría pelearse con Joe Biden”, y mostrar que para algo sirve haber firmado con el Fondo, que no vienen solos esos dichosos dólares que sostienen al Banco Central, imprescindibles para llegar, aunque boqueando, al final del mandato.

En este marco, sería injusto no reconocer que, en alguna medida al menos, la política exterior argentina se ha vuelto más realista: en vez de seguir soñando con la ayuda de China o los “equilibrios multilaterales” de la mano de Rusia, Alberto Fernández y sus funcionarios se han finalmente abocado a sobrevivir, aferrándose a la única mano que iba a estar disponible a la hora de los bifes, la de Estados Unidos, FMI mediante.

Claro que, como este realismo humilla su espíritu antiyanqui, y con algo tienen que compensar a su público más ideológico, y sus poderosos censores internos, seguirán pataleando en otros foros y oportunidades, quejándose de las cosas horribles que se atribuyen, con razón o sin ella, a su único e imprescindible benefactor.

La cuestión Malvinas, los alimentos y la energía

En la misma reunión del G7, Alberto Fernández practicó una compensación de este tipo con lo que tenía a mano: dando el mayor relieve posible a la cuestión Malvinas. Con un resultado frustrante, como era de esperar, pero que seguro no lo sorprendió, ni le importó demasiado, porque lo que buscaba era tan solo que se hablara del tema. Así que misión cumplida.

Fue más decepcionante, y es más reprochable, en cambio, lo que resultó de su planteo más sustantivo, el que giró en torno a ofrecer al país y a la región como una zona pacífica, abierta a recibir inversiones, y capaz de incrementar rápidamente su oferta en los dos rubros hoy más demandados en los mercados mundiales, los alimentos y la energía.

Dado que Europa del Este se hunde en una guerra prolongada, América Latina puede ganar puntos en la estima de los inversores. Aún cuando tengamos aquí y allá crisis presidenciales, o gobiernos que distan de ser estables, o razonables, o las dos cosas a la vez.

Pero el problema es que eso que Alberto Fernández promocionó, y de lo que quiso volverse un referente y canal de acceso frente al mundo, difícilmente aplique y beneficie a su país. Que bajo su batuta está empecinado en producir cada vez menos, y no más, alimentos y energía, mientras espanta todo tipo de inversiones. Si hay un país que tiene impedido ser “la puerta de entrada para América Latina”, tal como le gusta al presidente presentarnos, es el suyo.

La Argentina no ofrece productos energéticos. Podría hacerlo, sino se hubieran frenado inversiones en Vaca Muerta y obras como el ya famoso gasoducto “Néstor Kirchner”, que todavía no arranca, aunque estaba a punto de licitarse en 2019. Encima, consumimos cada vez más energía importada, compitiendo con Europa por los barcos de gas licuado y perjudicándonos mutuamente. Nuestro país vende también cada vez menos carne, debido a las restricciones comerciales impuestas en los últimos años. Y esperemos que no suceda lo mismo en cualquier momento con el trigo o el maíz, si la sequía empeora y si la inflación empuja al oficialismo a volver a batir el parche con “la mesa de los argentinos”, para justiificar medidas que lo único que hacen es desalentar la producción.

Contradicciones y problemas

Eso es lo que en los hechos ofrece Alberto Fernández al mundo. Contradicciones y problemas. El consuelo es que auque no debe haber logrado atraer las miradas de los inversores de países desarrollados hacia nuestra economía, sí puede que haya ayudado a hacerlo en beneficio de las de nuestros vecinos.

Porque unos cuantos países de la región, aunque no tengan presidentes hoy muy presentables ante el G7, como sucede con Brasil, Colombia o Perú, sí están en condiciones de aumentar rapidamente su oferta de alimentos y energía. Así que probablemetne reciban las inversiones necesarias para concretarlo.

No es lo que se diga un gran negocio, pero es lo que nos toca: nosotros ponemos el vocero y aparecemos en la foto, los negocios los hacen los demás. Hasta que nos cansemos de parlotear.

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