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Notas de Opinión

Cristina Kirchner, en su fase más destructiva

La vice necesita que se olvide su responsabilidad en los resultados de la gestión. Como no bastaron cartas, renuncias ni votos en disidencia, activó el botón nuclear

Columna publicada originalmente en Todo Noticias

Hace un tiempo que viene discutiéndose en sectores de la oposición la tesis de “cuanto peor mejor”: la idea de que es necesaria una crisis aún más aguda que la que ya soportamos, “que toquemos fondo”, para que la sociedad acepte los sacrificios que conllevarán las reformas que hacen falta para superar la decadencia.

Algunos, para justificarse, recuerdan lo sucedido en 1989. Mejor dicho, traen a cuenta las enseñanzas simplistas que ciertos relatos favorables a las reformas entonces emprendidas han extraído de lo que suponen sucedió en esos años. Cosa curiosa, sin extender las comparaciones al 2001, por una razón bastante obvia: hubieran tenido que sacar las conclusiones opuestas.

Por suerte, pueden atender esos opositores al comportamiento adoptado en estos días por Cristina Kirchner, y aprender de una vez por todas para lo que realmente han servido estallidos y crisis de gobernabilidad como los de 1989 y 2001: para olvidar lo más importante.

La vice está intentando por todos los medios a su alcance, justamente, que la sociedad olvide lo fundamental que podría aprender de la actual coyuntura: lo ineficaces y/o perjudiciales que han terminado siendo sus ideas e iniciativas. ¿Cómo? Desvinculándose de “su instrumentación a manos de Alberto”. Y como ha comprobado ya que no alcanza para lograrlo con plantearle objeciones, a través de cartas, renuncias y votaciones, pasó a bombardearle la entera gestión y va camino a aniquilar su ya muy acotada capacidad de controlar la situación. Con lo cual espera que los votantes, al menos “sus” votantes, no tengan otra que admitir que ella realmente estuvo todo este tiempo en desacuerdo con lo que él terminó haciendo.

Ante esto se plantea la pregunta: ¿es que no teme que, en el curso de esta operación, se desate una crisis más aguda, que el Gobierno termine en un fracaso catastrófico, inapelable? Lo que nos conduce al meollo de la cuestión: lo más significativo de la apuesta de Cristina es, precisamente, que le viene bien un poco más de caos.

No precisa necesariamente mejores resultados (que, por otro lado, sabe muy bien, sería muy difícil conseguir, sin hacer cambios para ella inaceptables), sino “mejores” lecturas y lecciones; para lo cual no es obstáculo, sino, al contrario, puede convenir que nos demos unos cuantos golpes más contra la pared, que traigan más incertidumbre y desorden. Porque entonces todo lo sucedido entre 2019 y el presente se relativizará, se confundirá o directamente se descartará: “Ella nos avisó, estuvo en lo cierto”.

Eso es lo que generan, más que lecciones útiles sobre el pasado, las crisis galopantes: un corte en la memoria colectiva, un río revuelto de juicios y experiencias pasadas que se relativizan ante nuevos acontecimientos conmocionantes, ideas y responsabilidades que se confunden en el tole tole de la crisis, del que sacan ventaja los pescadores más audaces, quienes tengan menos pruritos para manipular el revoltijo en que se habrá convertido la escena política. Entre esos pescadores, ya lo sabemos, porque lo demostró junto a su marido en 2001 y en lo que siguió, Cristina es experta consumada.

Por eso es que no conviene exagerar sobre la “irracionalidad” de sus actos, ni sobre el peso en ellos de sus pasiones: el “enojo” o “hartazgo” en que estaría sumida frente a un Alberto ya desquiciado. Con juicios de ese tenor se termina viendo la tragedia oficial como una disputa entre dos grupos “enloquecidos”. Y no conviene pasar por alto la cuota importante de cálculo que los anima. Incluso en el caso de Cristina. Que es cierto: asume riesgos mucho más altos que en otras ocasiones, pero como las fichas con que juega son nuestras, se entiende que los costos no le preocupen demasiado.

En la superficie, solo en la superficie, la bomba en que se ha convertido la gestión del FdT combina dos problemas psicológicos entrecruzados: el narcicismo de Cristina y el autismo de Alberto. Lo peor de cada uno.

Y al menos en ese aspecto del problema puede decirse que algo de razón hay de los dos lados, cuando se reprochan mutuamente ser incapaces de salir de la encerrona en que están.

El camporismo tiene parte de razón cuando se queja del encierro en que cayó Alberto, que “gobierna con cinco amigos”. Encima cinco que no aportan mucho: el implícito del juicio camporista es que, como él es un cinco de copas, quienes lo rodean no pueden valer más que un cuatro; un mal que ha aquejado ya a otros presidentes.

Pero convengamos, replican desde el “albertismo”, que si esta relación termina así fue, en gran medida, porque Cristina lo acorraló hasta el extremo de la humillación, lo sometió a un régimen de degradación cada vez más destructivo, al confundir, digamos que de manera narcisista, sus intereses con los intereses generales, escucharse solo a sí misma y esperar que los demás la adulen incansable e incondicionalmente.

Ni el narcisismo ni el autismo son, de todos modos, explicaciones suficientes: ha habido y sigue habiendo cálculo político en los cursos de acción seguidos tanto por Cristina como por Alberto. A ella esos cálculos la terminaron conduciendo al actual bombardeo, y a él lo están empujando al aislamiento, a pretender, como sostuvo esta semana Guzmán y repitió Aníbal Fernández, “gobernar con los que compartan el modelo”. Que es como decir “con los que no tienen adónde ir”, porque “modelo”, convengamos, no quiere decir nada.

Los que “no tienen dónde ir” son dirigentes peronistas sin territorio, sin organizaciones de interés detrás, sin bases electorales sólidas y propias. Y hay unos cuantos de esos disponibles. Pero no los suficientes para mantener a flote un gobierno con todas las dificultades que enfrenta el de Alberto. ¿Revisará su cálculo el Presidente en cuanto a que con lo que tiene a su alrededor le alcanza para sobrevivir, y lo hará a tiempo para evitar una crisis de gobernabilidad mayúscula?

Y por su parte, Cristina ¿recalculará a tiempo su estimación sobre los “refugios seguros” a los que aún en el peor de los casos, en un eventual fracaso inapelable de la gestión, podría replegarse? Esos refugios son, ante todo, los votos del conurbano bonaerense y los espacios institucionales que con ellos se controlan: la presidencia del PJ del distrito, los municipios, los “movimientos sociales”, las bancadas de legisladores.

Mientras esté segura de que “aguantan”, como le sucede a Putin con el fervor nacionalista de sus compatriotas, hasta las apuestas más temerarias pueden parecerle racionales. Solo si surgieran dudas serias al respecto, esos cálculos podrían cambiar. Pero tal vez, para cuando lo hagan, ya sea tarde, y la crisis no se pueda detener.

¿De qué depende que algo así se evite? Difícil saberlo, pero tal vez ayude que se lleven un buen susto en las encuestas. Aunque es probable es que haga falta algo más contundente, como una protesta social que no les sea posible prever ni contener.

Motivos para algo así sobran. El desastre institucional que están generando en su afán por desarmar lo que queda de Justicia independiente y hacerle la guerra a la Corte Suprema en cualquier momento agota la paciencia social. La inflación desbocada que, a falta de instrumentos mínimamente eficaces en manos de la administración, solo la caída del consumo y el consecuente ciclo recesivo va a poder contener, es ya un acicate a la protesta en la base de infinidad de gremios y barrios.

Frente a un gobierno sumido en la perversa dinámica que enlaza aislamiento y bombardeo, lo que resulta también imposible de prever es si un susto proveniente de alguno de estos o de otros frentes de conflicto va a frenar la irresponsabilidad oficial, o va a barrer con lo poco que queda de gobernabilidad.

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