Policiales

Drama: la dura palabra que se escribía con una navaja una nena abusada

Llegó a hacerse 70 cortes. Hasta que se animó a contar que lo hacía porque su padrastro, un policía retirado, la violaba

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Apenas la vio por primera vez, en los meses iniciales de 2015, la nueva psicóloga pensó que padecía “un grado de retraso”, según escribiría en su informe.

Lucía -que no se llama Lucía- tenía problemas tan graves como que no podía siquiera recordar qué profesor le había dado clases en el colegio ese mismo día, casi no hablaba con sus compañeros y tenía todo el boletín desaprobado. Estaba bloqueada. No se quería bañar y su vida estaba marcada por el descuido y el desorden.

El cuerpo se le había llenado de cortes, uno al lado del otro, en los brazos, en el torso, en distintos lugares. Entrevista tras entrevista, cada vez aparecía más lastimada.

Los tajos, confesaría mucho tratamiento después, se los hacía ella misma. Quienes la trataron le llegaron a contar 70 en un sólo día.

“Puta”, se había escrito en un brazo con una navaja.

Según detalla el diario Clarín, Lucía creía que tenía un motivo para hacerse eso. Sentía que, por su culpa, su pequeña hermanastra se estaba quedando sin papá y, de alguna manera, sin mamá.

Temía que alguna de las dos, o las dos, estuvieran en riesgo. Pero por sobre todas las cosas se autoresponsabilizaba por haber sido víctima y haberse atrevido a contarlo. Demasiada carga para una nena de 13 años. Demasiado horror.

Su pesadilla tenía rostro y ella lo había visto desde el primer minuto, una noche del verano de 2012 en la que su mamá fue a un local de su barrio -en Los Hornos, La Plata- a comprar una cerveza y terminó tomándosela con el dueño. Era un policía ya retirado de la Bonaerense, que ahora se dedicaba a atender un negocio en su propia casa y a reparar teléfonos celulares. Miguel Ángel Morosini se llamaba.

-Vení, Lucía, que te voy a presentar a un amigo, le había dicho su mamá entre cerveza y cerveza.

-¿Otro más?, había respondido la nena.

Era el 27 de enero de 2011. Para julio de ese año, los tres ya convivían en la casa de Morosini. La mujer había quedado embarazada de una nena que nacería en diciembre.

El papá de Lucía había abandonado el hogar poco más de un año antes, cuando ella tenía 9, casi sin aviso previo, aunque tenía un régimen de visitas para ir a buscarla seguido y llevársela. El hombre no notó nada extraño hasta que empezó la convivencia con Morosini.

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“Ahí yo notaba que venía vestida como una nena más grande, se maquillaba y sólo tenía 11 años”, contaría el hombre. “Venía pintada y me di cuenta de que usaba collares. Hasta una bombacha que era un hilo dental tenía. Le pregunté por eso y me dijo que se las compraba la madre”.

En cuanto quedó embarazada, Morosini le prohibió a la mamá de Lucía que siguiera en su empleo, en el sistema de estacionamiento medido de La Plata. “Me hizo dejar el trabajo, me dijo que no había necesidad, que no nos iba a faltar nada”, relataría la mujer, muchos años más tarde. “Él quería atención para él nada más y por eso había muchas peleas”, contaría. Casi de inmediato, la hizo cortar relaciones con su entorno.

Un día, contó el padre de la nena, su ex mujer lo llamó para que fuera a buscar a Lucía porque habían tenido una discusión con ella y con su pareja. Sin embargo, cuando fue a recogerla no la pudo ver: en la puerta de la casa estaba Morosini con una mano en la cintura, como si estuviera a punto de sacar su pistola. Horas después, la mamá le mandó a la nena con un remís y le dijo que con él “iba a estar más protegida”.

Al tiempo Lucía se fue de vacaciones a Córdoba con el padre . Una tarde recibió unos mensajes muy particulares en el celular. La nena se los mostró a su tía: “Le preguntaban si salía a bailar, si había chicos por ahí y qué pasaba si aparecía uno más grande, si le daba igual o si lo iba a esperar a él”, contaría el papá.

Los mensajes los enviaba su padrastro, el policía.

“El papá me contó sobre los mensajes y no le creí, porque Miguel me lo negó, decía que se los había mandado a otra persona”, afirmaría la madre. “Aunque él siempre tenía una respuesta para todo…”.

El padre los llevó al Tribunal de Familia que intervenía en el divorcio y la Justicia dispuso que, a partir de entonces, Lucía no fuera más a casa de su madre, sino que las visitas se hicieran en una plaza y sin la presencia de Morosini.

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Llevó mucho tiempo que ella empezara a hablar.

A su psicóloga primero le reveló que la asustaba que Morosini tuviera una veintena de cuchillos en su casa. “Decía que podía pasar cualquier posa porque no la dejaba a la madre ver a la familia y vivía situaciones violentas. Manifestaba que tenía temor de que les pasara algo a su mamá y a su hermana”, señalaría la terapeuta.

En septiembre de 2015 todo se agravó: la nena apareció con los brazos más cortados que nunca. Llegó el día de los 70 tajos y la palabra “puta” y, enseguida, la palabra “zorra”. La internaron en el Hospital de Niños, ante el riesgo de suicidio. Estaba al límite: era toda angustia, tristeza e insomnio. Le dieron antidepresivos.

A los 15 días, Lucía le dijo por primera vez a su psicóloga que quería contar lo que le “había hecho Miguel”.

-No puedo más no hablar de lo que pasó, se abrió.

Y empezó a develar todo. Le contó que el policía la había manoseado por sobre la ropa y también por adentro. Que la había obligado a masturbarlo. Que se le había subido encima para frotarla. Que la había obligado a ver películas pornográficas con él y también revistas. Que le había dicho infinidad de veces que cuando fuera grande sería prostituta. Y que todo había pasado en el tiempo en el que habían convivido, cuando su madre no estaba en su casa, cuando salía a hacer los mandados o bañaba a su hermanita. Cuando ella solo tenía 11 años.

El padrastro, reveló la nena, también la había obligado a que usara “ropa interior chiquita”. Como la bombacha tipo hilo dental que su papá le había descubierto y, recordó, le había prendido fuego diciéndole que eso era “para mujeres grandes”.

El Día del Niño, la madre fue con su hijita a la plaza de siempre para cumplir con la visita con Lucía. El detalle fue que, contra lo ordenado por la Justicia, también llevó a Morosini. Para peor, en un momento los dejó solos, algo que el policía aprovechó para preguntarle a su víctima si quería “seguir ejerciendo la prostitución”.

Al otro día la nena le dijo a la psicóloga que quería hacer la denuncia por abuso contra su padrastro, pero que no se animaba a ir sola.

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-Y no quiero ir a hacerla con mi papá, le aclaró.

“Le daba mucha vergüenza ir con el padre, ya que cuando le quemó la ropa interior le dijo que ‘era de puta’. Me dijo que no quería que pensara que era una puta”, relataría la psicóloga ante la Justicia. “Y me dijo que necesitaba hablar con la mamá porque no podía ocultar más esto, no tenía miedo de que le pasara algo a ella sino a la mamá y a la hermanita”.

La nena, diagnosticó la especialista, se sentía la madre de su mamá.

“Decía que había sido una puta. La autoresponsabilización se presenta en las personas que no mienten sobre un abuso”, dictaminaría.

Al final, según la madre, Lucía le contó todo. “Me dijo que Miguel la tocaba por arriba y abajo de la ropa. Ahí de la plaza me fui decidida a encarar a Morosini, pero ella me rogó que no lo hiciera… Me pidió perdón por no haber hablado antes, me dijo que creyó que yo era feliz y que no me lo quería arruinar. Me llegó a decir que se sentía culpable por no haber hablado…”, declararía.

Tarde, una enormidad de tarde, la mujer dejó al policía. “Al final yo le tenía terror a Morosini, se fue alimentando día a día, cuando me quise escapar de esa casa ya era tarde. Tomaba y se ponía agresivo. Me pegó una vez”, diría ante la Justicia.

Morosini fue detenido y el caso llegó a juicio oral. Allí, el policía descartó todas las acusaciones. “No sé cómo defenderme. Realmente, a mis 65 años no esperé nunca terminar en esta situación. Sobre todo porque yo elegí formar una familia y le di rienda suelta a mi sensación de enamoramiento. Me jugué la última parte de mi vida y elegí dar vida teniendo a mi hija…”, declaró ante los jueces Juan José Ruiz, Ernesto Domenech y Ezequiel Medrano, del Tribunal Oral Nro 1 de La Plata. “Yo a Lucía no la toqué ni la llegué a tocar con la punta de la yema de mis dedos, jamás”.

El mes pasado lo condenaron a 13 años de prisión por abuso sexual agravado y corrupción de menores, en un contexto de violencia de género, una figura casi inédita para este tipo de delito.

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