Sociedad

Video: dos víctimas denuncian a un cura confesor y abusador

Dos jóvenes del colegio de la parroquia San José Obrero de Caseros aseguran haber sido víctimas de pedofilia desde los 10 años

Para la familia Gobbo, profundamente católica, que ese sacerdote joven y carismático que actuaba en su comunidad, en la parroquia San José Obrero, en Caseros, los visitara en su casa durante las vacaciones de invierno era un privilegio.

Sus nenas iban al colegio de la iglesia y el cura era simpático y daba misas muy populares. Lejos estaban de imaginarse que la relación con el religioso iba a hundir a una de sus dos hijas en una pesadilla que duraría años.

Desde los 12 años, Mailin tuvo problemas psicológicos. Se aislaba, tenía conflictos con sus compañeras, se deprimía. Tuvo incluso un intento de suicidio. Comenzó una temprana terapia y cambió varias veces de profesional. Tuvo que irse del colegio.

“Estaba desconectada de mis sentimientos, de mi cuerpo. Me relacionaba con gente que me lastimaba”, dice conmovida ahora que ya es adulta y madre.

“La desconexión estaba relacionada con que no quería ver que había sido abusada por un cura que en ese entonces todavía venía a ver a mi familia a mi casa”, recuerda.

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Según detalla el portal de TN, el sacerdote se llama Carlos José. Cuando lo veía, Mailin, sentía repulsión, rechazo. No soportaba que la tocara o la abrazara, pero creía que ella era el problema, que era mala, que no había razón para que se sintiera así. Estaba bloqueada.

Se alejó de todas las actividades parroquiales y de su fe, para no tener contacto con él. Pero su familia seguía ignorando todo y relacionándose con él como si nada.

Cuando tenía 21 años, su psicólogo le dijo que se imaginara que bajaba a un sótano. Ella le relató que veía todo oscuro, y el le pidió que dejara de mirar a través de un tubo. Entonces se conectó con un recuerdo. El sótano era el lugar, debajo del altar, donde el cura la llevaba para abusar sexualmente de ella.

La memoria fue resurgiendo, y las sensaciones que no tenían explicación resignificándose. Mailin sentía asco cuando tocaba con sus pies el fondo de una pileta de natación, y pudo acordarse que el primer ataque lo padeció cuando Carlos la tocó debajo del agua, en un tanque, durante un campamento. Tampoco podía sentir cosquillas, producto de la tensión que sufría cuando el la manoseaba.

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“No estaba bien que me hiciera sentarme en sus rodillas cuando me iba a confesar y me tocara mis partes íntimas”, reflexiona ahora. “Nos sacaba de clase y nos llevaba a su cuarto para confesarnos” agrega.

“Yo pensé durante mucho tiempo que era mentira, y tenía miedo de que pensaran que yo había hecho algo para provocar, que era la culpable. El cura seguía viniendo a mi casa. Hasta que se lo dije a mis padres”, explica.

Los Gobbo no dudaron ni siquiera un momento en apoyar a Mailin.”Ella estuvo muy mal, tuvo que dejar la facultad y el trabajo porque tenía dos veces por semana asistencia psicológica y una iba a la psiquiatra. Se quiso quitar la vida”, dice Mónica, su mamá.

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Cuando se hizo público el abuso denunciado por Mailin, durante una charla, un grupo de sus compañeras comentaba que “era mentira”. Sorprendentemente, una de ellas hizo una revelación: “Es verdad. A mi también me pasó”. Yasmin, como Mailin, durante largo tiempo, había guardado silencio, y había olvidado la agresión.

El cura le habia enseñado a nadar a los 10 años. En la pileta, frente a todos sus hermanos, la tocaba hasta que le hacía doler. A veces, le ponía su manito debajo de su ropa interior. Cuando Yasmin le preguntó a su hermana si el cura la acariciaba “raro”, la respuesta negativa hizo que creyera que era todo producto de su imaginación.

“Me abrazaba fuerte delante de las maestras en el recreo, me besaba en el cuello. Y cuando me confesaba me hacía sentar sobre sus piernas y me tocaba las piernas y el cuerpo por encima de la ropa. Yo me ponía dura, quería pararme”, rememora.

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