Sociedad

El argentino que recorrió 30 mil kilómetros gracias al lomo y el fernet

De la oficina en el microcentro porteño a limpiar bares en pueblos perdidos para seguir adelante

Franco Busso - mochilero

Franco Busso lleva cinco años arriba de Clarita, la combi que lo llevó desde Buenos Aires a Ushuaia, y de ahí hasta Alaska, adonde llegó hace poco menos de un mes.

El ahora nómade aventurero no siempre tuvo una vida tan bohemia. A los 24 años tenía el típico puesto burocrático de oficina de nueve horas diarias en el microcentro porteño. Su vida no lo satisfacía y ese combo venoso de bocinas, tráfico, sirenas y locura generalizada lo tenía a punto límite. Así, casi sin planeamiento previo, pateó el tablero con la obsesión de poder conocer las profundidades de nuestro país y el continente, yendo desde la punta del sur hasta la norteña.

“Lo de Alaska era más una excusa imposible”, confiesa hoy desde allá mismo, entre patentes y calcomanías de los lugares más recónditos de América que visitó en el trayecto.

Busso comentó que la reacción familiar no fue demasiado entusiasta. A la vez, su condiciones o capacidades no parecían ser las más propicias para emprender tamaño viaje.

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Así, a las 10 cuadras de arrancar, efectivamente, su único y querido medio de transporte se rompió. Por suerte ese fue el momento de la epifanía y se dijo a sí mismo: “O volvés o le metés y te vas”. Entonces decidió que tenía que irse costara lo que costara. Con 1500 dólares y mil pesos puso primera y dejó que todo su pasado se perdiera en el oxidado espejo retrovisor de su camioneta.

Además de todas sus falencias en los trabajos manuales, Franco tampoco es músico o artesano -cosa que le hubiera facilitado al menos un ingreso relativamente fijo mientras pasaban los kilómetros-. En el trayecto fue buscando trabajos que le dieran plata para el día a día. En construcción, en talleres de autos, limpieza en bares de mala muerte, todos trabajos que Franco sabe que jamás hubiera hecho en su ciudad natal. El objetivo era uno solo: “llenar el tanque y seguir viaje”.

Esta modalidad de llegar, trabajar de 4 a 7 meses en cada locación, cobrar y seguir, le estaba ralentando mucho el viaje en cada parada. Por eso, decidió convertir a Clarita en un foodtrack: una solución trendy a un problema que le podía costar la perdida total de su ánimo viajero. El problema, otro más, era que no sabía cocinar. A esta altura Franco ya sabía que no había nada que no pudiera aprender.

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Fue en Paraguay que decidió hacer esa transformación. “Quedate tranquilo, te lo hacemos para el jueves”, le dijeron los talleristas a quienes les encargó el trabajo. Terminó llevándole un año. Así, una vez que terminó esa reconversión gastronómica de su automóvil empezó a vender los “lomitos salvajes”: sandwiches de lomo macerado en fernet. Debutó en la plaza principal de Asunción y lo siguió haciendo por 25 mil kilómetros. Todos sabemos que el fernet, fuera de nuestro país -e incluso en Italia, su país de origen- es un bien difícil de hallar. Por eso, en Bolivia maceró con Singani, en Perú al pisco, en Colombia a la cerveza negra (ante la dificultad de hacerlo con aguardiente) y de esa forma fue avanzando en el trazado de su mapa macerando sus lomos con las bebidas locales de turno.

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Las redes sociales lo ayudaron mucho: la gente se tomaba fotos tanto con él, como con la combi, como con sus sandwiches. Los hashtags lo ayudaron a propagar su “misión” y, para su sorpresa, todo funcionaba cada vez mejor. En Honduras, entre maras salvatrucha y demás pandilleros, terminó haciendo una comida solidaria para 300 chicos con el apoyo de la gente que lo recibió de brazos abiertos.

Y así siguió: El Salvador, Panamá, Cuba, México, Kansas, Colorado, Canadá y finalmente, su ansiada Alaska. Ahora, sólo resta un sueño generado es sus últimos días de aventura: cruzar el gran charco para hacer lo mismo por Europa. El tiempo, o probablemente él, lo dirán.

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