Crisis en Venezuela

Desastre total: por mar y tierra, venezolanos tratan de escapar

Más de 150.000 abandonaron el país durante el último año, la cifra más alta en una década; crecen los cruces en botes a las islas caribeñas de Curaçao y Aruba

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Venezuela alguna vez fue uno de los países más ricos de América latina, y atraía a inmigrantes de Europa y Medio Oriente, pero después de que el presidente Hugo Chávez prometiera quebrar a la élite económica y redistribuir la riqueza entre los pobres, los ricos y la clase media escaparon en masa a países más amistosos, y generaron lo que los demógrafos llaman la “primera diáspora venezolana”.

Ahora está en marcha la segunda diáspora, de gente mucho menos acaudalada y a la que nadie espera para darle la bienvenida. Más de 150.000 venezolanos abandonaron su país durante el último año, el número más alto en más de una década, según estudios académicos.

Y mientras la revolución de inspiración socialista de Chávez se sume en la ruina económica, mientras los alimentos y los remedios se escapan del alcance de la gente, esta nueva masa de migrantes está compuesta por esos mismos pobres a los que supuestamente esas políticas deberían ayudar.

“Hay una gran aceleración del proceso”, advirtió Tomás Páez, experto en migraciones de la Universidad Central de Venezuela. Según él, por lo menos 200.000 venezolanos se fueron del país en el último año y medio, impulsados por la escasez de comida, trabajo y medicamentos, por no hablar de la espiral de delincuencia que esa escasez fogoneó.

“Los padres dicen que prefieren despedirse de sus hijos en el aeropuerto que en el cementerio”, comentó Páez.

Hay miles de venezolanos desesperados que se lanzan a atravesar la cuenca del Amazonas para entrar en Brasil. También usan complejos ardides en los aeropuertos para meterse en las naciones caribeñas que hasta hace poco los aceptaban libremente.

En julio, cuando Venezuela abrió su frontera con Colombia por apenas dos días, 120.000 personas se abalanzaron al país vecino simplemente para comprar comida. Un número no establecido nunca volvió.

Pero tal vez la novedad más alarmante sean los venezolanos que huyen por mar, una imagen emblemática de las peligrosas travesías para escapar de Cuba o Haití, pero no de la Venezuela rica en petróleo.

El éxodo avanza a tal velocidad que desde 2015, alrededor de 30.000 venezolanos se mudaron a la región fronteriza que incluye el estado brasileño de Roraima, según las autoridades. Ahora, el ejército de Brasil incrementó el patrullaje en rutas y cursos de agua, y se prepara para una nueva ola de arribos.

Las pequeñas islas caribeñas vecinas de Venezuela son mucho menos hospitalarias y se limitan a decir que no pueden absorber el embate.

De hecho, las más cercanas a las costas venezolanas, Aruba y Curaçao, cerraron a partir del año pasado sus fronteras a los venezolanos pobres, imponiendo la obligación de exhibir un mínimo de 1000 dólares en efectivo para autorizarles el ingreso, un monto equivalente a más de cinco años de trabajo con sueldo mínimo.

Ambos Estados insulares incrementaron los patrullajes y las deportaciones, y según las autoridades, Aruba hasta tiene preparado un pequeño estadio donde alojar hasta 500 migrantes venezolanos que sean atrapados ilegalmente en el país.

En La Vela, el pueblo de pescadores del que es oriunda Roymar Bello, las casas vacías abundan ya que sus habitantes se han hecho a la mar. Hipotecaron la propiedad, vendieron sus pertenencias y hasta les pidieron dinero prestado a los mismos traficantes que luego los apiñan en los botes, junto con la droga y otros contrabandos.

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El trayecto a Curaçao implica un cruce de 95 kilómetros por un mar embravecido infestado de pandillas de piratas armados y guardacostas dispuestos a cazar a los migrantes y mandarlos de vuelta a sus países.

Cuando los obligan a arrojarse del bote y nadar hasta la costa se escabullen entre la maleza hasta entrar en contacto con quienes puedan hacerlo ingresar en la economía turística de la isla.

Limpian pisos en los restaurantes, venden chucherías en las calles y hasta ofrecen sexo por dinero a los turistas holandeses, ya que los mismos traficantes que los ayudaron a cruzar los obligan a pagar el pasaje con trabajo en los burdeles, según afirman las autoridades de la isla.

Por el momento, la tarea quedó en manos de la Guardia Costera del Caribe. Rob Jurriansen, un oficial naval holandés que dirige las operaciones en Curaçao, dijo que su pequeña flota de naves sólo interceptó a una mínima fracción de los migrantes, apenas un 5 o 10% del total de botes que llegan desde Venezuela.

Jurriansen señaló que los funcionarios de Holanda, ex potencia colonial a la que la isla sigue vinculada, ahora temen que también deban pagar la cuenta de ocuparse de la marea de inmigrantes. “Quieren impedir una situación como la de Libia”, dijo, en referencia a la mucho más numerosa ola de migrantes que cruzan el Mediterráneo para llegar a Europa.

Fuente: La Nación / The Wall Street Journal Americas

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