Crisis en Venezuela

Crisis sanitaria en Venezuela: el caso de la nena y su raspón en la rodilla

Ashley Pacheco, de tres años, estuvo al borde de la muerte por la falta de acceso a la salud, medicamentos y tratamiento adecuado. El gobierno de Nicolás Maduro dice que la crisis en el sector médico es un invento de la oposición

Un caso que refleja cómo se vive la crisis sanitaria en Venezuela. Era apenas un raspón en la rodilla. Y los padres de Ashley Pacheco, de tres años, hicieron lo que hace todo progenitor: le dieron un abrazo, le limpiaron la herida dos veces con alcohol y pensaron que estaba todo resuelto.

Dos semanas después, la nena se retorcía de dolor en la cama de un hospital. Su madre se quedaba con ella en el hospital día y noche. Su padre recorría Caracas en busca de antibióticos. No tenían idea de lo mucho que iban a empeorar las cosas.

Según detalla el diario La Nación, luego de años de malos manejos económicos y de la debacle de los precios del petróleo, la economía venezolana está muy deteriorada. El gobierno socialista dice que la crisis en el sector médico es un invento de la oposición y no admite la llegada de asistencia humanitaria.

Esto a pesar de que el propio gobierno reconoce que una de cada tres personas admitidas en hospitales administrados por el Ministerio de Salud el año pasado falleció.

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La cantidad de camas usables en los hospitales mermó un 40% en relación con el 2014. Y a medida que la economía se deteriora, escasean el 85% de las medicinas, de acuerdo con la asociación nacional de farmacias.

Una semana después de la caída en que se lastimó la rodilla, Ashley empezó a afiebrarse. En una clínica local los médicos le dijeron que pronto se repondría. La fiebre, no obstante, siguió subiendo y la rodilla se le hinchó.

Maykol y Oriana Pacheco la subieron entonces en su motocicleta, la acomodaron entre los dos y se pusieron a buscar un hospital que se tomase su caso más en serio. Recorrieron tres, y ninguno tenía medicinas o habitaciones para recibir a Ashley.

A la mañana siguiente la pequeña tenía 39 grados (103 Fahrenheit). Su padre se sentía cada vez más desesperado. Sin más opciones, enfiló hacia un cuarto hospital, el Universitario, donde de inmediato la llevaron a una sala de emergencia.

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El hospital estaba muy sucio. El personal de limpieza se había quedado sin lavandina para limpiar los pisos. Por el edificio caminaban perros callejeros y había cucarachas en las paredes. El agua de los baños a veces salía negra.

Los médicos le diagnosticaron una infección estafilocócica. La bacteria había penetrado su tejido cerca de la rodilla y se metía en la coyuntura.

Al caer la noche el estado de Ashley empeoró. Las rayas del monitor oscilaban enloquecidas. Su respiración sonaba rara y su padre notó que los movimientos de su pecho cuando respiraba no eran normales.

Los médicos sospechaban que la bacteria había llegado a los pulmones y abierto un agujero. Pero la última máquina de rayos X del hospital había dejado de funcionar el mes previo. Una ambulancia la llevó a una clínica privada, donde el examen le costaría a la familia el equivalente a una semana de sueldos.

Los rayos X confirmaron lo que se temía: el pulmón derecho de Ashley había colapsado. Los médicos le insertaron a la pequeña una gran aguja en el pecho y el aire salió zumbando.

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Poco después, llamaron a los padres a una sala y les dijeron que ya casi no tenían el antibiótico intravenoso. Y que sin la máquina de drenaje, Ashley no duraría más de 24 horas.

El día antes de que debía ser dada de alta, Oriana salió del noveno piso por primera vez en dos semanas. Los médicos no querían darla de alta hasta que no se sometiese a un ultrasonido para ver cómo estaba la pierna. Oriana trató de conseguir turno en un hospital público donde todavía funcionaba esa máquina.

Cuando fue dada de alta, salió renqueando del hospital, con un globo en la mano y un casco de motocicleta para menores para el viaje a su casa. Residentes y enfermeras gritaron alborozados al ver partir a la familia. No les decían “adiós”, sino “buena suerte”.

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