Sociedad

Increíbles relatos de la dura vida de las monjas en el convento del escándalo

Mientras que el arzobispo de Paraná, Juan Alberto Puiggari, negó que los elementos hallados en el lugar se utilicen para torturar a las religiosas, otras versiones indican lo contrario

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Una denuncia sobre flagelaciones y el hallazgo de elementos de tortura en el monasterio que las Carmelitas Descalzas tienen en la localidad entrerriana de Nogoyá desató un escándalo.

El arzobispo de Paraná, Juan Alberto Puiggari, cuestionó que la Justicia haya actuado de oficio y advirtió sobre un eventual conflicto con el Vaticano, del que depende el monasterio.

Durante una conferencia, expresó “la preocupación de la Nunciatura Apostólica (la representación diplomática del Vaticano) y de la Conferencia Episcopal Argentina porque hubo una especie de desproporción en el operativo judicial”.

Además, se quejó por la rapidez y formas que utilizaron: “La superiora le dijo ‘denme un minuto para llamar al obispo’ y le rompieron la puerta. ¿Eso es negarse?”.

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Todo se desató con una investigación del semanario Análisis en el Monasterio de la Preciosísima Sangre y Nuestra Señora de Carmelo, donde se hablaba de torturas.

La Fiscalía corroboró la existencia de cilicios y fustas, que fueron secuestrados en el marco de una causa por privación ilegítima de libertad agravada.

Puiggari enfatizó: “No son torturas, es disciplina, y los elementos (secuestrados) forman parte de la vida de las internas”.

El diario Clarín acudió al lugar para conocer una serie de detalles. Sólo pueden entrar allí las mujeres mayores de edad y recomendadas por un sacerdote, lo hacen como aspirantes y acuden durante tres fines de semana, como si fuera un retiro espiritual.

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No se pronuncian palabras, lo poco que se dice se escribe. “Podés ser postulante durante dos años, y más tarde pasás a ser novicia, otros dos años, el último paso antes de convertirte en monja”, describió una joven que aún no logró ingresar.

Quien ingresa a la congregación hace votos de silencio, castidad y obediencia, y las aspirantes se encuentran en otro sector del monasterio en donde apenas ven  las monjas.

En cuanto a la comida, detalló: “Sirven sopa, tortilla de verdura y una fruta, siempre lo mismo. A veces hay algún dulce que preparan las ellas mismas”.

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Cuando las monjas reciben a sus familiares, una vez al mes, los ven a través de una reja y con el control de una religiosa que escucha todo e informa a la superiora.

Para elaborar su informe, el periodista Daniel Enz obtuvo testimonios de ex monjas, pero se negó a revelar el número “porque salieron a apretar a varias de ellas desde la Curia”.

Por su parte el sacerdote entrerriano José Dumoulin sostuvo que “hace tiempo se venía hablando sobre el maltrato físico, y en especial psicológico, que había en ese monasterio”.

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