Cultura

La historia detrás de “La casa de la palmera”: muertes, cuartos clausurados y resentimientos

Una extraña seguidilla de hechos trágicos sacudió a la familia Galcerán, que habitó uno de los edificios más enigmáticos de la Ciudad de Buenos Aires

casa de la palmera portada

Por Marina Márquez

En el barrio de Balvanera, más precisamente en Riobamba 144, se ubica otra de las leyendas porteñas que más intriga despiertan. Para quienes no la conocen, al saber de qué se trata, quedarán estupefactos.

Cuenta la historia que una mujer llamada Catalina Espinosa de Galcerán compró esta vivienda luego de quedar viuda de su esposo, el doctor Galcerán, un médico reconocido en la ciudad que murió durante la epidemia de fiebre amarilla en 1871 mientras ayudaba a pacientes con esa enfermedad.

El motivo que llevó a esta señora de buena posición económica a adquirir esta casa fue el estilo de petit hotel francés y principalmente su tamaño.  Tenía seis hijos, cinco varones y una mujer: Elisa, la protagonista de esta historia.

Debido a su situación monetaria, los jóvenes pudieron dedicarse a sus carreras universitarias sin trabajar, y todos ellos lograron recibirse: había un médico, un ingeniero, un abogado, un escribano y un arquitecto.

Por su parte, Elisa tenía un fuerte compromiso religioso que la llevaba a asistir todos los días a misa, y era además muy aplicada en lo que a estudio y trabajo respectaba.

Eso la diferenciaba de sus hermanos.  Mientras ellos tenían otras prioridades, ella ni bien se recibió en 1909 de taquígrafa, comenzó a trabajar en el Congreso Nacional de la Nación, ubicado a pocas cuadras de su hogar.

Muchas actitudes de los hombres de la familia eran las que molestaban a Elisa: ellos vivían a costa de la fortuna heredada por su padre y no profesaban la religión, situaciones para ella intolerables.

La muerte de la madre y el comienzo de la leyenda

Al fallecer su madre Catalina, ninguno de sus hijos tuvo intenciones de abandonar el lugar. Fue por tal motivo que la hija mujer decidió hacerse cargo de las tareas domésticas y administrativas de la familia, además de continuar con su trabajo.

Algo que unía a los seis, era el amor que sentían por su mamá, por lo que luego de su partida física se pusieron de acuerdo en clausurar el cuarto que habitaba y dejarlo como estaba sin tocar ninguna de sus pertenencias.

Pero las diferencias pesaban mucho y eran cada vez mayores. Elisa debía hacerse cargo de todo mientras sus hermanos disfrutaban del ocio y de las mujeres.

Hasta que un día, sucedió un hecho que desencadenaría en una seguidilla de tragedias: uno de los varones murió súbitamente de un infarto mientras jugaba al tenis.

Luego del entierro, Elisa propuso hacer lo mismo que con su mamá, y clausurar el cuarto del difunto. Todos sus hermanos estuvieron de acuerdo.

Sólo un par de meses después, otro de los varones murió de forma inesperada, mientras se encontraba en el Yatch Club Argentino con una amiga. Luego de haber bebido alcohol en cantidad, se dirigió a su velero pero antes de subirse se tropezó y cayó al agua. Murió ahogado tras quedar enredado en una soga de amarre.

Una vez más, como sucedió con la madre y el primer hijo fallecido, otro cuarto fue clausurado. Pero esto no iba a terminar y faltaban aún más capítulos…

Muchas dudas y más cuartos clausurados

Al año siguiente, la muerte alcanzó a otro de los hermanos, quien murió en un accidente de tránsito. La misma situación se repitió: otra pérdida familiar y Elisa, que parecía no inmutarse ante esto, volvió a clausurar una habitación.

Pese a esto, los hombres de la casa continuaban con su vida de salidas mientras que ella llevaba una rutina totalmente distinta y lo único que los unía era convivir bajo el mismo techo.

Según detalla el blog “Rincones, Historias y Mitos de Buenos Aires”, una noche, uno de ellos se encontraba con sus amigos en Hansen, un bar para bailar tango que se encontraba en Figueroa Alcorta y Av. Sarmiento donde acudían malevos y “niños bien” en busca de mujeres y alcohol.

En estado de ebriedad, Galcerán se enfrentó con uno de los hombres más peligrosos del lugar, quien lo asesinó de un cuchillazo en el estómago.

Fallecimiento tras fallecimiento, finalmente quedó un sobreviviente, que era el médico. Por las noches, el profesional frecuentaba el cuarto de la mucama de su casa, motivo que incrementaba aun más el enojo de su hermana.

Ambos habían discutido y él le recriminó su frialdad ante las tragedias de los otros, e incluso hasta le dijo que sospechaba de que ella tuviera algo que ver con todos extraños sucesos.

Enojada, ella consideró que era una ridiculez que pensara eso y le recriminó que se hayan alejado de Dios, y que si murieron era porque tenían que rendir cuentas ante el Señor.

Luego de esto, el hermano se quedó atónito por sus dichos, le dijo que nunca un hombre se iba a fijar en una persona con tanto resentimiento y se fue a su habitación.

Pero él tampoco pudo esquivar la muerte, y fue hallado sin vida junto a la empleada doméstica en la cama desnudos. Algo que llamó la atención fue que en el cuarto había un brasero, objeto que era común para calentar los ambientes, pero más allá del frío que hiciera, se sabía del peligro que conllevaba dormir con ellos debido a que provoca un faltante de oxigenación.

La policía no encontró ninguna prueba para inculpar a Elisa, salvo los gritos que escucharon las empleadas durante la pelea, y la investigación se archivó.

La nueva vida solitaria de Elisa

Luego de esto, la mujer echó a las mucamas y decidió vivir absolutamente sola. Su vida la dedicaba a trabajar y hacer las compras, sin gente invitada a su hogar y con mucha tranquilidad.

Cuatro décadas después de la muerte de su último hermano, Elisa iba todos los días a las misas de la parroquia de Nuestra Señora de Balvanera. Si faltaba era porque estaba enferma y cuando se recomponía recuperaba las pérdidas.

Pero un día del año 1992 no se hizo presente ni tampoco respondió los llamados, fue por tal motivo que el párroco ingresó a la casa con un feligrés médico para comprobar su estado de salud.

Cuando entraron al lugar, se encontraron con un cuadro desagradable: todo era oscuridad, las luces no funcionaban y en medio de ese panorama se encontraron con la puerta del sótano abierta, por lo que decidieron bajar.

Allí se encontraron con el recinto amueblado como si fuera una habitación, y en la cama se encontraba Elisa fallecida. Todo indicaba que en ese sitio había pasado sus días: había una mesa de luz, un rosario, una Biblia, un espejo, un pupitre para rezar, y demás objetos.

El resto del hogar era un caos: las escaleras llenas de telarañas y polvo, y las habitaciones clausuradas se mantenían intactas pero sucias y con mucho olor, mientras que la de ella se encontraba completamente vacía.

La capa de polvo sin huellas era señal de que no visitó los pisos superiores por años e incluso había ¡ratas muertas!. Así fue el solitario final de la última integrante de la familia Galcerán.

La “Casa de la palmera” y la advertencia a quienes la visiten

casa palmera

El hogar estuvo cerrado durante muchos años, para en 1997 pasar a convertirse en un colegio que, paradójicamente, se llamaba “Escuela de Puertas Abiertas”, y desde el 2008 hasta la actualidad, ahí funciona el Instituto del Pensamiento Socialista.

Pero los misterios alrededor de esta casa y su llamativa palmera aún continúan y, según la leyenda, los hombres que entren al lugar y hayan tenido una vida de ocio y mujeres, experimentarán fuertes dolores en el estómago que derivan en cuadros de gastroenteritis o infección del colon, que los dejarán postrados.

Es que Elisa, sigue sin poder tolerar estas actitudes y, desde algún lugar, castiga a quienes se comportaron como sus hermanos.

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