Policiales

El caso de la abuela que pasó por prostituta para atrapar a los que mataron a su nieto

Al joven lo asesinaron durante un robo en la puerta de su casa, en Quilmes Oeste. Por ese motivo, Ana María Sabo se disfrazó para meterse en una villa y fotografiar a uno de los tres asesinos. ¿Cómo sigue la causa?

Una trágica historia en la que se recurrió a una medida desesperada para buscar justicia. El día en que lo asesinaron estaba por empezar una etapa nueva en su vida. Jonathan Hernán Rodríguez Moreira tenía apenas 17 años, había rendido los últimos exámenes para terminar el secundario y había conseguido un buen trabajo.

“Joni”, como le decían, nunca había conocido a su padre, y su madre había muerto un par de años antes luego de padecer una larga y tortuosa enfermedad terminal. Fue entonces que el adolescente quedó al cuidado de su abuela, una mujer que aún hoy está en busca de testigos del crimen.

Según detalla el diario Clarín, en esa lucha, incluso llegó a disfrazarse de prostituta para meterse en una villa e intentar acercarse a uno de los asesinos de su nieto.

“El tendría que estar estudiando, trabajando, disfrutando. Y sin embargo, nos cagaron la vida”, dice Ana María Sabo (63) en su casa de Quilmes Oeste. Al joven lo mataron en un asalto en la madrugada del 26 de febrero de 2015, alrededor de la 1.30.

“Uno nunca está del todo preparado para la muerte de una pareja. Menos, la de un hijo, y mucho menos la de un nieto”, cuenta la mujer, que lleva tatuado en su brazo derecho un dibujo con la cara de Jonathan.

Ese mismo año también había muerto de cáncer el marido de Ana y abuelo de “Joni”. “Mi esposo se fue el 3 de marzo de 2012 y mi hija, el 15 de agosto. Fue una tras otra”, enumera.

El drama se acentuaría tres años después, con el homicidio de su nieto. Jonathan había estado un par de días en la Costa con su novia y había regresado para rendir las últimas materias. Aprobó y lo asesinaron.

Todo sucedió mientras ella terminaba de caer dormida. Aquella madrugada escuchó murmullos que llegaban de la calle y enseguida, un grito desgarrador. “Salí corriendo y, cuando llegué al comedor, escuché el disparo. Vi correr a tres personas. Una incluso se dio vuelta y me apuntó como para dispararme. Saltó la alarma del coche y ‘Joni’ quedó tirado al lado del auto. Lo levanté, pero en ese momento no vi sangre”, explica.

Ana y su hijo intentaron envolver a Jonathan con una frazada para llevarlo al hospital. Pero ya era tarde, no pudieron hacer nada. Y a partir de ese momento, la mujer empezó una búsqueda que aún hoy no termina.

Hubo dos testigos del crimen, pero cuando se presentaron ante el fiscal Sebastián Videla, de la UFI N° 6 de Quilmes, denunciaron a la Policía por “apremios ilegales”. El fiscal abrió una causa paralela para investigar ambas denuncias, pero no pudo incluir esos dos testimonios en el expediente judicial.

Ana tenía los nombres de tres sospechosos. Entonces decidió arriesgarse ella misma y salir a buscar pruebas. “A los cuatro meses del homicidio, me enteré dónde vivía uno de los asesinos. Y decidí disfrazarme de prostituta. Me puse una peluca, un pantalón de mi nieta y entré diciendo que venía de la villa de ‘Los Eucaliptus’ y que quería comprarle ‘falopa’. Y además dije que había una ‘loca’ que quería conocerlo”, detalla la mujer.

Fue así como Ana logró fotografiar a uno de los presuntos homicidas. “Es este, le dicen ‘El perro’. Las fotos las saqué yo”, señala la mujer, mostrando varios retratos.

“Después me amenazó un par de veces, pasó por mi casa en moto diciendo que iba a ‘hacerme mierda’. Le llevé las fotos al fiscal, pero yo no puedo identificarlo, apenas lo vi. No quiero venganza, lo que quiero es justicia. Mi nieto tuvo una vida muy difícil, era sencillo, de buenos sentimientos”, afirma Ana, aguantándose para no llorar.

La causa judicial está estancada por la falta de testigos y otras pruebas que sitúen a los sospechosos en el lugar del crimen. Y a pesar de que hay una recompensa vigente del Ministerio de Seguridad bonaerense –de entre 50 y 150 mil pesos para quienes aporten información–, pasados los primeros días nunca nadie volvió a presentarse ante el fiscal Videla.

“Lo que necesitamos son testigos que hayan visto lo que pasó o puedan brindar algún dato para que el crimen de mi nieto no quede impune”, concluye la abuela, que ya no sabe cómo pedir justicia.

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