Economía

Comer pizza, tomar café y pedir helado cuesta casi lo mismo en Buenos Aires que en Mónaco

Existen datos que a veces sorprenden con relación a la inflación. Las comparaciones hablan del impacto de los aumentos de algunos productos en territorio nacional

Cualquiera quisiera visitar ese lugar. Los Porsche, Ferrari y Jaguar se agolpan en la puerta del Casino de Monte Carlo, al final de la subida costera que todos los años enciende la Fórmula Uno.

Celular en mano, los turistas se matan para sacar fotos frente al hotel en un aura envuelta de Ferragamo, Dior, Chopard y otros nombres lujosos. El cuadro más reconocido queda atrás, compuesto de yates flotando en el Mediterráneo.

Según detalla el diario La Nación, Mónaco es sinónimo de ostentación pero en algunos rubros no hay tanto que envidiarle. Que los alimentos subieron de precio en la Argentina no es una novedad. Pero hay datos que a veces sorprenden con relación a la inflación.

Comer una pizza, tomar un café o pedirse un helado es tan caro en Mónaco, una de las ciudades más top de Europa, como en algunos barrios porteños.

Vale una aclaración. Tales comparaciones hablan del impacto de los aumentos de algunos productos en territorio nacional. En la comparación global, que incluye a alimentos en general, tarifas, valores en restaurantes, alquileres y demás, Mónaco sigue teniendo un costo de vida más elevado que la capital argentina.

Vamos a los ejemplos: una pizza Marguerite (con tomate y queso), la más básica del principado, cuesta en promedio 9,50 euros (o sea unos $ 161,50 si se tomar el tipo de cambio a $ 17) en el barrio antiguo de la ciudad a unos metros del Palacio del príncipe Alberto II.

Eso es lo que dice la lista de precios de L’Estragon. El valor varía entre 8,50 euros y 10 euros. En una famosa pizzería porteña que tiene como logo a un pizzero con bandeja en mano y con nombre que alude a territorio, esa misma pizza cuesta 240 pesos. O sea un 48,6% más cara.

En tanto, el helado más pequeño en las tres cadenas más importantes de Buenos Aires cuesta hoy por hoy alrededor de unos 50 pesos. Por otro lado, en una heladería artesanal cercana al embarcadero del principado llamado L’Atelier Du Glacier, el helado “petit” (pequeño) de un gusto sale 3 euros ($ 51).

Algo similar ocurre con el café, por ejemplo. Un expresso tiene un valor de 2 euros ($ 34). Eso dice el café Bilig, ubicado en esta ciudad-Estado (el segundo país más pequeño del mundo y el más densamente poblado con relación a su tamaño).

Es lo mismo que lo valía hace por lo menos cuatro años y un precio similar al que mostraban entonces ese mismo producto en Madrid o Roma. En 2012, en la Argentina tomarse un cafecito en un bar costaba 12 pesos. En la actualidad, está entre los $ 25 y los $ 35, de acuerdo al lugar que se elija.

Claro que estas comparaciones no incluyen un análisis de los impuestos sobre cada producto, ni de cómo se integran las cadenas de valor hasta que se llega al consumidor final ni menos se detienen a explicar si los productos con los que están elaborados esos bienes son importados o de industria nacional.

Estos números hablan sólo del encarecimiento evidente de Buenos Aires, sobre todo en lo que respecta a sus alimentos. Los datos son claros.

La canasta alimentaria de abril de 2010 para una familia tipo, con dos adultos y dos niños e inquilinos de una vivienda era de 949 pesos. Seis años más tarde, esa misma canasta llega a los 6319 pesos. Se trata de un aumento de un 565,8 por ciento.

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