Policiales

Trágico final: el caso de “Peti”, el chico que no podía parar de matar

Se llamaba Leandro. El joven tenía 17 años de edad y era investigado por diez homicidios. Provocaba terror en Lanús. Por un ajuste de cuentas, lo asesinaron de tres balazos en Ciudad Oculta

El final de la historia es trágico. Tenía apenas 17 años, pero está claro que la inocencia no era lo suyo. Todo lo contrario, había edificado un prontuario que metía miedo. Se llamaba Leandro, aunque él era “Peti”, un apodo que de sólo nombrarlo causaba terror en Lanús.

Según indica el diario Clarín, el chico había nacido a la vera del Riachuelo y crecido en medio de los agitados pasillos de Villa Jardín. Era atrevido y pendenciero. Vivió muy poco, pero lo suficiente como para acumular una incontable cantidad de robos.

Cometió dos homicidios y le atribuyen al menos otros ocho. No tenía límites ni códigos y el final le llegaría recién con su propia muerte, de la misma manera en que se manejaba, víctima de tres balazos, el fin de semana último.

El chico había tenido que desaparecer de su territorio, donde se manejaba como pez en el agua. Había atacado a tiros a un amigo y estaban buscando venganza. Entonces se guareció en lo de su novia, en la manzana 12 de la Villa 15, en Ciudad Oculta, barrio porteño de Villa Lugano.

Fue allí donde el sábado pasado cuatro encapuchados se lo cruzaron. No le dieron ninguna oportunidad. Lo acribillaron de tres balazos con armas calibre 9 milímetros.

Eran las dos de la madrugada cuando Leandro entró en estado desesperante al Hospital Santojanni. Lo operaron, pero no pudieron hacer nada por salvar su vida.

Para la investigación preliminar de la División Homicidios de la Policía Federal, lo asesinaron en el marco de un compleja trama de venganza.

Unos días antes de su muerte (el 26 de abril), un joven del barrio había sido agredido de varios disparos. Todos señalaron a “Peti” como el tirador y no se lo perdonaron.

“Fueron a buscarlo directo para matarlo. El andaba con una bandita, pero solía robarle a ‘transas’ y consumidores. El problema es que robaba adentro de la misma villa y ahí no se aceptan ‘turrones’: en cuanto uno se hace el loco o el ‘malandra’ lo bajan enseguida”, contó una fuente del caso.

Leandro llevaba pocos meses escondido en Villa Lugano. Los investigadores tenían lista una orden de allanamiento y sabían que sobre él pesaba un pedido de captura de la Justicia de Lomas de Zamora.

¿El motivo? El 2 de enero pasado había baleado a dos jóvenes para robarles, en Carlos Pellegrini y Warnes, Villa Jardín. Uno se salvó. Pero el otro, Jhonatan Palacios (16), murió.

La Policía Bonaerense empezó a buscarlo por todas partes. No hubo caso, no apareció. La primera novedad certera sobre dónde estaba llegaría recién el martes de la semana pasada, con el ataque en Ciudad Oculta.

Y mientras las divisiones de Homicidios de la Federal y de la Bonaerense se ponían de acuerdo para atraparlo, Leandro cayó –según se cree– bajo la mira de los cuatro encapuchados.

¿Quiénes lo asesinaron? Hay algunos indicios, pero aún no se sabe. La Policía informó ayer del arresto de dos sospechosos del homicidio, ambos menores de edad, uno de ellos apodado “El Baba”.

Además del crimen de Palacios, “Peti” también estaba acusado de matar a Julio Acosta (20), un amigo suyo. Ese hecho sucedió el 6 de julio de 2014. Leandro tenía entonces solo 15 años. Acosta fue baleado en su propia casa, también en Villa Jardín.

La novia de ese joven y otro testigo coincidieron en que “Peti” era el asesino, pero hablaron de un accidente. Dijeron que estaban comiendo pizza y tomando cerveza. Y que, en determinado momento, Leandro se puso a jugar con un revólver. El “chiste” terminaría en tragedia: Acosta recibió un tiro en medio del pecho.

En Villa Jardín, a “Peti” le tenían terror. Los vecinos preferían no cruzárselo, evitaban cualquier discusión, sabían que era pistolero, lo tildaban de “rastrero”. Y él era desconfiado, retraído, pero actuaba sin culpas ni remordimiento.

A mediados de 2014 (y solo en ese año) ya acumulaba más de 14 causas judiciales por tenencia y abuso de armas, lesiones graves, robos y, la más compleja, homicidio. Apenas días antes de matar a Ojeda, había estado preso dos veces y se había escapado en forma consecutiva de tres institutos de menores. Siempre volvía al barrio.

“Era un pobre pibe, había instalado el terror en la villa. De nene le pusieron un arma en la mano para que saliera a robar. Al padre lo mataron cuando él era chico. El día que enterraron a Palacios, él estaba a unas cuadras pegando tiros al aire y haciendo alarde del crimen. Tuvo que escaparse de Villa Jardín porque otra banda estaba por ir a buscarlo”, contó un vocero.

El comisario Blas Mpatsios, que lo tuvo enfrente suyo en varias oportunidades cuando era el jefe de la comisaría de Villa Diamante, dijo lo siguiente: “El solía andar con pistolas de alto calibre, pocas veces con revólveres. Y no dudaba: disparaba sin problemas. Era chiquito, tenía cara como de asustado. Uno lo veía y costaba pensar que era el autor de todo lo que había hecho. Ni siquiera demostraba rebeldía, parecía más bien sumiso”.

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