Tragedia en Costa Salguero

El nefasto negocio de las fiestas electrónicas: cuerpos calientes, pastillas y mucha sed

A una semana de la muerte de cinco jóvenes en la Time Warp, en los boliches de Buenos Aires se sigue consumiendo de todo. ¿Qué se puede encontrar allí?

Luego de la tragedia en Costa Salguero, surgen unos interrogantes claves sobre las fiestas electrónicas: ¿Cómo funcionan? ¿Qué se puede encontrar?

El diario La Nación hace una investigación, sobre este tema. Es sábado y un club de Palermo organiza una verdadera maratón techno: 10 horas de música a cargo un DJ holandés.

La fiesta arranca a las 22. El lugar, con capacidad para unas 450 personas, se llena de chicos y chicas de 20 años. Y algunos de 30. Hay estudiantes, arquitectos, médicos.

Unas pocas luces, rojas y azules aparecen y desaparecen en el techo. El resto está oscuro. En la pista, un grupo de chicos ilumina el piso con sus celulares en busca de pastillas perdidas.

El panorama es idéntico al de cualquier otro boliche o bar, con un matiz: en el centro de la pista bailan los más enérgicos, pero en la periferia casi no hay gente tomando alcohol. No se ven chicos con botellas.

Algunos hacen un pocito con la mano: así sostienen las pastillas para evitar que se caigan por un empujón. Conseguir éxtasis es fácil y solo hay que preguntar. Se vende a 300 pesos.

El set es una canción infinita. A medida que aumenta el tempo de la música, también sube la temperatura del lugar. Se hace difícil cruzar la pista: con cada paso hay que abrirse camino entre una alfombra de botellas de plástico.

En unas horas, la gente llega al clímax de su propio viaje. Solo con un roce es posible darse cuenta de quién tomó éxtasis: tienen la piel que quema, como si acabaran de pasar un día de verano al sol.

La ropa que usan es cómoda. Remeras, musculosas, jeans, zapatillas. De la cintura para abajo bailan relajados, pero el torso y los brazos los mueven rígidos. El estereotipo del clubber baila como un C3PO con onda.

Un chico toma una pastilla y se saca una selfie. Otro atraviesa la pista agarrándose de la gente y consultando: “¿Pasti?, ¿pasti?, ¿pasti?”. La gente salta y se mueve en masa al ritmo del DJ, que logra una conexión directa y tribal con el público.

A eso de las cinco, sin pastillas, el cuerpo del cronista no aguanta más y tramita una salida con el encargado de seguridad. Necesita comer una hamburguesa en un lugar tranquilo.

Cuando vuelve, la fiesta sigue exactamente como la dejó. Es como si empezara de cero. Todo el tiempo.

A pesar del uso generalizado de drogas de diseño en el lugar, a lo largo de la noche la única persona que termina mal es una que se dedicó a tomar alcohol. Compartió varias botellas de vino con amigos. Y después se descompuso sobre la barra.

“El que quiere tomar una pastilla lo va a hacer. El problema lo generan los que no saben tomar, los que ponen cualquier porquería en sus productos, y los organizadores que meten gente de más en las fiestas”, dice una chica de 32 años que fue sola y es fanática del DJ.

Esa parece ser la opinión generalizada dentro de la escena electrónica. Están en contra de la prohibición y a favor de que se implementen políticas de reducción de daños.

El club que organiza la fiesta, por ejemplo, realizará un curso de primeros auxilios y prevención del consumo de drogas el 12 de mayo para sus empleados.

Mientras tanto, eligieron colocar el siguiente cartel en los baños: “El abuso de alcohol y consumo de drogas es perjudicial para la salud. Cuidate. Nadie lo hará por vos”.

La fiesta termina bien entrada la mañana. Afuera, los runners que dan vuelta por el barrio parecen zombies al lado de los que salen del club.

Los chicos están entusiasmados y piensan seguir. El boliche anunció que el DJ tocará de nuevo el domingo a las 22 y gratis para los que no pudieron ingresar a la fiesta del sábado. Y para los que se quedaron con “ganas de más”.

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