Mundo Insólito

Uruguay tiene una cárcel de la que nadie quiere fugarse

Los presos tienen trabajo y hasta pueden pedir un crédito para empezar su propio emprendimiento

punta de rieles

El centro de detención Punta de Rieles, a unos 15 kilómetros de Montevideo, no es como cualquier otra: su torre de vigilancia es lo único que delata que esta mini ciudad que se armó no es otra cosa que un penal.

De ambos lado de una “calle central”, Punta de Rieles tiene su propia rotisería, peluquería, almacén y confitería, todos atendidos por los presos. Un simple alambrado abraza el predio de la cárcel, pero nadie parece querer fugarse, así que tampoco es necesario.

“La idea es que la prisión se parezca al máximo al mundo exterior”, explica Luis Parodi, director del penal. Al recorrer las cinco calles de tierra de este insólito pueblo, se pueden cruzar un caballo en libertad, algunos chanchos y perros adoptados por los mismos presos.

El único requisito indispensable para poder ingresar a este penal es comprometerse a trabajar o estudiar. ¿La motivación? Cada dos días de trabajo o estudio les descuentan un día de detención.

Presos emprendedores

A dos cuadras de la plaza central, la zona industrial de la cárcel se extiende y uno de los reclusos, Julio, deambula por entre sus obreros, dedecados en su tarea de construcción de bloques de cemento, que una cooperativa uruguaya va a pasar a buscar más tarde.

Hace cuatro años ya que Julio tiene su empresa bloquera dentro de Punta de Rieles. Ya hacía más de diez años que vivía encarcelado, y no sabía usar la computadora donde ahora tiene toda su contabilidad.

Julio no es el único emprendedor de la cárcel. Gracias a una retención sobre las ventas de todos los comercios que cuenta Punta de Rieles, un Banco Solidario otorga préstamos para empezar una nueva actividad. Así nacieron más de veinte empresas dirigidas por presos o ex presos, generando empleos.

Salir a estudiar

Pero los presos trabajadores y emprendedores no son la única rareza en este paraíso carcelario uruguayo: Roy , de 34 años, es uno de los dos condenados que tienen permiso para salir de la cárcel y asistir a la Universidad de Montevideo, donde estudia ingeniería.

“El primer día de curso, cuando me fui, los otros presos empezaron a apostar. Todos pensaban que jamás volvería. Todos perdieron…”.

A pesar de la falta de presupuesto, la fórmula implementada en Punta de Rieles parece funcionar. Los códigos tradicionales de las prisiones se van quebrando a lo largo del tiempo: en esta cárcel se saluda, se toca, se abraza. La violencia se difumina y las sonrisas vuelven con la confianza. La palabra se libera y muchos son los presos que evocan sin problema su pasado, sus angustias y sus miedos.

Fuente: Perfil

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