Papa Francisco

Miles de argentinos invaden las calles de la capital paraguaya

Grupos de fieles de distintas ciudades llegaron a la capital de Paraguay para ver de cerca a Francisco

Banderas-argentinos-Papa-Mario-Quinteros

Los negros nubarrones que cubrieron el cielo de Asunción durante gran parte de la jornada no fueron suficientes para aplacar el fervor de miles de peregrinos argentinos y paraguayos que se volcaron desde la mañana del viernes a las calles y avenidas para ver a Francisco.

La capital paraguaya amaneció tranquila. El feriado nacional decretado por el gobierno de Horacio Cartes hizo que el tránsito fuera un poco menos caótico en las primeras horas del día. Apenas el reloj marcó el inicio del viernes, cientos de vendedores ambulantes ganaron los lugares estratégicos para ofrecer banderines, remeras, gorros y pósters con el rostro sonriente del Papa. Luego sumaron a la oferta las capas de polietileno para cubrirse de la lluvia, por la “módica” suma de casi 50 pesos.

A media mañana, sobre la calle Palmas, los argentinos empezaron a ser mayoría. Algunos buscaban canjear sus pesos por guaraníes, tarea nada complicada en esa zona, ya que los arbolitos habían copado el lugar. La operación monetaria no estuvo exenta del regateo, pero los cambistas se mostraron inflexibles: 360 guaraníes por cada peso. “No te puedo mejorar la cotización porque es muy poco lo que gano”, se defendían a coro los paraguayos mientras hundían la mano en el bolso de cuero en busca de los gordos fajos de guaraníes.

Sin estar del todo convencidos, algunos peregrinos decidieron hacerse de algunos cientos de miles de guaraníes, imprescindibles para el taxi o el boleto de colectivo, ya que la mayoría de los locales opera con tarjetas de débito y crédito.

A media mañana todo era calma, pero apenas la Policía Nacional comenzó con el cierre de calles, el caos fue total. Roberto, un taxista, golpeaba con furia el volante cuando giraba en una esquina y se encontraba con la fila de conos y agentes con cara de pocos amigos. A fuerza de silbato y ampulosos gestos buscaban imponer cierto orden. Misión imposible. Así, esquivando retenes policiales y baches que parecen cráteres, mostrando la trompa en cada esquina sin semáforo para que el otro cediera el paso, los automovilistas pudieron desplazarse por una ciudad que empezó a recibir a miles de peregrinos que se alojaron en los alrededores de Asunción.

En primera fila, a pocos metros del acceso al Penal de Mujeres El Buen Pastor, se acomodaron Lucrecia Puppo, Gabriela Repetto, Agustina Rosso y Norma Bonillo, quienes llegaron desde la ciudad santafesina de Las Parejas con bandera y camisetas argentinas. “Mi marido nos regaló el viaje”, cuenta Lucrecia. “Llegamos el jueves y estamos parando en la Casa de Retiros Espirituales de Itaguá (a 20 kilómetros de Asunción). Estamos con un grupo grande de la parroquia Nuestra Señora de la Guardia, pero vinimos las cuatro solas porque los choferes no quisieron traernos porque anoche se quedaron sin alojamiento y durmieron en el ómnibus. Salimos a las 9 y tuvimos que tomar dos colectivos para llegar. La gente de acá nos ayudó mucho y acá estamos, esperando a Francisco”, relata. El grupo ya no tenía que preocuparse por el regreso porque un joven paraguayo que también llegó para ver a Francisco se ofreció a llevarlas en su auto. “La gente es maravillosa”, sostienen a coro.

La primera gran emoción se vivió a las 14.48, cuando en una pantalla gigante ubicada sobre la avenida Mariscal López se dibujó la silueta del avión papal a punto de tocar la pista del aeropuerto Silvio Petirossi. El estallido se produjo cuando el Papa pisó suelo paraguayo. Miles de metros de cordones humanos se formaron al atardecer sobre las calles que iba a recorrer Francisco. Hombres y mujeres de todas las edades desafiaron los nubarrones y soportaron algún chaparrón para ver a ese carismático argentino que no deja de sonreír.

Y ahí, camino al Palacio de López, un grupo de salteños que todavía no había podido desarmar las valijas miraba ansioso el final de la calle en busca del Papamóvil. Eran integrantes de la delegación “Juan Pablo II” de la Catedral de Salta. Marina Montero se veía feliz. Era la primera vez que vería a Jorge Bergoglio en su rol de cabeza de la Iglesia y no dudó en calificarlo como “una bendición de Dios”. “Tengo ganas de llorar. Venimos para rezar por nuestro país y nuestra querida Salta”, agregó. A su lado, Karina Gómez y Lorena Quispe desbordaban de alegría. Y el Papamóvil se hacía esperar.

Fuente: Clarín

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