Violencia de género

La pesadilla de Valentina: una violación colectiva en una fiesta de 15

Ocurrió en la localidad bonaerense de San Pedro. La atacaron entre cinco y la obligaron a practicarles sexo oral delante de su novio, un adolescente de 18 años. “Pensé que nos iban a matar”, cuenta la chica

Valentina y su novio, Julián, durante la entrevista con Clarín. (Hernán Rojas)

Era una noche de un calor denso y Valentina se vistió para ir a un cumpleaños de 15. Se puso un mono clarito, tacos y se trenzó el pelo lacio. En la fiesta, cenó y bailó con las otras quinceañeras y, cuando se hicieron las 12, llegó Julián, un chico de 18 años que desde hacía unos meses era su novio, su primer novio. Bailaron juntos un rato largo, pero en el salón el calor era tan pegajoso que decidieron salir a tomar aire al parque. Caminaron de la mano, se sentaron en un tronco del estacionamiento y, cuando Julián escuchó ruidos, le hizo una broma. “Seguro que son sapos”, le dijo. Pero no eran sapos: eran cinco hombres armados y con las caras tapadas que enseguida salieron de entre unos pinos tupidos. Creyeron que sólo iban a robarles, pero no: les preguntaron si eran novios, los arrastraron detrás de un montículo de tierra, los obligaron a tener relaciones sexuales y, como no pudieron, hicieron que Valentina les practicara sexo oral a todos cuando aún estaba encima de Julián. A unos metros, cientos de adolescentes seguían bailando.

La fiesta fue en marzo, en un salón llamado “La Quinta del Nono”, en la ciudad bonaerense de San Pedro. Había, según el cálculo de la pareja, unos 300 invitados y otros 200 que llegaron después de las 12. Julián no se llama Julián pero vive en un pueblo chico y prefiere no decir su nombre. “Nos sentamos en un tronquito, muy cerca de la cocina. Un minuto antes se había ido de ahí un camión con manteles del catering. Nos pusimos a hablar frente a frente, yo de espaldas a los pinos”, dice él. Hablaban de Disney: ella, llamémosla Valentina, había viajado a festejar sus 15 años y acababa de volver.

Valentina había dejado la cartera adentro, atada junto a las de sus amigas, y sólo tenía en la mano el iPhone que se había traído de Disney. “Les dimos los dos celulares y creímos que se iban a ir, pero no: nos dijeron ‘vamos para allá’”, cuenta la adolescente. “Allá” era el montículo de tierra. Mientras los apuntaban, los hicieron desnudar. El, todavía creyendo que querían robarles, les dio las zapatillas, la camisa y la cadenita. Y les rogó que no la hicieran desnudar a ella. No lo logró: a Valentina le sacaron todo, empezaron a tocarla y a penetrarla con los dedos.

“Me preguntaban si yo eran virgen, les dije que sí, y querían que tuviéramos relaciones sexuales nosotros dos ahí, para mirarnos. Obviamente que no podíamos. Me seguían tocando. Nosotros fingíamos que lo hacíamos, pero se dieron cuenta de que no podíamos. Entonces uno dijo: ‘Bueno, que me la chupe’. Y me hicieron hacerles eso. No sé, a 3, a 4, a todos… No sé porque cerré los ojos”. Después la obligaron a practicarle sexo oral a su novio y les sacaron fotos. Recién decidieron que era suficiente cuando ella empezó a descomponerse. Valentina y Julián no lloraban: temblaban.

Cuatro de los agresores se fueron, pero dejaron al quinto con una orden: “Atalos. Y si joden, matalos”. “El que se quedó estaba muy nervioso, arrancaba el pasto y le pegaba piñas al suelo. A Julián le ató las manos atrás con el pantalón y mi corpiño. A mí no me ató y me empezó a acariciar las trenzas del pelo para que me calmara. Yo estaba boca abajo y desnuda, siempre estuve agachada. Si me paraba nos veían los otros invitados, que estaban en el parque”, recuerda ella. “Pensé que nos iban a matar, entonces traté de convencerlo para que se fuera. Le pedí mi ropa y la fue a buscar entre la tierra y el pasto. Y como hacía calor y cada vez más gente salía al parque, le empecé a decir: ‘Andate, te van a agarrar, andate’”.

El último atacante recibió un llamado, cortó, saludó a Valentina con un beso en el cachete, le acarició el pelo a Julián y se fue.

De lo que pasó después se acuerdan poco: que salieron corriendo, que gritaban que los ayudaran y que, como eran novios, nadie les creía: pensaban que se habían ido a “transar” a la oscuridad y que por eso les habían robado. Recién después se dieron cuenta de otro detalle: los cuatro abusadores que se habían alejado primero no se habían ido del todo. “Habían salido a buscar a otras chicas en la fiesta. Uno de ellos, desde el estacionamiento, empezó a llamar a una, ella vio que tenía un arma y fue corriendo a pedirle ayuda al papá de la nena del cumpleaños”, cuenta a Clarín la mamá de Valentina.

Luego llamaron al iPhone de Valentina y le sonó a alguien que estaba escondido bajo una camioneta. Lo agarraron entre varios invitados y vieron que tenía, además, la camisa, el celular y la cadenita de Julián. Lo golpearon y de inmediato atraparon también a otro de los abusadores. Un tercero sería detenido después. Otro sigue prófugo y el quinto aún no fue identificado.

Lo que pasó en las horas siguientes terminó de embarrarlo todo: las víctimas estaban en la comisaría de San Pedro haciendo la denuncia y les pasaron por al lado los dos detenidos. Nadie, tampoco, se preocupó por guardar pruebas: la chica, después de haberles hecho sexo oral a todos, se comió un chicle. Fue su madre quien se lo sacó de la boca y lo guardó en una bolsa. Fue ella, también, quien exigió que clausuraran el salón de la fiesta. El lugar cerró, pero ya volvió a abrir.

Lo que pasó en los días siguientes les mostró que la pesadilla apenas estaba empezando. Valentina y Julián siguen juntos, pero algo dejó de ser como era, para siempre. “Ya no es ella”, dice su mamá. Ahora tienen miedo de salir solos, de cruzarse con extraños y de caminar por la calle como lo hacían antes, cuando solo sentían la alegría de andar así: tranquilos, sonriendo, agarrados de la mano.

Fuente: Por Gisele Sousa Dias – Clarín

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