Televisión

¿Por qué todos amamos Los Simuladores, la serie de culto argentina por excelencia?

Los Simuladores viven en la misma Argentina que vivimos todos, y quizás por eso lograron el éxito y la vigencia que aún le reconocemos: lo terrenal y lo genuino se imponen en cada capítulo. Recordamos algunos de sus mejores momentos

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Por Alberto Fernández (@alb_ezequiel)

Cuando hablamos de películas o series de culto, hablamos de aquellas obras que trascienden su rol en la pantalla. Ya sea por los temas que trata, por la manera en que los mismos son retratados, por un estilo visual o por ser de vanguardia, estas reliquias audiovisuales son de influencia, tanto para las siguientes, como para otras disciplinas como la música, pintura, literatura, diseño gráfico o publicidad.

Y me permito aquí, trece años después de su estreno, traer a la mesa una serie que no tuvo nada de lo arriba descripto. Una producción… ¿simple?, temas más bien mundanos, nada trascendentales o polémicos. Una puesta en escena nada ostentosa y tampoco innovadora en cuanto a la idea, efectos especiales, encuadres, tomas o luces. Y tampoco, diría, que fue influencia de las siguientes. Y sin embargo, en mi modesta opinión, es la gran serie de culto de nuestro país de los últimos tiempos. 

Los Simuladores, el gran éxito de Damián Szifron, no necesitó de ningún atributo extra para convertirse en una serie de culto más que la empatía. Se trató de la serie empática por excelencia de la televisión argentina. No hay otra que haya reunido tantas situaciones, guiños, locaciones, frases y costumbres con los que la gente se puede identificar. Y creo también que esta identificación con el público está dada en tres grandes conjuntos.

En el marco de un guion monstruosamente argentino, Los Simuladores trata sobre cuatro civiles promedio que resuelven conflictos cotidianos (Mario Santos, Pablo Lampone, Emilio Ravenna, David Gabriel Medina). Y está aquí el primero de los grandes aciertos. Todos alguna vez, mirando la serie, pensamos: “Uf, qué bueno sería poder contratarlos en serio”. Incluso, en una entrevista, los actores y el director cuentan que les llegaban cartas reales con problemas reales. 

El primer grado de empatía está dado porque los problemas que resuelven son sumamente populares. Porque, vamos, a quien no le gustaría contratar a un grupo de gente para saldar deudas (como en el capítulo Diagnóstico Rectoscópico), para resolver problemas familiares (Los impresentables, El Matrimonio Mixto), superar problemas psicológicos (El Pequeño Problema del Gran Hombre, El Debilitador Social) o vencer al sistema (Los Cuatro Notables). Y todo eso se hace carne en los Simuladores.

Incluso los dilemas que enfrentan en su vida Los Simuladores, en lo poco que nos dan a conocer sobre cada uno, son terrenales:

Mario Santos (el fantástico Federico D’Elia) es la inteligencia y la frialdad que todos quisiéramos tener ante situaciones adversas. Nos enteramos sobre el final de la segunda temporada sobre la muerte de su padre que se suma a la de su mujer (en más de una ocasión cuenta que es viudo). Ambas pérdidas posiblemente hayan hecho que el personaje sea uno de los menos sociables. También le envidiamos su cultura y gusto refinado. 

Lampone (Alejandro Fiore) con un pasado bélico y algunos traumas infantiles (“!Lampone, te agachás y te la ponen!”) deja al descubierto distintas maneras en la que los hombres queremos demostrar su masculinidad ante todo y cómo arrastramos los miedos de la infancia. Vale recordar la escena en el sauna cuando alguien le toca la cola; cuando habla con Ravenna sobre el vestuario de los hombres; o con la famosa del “palito de la g”, entre otras.

Por otra parte, todos tenemos dentro un poco de la soledad y sensibilidad de Medina (Martín Seefeld), un ex SIDE al que con el correr de los capítulos se lo va mostrando como el más afectivo y sentimental del grupo (hace regalos por el día del amigo, escribe poemas y canciones). Algunos hasta sospechan de su homosexualidad. 

Finalmente está la vida exuberante de Emilio Ravenna (Diego Peretti), que encarna a un personaje polígamo que sigue muy atado a su madre. Versátil, talentoso, parece que es de esas personas a las que todo le sale bien y viven la vida al máximo. Es el más optimista y simpático del grupo.

Como vemos, cada uno de ellos es una parte de nosotros mismos. De nuestras propias historias. Todos llevamos dentro una historia embarazosa del colegio, todos escribimos (o quisimos escribir) poemas alguna vez aunque no lo admitamos, todos quisimos cumplir la fantasía de vivir con cuatro mujeres (o viceversa) y todos, también, sentimos de cerca la muerte de familiares cercanos. Y todo eso forjó nuestras personalidades, tal y como la de estos cuatro argentinos tan talentosos.

El segundo factor de identificación con la gente es el contexto y lenguaje argentino. Los simuladores no tuvieron empacho de plagar cada uno de sus capítulos con una jerga acertadísima. Hablan tal y como hablamos nosotros en cada momento de nuestras vidas. Son un grupo de amigos más.

Desde los interminables llamados a corporaciones que tanta bronca nos dan en Los Cuatro Notables, cuando la mujer de un hombre infartado trata de comunicarse con un responsable de una prepaga. O con el vocabulario chabacano y pobre de un hombre con educación nula en Los Impresentables (“Tiene cara de boludo, pero así como lo ven se clava cinco pajas por día”). Cada palabra retrata a los personajes con un grado de empatía espectacular. No porque uno esté diciendo palabrotas por la vida, sino porque ese hombre que vemos diciéndolas es tan natural en sus expresiones que tranquilamente podría existir. Lo mismo pasa con la señora que reclama y no la atienden o con cualquier otro.

Si bien a diario estamos plagados de ficciones en la televisión argentina, en ninguna existe tanto realismo a la hora de contar una historia. Cada capítulo muestra locaciones bien locales, como la Avenida 9 de Julio, el Cabildo o el Café Tortoni. Esta gente está realmente ahí y no en un acartonado escenario montado o en escenarios tan pulcros y decorados que difícilmente se empatan con la realidad de la mayoría de los argentinos.

Recordemos la frase final de uno de los monólogos más célebres de la serie, en el que Mario Santos habla de los años ’90 como la nueva década infame: “Y perdimos el cine Grand Splendid, una verdadera tragedia.”

Y el tercer grado de empatía es el sentido de la oportunidad. Los Simuladores, como ninguna otra serie, se hicieron tan recordables por haber jugado tan bien con la coyuntura. Desde quejarse porque el aumento de precios tras una comida, tratar la crisis en la que país estaba envuelta (recordemos que su primer capítulo se emite en 2002), el auge de los teléfonos celulares y sus ringtones, el crecimiento de las compañías multinacionales, la moda de los reality shows (el inolvidable Milazzo).

Si a esto le sumamos un despliegue de actores invitados en papeles de lo más creativos, toques de humor brillantes, algo de fantasía y una gran cuota de viveza criolla da como resultado una obra maestra de la televisión argentina. 

Los Simuladores viven en la misma Argentina que vivimos todos. Tienen los mismos problemas, preocupaciones, gustos, vacaciones y miedos que todos nosotros. Por eso es una serie tan propia, por eso quizás afuera no funcionó de la misma manera. Los Simuladores es mucho más que una serie donde un grupo de personas resuelve problemas que otros no pueden. Los simuladores encarnan la esperanza de que se puede vivir en esa Argentina, pero de otra manera. Nos dicen de una manera divertida y metafórica que todos los problemas tienen solución y que siempre hay una vía de escape. Que la creatividad lo es todo cuando los recursos son pocos, algo a lo que los argentinos estamos acostumbrados.

Los rumores de que Los Simuladores estaban por volver (siguen hoy con una supuesta próxima película) solo avivaron un fuego que nunca se iba a apagar. Porque siempre es un buen momento para poner un capítulo de Los Simuladores. Porque sus historias son inagotables, su guión es atemporal, su frescura e ingenuidad es amable y llevadera. Han llegado tan lejos que aún hoy la gente recuerda y revive sus capítulos como si fuese marzo del 2002 (tanto que aún este fanático se saluda con otro en un sentido “tortuga marítima”, para los memoriosos).

Después de casi trece años, entonces, estoy en condiciones de afirmar que Los Simuladores son la serie de culto por excelencia, sino la única, de la televisión argentina. Y con sólo dos temporadas.

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