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Historias de sexo, alcohol y desesperación en los últimos días de Hitler

La inteligencia soviética reveló que en el búnker del Führer alemán, el final de Htiler y de los nazis que defendían Berlín fue extraño, con repetidos episodios de delirios

jueves 30 de abril de 2015 - 12:28 pm

Un día como hoy, de 1945, Adolf Hitler y Eva Braun decidieron suicidarse en el búnker ubicado tras la cancillería. En sus últimos días, el Führer se encontraba abatido, deliraba con frecuencia y tenía que convivir con las continuas borracheras de sus hombres, y con soldados más preocupados de tener relaciones sexuales que de combatir.

Según el informe elaborado por el NKVD (el servicio secreto soviético) para Stalin, corrían por entonces momentos muy desesperantes para el nazismo. La gloria se había esfumado y solo quedan entre 85 y 100 mil defensores de la ciudad de Berlín que había pasado de ser la gloriosa capital de Hitler, a su último bastión contra el ejército soviético. [pullquote position=”right”]Historias de sexo, alcohol y desesperación en los últimos días de Hitler [/pullquote]

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Hitler se escondía dentro del búnker esperando la llegada de su muerte. Los oficiales que continuaban siéndole leales presenciaban sus delirios que se volvían cada vez más habituales. Entre ellos, el 27 de abril, el líder nazi hizo llamar a Otto Günsche -oficial de la SS- y le ordenó que movilizara a sus 8.000 soldados para romper el cerco ruso que se cernía sobre la ciudad.

El miedo que sentía Hitler por ser atrapado también le llevó a cometer todo tipo de atropellos con la población civil. Incluyó en las “Volkssturm” a ancianos y adolescentes de las Juventudes Hitlerianas. Para ello, el ministro de propaganda Joseph Goebbels hizo colgar en las puertas de todas las casas un escrito en el que se afirmaba que todos los hombres de entre 15 y 70 años estaban obligados a alistarse. “Quien se esconda cobardemente en los refugios antiaéreos, comparecerá ante un consejo de guerra y será condenado a muerte”.

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El Führer, además ordenó a Helmuth Weidling (al mando de las defensas de Berlín) abrir las compuertas del río Spree con el objetivo de inundar los túneles del metro y que el enemigo no pudiese atacar a través de ellos. Sin embargo, se olvidó de los cientos de ciudadanos alemanes que se agolpaban en el subterráneo huyendo de las bombas. Tampoco le importó que se ahogaran cuando se lo recordaron.

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Las locuras no eran cometidas únicamente por Hitler, sino que –tanto en el búnker como fuera de él- la enajenación apareció también en los militares de menor edad. Una de las situaciones más exceéntricas se vivió en el centro de emisiones del Grossdeutscher Rundfunk donde, “durante la última semana de abril se extendió una verdadera sensación de desmoronamiento que llevó a los empleados a beber desaforadamente y a tener sexo de un modo indiscriminado”.

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